Dos meses después de haber corrido de vuelta con su exnovia, mi esposo me escribió como si nada hubiera pasado: «Pide perdón de verdad y quizá considere volver contigo». Leí el mensaje con las manos temblando y el corazón hecho trizas, y luego lo dejé en visto, sin una palabra. Días más tarde, cuando por fin empezaba a respirar sin pensar en él, llamó a mi puerta. Fui a abrir con absoluta calma… y su rostro se congeló al ver quién estaba a mi lado.

Dos meses después de que Sergio hiciera la maleta y se marchara corriendo a casa de su exnovia, recibí su mensaje.

“Pide perdón en condiciones y me plantearé volver contigo”.

Lo leí sentada en el pequeño sofá gris de mi nuevo piso en Lavapiés, con la camisa todavía arrugada de la jornada en el estudio de arquitectura. El móvil vibró, la pantalla se encendió con su nombre y, por pura inercia, deslicé el dedo. Cuando vi la frase completa, se me escapó una risa seca, incrédula.

“¿En serio?”, murmuré.

Durante siete años había sido “mi marido”, “mi compañero”, “mi todo”, como insistía él en las cenas familiares. Durante los últimos dos, también había sido mi carcelero invisible: comentarios velados sobre cómo vestía, con quién salía, cuánto tiempo pasaba con mis amigas, cuánto dinero gastaba. Y luego, la noche de la maleta: el portazo, el “no me obligues a elegir”, la confesión a medias de que se había reencontrado con Laura, la famosa exnovia “que no significaba nada ya”.

Me había elegido a mí, decía. Hasta que dejó de hacerlo.

Miré el mensaje otra vez. “Pide perdón en condiciones”. Como si él hubiera sido el abandonado, como si no hubiera cruzado la puerta con sus camisas perfectamente dobladas y una sonrisa casi aliviada, rumbo al piso de ella en Chamberí.

Lo bloqueé. Lo desbloqueé. Volví a bloquearlo. Al final, simplemente dejé el mensaje en leído, el visto azul brillante clavado como una respuesta silenciosa.

—¿Todo bien? —preguntó desde la cocina mi nueva compañera de piso—. Huele a drama.

—Nada que no me esperara —respondí, guardando el móvil en el bolsillo trasero—. Es Sergio.

Escuché cómo apagaba el grifo. No entró a curiosear, y se lo agradecí. Una de las cosas que más valoraba de ella era justamente esa discreción prudente, casi calculada.

Los días siguientes, Sergio insistió. Llamadas perdidas a las tres de la madrugada, correos electrónicos larguísimos, audios llenos de silencios dramáticos y suspiros exagerados. “Tenemos que hablar cara a cara”. “No puedes tirar siete años por la borda por un calentón mío”. “Sé adulta”. No respondí a nada.

Luego, de pronto, silencio.

El jueves por la tarde estaba cortando verduras en la encimera estrecha de la cocina cuando sonó el timbre. No esperaba a nadie. En Madrid siempre podía ser cualquier cosa: un repartidor equivocado, una vecina pidiendo sal, el del gas sin cita previa.

—Voy yo —dijo mi compañera, dejando el paño sobre el respaldo de la silla.

—Si es publicidad, dile que la meta en el buzón, por favor —le grité, medio distraída.

Oí el cerrojo girar. El pasillo estrecho amplificaba todos los sonidos: el crujido de la puerta, el murmullo amortiguado de voces al otro lado. Pero lo que escuché después me hizo clavar el cuchillo en la tabla y quedarme completamente quieta.

—¿Pero qué…? —la voz de Sergio, inconfundible, cortada de golpe—. No puede ser.

Hubo un silencio pesado, denso, como si el aire del rellano se hubiera congelado. Apagué el fuego casi sin mirar la cocina, me sequé las manos en un trapo y avancé por el pasillo. A cada paso oía con más claridad su respiración agitada, un leve temblor en su tono.

Me asomé al recibidor justo a tiempo para ver a Sergio, plantado en el umbral, los ojos abiertos de par en par, la boca entreabierta, mirando fijamente a la persona que le había abierto la puerta.

—Tú —susurró él, pálido—. ¿Qué haces aquí?

Y por primera vez en muchos años, vi verdadero miedo en su cara.

