Dos meses después de salir corriendo para volver con su exnovia, Diego me escribió:
“Pide perdón como es debido y me planteo volver contigo.”
Leí el mensaje en la pantalla del móvil mientras esperaba el metro en Lavapiés. Me quedé mirando esas palabras absurdas, con el rugido del tren acercándose y el eco de la megafonía de fondo. “Pide perdón”. Como si el que se hubiera ido no hubiera sido él, arrastrando su maleta a las tres de la madrugada, diciendo que estaba harto de “mi drama” y de mis “escenitas de celos”.
Guardé el móvil en el bolsillo sin contestar. El tren llegó, las puertas se abrieron y me subí como si no hubiera pasado nada. Pero el mensaje se quedó clavado detrás de los ojos todo el turno en el hospital.
Diego y yo habíamos estado juntos siete años, casados cuatro. Nos conocimos en la Escuela de Arquitectura de Madrid, cuando aún creía que él era esa mezcla perfecta de talento, ironía y ternura rara vez vista. Con el tiempo descubrí que la ironía le pesaba más que la ternura, y que el talento se le mezclaba con una inseguridad que pagaba con todo el mundo.
Carla siempre estuvo ahí, como un fantasma. “Es solo una amiga”, decía. La exnovia dramática, la que supuestamente no aceptaba la ruptura. Un día, revisando la cuenta conjunta, vi cargos que no reconocía en restaurantes cerca del despacho de ella. A los dos días, la discusión explotó y él terminó haciendo la maleta. Una semana después supe, por un amigo en común, que se había ido a vivir con Carla.
Durante esos dos meses, aprendí a hacer la compra solo para mí, a dormir en un lado de la cama sin alargar la mano buscando su espalda. Empecé a correr por el Retiro, a quedar más con mis compañeras de planta, a descubrir que el silencio en casa podía ser pesado pero también manejable.
El mensaje suyo llegó justo cuando empezaba a respirar sin que me doliera el pecho. No respondí ese día, ni el siguiente. Lo dejé ahí, como se deja una mancha en la pared que sabes que algún día pintarás encima.
Una semana después, sonó el timbre de mi piso en Lavapiés. Era sábado, media mañana. Yo estaba en la cocina, con las manos llenas de jabón, fregando la cafetera.
—¿Puedes abrir tú? —grité—. Creo que es el del gas.
Oí pasos hacia la puerta. El clic del cerrojo. Un silencio breve, como un vacío.
—¿Diego? —reconocí su voz desde la cocina, tensa, sorprendida.
Me asomé al pasillo justo a tiempo para verle en el umbral, con la misma cazadora de cuero de siempre, el pelo un poco más largo, los ojos muy abiertos.
No estaba mirándome a mí. Estaba mirando a la persona que le había abierto la puerta. Se quedó clavado, la boca entreabierta, la mano aún extendida hacia el timbre, completamente helado al ver quién le recibía en mi casa.
La que le había abierto la puerta era Carla.
Llevaba una camiseta vieja mía del Atlético de Madrid y el pelo recogido en un moño deshecho. Tenía una taza de café en la mano y unas gafas de pasta que yo no le había visto usar nunca en las fotos que un día husmeé en su Instagram, cuando todavía pensaba que ella era el problema.
—Buenos días, Diego —dijo ella, apoyándose con calma en el marco de la puerta—. Has madrugado para venir a “perdonar”, por lo que veo.
Él parpadeó varias veces, como si intentara enfocar una escena que no encajaba en su cabeza.
—¿Qué… qué haces aquí? —balbuceó—. ¿Por qué estás…?
—Viviendo —respondió Carla, encogiéndose de hombros—. Y tú estás bloqueando la puerta del piso de Lucía.
Me acerqué, secándome las manos en un paño. El corazón me iba muy rápido, pero por fuera conseguí mantener una calma que ni yo misma me creía.
—Hola, Diego —dije.
Me miró por fin como si acabara de recordarme.
—Lucía, podemos hablar a solas —soltó, en ese tono de falsa autoridad que conocía bien—. Esto es entre tú y yo. No tiene ningún sentido que ella…
—Yo también soy parte de “esto” —lo cortó Carla, con una sonrisa seca—. Créeme.
Diego se pasó una mano por la cara y soltó un suspiro exagerado.
—Vale, ¿qué broma es esta? ¿Os habéis puesto de acuerdo? ¿Es algún numerito de venganza, o qué?
—Ojalá fuera una broma —respondí—. Pero es mi casa, Diego. Y ella es mi compañera de piso.
