Cuando Javier dijo, con esa media sonrisa soberbia, “Tu vida es demasiado fácil, Lucía. Deberíamos cambiar los papeles cinco días”, casi se me cae la taza de café de la risa.
—¿Cinco días? —repetí—. ¿Enteros?
—Claro —respondió, inflando el pecho—. Tú vas a mi trabajo, yo me ocupo de la casa, de los niños, de todo. Así ves lo que es el estrés de verdad.
Dio por sentado que yo no tendría ni idea de lo que él hacía en la oficina. Y, en parte, tenía razón: no sabía exactamente en qué consistían sus informes de ingeniería en la consultora de Madrid, pero conocía muy bien las ojeras que llegaba con ellas. Lo que él no veía eran las mías.
—Hecho —dije, secándome las manos con el paño de cocina—. Empezamos el lunes.
Se quedó un segundo en silencio, como si esperara una negociación, una lista de condiciones. Cuando vio que no añadía nada, frunció el ceño.
—¿Así, sin más?
—Sí, Javier. Por favor.
El domingo por la noche preparé mi ropa “de oficina” con una calma que a él debería haberle resultado sospechosa. Mientras tanto, lo observé hacer una especie de planning en una hoja: “7:00 despertar niños, 7:30 desayuno, 8:20 salir al cole…” Lo hacía como quien organiza un proyecto de obra, convencido de que la vida familiar se puede encajar en un Excel.
—Te estás olvidando de la merienda de Martina para el conservatorio —le dije desde el sofá—. Y de la mochila de natación de Diego. Y de la videollamada con mi madre, que se enfada si nadie la llama los lunes.
—Tranquila, mujer —contestó—. Voy a demostrar que esto es cuestión de organización.
Día 1
El lunes sonó la alarma y, por primera vez en años, yo no salté de la cama. Me quedé mirando el techo mientras escuchaba a Javier tropezar en la oscuridad, maldecir en susurros y luego intentar hablar con voz alegre:
—Martina, campeón… Diego… arriba, que hoy papá es el jefe.
Entre protestas y “yo quiero a mamá”, logró llevarlos a la cocina. Yo, desde la puerta, con mi café en la mano, observaba. Olvidó preguntar quién quería qué. Puso tostadas para todos, leche para todos, y cuando Diego empezó a llorar porque quería cereales, se le notó el primer temblor en el ojo.
—Pero si ayer te encantaban las tostadas, Diego.
—¡Hoy no! —gritó él, tirando el vaso de leche.
Limpiar el suelo, cambiarle el pijama, discutir con Martina porque el jersey “pica”, buscar el estuche que misteriosamente había desaparecido (lo había dejado sobre la lavadora, pero decidí no intervenir)… Para cuando miró el reloj, eran las 8:15. El colegio está a diez minutos andando.
—Lucía, ¿me ayudas…?
—Cariño, en la obra no puedes llamar a otro ingeniero para que vista a tus hijos, ¿no? —le respondí, dándole un beso en la mejilla y cogiendo mi bolso—. ¡Yo llego tarde a la oficina!
Llegué al trabajo con una mezcla de nervios y curiosidad. Sus compañeros me habían preparado una especie de “guía rápida”: el password del ordenador, los archivos que él estaba gestionando, los correos urgentes. Para mi sorpresa, el ambiente era mucho más pausado de lo que él siempre describía. Había presión, sí, pero también café caliente, sillas ergonómicas y silencios. Silencios de verdad.
Mientras yo aprendía a contestar correos con fórmulas corteses y a entender sus hojas de cálculo, mi móvil, que habíamos acordado que se quedaba con él, no paraba de vibrar en mi mente imaginaria. El chat de madres del cole, el grupo del conservatorio, el de la familia, el del equipo médico de mi madre. Todo eso, ese lunes, era territorio de Javier.
Cuando volví a casa por la tarde, lo encontré sentado en el sofá, con el pelo despeinado, Diego dormido boca abajo a su lado y la cocina hecha un desastre.
—Ha sido un poco intenso —admitió—. Pero controlado.
Sonreí. Sabía que era solo el comienzo.