El silencio duró solo un segundo, pero se me hizo eterno.

Mi compañera de piso se apartó ligeramente del marco de la puerta, dejándolo a la vista por completo. Tenía el pelo recogido en una coleta alta y llevaba una sudadera grande, de las mías. Aún así, la reconocí como si la hubiera tenido delante toda la vida.

Laura.

La misma Laura a la que él había vuelto. La ex de la universidad, la del “fue algo del pasado, ya no hablamos apenas”. La mujer por la que Sergio había cruzado nuestra puerta con la maleta en la mano.

—Hola, Sergio —dijo ella, con una calma que no le había oído nunca, porque en realidad nunca la había oído decir nada—. No sabía que venías.

Él parpadeó varias veces, como si intentara reiniciar su cabeza.

—¿Qué…? ¿Qué está pasando aquí? —balbuceó—. Elena, ¿me puedes explicar por qué mi mujer vive con mi exnovia?

La forma en que remarcó “mi mujer” me dio una punzada, pero no donde él esperaba. Era una punzada de orgullo herido, sí, pero también de claridad. Ya no se sentía como una definición, sino como una mentira a medio camino.

—Pasa —dije, cruzando los brazos—. O mejor no. Esto se puede hablar perfectamente en el rellano.

El vecino del tercero abrió la puerta un milímetro para cotillear y volvió a cerrarla. Madrid.

Sergio entró sin pedir permiso, como si el piso aún fuera suyo. Miró alrededor: las plantas nuevas en la repisa, las fotos que yo misma había colgado en la pared —ninguna con él—, el par de botas de Laura junto a las mías.

—¿Vivís juntas? —preguntó, volviéndose hacia mí—. ¿Desde cuándo?

Laura y yo nos cruzamos una mirada rápida.

Flashback.

Un mes antes, un mensaje desde un número desconocido: “Soy Laura. Necesito hablar contigo. No es una trampa”. La había mandado a la papelera mental en cinco segundos. Una exnovia del marido que se había ido con ella no era precisamente con quien quería tomar café.

Pero insistió. Mandó capturas de pantallas de conversaciones con Sergio, fechas, mentiras calcadas a las que yo ya conocía. Y una frase que me hizo detenerme: “Creo que las dos hemos sido idiotas, pero tú eres la única que no se merece esto”.

Nos vimos en una cafetería de La Latina, en una mesa al fondo. Laura estaba más nerviosa que yo, jugueteando con el sobre del azúcar.

—Pensé que sabías que seguía contigo cuando él volvió a buscarme —me dijo, con los ojos enrojecidos—. Lo juro. Si lo hubiera sabido, no le habría abierto la puerta.

Hablamos tres horas. Descubrimos que Sergio nos había contado a cada una una versión distinta de la otra. A mí, que ella estaba obsesionada con él. A ella, que yo lo manipulaba con amenazas y llantos. Juntas, sus mentiras encajaron como un puzzle desagradable.

Dos semanas después, cuando ella decidió echarlo de su piso, ya apenas me sorprendió el mensaje que me mandó: “Me voy de casa. ¿Sabes de alguna habitación barata? No quiero volver a vivir sola, me conozco, y volveré a dejar entrar a un imbécil”.

Y aquí estábamos. Compartiendo alquiler, despensa y silencios cómodos.

Fin del flashback.

—Desde hace un mes —respondí al fin—. Justo desde que te fuiste de su casa.

Sergio soltó una carcajada corta, histérica.

—Esto es ridículo. Os estáis vengando. Es un numerito que habéis montado las dos. Siempre tan dramática, Elena, y tú —se giró hacia Laura— siempre necesitando atención.

—No es una venganza —replicó Laura, apoyándose en el marco de la puerta—. Es logística. Madrid está caro.

—Y también es información —añadí—. Cuando dejas de escuchar solo tu versión, todo tiene más sentido.

Él apretó la mandíbula.

—He venido porque te escribí, Elena —dijo—. Te di la oportunidad de arreglar las cosas. Pensé que se te pasaría el enfado y serías razonable.

—¿Arreglar las cosas? —repetí, sintiendo cómo algo en mi interior hacía clic—. Me pediste que “pidiera perdón en condiciones” para que tú te plantearas volver conmigo. Después de irte con ella. Después de mentirle a las dos.

