“Nos mudamos el viernes”, anunció mi hermano, y la frase cayó en la habitación como una sentencia. “Mamá ya dijo que sí”. Noté cómo la casa entera pareció encogerse a mi alrededor, un zumbido sordo en los oídos. Sin responder, agarré el móvil: la pantalla se encendió sola, vibrando. Notificación tras notificación: sistema de alarma activado, movimiento detectado, intrusión registrada. Tragué saliva, con el corazón desbocado, y entonces la última alerta apareció en rojo, parpadeando, llamándome por mi nombre y algo más que no debería saber.

—Nos mudamos el viernes —anunció mi hermano Sergio, dejando la taza de café sobre el platito con un golpe seco—. Mamá ya ha dicho que sí.

El murmullo del bar en Chamberí se volvió un ruido lejano. Yo seguía viendo, por la ventana, la línea gris de la Castellana, pero de repente todo me pareció más estrecho, más bajo.

—¿Cómo que “nos mudamos”? —pregunté, sin mirarlo—. ¿A dónde?

—Al piso de papá, claro —respondió como si fuera obvio—. Es lo lógico. Está vacío casi siempre, y tú no necesitas tanto espacio.

Tragué saliva.

—No está vacío. Vivo yo —dije—. Y el piso está a mi nombre, ¿te acuerdas?

Sergio se recostó en la silla, sonriendo con esa calma que siempre me ha puesto nerviosa.

—Está a tu nombre, sí, pero Mamá tiene mucho que decir. Además, no hagas drama, Laura. Solo vamos a “compartir”. Lucía y los niños necesitan sitio. Tú casi no estás, siempre en la redacción.

Mi móvil vibró sobre la mesa, dando un pequeño salto junto a la cucharilla. Agradecí la interrupción. Lo cogí sin pensar.

En la pantalla, la notificación de la aplicación de la alarma:

“Alarma Salón – Detección de movimiento. Acceso no autorizado. Vídeo grabado.”

El estómago se me encogió.

—¿Pasa algo? —preguntó Sergio, inclinándose un poco.

—La alarma del piso —murmuré.

Toqué la notificación. La aplicación se abrió con lentitud desesperante, la barra de carga dando vueltas mientras el camarero gritaba un par de comandas en la barra. Tenía instaladas dos cámaras baratas: una en el salón y otra mirando a la puerta. Desde que papá murió y me quedé sola en Lavapiés, Mamá insistió en ponerlas. “Por seguridad”, decía.

Apareció la lista de eventos: varios avisos de días anteriores que yo, por pereza, ni había abierto. El último, de esa misma mañana, a las 7:32. Mientras yo me duchaba, supuestamente sola en casa.

Toqué el más reciente.

El vídeo empezó con un leve temblor de imagen: el salón medio a oscuras, la luz que se colaba por las persianas. Primero, nada. Luego, una sombra entrando desde el pasillo.

Acerqué el móvil a la cara. Una figura masculina, con sudadera oscura y una gorra. Entraba con seguridad, sin dudar, sin asomarse a la cámara como hacen los ladrones torpes de los vídeos virales. Caminó directo hacia la estantería donde guardaba las carpetas con papeles de la herencia. Se veía cómo abría una, cómo hojeaba algo, cómo metía documentos en una mochila.

Sentí un calor extraño subirme por el cuello.

—¿Qué miras? —insistió Sergio.

—Han entrado en casa —susurré. La voz me sonó más fría de lo que me sentía.

Puse el vídeo en horizontal para verlo mejor. Con los dedos, hice zoom sobre la cara del intruso justo cuando levantaba un momento la cabeza, tal vez por un ruido en el portal. La imagen se pixeló, luego se aclaró un poco. Vi la línea de la mandíbula, la barba recortada, la pequeña cicatriz junto a la ceja derecha.

Mis dedos se quedaron congelados en la pantalla. Conocía esa cicatriz desde que éramos niños y se la hizo cayéndose de la bici en el pueblo de los abuelos.

Sergio.

