Terminé por fin mi divorcio un martes a las once y veinte de la mañana, en un juzgado gris de Madrid que olía a café recalentado y papel húmedo. Firmé, recogí mi copia y no miré a Diego ni un segundo más de lo necesario. Sólo vi, de reojo, su perfil tenso, la mandíbula tan apretada como el día en que descubrí los mensajes con Marina.
Tres semanas después estaba viviendo en Valencia, en un piso pequeño en Ruzafa, con azulejos antiguos y un balcón diminuto que daba a una calle llena de terrazas. Cambié de trabajo, de peluquería, de bar favorito. Empecé de cero como quien se arranca una venda de golpe: si dolía, que doliera rápido.
Diego y yo habíamos estado juntos doce años. Él, ingeniero informático; yo, diseñadora gráfica. Marina había sido “la nueva del departamento de marketing”. Diez años más joven, risas fáciles, uñas rojas. Cuando la descubrí, el affair llevaba casi un año. Él juró que iba a dejarla, que había sido una crisis, que conmigo quería “la vida de verdad”. Yo ya no le creí.
El divorcio se hizo firme en mayo. En julio, una noche calurosa, estaba en casa con una cerveza fría mirando el móvil cuando vi la foto: Diego y Marina, abrazados en una finca de las afueras de Madrid, probando el menú de boda. Pie de foto: “Cuenta atrás 💍”. Menos de tres meses después de que el juez pusiera punto final a nuestro matrimonio.
Me reí, pero fue una risa hueca. Bloqueé su perfil, desbloqueé, volví a bloquear. Al final lo dejé como estaba y silencié todo. Si se quería casar con su amante, que lo hiciera. Yo tenía bastante con aprender a dormir sin su respiración a mi lado.
Carlos fue el único amigo en común que mantuve. Habíamos estudiado juntos en la universidad, y él siempre había jugado a ser el mediador.
—Voy a ir a la cena de ensayo —me dijo por audio el viernes—. Si pasa algo digno de cotilleo, te lo cuento.
Esa noche cené sola en una terraza de la calle Cádiz, con una ensaladilla rusa y una copa de verdejo. El aire olía a mar y a fritura. Carlos me mandó una foto: Diego con traje azul marino, Marina de blanco roto, todos riendo alrededor de una mesa larga. Silencié la conversación y dejé el móvil boca abajo.
Más tarde, ya en casa, Carlos me llamaría para contarme lo que pasó en esa cena. Que, entre copa y copa, soltó la frase que le heló la sonrisa a Diego. Que mencionó algo que yo le había confesado meses antes, pensando que se quedaría entre nosotros.
Pero en ese momento yo aún no lo sabía.
Lo único que supe fue esto: eran casi las once, estaba desmaquillándome en el baño, cuando el móvil empezó a vibrar sin parar sobre el lavabo. Una llamada, otra, otra. Notificaciones encadenadas.
Miré la pantalla, con el corazón acelerado.
“Diego – Llamada entrante”.
Y debajo, una ristra de WhatsApps que se abrían como una herida:
“Lucía, ¿estás despierta?”
“Necesito hablar contigo. Ahora.”
“Por favor, contesta.”
Durante unos segundos me quedé quieta, con el algodón empapado de desmaquillante en la mano. Hacía meses que no veía su nombre iluminando mi pantalla. Lo había borrado de todo menos de la agenda; un resto de costumbre, quizá.
La llamada terminó. Al segundo volvió a sonar.
Colgué. Volvió a sonar.
Abrí los mensajes, más por curiosidad que por otra cosa.
“Lucía, no es una tontería.”
“Sé que es tarde, pero necesito escucharte.”
“Sólo cinco minutos. Te lo pido por favor.”
Diego no era de pedir por favor. No cuando teníamos problemas, no cuando le enfrenté con las capturas de sus mensajes con Marina. Entonces había exigido, justificado, minimizado. Aquella súplica rara me descolocó.
La cuarta vez que llamó, contesté.
—¿Qué quieres, Diego? —pregunté, sin saludar.
Se oyó ruido de fondo: cubiertos, risas lejanas, una puerta que se cerraba de golpe. Su voz sonó un poco pastosa, con ese tono de borracho que intenta parecer sobrio.
—Lucía… gracias por cogerlo. —Respiró hondo—. Estoy fuera, en el parking de la finca. Necesito preguntarte una cosa.
—Te casas mañana —dije—. Si es para invitarme, llegas tarde.
—No bromees, por favor. —Hizo una pausa—. Carlos ha dicho algo en la mesa. Algo que… no sé si es verdad.
Ahí entendí. Sentí un frío conocido en el estómago.
—¿Qué ha dicho Carlos?
—Que… —titubeó—. Que cuando hablasteis hace unos meses, le dijiste que, si yo te hubiera pedido de verdad que no firmaras el divorcio, lo habrías pensado. Que todavía había una posibilidad.
Me apoyé en el lavabo. Recordé perfectamente esa tarde con Carlos, las cervezas, la confesión que se me escapó como quien abre una ventana un segundo y la vuelve a cerrar.
—Carlos habla demasiado cuando bebe —respondí.
—¿Es verdad? —insistió Diego—. Dímelo. ¿Lo habrías pensado?
Durante unos segundos sólo se oyó mi respiración y la suya, agitada.
—Da igual —dije al fin—. No lo hiciste.
