La noche en que mi marido se rió de mí, algo dentro de mí murió. «Deja de intentar ser romántica, das vergüenza», escupió, sin mirar el temblor en mis manos. Así que obedecí: cancelé las citas, guardé las sorpresas, apagué las velas y la sonrisa, y dejé de fingir que no dolía. La casa se fue llenando de silencios espesos, de platos fríos y camas heladas. Fue entonces, cuando ya no quedaba rastro de mi esfuerzo, que él entendió de verdad lo que había perdido.

La primera vez que Sergio le dijo aquello, estaban en la cocina del piso de Chamberí, un jueves cualquiera. Clara había llegado antes del trabajo, había preparado una cena con velas, pasta fresca y una botella de vino de La Rioja que a él le encantaba. Había puesto una playlist suave en el móvil y se había cambiado la blusa por un vestido rojo que casi no usaba.

Cuando Sergio abrió la puerta, venía con el portátil al hombro y el gesto cansado. Se quedó parado en el umbral de la cocina, miró las velas, el mantel que casi nunca usaban y el vestido de Clara.

—¿Qué es esto? —preguntó, dejando las llaves en la encimera.

—Una cena… para nosotros. Hace mucho que no salimos ni hacemos nada especial. Pensé que… —Clara sonrió, algo tímida.

Él soltó una risa corta, seca.

—Clara, por favor… deja de intentar ser romántica. Es cursi, es… no sé, es embarazoso. Tenemos treinta y cinco años, no veinte.

La palabra “embarazoso” quedó flotando entre el olor a tomate y albahaca. Clara sintió cómo se le encogía algo en el pecho, pero sonrió mecánicamente.

—Ah… vale. Perdona. Solo quería sorprenderte.

Sergio se sirvió vino sin mirarla.

—Estoy muerto. ¿Has calentado algo de lo que sobró de ayer? No me da la vida para estas tonterías.

Ella apagó las velas en silencio. El comedor volvió a quedar iluminado por la luz blanca, plana, del techo. Comieron casi sin hablar, él respondiendo correos en el móvil entre bocado y bocado. Cuando terminó, dejó el plato en el fregadero.

—Mira, de verdad, deja ya los teatrillos —dijo, sin mal tono, como si diera un consejo práctico—. No hace falta todo esto. Somos una pareja normal, no de película.

Aquella noche, en la cama, Clara miró el techo durante horas. Recordó los mensajes sin responder que le había mandado durante el día, el ramo de flores que él había dejado marchitar en la encimera la semana anterior, el último fin de semana que intentó organizar una escapada a Toledo y él la canceló “por trabajo”.

Al día siguiente, mientras se maquillaba frente al espejo del baño, la frase le volvió a la cabeza: “Deja de intentar ser romántica. Es embarazoso.” Algo hizo clic dentro de ella, algo pequeño pero definitivo.

Esa misma tarde, durante la pausa del café en la oficina, abrió el móvil y canceló las reservas que tenía para un restaurante italiano el sábado y para una escapada rural en Segovia el mes siguiente. Borró las notas con ideas de sorpresas para su aniversario, las listas de regalos, los mensajes a medias que nunca se atrevió a enviar.

Cuando llegó a casa, Sergio estaba en el salón viendo un partido. Ella dejó las llaves, colgó el abrigo y pasó por delante sin besarle.

—Hola —dijo él, sin apartar la vista de la pantalla.

—Hola —respondió ella, con una calma extraña.

Se metió en la habitación, abrió el cajón donde guardaba cartas antiguas y fotos de ellos en la playa, en conciertos, en viajes de hacía años. Las fue metiendo una a una en una caja de zapatos. Al final, se quedó con la foto de su boda en la mano, los dos riendo a la salida de la iglesia de un pueblo de Burgos.

La miró largo rato. Luego, sin pestañear, dobló la foto por la mitad hasta marcar una línea perfecta entre su cara y la de él.

Y en el silencio del dormitorio, Clara decidió, por primera vez, dejar de intentarlo.

Los días siguientes no hubo discusiones, ni escenas, ni gritos. Hubo algo peor para Sergio: no hubo nada. Clara dejó de proponer planes, de insistir para salir a cenar por La Latina, de mandar mensajes durante la jornada con chistes o fotos. Dejaron de aparecer post-its con corazones en la nevera, ni notas en su mochila con un “suerte hoy” antes de una reunión importante.