Lo dije despacio, dejando que cada palabra cayera en medio del pasillo. Recordé la primera vez que vi a Carla en persona, hacía tres semanas, en una cafetería de La Latina. Me había escrito por Instagram.
“Sé que esto es raro, pero necesito hablar contigo. Sobre Diego.”
Fui con la mandíbula apretada, preparada para una pelea. Me encontré con una mujer con ojeras profundas y una carpeta llena de extractos bancarios, mensajes impresos, correos. Historias que sonaban demasiado parecidas a las mías: acusaciones, manipulación, desapariciones de un par de días. El mismo discurso de “estás loca, exageras, solo eres dramática”.
Esa tarde, en la cafetería, descubrimos que cuando él me decía que trabajaba hasta tarde, estaba con ella. Y cuando le decía a ella que estaba con un “cliente pesado”, era conmigo. Carla lo había echado de su piso un mes antes, después de descubrir mensajes con otra chica más.
—Cuando le eché, se quedó sin sitio donde caer —añadió Carla ahora, mirándolo—. Igual pensabas que Lucía seguiría donde la dejaste, ¿no?
Diego apretó la mandíbula.
—He venido a darte una oportunidad —me dijo, clavando los ojos en mí—. Podemos arreglar esto, pero tienes que reconocer lo que hiciste, Lucía. Tu carácter, tus ataques de celos… me empujaste a irme. Yo no quería.
Carla soltó una risa baja.
—No quería, pero bien que te llevaste la tele, el portátil y hasta la cafetera, campeón.
—No estoy hablando contigo —le escupió Diego.
Yo respiré hondo.
—No voy a pedirte perdón —dije—. Y no quiero “arreglar” nada. De hecho, vine a enseñarte algo.
Fui al salón, abrí el cajón del mueble de la tele y saqué una carpeta azul. La había preparado la semana anterior, después de hablar con un abogado que Carla me recomendó. La tenía lista para enviarla por burofax.
—¿Qué es eso? —preguntó Diego, aunque en sus ojos ya lo sabía.
Abrí la carpeta, saqué los papeles y los puse sobre la mesita del recibidor, entre las llaves y el cuenco donde dejábamos las monedas.
—La demanda de divorcio —expliqué—. Solo falta tu firma.
Diego sonrió, pero no le llegó a los ojos.
—No vas a divorciarte de mí así como así —susurró—. Si haces esto, Lucía, vas a perder mucho más de lo que crees. No tienes ni idea de en qué te estás metiendo.
El tono me heló la espalda.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, sintiendo cómo Carla se tensaba a mi lado.
Él alzó la barbilla, encontrando de nuevo ese brillo de poder en la mirada.
—Quiero decir que si sigues adelante con esto, dejo de pagar la hipoteca del piso de tus padres, ese en Alcorcón donde puse mi firma de aval. Y cuando el banco se os eche encima, a ver cómo explicas que todo fue por tu capricho de divorciarte.
El pasillo se encogió de golpe. Por un segundo, volví a sentirme pequeña, atrapada, con la respiración corta. Diego sonreía, convencido de tener de nuevo la mano ganadora.
El silencio duró apenas unos segundos, pero a mí se me hizo interminable. Podía oír el ruido distante de un carrito de la compra en el rellano, una televisión encendida en el piso de al lado, el zumbido del frigorífico en la cocina.
Carla fue la primera en moverse. Se cruzó de brazos y lo miró como se mira a un niño que acaba de romper algo y aún no lo sabe.
—Siempre igual —murmuró—. Amenazas, medias verdades. Cambias de arma, pero la táctica es la misma.
Diego ni la miró. Seguía pendiente de mí.
—Lo sabes, Lucía —insistió—. Sin mi nómina, tus padres no habrían conseguido esa hipoteca. El banco puede perfectamente…
—No, no puede —lo interrumpí.
La voz me salió más firme de lo que esperaba. Diego frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
Tragué saliva. Recordé la cita en el despacho del abogado tres días antes. Carla se había sentado a mi lado, tomando notas en silencio, mientras yo escuchaba cómo aquel hombre con gafas finas y corbata mal anudada me explicaba, punto por punto, hasta dónde llegaba realmente el poder de Diego. Resultó ser bastante menos de lo que él creía.
—El mes pasado —dije despacio—, mis padres hicieron una novación de la hipoteca. Refinanciaron. El banco aceptó quitarte como avalista porque llevabas meses sin presentar las nóminas que prometiste y porque ellos aportaron un certificado de ahorros. Ya no figuras en el préstamo, Diego. Lo comprobé yo misma.
Su cara cambió de golpe, como si le hubieran arrancado una máscara.
—Estás mintiendo —escupió—. Eso no puede hacerse así de fácil.