Sus ojos se movieron de mí a Laura, inquietos.

—Las cosas no son tan simples —murmuró.

—Para mí sí —respondí—. Y para Laura, también.

Él se cruzó de brazos, intentando recuperar el control.

—Muy bien —dijo—. ¿Entonces para qué me has dejado venir? ¿Cuál es el plan? ¿Hacerme sentir culpable? ¿Colgar un vídeo en TikTok llamándome narcisista? —Sonrió con desprecio—. Creéis que me conocéis, pero no tenéis ni idea.

Fui hacia la mesa del salón y cogí una carpeta azul que había dejado preparada antes de empezar a cocinar. Noté cómo me temblaban un poco los dedos, pero mi voz salió firme.

—No te he dejado venir —corregí—. Has aparecido tú solo. Pero ya que estás aquí, vamos a aprovechar.

Le tendí la carpeta.

—¿Y esto qué es ahora? —preguntó, mirándola con recelo.

Lo miré a los ojos.

—Lo que realmente he decidido considerar —dije despacio—. Los papeles de la separación.

Y el pasillo, de repente, se hizo aún más estrecho.

Sergio abrió la carpeta como si dentro hubiera una bomba. Sus ojos recorrieron las primeras páginas, arrugando la frente a medida que avanzaba.

—Estás de broma —murmuró—. Elena, esto… esto no es serio.

—Lo es —respondí—. El abogado se llama Javier Roldán, es del colegio de abogados de Madrid, por si quieres comprobarlo. Su número está en la última hoja.

—¿Has contratado un abogado sin hablar conmigo? —alzó la voz, ofendido—. ¿Vas por ahí moviendo mis cosas a espaldas mías?

—Tus cosas, no —dije—. Mis cosas. Mis derechos. Mi vida.

Laura se mantuvo en segundo plano, callada, pero no se movió del recibidor. Su mera presencia parecía pinchar el globo de superioridad de Sergio.

—No vas a divorciarte —aseguró, cerrando la carpeta con un golpe seco—. Ahora estás dolida, pero se te pasará. Siempre te pasa. Hacías las maletas mil veces y nunca te ibas.

—Esta vez sí que se ha ido —intervino Laura, con una calma helada—. Y, por cierto, las cosas que se llevó eran suyas. Deja de hablar como si le debieras algo.

Sergio la ignoró.

—¿Y qué se supone que gano yo firmando esto? —me miró fijamente, como si fuera una negociación de trabajo—. Porque aquí solo veo que tú te quedas con el coche y con la mitad de los ahorros.

—La mitad de los ahorros es lo que me corresponde —respondí—. El coche está a mi nombre, lo pagué yo casi entero. Y tú te quedas sin mi nómina para tapar tus deudas, que también es algo.

Su gesto cambió un segundo.

—No tienes ni idea de lo que estás diciendo —espetó—. No puedes sostener tu ritmo de vida sola.

Sonreí por primera vez desde que había entrado.

—Ya lo llevo haciendo dos meses —dije—. El alquiler, las facturas, la compra. No ha caído el mundo.

—Con mi ayuda, también —añadió Laura, encogiéndose de hombros—. A veces la exnovia sirve para algo más que para el drama.

Sergio la fulminó con la mirada.

—Tú cállate. Eres la que empezó todo esto.

Ella dio un paso al frente.

—No. Lo empezaste tú cuando me dijiste que estabas solo —respondió—. Y luego lo continuaste cuando seguiste diciendo lo mismo en su casa. A mí ya no me vas a responsabilizar de lo que tú hiciste.

Vi un destello de algo parecido al pánico en los ojos de Sergio. Quizá no estaba acostumbrado a que le hablaran así. No Laura. No yo.

—Esto no lo voy a firmar —repitió, devolviéndome la carpeta—. No pienso dejar que destruyas nuestro matrimonio porque has tenido un ataque de orgullo.

Cogí la carpeta sin bajar la mirada.

—No necesito que lo firmes ahora mismo —dije—. Pero he venido preparando esto con calma. Ya he quitado mi nombre de las tarjetas que usabas tú. He hablado con el banco sobre la hipoteca del piso de Arganzuela. Y Javier ya sabe que, si te niegas, seguiremos por vía judicial.

