Me llamo Javier Martín y, desde los quince años, he trabajado sin parar. Mientras mis amigos salían los fines de semana, yo servía mesas en un bar de barrio y repartía pizzas por las noches. No era heroísmo; era necesidad. En casa nunca sobraba nada y mis padres repetían que cada uno tenía que buscarse la vida.
A los dieciocho, mientras estudiaba un grado superior, limpiaba oficinas de madrugada. Dormía poco, siempre con ojeras, pero jamás pedí un euro prestado. Decía que algún día tendría algo mío, algo que nadie pudiera discutir. Ese “algo” acabó siendo un piso de dos habitaciones en Vallecas, con azulejos feos pero mucha luz.
Cuando firmé la hipoteca, a los veintiocho, sentí que por fin dejaba de ser un invitado en la vida de los demás. Llamé a mis padres desde la puerta del banco, con el sobre de las escrituras en la mano. Mi madre, Carmen, lloró de alegría por el teléfono. Mi padre, Tomás, solo dijo:
—Ya era hora de que hicieras algo serio con tu dinero.
Lo tomé como una felicitación torpe, pero sincera.
El domingo siguiente los invité a ver el piso. También vino mi hermana pequeña, Lucía, de veintidós años, la favorita de mi madre. Lucía apenas había trabajado; había dejado dos carreras y siempre tenía algún plan nuevo que nunca terminaba.
Cuando entraron en el salón, con las cajas aún sin abrir, mi madre fue tocando las paredes, midiendo con los ojos.
—Aquí podría dormir Lucía —comentó de pronto, como si describiera algo evidente.
Me reí, incómodo, y aclaré que el piso era mío, que lo había comprado yo y que pensaba vivir solo. Mi padre se cruzó de brazos.
—Tu hermana también tiene derecho a empezar bien —murmuró, sin mirarme.
Pensé que eran comentarios pasajeros, simples frases dichas al aire en un día de nervios.
Una semana después, volviendo del trabajo, encontré en el buzón un sobre oficial con mi nombre completo en mayúsculas. Subí al piso, abrí el sobre en la encimera de la cocina y empecé a leer. Era una notificación del juzgado: mis padres, Carmen y Tomás, habían interpuesto una demanda civil solicitando la nulidad de la compra de mi vivienda. Alegaban que el piso debía destinarse a Lucía, como compensación por los “sacrificios” que la familia había hecho conmigo.
El papel me temblaba entre los dedos cuando sonó el móvil: en la pantalla aparecía “Mamá”. Respiré hondo, contesté y, conteniendo la rabia, solo pude preguntar:
—¿De verdad habéis sido vosotros?
Al otro lado, mi madre guardó silencio unos segundos, como si no entendiera de qué hablaba. Cuando por fin respondió, su voz sonaba más fría que nunca.
—Hijo, no te lo tomes así —dijo—. Es solo un trámite para asegurar que Lucía no se quede sin nada.
Me apoyé en la nevera para no caerme.
—¿Un trámite? Me estáis pidiendo a un juez que anule la compra de mi casa.
Escuché un suspiro al fondo y la voz de mi padre, grave, metiéndose en la conversación.
—Javier, no te pongas dramático. Tu madre y yo solo queremos que las cosas se repartan con justicia. Lucía no tiene nada, y tú tienes un sueldo fijo y ahora un piso.
Era el mismo discurso de siempre, pero esta vez llevaba un sello del Juzgado de Primera Instancia número 14 de Madrid. Sentí que algo se rompía, no en la casa, sino en mí.
—Pues lo veré con mi abogado —dije, sin pensarlo demasiado.
Colgué antes de escuchar la respuesta. Esa misma noche empecé a buscar asesoría jurídica por internet hasta que di con el teléfono de un despacho pequeño en el barrio de Salamanca.
Al día siguiente, después del trabajo, me recibió el abogado, un hombre de unos cuarenta y tantos años llamado Rodrigo López. Me escuchó en silencio, tomando notas con una letra diminuta. Cuando terminé de hablar, se echó hacia atrás en la silla y se quitó las gafas.
—A ver, Javier —dijo con calma—. Legalmente, tus padres no tienen mucho recorrido. Si la hipoteca está a tu nombre y el dinero con el que pagaste la entrada es tuyo, la propiedad es tuya.
—Dicen que el dinero es de la familia —expliqué.
—¿Te lo dieron ellos?
Negué con la cabeza, todavía dolido. Le hablé de mis trabajos, de los turnos dobles, de los fines de semana sin salir. Rodrigo se encogió de hombros.
—Perfecto, entonces podremos demostrarlo. Pero prepárate: no va a ser solo un juicio por un piso. Va a ser un juicio a tu familia.
Salí del despacho con una mezcla de alivio y miedo. Durante las semanas siguientes, Lucía apenas me escribía. Cuando lo hacía, eran mensajes secos: “No entiendo por qué estás montando este espectáculo”. Mis padres dejaron de pasar por el piso; mi madre ya no llamaba para preguntarme si comía bien.
