Mi madre siempre decía que la Navidad era “para los niños”. Ese año, en su piso de Carabanchel, lo repitió en voz alta mientras dejaba la bandeja de turrones en la mesa.
—Este año todos vais a recibir algo pequeño —anunció, acomodándose la rebeca—. La cosa está muy justa.
Yo, Laura, asentí en silencio. A mi lado, Nico apretaba mi mano. Ocho años, el pelo alborotado y esos ojos enormes que miraban todo como si fuera un escaparate imposible de alcanzar.
Marta, mi hermana, llegó tarde, como siempre, envuelta en un abrigo carísimo. Sus hijos, Lucía y Diego, irrumpieron en el salón como un huracán, hablando de TikTok, de móviles, de cosas que Nico solo conocía por los anuncios que veía en la tele de la abuela.
Las bolsas de regalos se apilaban junto al árbol de plástico. Yo había comprado para todos bufandas baratas en el mercadillo y un libro de colorear para cada uno de mis sobrinos. No era gran cosa, pero era lo que podía después de pagar el alquiler, el colegio público de Nico, y la póliza de seguro de salud que llevaba años cubriendo no solo a mi hijo y a mí, sino también a mi madre, a Marta y a sus niños.
Una póliza familiar, lo llamaba mi madre. “Gracias a tu trabajo en la aseguradora tenemos lo mejor”, presumía con sus amigas. Nunca mencionaba que la que lo pagaba era yo.
—Venga, vamos a abrirlos —dijo Marta, con esa sonrisa fotogénica que utilizaba para todo.
Lucía abrió su paquete primero: un móvil último modelo, todavía con olor a nuevo. Pegó un grito que hizo reír a todos. Diego recibió otro, ligeramente distinto, pero igual de brillante, igual de caro. Mi madre observaba la escena emocionada, como si fuera un anuncio de Lotería.
Nico miraba los móviles con una mezcla de fascinación y algo que se parecía demasiado a la esperanza. Yo ya sabía que no podía permitirlo, así que le apreté la mano.
—Ahora tú, cariño —dijo mi madre, alcanzándole un paquete pequeño, blando.
Nico lo abrió despacio. Unos calcetines. Grises, con un balón de fútbol bordado torcido en el lateral. El salón se quedó extraño, como si alguien hubiera bajado el volumen.
—Qué monos, ¿verdad? —comentó mi madre, sin mirarnos—. Algo pequeño, como dije.
Nico se quedó callado unos segundos. Luego alzó la vista hacia mí, con los ojos brillantes.
—¿He hecho algo mal, mamá? —susurró.
Lo abracé fuerte, tan fuerte que casi se nos cayeron los calcetines al suelo.
—Claro que no, cielo. Da las gracias a la yaya —le dije al oído.
Él obedeció, educado, con esa dignidad silenciosa que a nadie en esa casa pareció importarle.
Esa noche, ya de vuelta en nuestro piso, Nico se durmió abrazado a su peluche de siempre. Yo encendí el portátil en la mesa de la cocina. Entré en la intranet de la aseguradora, abrí mi póliza familiar. Los nombres aparecieron en pantalla, uno debajo de otro: Laura Rodríguez, Nicolás Rodríguez, Pilar García, Marta Rodríguez, Lucía Serrano, Diego Serrano.
El cursor parpadeaba junto al botón “Eliminar asegurado”. Oí en mi cabeza la voz de mi madre: “Todos vais a recibir algo pequeño”.
Cliqué una vez. Y otra. Fui confirmando uno por uno, con una calma que me sorprendió.
Aquella noche, sonreí… y eliminé a todos de mi póliza de seguro de salud.
Las semanas siguientes se deshicieron despacio, como la espuma del café en la barra del bar donde desayunaba antes de entrar a la oficina. Nadie llamó. Nadie preguntó por nada.
La cuota del seguro, en cambio, bajó de golpe. Ciento ochenta euros menos al mes. Lo vi en el extracto bancario y sentí algo parecido a un mareo. Con ese dinero, pagué las gafas nuevas de Nico, apunté al crío a clases de refuerzo de inglés y empecé a ahorrar para un móvil de segunda mano que no se colgara al abrir un simple vídeo.
Para mi madre y mi hermana, nada había cambiado. Seguían yendo al centro de salud cuando tocaba, seguían enseñando la vieja tarjeta de la póliza privada sin darse cuenta de que ya no valía. Nadie había intentado usarla. La suerte, pensaba yo, también tiene sus plazos.