La mención de “vía judicial” le hizo apretar los labios.

—¿Vas a meter abogados en esto? —espetó.

—Ya están metidos —contesté—. Durante años, cuando discutíamos, me decías que “nadie aguanta tus dramas”. Pues parece que mi abogado sí.

Hubo un silencio extraño, en el que solo se oía el ruido lejano de una moto en la calle, un perro ladrando, el ascensor subiendo.

—¿Y si hablamos los dos, solos? —propuso de pronto, cambiando el tono—. De verdad, Elena. Podemos ir a tomar algo, aclararnos. No tiene por qué terminar así. Tenemos historia, tenemos familia, amigos en común…

—La historia la seguiremos teniendo —lo corté—. Pero eso no obliga a nadie a quedarse en un lugar donde ya no quiere estar.

Sergio me miró como si no me reconociera.

—Te han lavado el cerebro —murmuró—. Ella —señaló a Laura— te ha llenado la cabeza de tonterías.

—Yo solo le enseñé tus mensajes —replicó Laura—. Tus promesas copiadas y pegadas, palabra por palabra. ¿Te acuerdas? “Eres lo mejor que me ha pasado”, “nunca he amado a nadie como a ti”. Las mismas frases, distinta fecha.

Noté que mi cara ardía, no de vergüenza, sino de una mezcla extraña de alivio y rabia por fin colocada en su sitio.

—Sergio —dije—. No he escrito esta historia yo sola. La hemos escrito entre tres. Tú decidiste irte. Tú decidiste mentir. Yo decido ahora terminarlo.

Él respiró hondo, mirando otra vez la carpeta. La abrió de nuevo, pasando las páginas con más lentitud. Cuando llegó a la última, se encontró con la nota de Javier: “Cualquier duda, llámame”.

—No prometo firmar nada hoy —dijo al fin—. Pero hablaré con un abogado. No vas a joderme más de lo que ya lo has hecho.

No contesté. Era una frase que, hace unos meses, me habría destrozado. Ahora solo sonaba hueca.

Se guardó una copia de los papeles bajo el brazo.

—Esto no se queda así —añadió, mirándonos a las dos—. Ya veréis.

Abrió la puerta y salió al rellano. Por primera vez, fue él quien cerró detrás de sí con cuidado.

Nos quedamos en silencio un rato. Oía mis propios latidos en las sienes.

—¿Estás bien? —preguntó Laura, al cabo de unos segundos.

Respiré hondo. Me di cuenta de que no estaba temblando. Ni llorando. Ni pidiendo perdón.

—Estoy… rara —admití—. Pero bien. Creo.

Ella sonrió, cansada.

—Bueno, al menos ahora ya hemos hecho la presentación oficial —bromeó—. “Hola, soy tu exmujer, esta es tu exnovia, vivimos juntas y no te necesitamos”.

Solté una carcajada que me pilló por sorpresa.

—Te debo la mitad del alquiler y una comida —le dije—. Y quizás algo más.

—No me debes nada —respondió—. Solo que no volvamos a caer en lo mismo.

Fui a la cocina, apagué el fuego que había vuelto a encenderse sin que me diera cuenta y miré el cuchillo sobre la tabla, las verduras a medio cortar, la vida a medio cocinar.

Por primera vez desde que Sergio se fue, la sensación no era de vacío, sino de espacio. Un espacio incómodo, incierto, pero mío.

—¿Tortilla de calabacín? —pregunté.

—Y una copia de esos papeles para leerlos juntas —contestó Laura, entrando en la cocina—. Que la próxima vez que venga, si es que vuelve, le recibimos con el BOE en la mano.

Me reí, esta vez sin peso en el pecho.

Mientras batía los huevos, el móvil vibró sobre la encimera. Un mensaje nuevo, de un número desconocido. Lo miré por encima: un enlace de Javier con el asunto “Pasos siguientes si él se niega a firmar”.

Lo abrí, lo leí despacio y lo guardé en una carpeta llamada “Futuro”.

Sergio podía considerar lo que quisiera. Podía hablar con quien quisiera. Podía amenazar, victimizarse, negociar.

Yo, por fin, también estaba considerando algo: mi vida sin él. Y, sorprendentemente, empezaba a parecer una opción bastante razonable.