Nunca tomo café en el barrio de Las Letras, pero aquel lunes necesitaba alejarme de casa. Eran casi las once, Madrid estaba pegajoso pese a ser febrero, y yo solo quería sentarme con mi portátil y fingir que todo estaba en orden. Pedí un cortado y un croissant, encontré una mesa junto al ventanal y abrí el correo.
Entonces escuché mi nombre.
—¿Laura?
Levanté la vista. Marcos Álvarez, el compañero de trabajo de Sergio. Traje azul sin corbata, barba de tres días, ese aire despreocupado que ya le conocía de las cenas de empresa. Llevaba el móvil en una mano y el ticket en la otra.
—Marcos… —parpadeé, confundida—. Pensé que estabas viajando con Sergio esta semana.
Él sonrió, una sonrisa ladeada, demasiado segura.
—¿No se suponía que él estaba viajando conmigo? —preguntó, recalcando cada palabra—. Porque hace días que no pisa la oficina.
Noté un pequeño nudo formarse en mi estómago.
—Está en viaje de trabajo —repliqué casi automáticamente—. Barcelona, con vosotros y el equipo. Me lo dijo hace una semana.
Marcos dejó el ticket en la barra, recogió su café y se acercó a mi mesa sin pedir permiso.
—¿Puedo? —señaló la silla de enfrente.
Asentí, aunque no sabía si lo quería realmente allí. Se sentó con calma, se quitó el abrigo y me miró, como si estuviera evaluando cuánto decir.
—Laura —empezó—, Sergio no ha viajado conmigo. No ha salido de Madrid.
Solté una risa breve, tensa.
—¿Es alguna broma de las tuyas?
—Ojalá —respondió, sin rastro de humor—. Lo he visto entrar y salir del piso de su secretaria. Clara, la rubia de Administración. ¿Te suena?
Claro que me sonaba. Clara, veintitantos, coleta perfecta, uñas siempre recién hechas. La había visto un par de veces en cenas, siempre demasiado pendiente de Sergio.
—No, estás confundido —dije, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso—. Él me manda fotos, vídeos… Está en un hotel.
Marcos apoyó los codos sobre la mesa, acercándose un poco.
—Esas fotos pueden ser de cualquier viaje anterior. Yo vivo a dos calles de Clara. Desde el jueves, el coche de Sergio duerme allí abajo. Le he visto salir por la mañana con la misma camisa dos días seguidos, y ayer bajó con una bolsa de Mercadona en chanclas. No parece muy de hotel, la verdad.
El zumbido del local se apagó en mis oídos. De golpe, detalles sueltos de las últimas semanas encajaron como piezas que no quería mirar: el móvil siempre boca abajo, los “tengo otra reunión tardísima”, las duchas nocturnas nada más llegar a casa, las maletas preparadas con demasiada calma.
—Estás diciendo esto porque no le soportas —musité, más para mí que para él—. Siempre habéis competido.
Marcos alzó una ceja.
—No le soporto, es verdad. Pero no te mentiría con algo así. Ni me hace falta inventar nada: Sergio se basta solo.
Bebí un sorbo de café ya frío sin probar realmente el sabor. Miré la pantalla del móvil: un mensaje suyo de hacía una hora. Embarcando. Te llamo esta noche. Te quiero. Una foto de una sala de embarque genérica que podía ser de cualquier aeropuerto del mundo.
Fue entonces cuando Marcos cambió el tono. Enderezó la espalda y clavó sus ojos en los míos.
—Mira, Laura —dijo despacio—. Haz lo que quieras con lo que te he contado. Pero… olvídate de él por un momento. ¿Qué tal si c-enas conmigo esta noche?
Sentí cómo el corazón me daba un vuelco absurdo.
—¿Cenar? —repetí, incrédula.
—Sí —sonrió, esta vez sin disfrazar la intención—. Tú y yo. Sin mentiras. Solo una cena.
Hubo un silencio espeso entre los dos, roto solo por el ruido de la cafetera. Su propuesta flotó en el aire, mezclada con la sospecha de la traición de Sergio y una punzada de curiosidad inesperada.
No sé cuántos segundos pasaron, pero escuché mi propia voz antes de entenderla.