En febrero compré el móvil para Nico. Un modelo antiguo, reacondicionado, pero suyo. Lo saqué de la tienda con el corazón acelerado.
—¿Es para ti? —preguntó el vendedor.
—No. Es para alguien que lleva años esperando algo que no sean calcetines —respondí, antes de pensarlo demasiado.
Cuando se lo di a Nico, en casa, se quedó mudo. Luego me abrazó sin decir una palabra. Pasó la tarde entera probando la cámara, mandándose mensajes a sí mismo, entrando en el grupo de clase. Esa noche se durmió con el móvil en la mesilla, enchufado, como si temiera que desapareciera.
El teléfono que desapareció fue el mío, unas semanas después. Estaba un sábado por la mañana doblando ropa cuando empezó a sonar sin parar. Número desconocido.
—¿Sí? —contesté.
—¿Se puede saber qué cojones has hecho? —era la voz de Marta, rota, cargada de pánico y rabia.
Sentí un frío inmediato.
—¿De qué hablas?
—Estamos en la clínica San Miguel. Lucía se ha fastidiado la rodilla en baloncesto. Hemos venido aquí, como siempre, y en recepción me han dicho que ya no tenemos cobertura. Que tú nos has sacado de la póliza. ¿Es verdad?
Detrás de ella se oían voces, un carrito, el eco de un pasillo. Respiré despacio.
—Sí —dije al final.
Hubo un silencio espeso.
—¿Pero tú estás enferma? ¿Te has vuelto loca? —escupió—. ¿Nos quitas el seguro por unos malditos calcetines?
Cerré los ojos. Volví a ver a Nico sosteniendo la tela gris, preguntando si había hecho algo mal.
—No es por los calcetines —contesté—. Es por todos estos años. Por pagar yo la tranquilidad de todos menos la nuestra. Por escuchar “la familia lo es todo” mientras mi hijo se llevaba las sobras.
—Podías haberme hablado. Podías haber dicho que no podías más —dijo, casi llorando—. Pero no, mejor joder a tus sobrinos.
—Tus hijos tienen tarjeta sanitaria como todos —respondí—. Pueden ir al hospital público. Como vamos Nico y yo cuando toca. No les he quitado la medicina, Marta. Solo el privilegio de saltarse la cola que yo pagaba.
—Mamá está que echa humo —añadió ella—. Dice que quiere hablar contigo.
—Que me llame —dije, y colgué antes de que pudiera seguir gritando.
No tardó ni dos horas. Mi madre me llamó con voz dulce, de misa de domingo.
—Hija, esto que me cuentan… Dime que es un malentendido.
Le repetí lo mismo. Que la póliza la pagaba yo. Que ya no podía, ni quería, seguir haciéndolo.
—La familia no se mide en euros, Laura —susurró—. Has humillado a tu hermana delante de los médicos. ¿Te parece bonito?
Miré a Nico, en el sofá, concentrado en un juego del móvil, ajeno a todo.
—La familia tampoco se mide en móviles ni en calcetines, ¿verdad, mamá? —respondí—. La póliza es mía. Y la decisión también.
Colgamos sin acuerdo. Una hora después, el grupo de WhatsApp de la familia explotó: mensajes largos, frases de reproche, fotos de la rodilla vendada de Lucía, audios de mi madre llorando.
Silencié el grupo durante un año. No lo abrí.
A finales de marzo, mi madre escribió por privado: “El domingo ven a comer. Hay cosas que se hablan en persona”.
Respondí solo: “Iremos”. Y supe que me esperaba un juicio, no una comida familiar.
El domingo amaneció gris, con ese cielo bajo que parece que te empuja hacia el suelo. Nico y yo subimos las escaleras del portal de mi madre en silencio. Él llevaba el móvil en el bolsillo, yo, una botella de vino barato en la bolsa de tela. Era un gesto automático, casi absurdo.
Al llegar al tercero, oímos las voces antes de ver las caras. Risas forzadas, platos que chocaban, la televisión encendida demasiado alta. Llamé al timbre.
Marta abrió la puerta. Ni un hola.
—Pasa —dijo, apartándose.
En el salón estaban todos: mi madre, sentada en su sillón de siempre; Lucía, con una rodillera negra bastante aparatosa; Diego, absorto en su móvil nuevo; y Andrés, el marido de Marta, mirando el partido sin demasiado interés.
—Hola, yaya —dijo Nico, acercándose a darle un beso.
Mi madre lo abrazó con más efusividad de la habitual, como si quisiera compensar meses en un gesto.