Al principio, él no se dio cuenta. Estaba acostumbrado a que ella sostuviera la inercia de la relación, a que organizara cumpleaños, viajes, incluso cenas con amigos. El silencio de Clara se confundió con rutina. Pero, poco a poco, las pequeñas ausencias empezaron a formar un hueco.

Un viernes por la noche, Sergio salió del trabajo pensando que habría algo montado. Era el día en que Clara solía pedir comida japonesa y poner una película para desconectar. Al llegar, encontró la casa en penumbra y un post-it en la mesa.

“He salido. Ceno fuera. No me esperes. —C.”

Se quedó mirando la nota, extrañado. Miró el reloj: las nueve. Cogió el móvil. Ningún mensaje de ella. Abrió WhatsApp: el último chat era una lista de la compra que habían hecho dos días antes. Nada más.

Clara, en ese momento, estaba en un bar de Lavapiés con sus compañeras de trabajo. Llevaba una camisa blanca sencilla y el pelo recogido, y reía de verdad, de esa manera que hacía tiempo que no le salía en casa. Hablaban de viajes, de jefes pesados, de cursos que querían hacer. Una de ellas, Marta, le comentó:

—Oye, se te ve distinta estos días. Más… no sé, más ligera.

Clara se encogió de hombros.

—He dejado de insistir donde no me quieren —respondió, bebiendo un sorbo de cerveza.

Volvió a casa a medianoche. Sergio estaba en el sofá, con la televisión encendida pero sin sonido.

—¿Dónde estabas? —preguntó él, al oír la puerta.

—Cenando con las chicas de la oficina —contestó, quitándose los zapatos—. Te dejé una nota.

—Ya… —Él la observó—. ¿Y no podías avisar por WhatsApp?

—Lo hice. Con una nota. En la mesa. —Su tono no era hostil, solo cansado.

A partir de ese día, Sergio empezó a fijarse. Clara ya no le preguntaba a qué hora llegaría, no le enviaba enlaces de pisos de vacaciones, ni le pedía que reservara algún fin de semana. Cuando él decía “esta noche podríamos ver algo en Netflix”, ella contestaba:

—Tengo que acabar un curso online. Igual otro día.

Empezó a ir más al gimnasio, a quedar más con amigas, a apuntarse a actividades que siempre había dejado para “cuando tengamos tiempo”. Un taller de fotografía los miércoles, yoga los sábados por la mañana en el Retiro, un club de lectura.

Una noche, Sergio entró en la habitación y la encontró sentada en la cama, con el portátil sobre las piernas.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Actualizando mi currículum —respondió, sin darle demasiada importancia—. Han abierto una vacante en Barcelona. Me interesa.

Él parpadeó.

—¿Barcelona? Pero… nuestra vida está aquí.

—Mi vida está aquí —corrigió ella, señalándose—. La tuya está en tu trabajo y en tu móvil. No estoy segura de que sea “nuestra” desde hace tiempo.

Sergio sintió por primera vez un nudo en el estómago. Se sentó al borde de la cama.

—Clara, estás exagerando. Solo hemos dejado de hacer… esas cosas románticas. Pero eso no es lo importante.

Ella cerró el portátil con suavidad.

—Tú dijiste que era embarazoso. Que no hacía falta “todo eso”. Yo te he tomado la palabra. He dejado de hacerlo. ¿No era lo que querías?

El silencio se hizo pesado. Él no supo qué responder. Se levantó, incómodo, y salió de la habitación.

Esa noche, mientras Sergio fumaba en el balcón, miró a través del cristal a Clara, que dormía de lado, dándole la espalda. De repente, la normalidad que siempre había dado por hecha se le antojó frágil, como si fuera algo que pudiera romperse de un día para otro.

Al domingo siguiente, cuando quiso sorprenderla con un desayuno en la cama por primera vez en años, se encontró con que la cama estaba vacía. Clara ya había salido. Sobre la mesilla, junto al reloj, había otra nota, escrita con la misma caligrafía impecable:

“He dejado de esperarte. No esperes tú que yo me quede quieta.”

Pasaron semanas así, en una especie de convivencia educada. Había conversación sobre facturas, sobre la compra, sobre la lavadora que hacía un ruido raro. Pero ya no había manos que se buscaban en el sofá, ni besos distraídos en la cocina. El hueco entre ellos se fue convirtiendo en una distancia clara, medible.

Un martes, Clara llegó más tarde de lo normal. Llevaba una carpeta bajo el brazo y el pelo aún húmedo por la lluvia. Sergio la esperaba en la mesa, con dos platos de tortilla comprada en el supermercado y una ensalada improvisada.