Tragué aire de golpe. Levanté la mirada. Él me observaba con una atención distinta, sin la sonrisa cómoda de antes, los ojos fijos en el móvil.

—Laura —dijo muy despacio—. Enséñame eso.

Su mano se estiró hacia mi teléfono, firme, sin temblar, mientras el vídeo seguía reproduciéndose en silencio, mostrando a mi hermano registrando mi casa.

Aparté el móvil antes de que lo alcanzara.

—No toques mi teléfono —dije, más alto de lo que pretendía. Algunas cabezas se giraron desde otras mesas.

Sergio sonrió, pero los ojos no acompañaron el gesto.

—Baja la voz, por favor. No queremos montar un espectáculo, ¿no?

Bloqueé la pantalla con el pulgar y guardé el móvil en el bolso. Notaba el corazón resonando en los oídos.

—Has entrado en mi piso —dije, clavándole la mirada—. Sin avisar. Has cogido papeles. ¿Cuántas veces?

Sergio se tomó un segundo para contestar, como si estuviera eligiendo palabras en un escaparate.

—No “he entrado” —respondió—. Mamá me dio llave. No hay allanamiento si uno de los dueños lo permite.

—El piso es mío —repetí, sintiendo que la frase se desgastaba cada vez que la decía.

—Papá te lo dejó a ti, sí —admitió, apoyando los codos en la mesa—. Pero Mamá tiene el usufructo vitalicio. ¿Te suena? Lo ponía, muy claro, en esos papeles que tanto te cuesta leer. Ella puede decidir quién vive allí. Es su derecho.

Noté cómo un frío distinto sustituyó el miedo inmediato. Un frío de explicación legal, de letras pequeñas que yo no había querido mirar.

—¿Por eso estabas registrando mis cosas? —pregunté—. ¿“Ejercías un derecho”?

Sergio soltó una breve carcajada.

—Relájate. Estaba buscando la carpeta con la escritura y el testamento. Mamá lo necesitaba para el abogado. ¿O preferías que se lo pidiéramos a ti, con tus horarios imposibles y tus ataques de ansiedad?

La palabra “ansiedad” me pinchó en el pecho.

—Un ataque de ansiedad no significa que esté loca —susurré.

—No he dicho eso —respondió con rapidez—. Pero tú sabes cómo te pones. Todo te supera. Vivir con alguien te vendrá bien. Te estabiliza.

Lo dijo como si estuviera haciendo un favor.

—Tú no te vas a instalar en mi casa —repliqué—. Ni tú, ni Lucía, ni tus niños. Y menos entrando a escondidas. Tengo la grabación. Si hace falta, voy a la policía.

Hubo un segundo de auténtico silencio entre nosotros, como si hasta el bar hubiera bajado el volumen. Sergio me miró largo rato. Después, inclinó un poco la cabeza, curioso.

—¿De verdad quieres hacer eso? —preguntó—. ¿Ir a comisaría, denunciar a tu propio hermano y a tu madre? Porque Mamá firmó el consentimiento para las llaves. Te lo van a decir muy claro: entre familia y en un piso compartido por derechos, lo único que van a ver es un conflicto civil. Nada de allanamiento. Te vas a quemar tú sola.

Quise responder que estaba mintiendo, que la ley me protegía, pero me di cuenta de que no tenía ni idea. Yo escribía crónicas culturales, no artículos de derecho inmobiliario.

Sergio se inclinó aún más, bajando la voz.

—Y si insistes en armar lío, podemos contar otras cosas. Tus noches sin dormir, las veces que has llamado a Mamá llorando, diciendo que escuchabas ruidos en el pasillo. Lo de aquella vez que te desmayaste en la redacción. Todo eso suena muy bien si alguien quiere argumentar que no estás del todo… centrada.

Sentí un hormigueo de rabia y miedo mezclados.

—Me estás amenazando —dije.

—Te estoy advirtiendo —corrigió—. Es más fácil si colaboras. El viernes vienen los de la mudanza. Tú decides cómo quieres que sea. O nos lo pones fácil y lo organizamos bien, cada uno con su habitación, o esto se convierte en una guerra en la que, créeme, vas a perder más que yo.