Día 2 comenzó peor. Diego se despertó con fiebre. Javier tuvo que improvisar una visita al pediatra, cambiar el horario de dejar a Martina, lidiar con la secretaria del centro de salud, con el termómetro que no marcaba bien, con la receta electrónica. Al mismo tiempo, le iba sonando el correo con notificaciones de mi trabajo: un proveedor llamando, una cita con el banco que yo había dejado anotada en la agenda.
A las tres de la tarde, mientras yo tomaba un café con mis nuevos compañeros, a él le llamaron del colegio:
—Señor Álvarez, nadie ha venido a recoger a Martina. Son las tres y media.
Lo dijo luego con la cara blanca. Se había confundido de horario porque Diego lloraba sin parar en casa.
Esa noche, cuando los niños por fin se durmieron, dejó caer la frase:
—Lucía… creo que he subestimado algunas cosas.
Pero el verdadero golpe, el que le destrozó la realidad, llegó la mañana del Día 3, a las 9:07, cuando sonó su móvil y vio en la pantalla a mi madre, Concha, llamando por cuarta vez seguida… y, al mismo tiempo, el número desconocido del jefe de estudios del colegio. Y en la cocina, algo empezaba a oler a quemado.
—¡Mierda! —gritó Javier, mirando la pantalla del móvil, la olla humeando y el reloj de la pared.
Contestó primero a mi madre. Lo escuché después, cuando me lo contó, imitando su tono:
—Sí, Concha, perdón, es que estoy con los niños… Sí, Lucía está en la oficina… No, no se ha olvidado de ti…
Mi madre, que no perdona un cambio de rutina, empezó a quejarse de la cadera, de la vecina, de que “nadie la entiende”. Mientras tanto, el otro móvil vibraba en la mesa con insistencia.
Colgó casi de golpe y descolgó el número del colegio. Era el jefe de estudios.
—Señor Álvarez, le llamo porque Martina ha venido sin la autorización firmada para la excursión y sin la comida especial que había pedido la nutricionista. Se lo mandamos por correo y por la aplicación hace dos semanas.
Javier, que había ignorado todas las notificaciones de la app del cole porque “son tonterías”, sintió cómo se le cerraba la garganta.
—Sí, claro, disculpe, ha sido un despiste. Ahora mismo lo soluciono.
Colgó, miró la olla negra, la cocina llena de humo y Diego en el salón viendo dibujos, con los mocos hasta la barbilla. Apagó el fuego, abrió todas las ventanas y empezó a buscar la autorización en el correo. Encontró, de paso, otras treinta cosas más: recordatorios de revisiones médicas, una circular de la AMPA, un aviso del banco sobre un recibo devuelto.
A las once de la mañana, él ya estaba emocionalmente en un viernes por la noche.
Mientras tanto, yo en la oficina de la consultora me iba moviendo, torpe al principio, pero cada vez más segura. El ordenador me guiaba con su agenda. Tenía una reunión a las diez, otra a las doce. La primera fue básicamente escuchar a un cliente quejarse de plazos, mientras el jefe asentía y le prometía revisarlo todo. Me pidió luego que reorganizara unos datos en Excel. No era sencillo, pero la diferencia fundamental era obvia: nadie me tiraba del pantalón, nadie lloraba, nadie me llamaba “mala” por dar fruta en vez de galletas.
A la hora de comer, mis compañeros me invitaron a ir al bar de la esquina.
—Javi, hoy te vemos más tranquilo —bromeó uno—. ¿Ha mejorado tu vida o qué?
—Muchísimo —respondí, riendo—. No tenéis ni idea.
Por la tarde, cuando salí, vi en el móvil una avalancha de mensajes de Javier.
“Martina no ha ido a la excursión.”
“Tu madre me ha dejado de hablar.”
“He quemado las lentejas.”
“Diego no quiere tomar el jarabe, creo que me odia.”
Cuando llegué a casa, lo encontré sentado en el suelo del pasillo, con Diego dormido en su regazo y Martina encerrada en su habitación escuchando música.
—Te lo dije, cinco días —le recordé, apoyándome en el marco de la puerta.
—Lucía… —me miró con los ojos rojos—, esto es una locura. No se puede estar pendiente de tantas cosas a la vez. He pasado el día pidiendo perdón.