—Siéntate, hija —me indicó, señalando la silla frente a ella, como en un despacho.
Nos acomodamos. Nico se fue con sus primos al cuarto, aunque la puerta quedó entreabierta. Podían oírnos.
Mi madre respiró hondo.
—Aquí todos sabemos por qué estás —empezó—. Lo del seguro ha sido… una puñalada. Y en esta casa no se hacen esas cosas.
Marta cruzó los brazos.
—No solo nos dejaste tirados en la clínica —añadió—. Encima te haces la víctima. Todo por unos calcetines mal elegidos.
Me reí por lo bajo, sin humor.
—No fue “mal elegidos”, Marta. Fue perfecto. Resumieron muchos años en un par de calcetines.
—Venga, ya —intervino Andrés, levantando la vista de la tele—. Tampoco dramatices tanto.
Giré la cabeza hacia él.
—¿Tú sabes cuánto pago yo al mes por una póliza familiar? ¿Desde hace cuántos años? —pregunté—. ¿Te consta cuántas revisiones, pruebas, consultas habéis hecho sin sacar la cartera, con mi nombre al pie de la factura?
Él bajó los ojos.
Mi madre intervino rápido:
—Eso lo hiciste porque quisiste. Nadie te obligó.
—Claro —asentí—. Igual que nadie os obligó a hacerle creer a Nico que aquí todos éramos iguales, para luego recordarle con un par de calcetines que no lo era.
Se hizo un silencio. En el pasillo, oí un leve movimiento; imaginé a los niños pegados a la rendija de la puerta.
—Era un regalo, Laura, no un juicio —bufó Marta—. Siempre estás viendo desprecios.
—No dije nada aquella noche —continué—. Le pedí a mi hijo que diera las gracias. Mientras vosotros grababais vídeos de los móviles nuevos para Instagram. Ese día entendí exactamente qué lugar ocupábamos en esta familia.
Mi madre apretó los labios.
—Estás exagerando —sentenció—. La familia está por encima de estas tonterías. El seguro se puede arreglar. Yo te ayudo a pagarlo, hablamos con la aseguradora, los vuelves a meter y ya está. No vamos a romper la familia por eso.
La miré. En su cara no había rastro de culpa, solo la prisa por cerrar el tema, por volver al partido y a la comida.
—No voy a volver a meter a nadie —dije despacio—. Esa puerta está cerrada.
Marta golpeó la mesa con la palma.
—Entonces para nosotras también está cerrada, ¿te queda claro? —escupió—. Si algún día te ves en la calle, no vengas llorando.
Noté el golpe de esas palabras, pero no se rompió nada dentro. Tal vez porque ya llevaba años viéndome sola.
—Llevo en la calle mucho tiempo, Marta —respondí—. Solo que ahora he dejado de pagar por fingir que estaba bajo techo.
Desde el pasillo, una voz tímida interrumpió.
—Mamá… —Lucía asomó la cabeza, la rodilla vendada—. Yo no quiero que me metas en ningún seguro si es para que estéis así. Que me atiendan donde sea. Pero deja de usarme de excusa, por favor.
Marta la fulminó con la mirada, pero se quedó sin palabras. Mi madre suspiró, derrotada por un segundo.
Me levanté.
—Nos vamos —anuncié.
—Laura, espera —dijo mi madre, poniéndose en pie con esfuerzo—. ¿De verdad vas a romper la familia por un seguro?
La miré a los ojos.
—No la rompo yo, mamá. Solo he dejado de pagar por un sitio en una mesa donde mi hijo nunca estuvo invitado de verdad.
Llamé a Nico. Apareció con el móvil en la mano y la mirada alerta. Nos despedimos con besos fríos y abrazos a medias. En el portal, el aire olía a lejía y domingo.
Meses después, la relación seguía reducida a algún mensaje de “feliz cumpleaños” y poco más. No hubo más audios llorosos, ni fotos de resonancias. La póliza seguía a mi nombre, pero ahora solo figuraban dos personas: Laura Rodríguez y Nicolás Rodríguez.
En agosto, en la playa de Valencia, Nico me hizo una foto con su móvil desde la orilla.
—Mamá, salimos genial —dijo, riéndose—. Es el mejor verano de mi vida.
Me senté junto a él en la arena húmeda. Pensé fugazmente en la frase de mi madre: “Algo pequeño para todos”. Miré a mi hijo, con los pies llenos de arena y el sol en los ojos.
Tal vez lo único pequeño que necesitábamos, al final, era la lista de personas por las que seguir pagando.