Pagó los cafés sin mirar la cuenta.

—Piénsalo. Mamá te llama luego —añadió, levantándose.

Lo vi salir a la calle, integrarse en la marea de gente hacia Alonso Martínez. Saqué el móvil de nuevo con manos temblorosas. Reproduje otra vez el vídeo de la cámara, esta vez con el sonido activado. Se escuchaba el crujido de mis cajones, el cierre de la mochila, el clic de la puerta al salir.

Guardé el clip en un archivo aparte, lo subí a la nube y lo reenvié al correo de mi trabajo. Luego, dudando solo un instante, lo mandé por WhatsApp a Carla, mi compañera de sección.

“Si me pasa algo raro, recuerda este vídeo”, escribí.

Cuando llegué esa noche al portal de mi edificio en Lavapiés, la furgoneta de mudanzas ya estaba aparcada en doble fila, con el logo de una empresa de Alcorcón. Tres hombres descargaban cajas. Y en la puerta, con un manojo de llaves nuevo en la mano, estaba Mamá, hablando con Sergio como si todo aquello fuera la cosa más normal del mundo.

—¿Qué es esto? —pregunté, antes incluso de saludar.

Mamá, con su abrigo beige y el pelo recogido en un moño tenso, se giró hacia mí. En la otra mano llevaba un sobre de papel manila.

—No levantes la voz, Laura, que te conoce todo el barrio —dijo en tono cansado—. Estamos adelantando cosas para el viernes. Si los chicos pueden dormir aquí ya hoy, mejor.

—Aquí vivo yo —repetí, por enésima vez ese día—. Sin que nadie me preguntara nada.

Sergio intervino con una sonrisa práctica.

—Nadie te ha echado. Vamos a convivir. Es distinto.

Subimos los tres por la escalera, detrás de los de la mudanza. Mi puerta estaba abierta de par en par. Dentro, el salón parecía ya un campo de batalla: mis libros apilados en cajas anónimas, los juguetes de mis sobrinos esparcidos por la alfombra, la foto de papá desplazada del mueble central para dejar sitio a una televisión más grande que la mía.

El olor a mi casa —mezcla de café, polvo de libros y detergente barato— se mezclaba con el plástico de las cajas, el sudor de los cargadores y el perfume demasiado dulce de Mamá.

—Esto no puede ser así —dije, casi sin aire—. No habéis esperado ni a hablar conmigo.

Mamá abrió el sobre y sacó varios documentos, doblados.

—Hablamos, Laura —respondió—. Otra cosa es que tú no quieras escuchar. Mira.

Me puso delante una fotocopia del testamento. Reconocí la firma de papá, la del notario, el sello de la notaría en Plaza de Castilla. La palabra “usufructo” aparecía subrayada, con fluorescente amarillo.

—El piso es tuyo en nuda propiedad —recitó Mamá, como quien lee una receta—, pero yo tengo el usufructo. Eso significa que yo decido quién lo usa mientras viva. Y yo he decidido que vivamos aquí todos. Tú, tu hermano, sus hijos, yo… Somos familia. Es lo normal.

—¿También es “normal” que Sergio haya estado entrando a escondidas cuando yo no estaba? —pregunté, mirándola fijamente.

Mamá parpadeó, incómoda.

—No digas tonterías. Le di una copia de la llave para que midiera, para ver dónde poner las literas. No dramatices. Siempre exageras las cosas.

Sentí una punzada familiar: la misma frase que me había repetido tantas veces de adolescente, cada vez que intentaba decir que algo me hacía daño.

—Tengo un vídeo de él registrando mis papeles —dije—. Si hace falta, voy a denunciar.

Sergio dejó de dar instrucciones a los de la mudanza y se acercó.

—Enséñaselo, si quieres —dijo, cruzándose de brazos—. Que vea cómo quedas tú. Una hija denunciando a su madre viuda y a su hermano por entrar en una casa que legalmente pueden ocupar. A ver qué juez te toma en serio.