Se levantó despacio, dejó a Diego en el sofá y se acercó a mí.
—Vale, has ganado. ¿Lo dejamos aquí?
Yo también estaba cansada, pero de otro tipo de cansancio: mentalmente activa, pero físicamente descansada. Había vuelto a casa sin sensación de culpa por no haber hecho “lo suficiente” en cada minuto. Pensé en decirle que sí, que ya estaba demostrado. Pero algo en su tono, en la manera en que hablaba de “ganar” y “perder”, me clavó en el sitio.
—No se trataba de ganar —respondí—. Tú dijiste que querías una experiencia “abreojos”, ¿no? Pues vamos por la mitad. Faltan tres días.
—No aguanto tres días más.
—Yo llevo siete años.
Se hizo un silencio espeso. En la habitación, Martina subió el volumen de la música.
Esa noche, en vez de discutir, le puse algo delante: una hoja con dos columnas. En la izquierda, había ido anotando durante meses, casi por terapia, todas las tareas que yo llevaba: citas médicas, revisiones del coche, cumpleaños de la familia, recados varios, listas de la compra, ropa de temporada, trabajos del colegio, menús de la semana, llamadas a mi madre, organización de vacaciones, gestión de facturas. La columna derecha estaba casi vacía: “llevar el coche al taller”, “montar muebles de IKEA”, “pagar el seguro”.
Javier se quedó mirándolo mucho tiempo.
—¿Todo esto lo haces tú? —susurró.
—Sí. Y aún faltan cosas.
Se pasó la mano por la cara, como si de repente tuviera diez años más.
—He sido un imbécil.
No respondí. No hacía falta.
El Día 3 terminó con los dos en la cama, de espaldas, sin tocarnos, viendo el techo en la oscuridad. Yo pensaba en lo fácil que había sido para mí adaptarme a su mundo de pantallas y reuniones. Él, lo supe después, pensaba en algo muy distinto: en que igual su trabajo no lo definía tanto como creía y en que, en casa, él era casi un invitado.
A las dos de la mañana, se incorporó.
—Lucía —susurró—. Mañana sigo. Los cinco días completos. Pero luego… tendremos que cambiar muchas cosas.
No contesté. Simplemente, corrí un poco las sábanas para dejarle espacio. Lo que no sabía entonces era que el Día 4 guardaba todavía un golpe más duro para él: ya no venía del cole, ni de mi madre, ni de los niños… sino de él mismo.
El Día 4 empezó, curiosamente, más ordenado. Javier se había puesto tres alarmas en el móvil y preparado la ropa de los niños la noche anterior. Había revisado dos veces la app del colegio, hecho una lista para la compra y pegado post-its por media casa. Se movía con una determinación casi obsesiva.
—Hoy no se me escapa nada —murmuró, mientras repartía desayunos.
Yo, ya en modo “Javier en la oficina”, tenía una reunión importante a primera hora: había que presentar un informe que él llevaba semanas posponiendo. Me había preparado la noche anterior revisando sus correos y sus anotaciones. No sabía todos los detalles técnicos, pero sí entendía la lógica general.
Mientras explicaba en la sala de reuniones una gráfica de progresos a un cliente, vi algo curioso reflejado en el cristal: mi postura, mi tono de voz, mi seguridad creciente. Había entrado allí el lunes sintiéndome impostora. El jueves, estaba manteniendo una reunión complicada y el jefe asentía satisfecho.
—Buen trabajo, Javi —dijo al final, dando por sentado que yo era él—. Se nota que por fin te has organizado.
En paralelo, Javier vivía otro tipo de presentación, pero en el pasillo de casa. A media mañana, después de haber dejado a los niños en el colegio sin errores, de hacer la compra y de limpiar un poco, se quedó solo en la cocina. El silencio fue tan inesperado que le resultó incómodo. Se apoyó en la encimera, respiró hondo y, por primera vez en cuatro días, no tuvo nada urgente que apagar.
Y entonces llegaron los pensamientos.
Me lo contó luego con una sinceridad nueva:
“Me di cuenta de que no sabía qué hacer conmigo mismo. Que cuando no había un incendio, un correo, un niño llorando, me sentía vacío. En la oficina siempre tengo algo que demuestra que valgo: un proyecto, un informe, una reunión. En casa, todo lo que hacía desaparecía en cuestión de horas. Y tú llevas años en ese ciclo infinito.”
