El mismo día que me despidieron, mi prometido me escribió un mensaje para romper conmigo y me llamó “pobre y patética”; mientras yo temblaba de rabia y humillación, él no tenía idea de que me iba con una indemnización de 200.000 dólares y un nuevo puesto esperándome. Un mes después, cuando me vio bajar de mi coche deportivo nuevo, volvió a escribirme: “Tal vez deberíamos hablar”. Mi respuesta, fría como hielo, le cerró la boca para siempre, allí mismo y sin pestañear.

El día que perdí mi trabajo empezó, irónicamente, como cualquier lunes en Madrid. Café de máquina, metro abarrotado hasta Sol, correos marcados como “urgente” que en realidad no lo eran. Yo llevaba cuatro años en la consultora financiera Neovalue, y esa mañana pensaba más en el menú del día que en la estabilidad laboral.

A las once, recepción me llamó para decirme que el director de recursos humanos quería verme. No era normal. Caminé por el pasillo con esa mezcla de curiosidad y mal presentimiento que te revuelve el estómago. En su despacho estaban él y la directora general, Clara, con una carpeta azul delante. Mala señal.

La explicación fue fría, ensayada, casi clínica: “reestructuración”, “cambios estratégicos”, “no es algo personal”. Lo de siempre. Yo solo escuché claramente dos cosas: que me despedían… y la cifra de la indemnización: 200.000 euros por cierre de departamento, plus por objetivos y cláusula de confidencialidad. Una cantidad que nunca había visto junta más que en hojas de Excel.

Mientras ellos hablaban de firmas y plazos, yo pensaba en otra cosa: llevaba dos semanas en conversaciones muy avanzadas con otra empresa, una fintech de Barcelona, que me había prácticamente asegurado un puesto de directora de análisis. Es decir, en teoría acababa de quedarme “sin trabajo”… pero en la práctica estaba cambiando de pantalla, con un colchón obscenamente cómodo.

Salí del edificio con una caja de cartón con mis cosas, cumpliendo el cliché corporativo. Hacía sol, el aire de la Gran Vía olía a humo y a castañas asadas. Me temblaban un poco las manos, más por adrenalina que por miedo. Saqué el móvil para escribirle a mi prometido, Javier. Pensé que me diría que no pasaba nada, que lo solucionaríamos juntos.

Le mandé un audio corto:

—Cariño, me han despedido. Luego te cuento bien, pero estoy bien, ¿vale?

Esperé su respuesta de pie, apoyada en una farola, abrazando la caja. El mensaje tardó, y cuando por fin llegó, fue un texto largo. Lo abrí con una sonrisa nerviosa… y sentí cómo esa sonrisa se me congelaba.

“Lucía, esto era cuestión de tiempo. No puedo estar con alguien tan poco estable, de verdad. Suena duro, pero es que estás rota y patética. No quiero cargar con tus problemas. Creo que lo mejor es que lo dejemos aquí. Devuélveme el anillo cuando puedas.”

Leí “rota y patética” tres veces. Noté el calor subirme a la cara, la vergüenza, la rabia. Una pareja de turistas chocó conmigo y ni me moví. En la pantalla, el reflejo de mi cara se mezclaba con esas palabras.

Respiré hondo. Guardé el móvil en el bolsillo sin contestar. Él creía que estaba arruinada. Que me había quedado sin nada.

Por primera vez en mucho tiempo, sonreí sola, en mitad de la acera.
Si Javier quería pensar que yo era la pobrecita derrotada… le iba a dejar creerlo. Y eso, sin que él lo supiera todavía, lo cambiaba todo.

Parte 2

Esa misma noche, después de llorar en el sofá de mi amiga Nuria con una copa de vino en la mano, tomé una decisión muy simple: no iba a perseguir a nadie. Ni a Javier, ni a Neovalue, ni a mi antiguo yo que se conformaba con migajas emocionales. Ya tenía el dinero y casi tenía el nuevo trabajo; lo que me faltaba era ordenar mi cabeza.