—He pensado que podríamos cenar juntos hoy —dijo, intentando sonar casual.

Clara dejó la carpeta sobre la mesa del salón.

—No hace falta que hagas nada especial por mí, Sergio —respondió—. Me da miedo que te parezca… embarazoso.

Él apretó los labios.

—Vale, ya. Sé que fui un imbécil con aquello.

Se miraron en silencio. Al final, Clara se sentó. Comieron, esta vez sin móviles, con una tensión distinta, algo que parecía una expectativa.

—¿Qué hay en esa carpeta? —preguntó él, señalándola con la barbilla.

—Papeles —dijo ella, y luego, tras un segundo, añadió—: y una oferta de trabajo en Barcelona. Me la han dado.

Sergio dejó el tenedor a medio camino.

—¿Te… la han dado ya?

—Sí. Empiezo en dos meses si acepto.

La palabra “si” se clavó en el aire. Sergio sintió cómo el miedo le subía por la garganta.

—¿Y piensas… irte? —Su voz sonó más rota de lo que habría querido.

Clara cogió aire.

—Pienso irme de cualquier forma. Contigo, sin ti, o sola. Lo que no pienso es seguir viviendo en un matrimonio donde dar cariño es motivo de burla.

Él tragó saliva.

—Yo no te he… —empezó, pero se detuvo. Recordó las velas, el vestido rojo, la foto doblada que había visto un día asomando en la papelera antes de que ella la tirara del todo.

—Sí, Sergio, sí lo has hecho —dijo ella, tranquila—. No de golpe. Poco a poco. Cada vez que minimizabas algo que para mí era importante. Cada vez que me hacías sentir ridícula por querer cuidarnos.

Él apoyó los codos en la mesa y se frotó la cara con las manos.

—Pensé que eran tonterías. Que el amor no va de cenas ni de flores.

—No va solo de eso —asintió Clara—. Pero va de no machacar a la otra persona cuando las intenta tener. Yo no necesitaba flores. Necesitaba no sentir vergüenza por amar a mi propia pareja.

Hubo un silencio largo. Afuera, se oían los coches en la calle Luchana, algún vecino riendo en el piso de al lado, el sonido cotidiano de la ciudad que seguía sin ellos.

—No quiero que te vayas —dijo Sergio al fin, con la voz baja—. No así. Puedo cambiar.

Clara lo miró, y en su mirada había cansancio, pero también algo parecido a ternura antigua, desgastada.

—No dudo que puedas cambiar —respondió—. Lo que dudo es que quieras hacerlo por ti, y no por miedo a perderme. Y si es por miedo, cuando ese miedo pase, volverás a lo mismo.

Él se quedó callado, porque la frase le dio de lleno. Sabía, en el fondo, que ella tenía razón.

Esa noche durmieron en la misma cama, pero tan lejos que el espacio entre ambos parecía otra ciudad. Al día siguiente, Clara pidió cita con un abogado para informarse sobre la separación. No fue un arrebato; fue una consecuencia.

Un mes después, las cajas volvieron al piso, pero esta vez para llenarse. Ropa, libros, algunos marcos vacíos. Sergio la ayudó en silencio, sin grandes discursos, sin escenas dramáticas. Habían hablado largo durante esas semanas, habían ido a una sesión de terapia de pareja que acabó siendo más una despedida que un intento de arreglo.

En la puerta, con la maleta junto al ascensor, Sergio la miró por última vez como esposa.

—Nunca pensé que dejar de ser romántico pudiera llevarme hasta aquí —dijo, casi para sí.

Clara se colocó el bolso al hombro.

—No fue dejar de ser romántico —corrigió—. Fue dejar de respetar lo que para mí significaba amar. Y cuando tú dejaste eso, yo dejé de intentarlo.

El ascensor llegó. Se miraron unos segundos más, un último inventario silencioso de años compartidos. Luego, Clara entró.

—Cuídate, Sergio —dijo, apretando el botón de la planta baja.

Las puertas se cerraron con un sonido metálico. Él se quedó solo en el rellano, mirando el hueco vacío donde antes estaban sus cosas, sus notas, sus risas.

Solo entonces, en aquel silencio, comprendió del todo lo que había perdido. No era una esposa que organizaba cenas ni viajes. Era la única persona que, durante años, había intentado escribir una historia a dos, mientras él se avergonzaba de las palabras.

Y esa historia, simplemente, había llegado a su punto final.