—Fácil no fue —admití—. Pero se hizo. Y el abogado me explicó que tú ya no puedes “dejar de pagar” algo en lo que ni siquiera apareces.
Carla arqueó una ceja.
—Qué mala suerte, ¿no? Te has quedado sin rehén.
Diego dio un paso dentro del piso, encogiéndonos el espacio. Su perfume me llegó, familiar y ajeno a la vez.
—¿Así que te has pasado dos meses conspirando contra mí? —dijo, la voz cada vez más tensa—. Hablando con mi exnovia, con abogados, con tus padres… ¿Sabes cómo suena eso, Lucía? Como una traición.
—Lo que suena es a que por fin se está defendiendo —replicó Carla—. Cosa que deberíamos haber hecho las dos hace años.
Él se giró hacia ella, rojo.
—Tú te callas. Te di todo después de lo de la facultad, y mírate ahora, viviendo de prestado, con la camiseta del Atleti de mi mujer.
—Exmujer —lo corregí—. En cuanto firmes.
Diego me miró fijamente, buscando algo en mi cara: miedo, duda, una grieta. No lo encontró.
—No voy a firmar nada —sentenció—. Y no me echáis de aquí. Esta también fue mi casa.
Carla sacó el móvil del bolsillo del pantalón.
—Perfecto —dijo—. Entonces llamo a la policía y les cuento que un hombre que ya no está empadronado aquí, que cambió su dirección hace dos meses, se ha presentado en casa de su todavía esposa para intimidarla. Seguro que vienen encantados.
Durante un instante pensé que estaba exagerando. Pero vi cómo, al oír la palabra “policía”, Diego titubeaba. Esa parte suya que siempre calculaba riesgos se activó. Miró hacia el hueco de la escalera, escuchó los ruidos del edificio, midió la escena.
—No hace falta montar un numerito —dijo al fin, bajando un poco la voz—. Solo quiero hablar con mi mujer.
—Pues habla —contesté—. Te escucho.
Se frotó la frente. Parecía agotado, como si de repente le hubiera caído encima toda la noche anterior.
—No quería que esto acabara así —murmuró—. Nos conocemos desde hace años, Lucía. Hemos pasado demasiadas cosas juntos. Yo… estoy en una mala racha, ya lo sabes. El trabajo, lo de mi padre, lo de…
—Siempre estás en una mala racha —lo interrumpí—. Y siempre somos las demás las que pagamos la factura.
No lo dije con rabia. Lo dije como quien recita un diagnóstico.
Diego miró el montón de papeles en la mesita. Alargó la mano, los hojeó por encima.
—No pienso firmar hoy —concluyó—. Y si enviáis ese papelito sin mi firma, os vais a cansar de ir a juicios.
—Entonces nos cansaremos —respondí.
Carla, sin dejar de mirarlo, marcó un número en el móvil. No sé si era realmente el 091 o el de una amiga; Diego no lo supo tampoco. Solo oyó cómo ella empezaba a decir:
—Sí, hola, quería informar de…
Él levantó las manos, como rindiéndose.
—Vale, vale, ya está —murmuró—. No hace falta. Me voy.
Se guardó las manos en los bolsillos, pero antes de girarse hacia la puerta me sostuvo la mirada por última vez.
—Te vas a arrepentir, Lucía —dijo, sin levantar la voz—. Las cosas no te irán tan bien como crees. No sin mí.
No contesté. Carla se apartó del marco para dejarle paso. Él salió al rellano, cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. El golpe resonó por todo el piso.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Carla colgó la llamada imaginaria y soltó el móvil en la consola.
—¿Estás bien? —preguntó.
Me di cuenta de que estaba temblando. Me apoyé en la pared, respiré hondo y asentí despacio.
—Sí —respondí—. Esta vez sí.
Meses después, el divorcio avanzaba sin su firma, más lento, más pesado, pero avanzaba. Encontré un puesto de enfermera supervisora en el hospital de La Paz. Carla se mudó a Valencia para empezar un máster, pero seguimos hablando casi cada día. El piso de Lavapiés se llenó de otras risas, otras visitas, otras vidas.
Una tarde de otoño, ordenando cajas, encontré un viejo móvil en cuyo buzón de voz aún quedaban mensajes de Diego: promesas, disculpas, risas borrachas de madrugada. Me senté en el sofá, escuché un par en silencio y, sin pensarlo demasiado, pulsé “eliminar todo”.
La barra de progreso avanzó hasta el final. La pantalla volvió a quedarse en blanco. Afuera, Madrid seguía sonando igual. Dentro, por fin, sonaba distinto.