Dormí poco, pero al día siguiente, a primera hora, tenía un correo de la fintech de Barcelona, Finora: “Lucía, confirmamos nuestra oferta. Nos encantaría que te incorporaras el mes que viene como directora de análisis de riesgo”. Leí la frase dos veces, luego una tercera, como había hecho con “rota y patética”, pero esta vez la sensación fue distinta. Era un cierre limpio.

Firmé el contrato esa misma semana. Entre la indemnización y el nuevo sueldo, la palabra “broke” se volvió casi cómica. Abrí la app del banco y el número en la cuenta parecía una broma pesada: seis cifras que no paran de parpadear en tu mente incluso cuando cierras el móvil.

Con Javier no había vuelto a hablar. Me mandó un mensaje dos días después: “¿Has pensado en lo que te dije? Es lo mejor para los dos”. Ni siquiera lo abrí completo; lo dejé en leído y nunca respondí. Quité las fotos de la estantería, guardé el anillo en una cajita que acabé dejando en casa de sus padres, tocando el timbre y dándoselo a su madre con una sonrisa corta y educada.

—Ha sido una decisión mutua —mentí.
—Lo siento mucho, hija —dijo ella, sin sospechar nada.

El mes que siguió fue extraño, como caminar con zapatos nuevos: al principio rozan, luego ya no te acuerdas de los antiguos. Cierres de papeleo, entrevistas por videollamada con mis futuros compañeros, visitas relámpago a Barcelona para buscar piso. Aproveché parte del dinero para cancelar la hipoteca compartida que estaba a mi nombre, dejar todo atado legalmente y mudarme sin lastres.

En una de esas tardes de firma de papeles y cafés rápidos, estaba sentada en un concesionario en la Diagonal. Llevaba tiempo fantaseando con comprármelo “algún día”: un Audi TT rojo, deportivo, compacto, impráctico… y absolutamente innecesario. Justo por eso lo quería.

El comercial me miró con cierta sorpresa cuando le dije al contado.
—¿Estás segura? —preguntó, quizá por costumbre.
—Más que nunca —respondí.

Cuando salí del concesionario con las llaves en la mano, sentí una mezcla rara de libertad y vértigo. Aparqué el coche delante del portal del piso temporal que había alquilado y me quedé un rato mirándolo desde la acera. Era un símbolo absurdo, sí, pero también un recordatorio visible de que la versión de mí que Javier creía conocer ya no existía.

Un mes después del despido, ya instalada en Barcelona, decidí pasar el fin de semana en Madrid para cerrar un par de asuntos y ver a Nuria. El domingo por la tarde, antes de volver, quedamos en una terraza cerca del Retiro. Yo aparqué el Audi justo enfrente, como quien no quiere la cosa.

Estábamos riéndonos de algo cuando escuché una voz familiar detrás de mí:
—¿Lucía?

Me giré. Javier. Vaqueros, camisa remangada, el mismo reloj caro que yo le había regalado por su cumpleaños. Sus ojos pasaron de mi cara al coche rojo, y vi claramente el momento exacto en el que hizo la conexión.

Sus pupilas se dilataron apenas un segundo. Luego, el móvil le vibró en el bolsillo. Metió la mano, echó un vistazo rápido, como si buscara una excusa para alejarse del impacto. Se fue sin decir nada más, pero cinco minutos después, mientras yo removía el hielo en mi tinto de verano, mi teléfono se iluminó con su nombre.

“MAYBE deberíamos hablar”, decía su mensaje, mitad en inglés, mitad en español, pretendidamente casual. “Podemos tomar un café y aclarar las cosas, si quieres.”

Me apoyé en el respaldo de la silla, mirando alternativamente la pantalla, el coche y a Nuria, que ya arqueaba una ceja. Sabía exactamente lo que iba a hacer. Y esta vez, no iba a temblarme el pulso.

Me quedé unos segundos mirando el mensaje, dejando que el silencio hiciera su trabajo. Nuria se inclinó hacia mí, curiosa.

—¿Es él? —preguntó, sin necesidad de nombres.
Asentí y le pasé el móvil.
—Ha tardado menos de lo que pensaba —murmuró ella, leyendo.— Vaya, ahora sí que no le parece tan “patética”, ¿eh?