—Está bien —dije, notando un leve temblor en la garganta—. Esta noche.
Y en cuanto la palabra salió de mi boca, supe que nada volvería a ser igual.
Cenamos en un pequeño restaurante de La Latina que yo no conocía. Marcos había reservado una mesa junto a la ventana, con vistas a una calle estrecha llena de terrazas y turistas despistados. La luz era cálida, amarilla, y el murmullo de las conversaciones ajenas creaba una burbuja extraña a nuestro alrededor.
Llegué diez minutos antes de la hora. Había pasado la tarde mecánicamente: una reunión en la oficina a la que no presté atención, un par de correos mal contestados, un paseo sin rumbo por Gran Vía. Miraba el móvil cada pocos minutos, esperando un mensaje de Sergio que no llegaba.
Cuando Marcos apareció, llevaba una camisa blanca remangada y un abrigo oscuro al brazo. Se quitó el abrigo con un gesto tranquilo y me miró como si me estuviera viendo por primera vez.
—Estás diferente —comentó, sentándose—. No sé si es el vestido o la mirada.
Bajé los ojos hacia mi propio cuerpo casi sorprendida. Había elegido un vestido negro sencillo que tenía desde hacía años, nada especial. Era yo la que estaba distinta por dentro.
—No sé si esto es una buena idea —admití, jugando con la servilleta.
—Probablemente no —respondió sin vacilar—. Pero aquí estamos.
Pidió una botella de vino tinto de Ribera del Duero. Hablamos primero de cosas neutras: el trabajo, los recortes en la empresa, el tráfico en la M-30. Yo evitaba pronunciar el nombre de Sergio, como si hacerlo desencadenara algo irreversible.
Pero al segundo vaso de vino, la contención se rompió.
—Cuéntame exactamente qué has visto —pedí, mirándole fijamente.
Marcos se tomó su tiempo para responder.
—El jueves por la noche vi a Sergio aparcar bajo el portal de Clara. Pensé que subía a llevarle algo, no sé. Pero el coche se quedó allí toda la noche. El viernes por la mañana, le vi salir del portal con la camisa arrugada, la corbata en la mano y cara de haber dormido poco. Volvió a entrar a las nueve de la noche. Y el sábado y el domingo, igual. Hoy también.
—Hoy debería estar en Barcelona —murmuré.
—Hoy ha salido del portal de Clara a las ocho y media —replicó él—. Con una mochila, no con maleta. Si miento, puedes ir a comprobarlo cuando quieras. Vive en la calle San Bernardo, número…
Apuntó la dirección en una servilleta y me la deslizó hacia mí. Miré el papel como si quemara.
El móvil vibró sobre la mesa. Sergio.
Acabo de llegar al hotel. Reventado. Mañana te llamo, ¿vale?
Una foto borrosa de una habitación cualquiera.
—¿Y bien? —preguntó Marcos, observando mi cara.
—Dice que acaba de llegar al hotel —respondí, dejando el móvil boca abajo—. Parece que la habitación se llama Clara y vive en Malasaña.
Él soltó una sonrisa breve, sin alegría.
—No tienes por qué creerme —dijo—. Pero mereces saber con quién estás compartiendo cama. O… con quién crees que la compartes.
La frase se quedó flotando entre nosotros. Bebí otro trago de vino, quizá demasiado largo. Sentía una mezcla confusa de rabia, humillación y, para mi propia sorpresa, alivio. Como si una sospecha que llevaba tiempo negando por fin tuviera forma.
Cambió de tema con suavidad.
—¿Siempre has vivido en Madrid?
Hablamos de mi infancia en Vallecas, de mis padres jubilados en Alicante, de sus años en Sevilla antes de venir a la capital. La conversación se volvió más ligera, casi agradable. De vez en cuando, mi mirada se detenía en sus manos, en la forma en que se tocaba la barba cuando pensaba, en sus ojos claros que no esquivaban los míos.
Al salir del restaurante, el aire frío de la noche me despejó de golpe. Caminamos juntos por la calle, sin decidir aún hacia dónde.
—Gracias por la cena —dije, abrazándome a mí misma.
—Gracias por venir —respondió él—. Podrías haberme mandado a la mierda en la cafetería.
—Todavía estoy a tiempo —intenté bromear.