El día del juicio llegó en pleno agosto, con Madrid vacío y un calor que pegaba las camisas a la piel. Me puse mi único traje, el de las entrevistas de trabajo, y quedé con Rodrigo en la puerta de los juzgados de Plaza de Castilla. Mis padres ya estaban allí, junto a Lucía. Mi madre evitó mi mirada; mi padre, en cambio, me sostuvo la suya con una mezcla de desafío y vergüenza. Lucía llevaba un vestido sencillo y el pelo recogido; parecía más joven de lo que era.
Al entrar en la sala, el aire acondicionado estaba tan fuerte que sentí un escalofrío. El juez, un hombre calvo de expresión cansada, hojeaba el expediente. Cuando anunció que primero escucharíamos la versión de mis padres, mi madre se levantó, alisó su falda y caminó hacia el estrado.
Mi madre se sentó frente al micrófono, rígida, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.
—Señoría —empezó—, este piso lo hemos construido entre todos. Mi marido y yo siempre hemos ayudado a nuestro hijo, y el dinero con el que pagó la entrada viene del esfuerzo familiar.
Yo sentía cada palabra como un golpe. Rodrigo, a mi lado, permanecía inmóvil, con el bolígrafo entre los dedos. El juez la dejó hablar de sacrificios, de facturas, de años difíciles. Cuando terminó, se secó una lágrima y se quedó mirando al frente.
—Puede interrogar —dijo el juez, dirigiéndose a Rodrigo.
Rodrigo se levantó, ordenó un par de folios y se acercó al estrado.
—Señora Carmen —dijo con tono neutro—, ¿podría indicar al juzgado qué cantidad concreta entregó usted a su hijo para comprar este piso?
Mi madre dudó.
—Era dinero en efectivo, de casa, lo fuimos guardando —balbuceó.
—¿Existe algún recibo, transferencia o documento que lo demuestre?
—No, pero siempre hemos dicho que el dinero de Javier era de todos —respondió, dolida.
Rodrigo asintió despacio.
—¿También era de todos cuando él trabajaba de noche con dieciséis años y usted le pedía parte del sueldo para la casa?
Mi madre apretó los labios.
—Vivía con nosotros, era lo normal —murmuró.
El juez tomó nota; mi padre evitó mirarme.
Luego me tocó declarar a mí. Respondí a las preguntas de Rodrigo: cuántos trabajos había tenido, cuánto ganaba, cuánto tiempo llevaba ahorrando. En la pantalla del juzgado fueron apareciendo mis nóminas, los extractos de la cuenta donde, año tras año, entraban mis sueldos. Lucía miraba las cifras con los ojos muy abiertos, como si no encajaran con la historia que siempre le habían contado.
Cuando le tocó declarar a ella, el juez fue directo:
—Señorita Lucía, ¿su hermano le prometió alguna vez que este piso sería para usted?
Lucía tragó saliva.
—No, pero siempre pensé que me ayudaría —admitió.
El juez escribió algo, cerró la carpeta y nos pidió que esperáramos unos minutos. El silencio se hizo denso. Yo me limité a mirar las manos de mi padre, quietas sobre sus rodillas.
Cuando el juez regresó, todos nos pusimos en pie. Se sentó, abrió el expediente y empezó a leer:
—No consta aportación económica alguna de los demandantes a la compra de la vivienda. Por el contrario, queda acreditado que el señor Javier Martín ha trabajado desde los quince años y ha contribuido de forma constante al sostenimiento del hogar familiar.
Al decirlo, levantó la vista hacia mis padres.
—Resulta llamativo —añadió, ya sin leer— que quienes se han beneficiado de ese esfuerzo pretendan ahora arrebatar al hijo el único bien adquirido con su trabajo.
Vi cómo a mi madre se le encendían las mejillas. Mi padre carraspeó, incómodo, con las manos apretadas. Lucía bajó la mirada al suelo.
—Se desestima íntegramente la demanda —concluyó el juez— y se condena a la parte actora al pago de las costas.
El golpe del mazo sonó seco. Había ganado, pero lo que sentí no fue euforia, sino un cansancio viejo.
A la salida, en el pasillo, Lucía se separó de mis padres y se acercó a mí.
—Lo siento, Javi —dijo en voz baja.
No supe si se disculpaba por la demanda o por no haber conseguido el piso.
—Necesitaba poner un límite —respondí.
Mi padre me miró un instante, con una mezcla de orgullo herido y rencor, y luego se dio la vuelta. Los vi alejarse por el pasillo, mi madre pegada a su brazo.
Volví a casa solo, con la copia de la sentencia en la mochila. Abrí las ventanas, dejé que entrara la luz de la tarde y me senté en el suelo del salón. Respiré despacio, una y otra vez, diciéndome en silencio que aquel piso era mío, que nadie podía discutirlo y que, aunque el precio familiar hubiera sido alto, por primera vez en mi vida la casa en la que dormía también era mi decisión.