Reí por lo bajo, pero no era una risa alegre. Era seca, casi incrédula. Abrí la conversación con Javier y deslicé el chat hacia arriba, hasta el mensaje que lo había cambiado todo: “rota y patética”. Lo seleccioné, hice captura de pantalla, recorté solo esa parte, bien centrada. El corazón me latía fuerte, pero esta vez no era por miedo, sino por una claridad tranquila.

Empecé a escribir:

“Hola, Javier.
He pensado en lo que me dijiste aquel día.”

Borré “hola”. Sonaba demasiado amable. Volví a empezar.

“Javier, no hace falta que hablemos. La verdad es que aquel mensaje tuyo fue muy claro.”

Adjunté la captura de pantalla donde se leía, en grande, “estás rota y patética”. La imagen apareció como una pequeña miniatura debajo del texto.

Seguí escribiendo:

“Gracias por ser tan sincero en su momento. Tenías razón en algo: perder cosas te obliga a ver quién te rodea de verdad. Yo perdí un trabajo, tú perdiste a alguien que nunca habría dudado de ti por una mala racha. Creo que no saliste ganando.

No te preocupes por mí: estoy muy lejos de estar ‘rota’ y bastante lejos de ser ‘pobre’. Solo estoy ocupada viviendo una vida en la que tú no encajas.”

Lo leí varias veces, buscando que no sonara ni suplicante ni vengativo, solo factual. Añadí una última línea, la puntada final:

“Por cierto, el coche rojo que has visto lo pagué al contado. Con lo que me dieron por despedirme.”

Puse un emoji de guiño, no por coquetería, sino por puro cierre estético. Y rematé:

“Te deseo lo mejor. De verdad. Pero a partir de ahora, haz como si yo no existiera. Yo ya lo estoy haciendo.”

Nuria miraba la pantalla por encima de mi hombro.
—Es perfecto —dictaminó.— No le debes más explicación que esa.

Le di a enviar. Sentí una descarga extraña, como soltar un peso que llevaba meses pegado al pecho. El mensaje se marcó como entregado y, segundos después, como leído. Tres puntitos aparecieron indicando que él estaba escribiendo una respuesta.

Esperé.
Y esperé.
Los tres puntitos desaparecieron. Nada.

—Clásico —dijo Nuria, rodando los ojos.— No sabe qué decir cuando no puede quedar por encima.

Guardé el móvil en el bolso.
—Da igual. Ya no es mi problema.

Pedimos la cuenta. Cuando nos levantamos para irnos, vi a Javier al otro lado de la calle, mirando el Audi. No se atrevía a acercarse. Por un instante nuestras miradas se cruzaron. No había rabia ya, ni dolor; solo una especie de distancia irreparable. Le di la espalda y crucé la calle hacia el coche.

Al arrancar, puse música alta y bajé la ventanilla. Madrid se deslizaba a mi alrededor, conocida y a la vez ajena. En el retrovisor, la figura de Javier se hacía cada vez más pequeña hasta desaparecer entre la gente.

En la autopista de vuelta a Barcelona, con el sol cayendo y el asfalto alargándose delante de mí, caí en la cuenta de algo sencillo: el día que creí perderlo todo, en realidad gané la posibilidad de empezar de cero sin pedir permiso.

No necesitaba demostrarle a nadie que no era “rota y patética”. Mi cuenta bancaria, mi nuevo despacho en Finora, el Audi rojo… todo eso eran detalles. Lo importante era otra cosa: ya no estaba dispuesta a quedarme donde no me valoraran, ni en el trabajo, ni en una relación, ni en ninguna versión vieja de mí misma.

Sonreí sola, con las manos firmes en el volante. El mensaje de Javier quedó enterrado en la conversación, como un fósil de otra vida. Antes de llegar a la siguiente área de servicio, abrí el móvil en el semáforo, entré en sus datos de contacto y pulsé “bloquear”.

Esta vez, sí que era un despido definitivo. Y la única indemnización que necesitaba era la paz de saber que, por fin, había elegido quedarme conmigo misma.