Él se detuvo bajo una farola, tan cerca que podía oler su colonia. No dijo nada. Solo me miró con una intensidad que me obligó a sostenerle la mirada.
Sabía lo que iba a pasar antes de que sucediera. Un pequeño paso hacia adelante, su mano rozando mi mejilla, mi cuerpo inclinándose sin que yo lo ordenara. El beso fue lento, sin urgencia, pero lleno de algo que no quise nombrar. Cerré los ojos, y por un instante olvidé que llevaba una alianza en la mano izquierda.
Me aparté primero, con la respiración agitada.
—No sé qué estoy haciendo —susurré.
—Estás dejando de hacerte la ciega —respondió él—. Nada más.
Cogí un taxi a casa. Esa noche casi no dormí. Me levanté tres veces a mirar el móvil. Ninguna llamada de Sergio, solo un mensaje automático de la compañía aérea que había usado meses atrás para otro viaje. En la app del banco, una notificación destacaba: pago de supermercado en la calle San Bernardo a las 20:47.
La misma calle que figuraba en la servilleta de Marcos.
A la mañana siguiente, cuando Sergio me escribió Reuniones eternas, te llamo luego, ya había tomado una decisión. Media hora después estaba en un Uber, con esa servilleta arrugada en el bolsillo, viendo cómo el coche se acercaba a la dirección de Clara.
Cuando el conductor paró frente al portal viejo de fachada gris, me temblaban las manos al pulsar el timbre.
Nadie contestó al timbre la primera vez. Ni la segunda. El portal olía a humedad y lejía barata, y la calle San Bernardo rugía detrás de mí con el tráfico de media mañana. Miré la hora en el móvil: 11:13. Si Marcos tenía razón, Sergio debería estar dentro.
El portón se abrió de pronto a mi espalda. Una vecina mayor salió arrastrando un carro de la compra. Aproveché para sujetar la puerta.
—Gracias —murmuré, entrando antes de que pudiera hacer preguntas.
Subí las escaleras despacio, escuchando mis propios pasos. Tercer piso, puerta derecha. El número 3ºB brillaba en una plaquita dorada ligeramente torcida. Inspiré hondo y llamé.
Nada.
Volví a llamar, esta vez golpeando un poco más fuerte.
Escuché entonces movimiento al otro lado: pasos, un murmullo ahogado, un golpe de algo contra el suelo. La cerradura giró y la puerta se abrió apenas unos centímetros. Un ojo maquillado me observó por la rendija.
—¿Sí? —la voz de Clara, suave y algo tensa.
—Soy Laura —dije sin rodeos—. La mujer de Sergio.
La puerta se quedó inmóvil un segundo eterno, hasta que por fin se abrió del todo. Clara llevaba una camiseta amplia y unos leggings, el pelo recogido en un moño desordenado. Sus mejillas se llenaron de color al verme.
—Yo… pensaba que estabas en Barcelona —balbuceó.
—Yo también —respondí.
Detrás de ella, el salón pequeño estaba lleno de señales de vida compartida: una chaqueta de Sergio sobre el respaldo del sofá, su neceser de aseo abierto en una mesita, un par de zapatillas deportivas que reconocí al instante. El olor inconfundible de su colonia flotaba en el ambiente.
—¿Quién es? —la voz de Sergio llegó desde el pasillo, seguida del sonido de sus pasos descalzos.
Cuando apareció, llevaba solo un vaquero y una camiseta que le había regalado yo en Navidad. Se detuvo en seco al verme. Durante unos segundos nadie habló. Solo se escuchaba el zumbido lejano de una moto pasando por la calle.
—Laura… —sus labios apenas se movieron—. ¿Qué haces aquí?
—Buscando a mi marido —respondí—. Y veo que lo tiene tu secretaria.
Clara dio un pequeño respingo. Sergio pasó una mano por el pelo, nervioso.
—No montes un drama —dijo al fin, con un tono que me resultaba familiar, el mismo que usaba para minimizar cualquier problema—. Podemos hablarlo. En casa. Este no es el lugar.
—Llevas días aquí —señalé el neceser, las zapatillas, la chaqueta—. Creo que este es precisamente el lugar.