En lugar de sentarse a descansar, empezó a fregar los azulejos, a ordenar cajones, a doblar ropa. No porque fuera necesario, sino para sentir que estaba “produciendo algo”. Se sorprendió a sí mismo mirando el reloj, como si alguien viniera a evaluar su rendimiento. Nadie venía.
A las doce, sonó el timbre. Era la vecina del quinto, Carmen.
—Ay, Javier, ¿está Lucía?
—No, está en el trabajo.
—Ah… —lo miró, sorprendida—. ¿Y tú en casa?
—Cuidando de todo —respondió él, casi a la defensiva.
—Vaya, qué bien, qué moderno —comentó ella, sin maldad.
Pero esa frase le dolió más de lo que quiso admitir. En su cabeza, aún sonaba la voz de su padre: “el hombre que no trae dinero a casa no es hombre”.
Cuando fui a comer, lo encontré raro, callado. Había preparado pasta, ensalada, la mesa puesta. Los niños estaban de buen humor. Todo bien. Y, sin embargo, su cara era la de alguien que acababa de recibir malas noticias.
—¿Qué pasa? —pregunté, cuando los niños se levantaron.
Se quedó mirando sus manos un momento.
—Creo que tenía miedo de esto —dijo al fin—. De darme cuenta de que tu vida es más difícil que la mía… y de que tú, si quisieras, podrías hacer la mía también.
—No es una competición, Javier.
—En mi cabeza sí lo era —admitió—. Yo era “el que trabaja mucho”, “el que se mata en la oficina”… Y tú, “la que se organiza en casa”. Era cómodo. Para mí.
Lo escuché sin interrumpirlo.
—Cuando vi que en dos días ya te movías por mi trabajo como si llevaras años… me dio miedo. Si tu vida es agotadora y, además, tú también podrías hacer lo mío… ¿qué pinto yo?
No respondí enseguida. No era una pregunta ligera.
—Pintas —dije por fin— donde decidas colocarte. Pero lo que no puedes es estar en un pedestal y, a la vez, ausente de la mitad de tu propia vida.
El Día 5 fue, en comparación, tranquilo. Nos levantamos juntos, repartimos las tareas sin discutir: él vistió a Diego, yo peiné a Martina; él preparó los desayunos, yo revisé mochilas. Fuimos los dos al colegio, cada uno llevando de la mano a un niño. Él luego volvió a casa a terminar la colada y adelantar la comida; yo me fui a la oficina a cerrar el informe.
Esa tarde, cuando los niños estaban en el parque, Javier abrió el portátil en la mesa del salón. No para trabajar, sino para crear un calendario compartido.
—Vamos a repartir todo —dijo—. No solo “ayudar”. Quiero la mitad real. Cursos, médicos, cumpleaños, tus cosas, las mías… todo. Y cada semana revisamos.
Asentí. No sonaba a promesa vacía; sonaba a alguien que se había roto un poco por dentro y estaba reconstruyéndose de otra forma.
Por la noche, ya en la cama, me acordé de cómo había empezado todo.
—¿Entonces? —le pregunté—. ¿Sigue siendo “demasiado fácil” mi vida?
Soltó una risa amarga.
—Lucía, tu vida es una mezcla de turno de urgencias, centralita de emergencias y maratón, todo junto. Si tuviera que elegir, prefiero pelearme con tres jefes antes que con un chat de madres.
—¿Te arrepientes del reto?
—No. Me ha destruido un poco… pero lo necesitaba.
Se giró hacia mí.
—La próxima vez que uno de mis amigos diga que su mujer “no hace nada”, quiero que me dejes invitarlo a un reto de estos. Cinco días. Completo.
—No voy a tener piedad —respondí.
—Ese es justo el punto.
Apagué la luz. En la oscuridad, sentí su mano buscando la mía. No era una rendición ni una victoria. Era algo distinto, nuevo, frágil pero real: el inicio de un reparto más justo, nacido no de teorías, sino de cinco días en los que la realidad le arrancó la venda de los ojos.