—No es solo legal, Sergio —respondí—. Es moral.

—La moral no paga hipotecas —replicó con calma—. Y Mamá no puede seguir en Móstoles, sola, pagando un alquiler mientras tú tienes este piso con tres habitaciones para ti sola. Eso es lo que no es normal.

Sabía que, a ojos de cualquiera, su argumento sonaba razonable. Había algo humillante en ello.

Esa noche dormí en mi habitación, pero el pasillo ya no era el mismo: escuché las risas de mis sobrinos desde el cuarto contiguo, el murmullo de Lucía hablando por teléfono en la cocina, el arrastrar de muebles más allá de medianoche. Mi casa se había llenado de vida ajena en cuestión de horas.

Los días siguientes fueron una sucesión de pequeñas batallas. Toallas desaparecidas, comida compartida “sin querer”, mi escritorio convertido en mesa de deberes. Cada vez que protestaba, Mamá suspiraba y Sergio me miraba como si estuviera demostrando exactamente lo frágil que decía que era.

Fui a un abogado recomendado por Carla. Me escuchó, revisó las fotocopias, el vídeo de la cámara, los mensajes de WhatsApp.

—Legalmente —dijo al final, juntando las manos—, su madre tiene un derecho fuerte de uso. Si ella autoriza a su hijo a vivir allí, es complicado que prospere una denuncia por allanamiento. Podría intentar una acción para delimitar el uso, pero será lento, caro, y mientras tanto tendrá que seguir conviviendo. Y por lo que me cuenta, el conflicto familiar va a ser duro.

—¿Entonces no puedo hacer nada? —pregunté.

Él se encogió de hombros.

—Puede hacer cosas —respondió—. Pero ninguna la va a dejar satisfecha a corto plazo. A veces, la mejor decisión es irse antes de que la quemen viva.

Salí del despacho con más papeles pero menos fuerza. Esa noche, al llegar, encontré mis libros apilados en cajas en el pasillo. En el salón, donde antes estaba mi estantería, Sergio había montado su despacho improvisado con dos pantallas y una silla ergonómica.

—Te hemos dejado tu cuarto entero para ti —dijo, como si fuera generoso—. El salón ahora lo usamos todos. Es lo justo.

Miré las cajas, miré la mesa, miré a Mamá sirviendo la cena a los niños como si aquella escena hubiera existido siempre.

Al día siguiente pedí una excedencia en la redacción. Dos semanas después, encontré una habitación pequeña en un piso compartido en Tetuán, con dos estudiantes de doctorado y un gato tuerto que se llamaba Dalí. Firmé el contrato temblando, pero también con una extraña sensación de alivio: al menos aquella llave sería solo mía.

El último día que fui al piso de Lavapiés, lo hice sola, a media tarde. No quedaba casi nada mío. En mi antiguo dormitorio, la pared todavía conservaba la marca más clara donde había colgado la estantería. Dejé la llave sobre la encimera de la cocina.

Al salir al portal, escuché el timbre del piso. La voz de Sergio, desde dentro, gritó:

—¡Mamá, debe de ser el de la fibra!

La puerta se cerró detrás de mí con un clic suave. Al bajar la escalera, sentí algo parecido a una derrota limpia, sin drama, sin gritos. Una pérdida firmada ante notario, rodeada de argumentos razonables.

En la acera, el barrio seguía siendo el mismo: gente en las terrazas, niños jugando al balón, un acordeonista desafinado. Miré hacia arriba una última vez. En el balcón de lo que había sido mi casa, apareció Sergio, móvil en mano, hablando con alguien. Nuestros ojos se cruzaron un instante. Levantó la barbilla a modo de saludo, una expresión neutra en la cara.

No levanté la mano de vuelta. Simplemente di la vuelta a la esquina y me mezclé con la gente camino del metro.

El piso de papá ya no era mío, no de verdad. Pero al menos, por primera vez en mucho tiempo, el miedo a escuchar pasos en el pasillo por la noche no se debía a nadie más que a mí misma.