Clara abrió la boca para decir algo, pero Sergio levantó la mano, cortándola.
—Clara, por favor —murmuró—. ¿Nos dejas un momento?
Ella asintió y se retiró al dormitorio, cerrando la puerta tras de sí. Nos quedamos frente a frente en medio del salón.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
—No empieces con interrogatorios —bufó—. Han sido unas semanas complicadas, necesitaba espacio, tú estabas insoportable…
—¿Cuánto tiempo, Sergio? —repetí, sin subir la voz.
Me sostuvo la mirada unos segundos, luego la apartó.
—Unos tres meses —admitió—. Pero las cosas no van bien entre nosotros desde hace mucho más. Lo sabes. Siempre estás cansada, siempre enfadada, nunca te apetece nada… Esto simplemente ha pasado.
La palabra “ha pasado” se me clavó como una astilla. Miré alrededor una vez más, memorizando cada detalle.
—No “ha pasado” —corrigí—. Lo has elegido.
Iba a decir algo más cuando el timbre sonó de nuevo. Ambos nos quedamos quietos. Sergio frunció el ceño.
—¿Esperas a alguien? —me preguntó.
Yo sí lo sabía. Había escrito a Marcos antes de subir: Si en diez minutos no respondo, llama o sube. No estaba segura de que fuera a hacerlo, pero el timbre sonando fue respuesta suficiente.
Abrí yo misma. Marcos estaba allí, con el abrigo en la mano y una expresión que mezclaba preocupación y una cierta calma extraña.
—Solo quería asegurarme de que estabas bien —dijo, mirando por encima de mi hombro el interior del piso.
Sergio apareció a mi lado, y la sorpresa en su cara se transformó en furia.
—¿Tú? —escupió—. ¿Qué haces aquí? ¿Vienes a disfrutar del espectáculo, cobarde?
Marcos no se inmutó.
—Alguien tenía que decirle la verdad —respondió.
Entendí entonces que ya no había nada que salvar. No porque hubiera otro hombre en aquella puerta, sino por la forma en que Sergio me miraba: más preocupado por su orgullo herido que por lo que yo estaba sintiendo.
—Se acabó, Sergio —dije, con una claridad que me sorprendió—. Mañana llamaré al abogado. No hace falta que vuelvas a casa. Te mandaré por mensajero lo que te quede allí.
—Ah, claro —rió sin humor—. Y tú te vas con el héroe, ¿no? Perfecto. Os merecéis el uno al otro.
No respondí. Di un paso atrás, saliendo del piso. Marcos se hizo a un lado para dejarme pasar y me siguió escaleras abajo en silencio. Cuando llegamos a la calle, el ruido del tráfico me pareció casi reconfortante.
—No tenías por qué venir —le dije.
—Lo sé —respondió—. Pero lo hice igual.
Pasaron meses. Firmamos el divorcio en una notaría de la calle Alcalá. Sergio llegó tarde, ojeroso, sin Clara. Me enteré por terceros de que la historia con ella tampoco había durado mucho. Nos dimos la mano al final, un gesto automático, sin promesas ni reproches.
Yo me mudé a un piso pequeño en Lavapiés, con un balcón diminuto y plantas que aún estoy aprendiendo a no dejar morir. Marcos y yo seguimos viéndonos. No fue un cuento de hadas, ni pretendió serlo. Discutimos, dudé de sus motivos, recordé más de una vez que aquella noche en la cafetería él también aprovechó una grieta.
Pero en alguna tarde de domingo, sentados en la misma cafetería donde empezó todo, con dos cafés humeantes entre las manos, le miré de reojo y él hizo esa sonrisa ladeada de siempre.
—Si no hubiera pasado nada de esto —dijo—, tú seguirías con Sergio y yo seguiría fingiendo que no veo nada en la oficina.
—Y tú seguirías sin corbata, saboteando informes —respondí.
Él se rió. Afuera, la vida seguía. Dentro, yo ya no era la misma mujer que aquel lunes de febrero. No sabía si Marcos era exactamente lo que necesitaba, si era un cómplice, una consecuencia o un simple accidente en medio del derrumbe.
Lo único que tenía claro era que, por primera vez en mucho tiempo, la próxima decisión iba a ser mía.