—Lucía, no me contestas. —Su voz subió medio tono—. Estoy a horas de casarme con otra persona y acabo de enterarme de que quizá lo podríamos haber intentado… ¿Cómo se supone que tengo que sentarme mañana en esa iglesia y decir “sí, quiero” como si nada?
Me reí, pero sin humor.
—Podrías haber pensado en eso cuando me llamabas “loca” por desconfiar de Marina.
Silencio. Luego, más bajo:
—La cagué. Lo sé. Pero… te juro que nunca imaginé que tú… —Se interrumpió—. ¿Lo hubieras pensado, sí o no?
No sé si quise vengarme un poco, o sólo ser honesta por primera vez en mucho tiempo.
—Sí —admití—. Lo habría pensado.
Oí cómo soltaba el aire, como si llevara toda la noche sin respirar.
—Vale… vale. —Hubo un sonido de pasos, una puerta que se abría, el brusco ruido de la calle nocturna—. Voy para allá.
—¿Cómo que “para aquí”? —fruncí el ceño.
—A Valencia —dijo, como si fuera lo más lógico del mundo—. Cojo el coche ahora. Llego en tres horas. Necesito verte, mirarte a la cara. Si después de hablar sigo queriendo casarme, me caso. Si no…
—¿Estás loco? —Le corté—. Mañana es tu boda.
—Mañana es mi condena si estoy cometiendo un error. —Su tono se volvió urgente—. Por favor, Lucía. Una conversación. Te lo debo. Me lo debo.
Estuve a punto de decirle que ni se le ocurriera. Que no quería verle jamás. Pero las palabras se quedaron atascadas. Pensé en Marina, en mí, en esos doce años, en la cara de Diego cuando firmamos el divorcio.
El silencio, al otro lado, se hizo espeso.
—Harás lo que quieras —dije al final—. Como siempre.
Colgué.
Me acosté convencida de que no aparecería. Que era el típico arrebato dramático de última hora. Puse el móvil en silencio y cerré los ojos.
A las tres y media de la madrugada, el portero automático sonó insistente. Me incorporé de golpe, con el corazón acelerado. Me asomé al balcón.
Abajo, bajo la farola, estaba Diego. Con el traje arrugado, la corbata colgando del cuello y una botella de agua en la mano. Miraba hacia mi ventana como si rezara a un santo.
Y subió.
Le abrí sin hablar. Cuando llegó al tercer piso, estaba sudando y olía a mezcla de colonia cara, tabaco frío y whisky barato.
—Gracias —murmuró al entrar—. Pensé que no abrirías.
Se quedó en medio del salón, mirando alrededor. Mi piso nuevo, mi sofá nuevo, mi vida nueva. Ningún rastro de él.
—No te sientes —dije—. Habla.
Sonrió, cansado.
—Sigues siendo igual de delicada.
Le señalé la cocina. Puse agua a hervir para un té, más por tener algo que hacer con las manos que por otra cosa. Mientras él hablaba, dejé el móvil sobre la encimera, boca abajo, con la grabadora abierta. No fue un plan frío; fue instinto. Quizá una parte de mí quería pruebas de aquella noche absurda.
—Cuando Carlos lo ha dicho —empezó Diego—, he sentido que me arrancaban el suelo. —Se apoyó en la puerta—. Yo estaba convencido de que tú estabas deseando librarte de mí. Que en cuanto firmáramos ibas a desaparecer, a rehacer tu vida, a… no sé.
—Y lo he hecho —respondí—. Aquí me tienes.
—Sí. —Me miró de arriba abajo—. Pero no pensé que quedara nada que… que se pudiera salvar.
—No quedaba nada mientras te acostabas con Marina en hoteles de carretera —contesté—. Qué casualidad.
Bajó la vista. Durante un momento pareció más joven, casi el chico de veintidós años que conocí en la facultad.
—No hay excusa. Sólo puedo decirte que… fue cobardía. No supe cortar nada, ni contigo ni con ella. Y al final perdí todo.
—No has perdido todo —señalé—. Mañana te casas.
Se quedó en silencio. Luego dijo:
—Eso es lo que no sé.
Durante horas hablamos. De la primera vez que sospeché de Marina. De las mentiras pequeñas, de las discusiones, de cómo él se sintió “asfixiado” cuando yo empecé a hablar de hijos y de hipotecas. Cada tanto miraba la hora en el reloj de pulsera como si estuviera midiendo el tiempo hasta su ejecución.
A las cinco menos cuarto, sus ojos estaban vidriosos.
—Dímelo tú —susurró—. ¿Crees que debo casarme?
Le sostuve la mirada.
—No soy tu conciencia, Diego. —Hice una pausa—. Lo único que sé es que nunca fuiste capaz de elegir algo que no fuera lo más cómodo para ti.
Se acercó, despacio, como si cruzara un campo minado. Puso una mano en la encimera, tan cerca de la mía que pude notar el temblor.
—Si me dices que todavía… que todavía hay una mínima posibilidad… —susurró—. Llamo al cura ahora mismo y lo paro todo.
Sentí un latigazo de rabia, mezclado con algo mucho más antiguo.
—Siempre llegas tarde —dije.
Entonces intentó besarme. Giré la cara. Su boca rozó mi mejilla, seca.
—No —añadí—. Esa decisión tenías que tomarla cuando aún era tu mujer.
Se apartó, como si le hubiera dado una bofetada. Se pasó las manos por la cara, respiró hondo varias veces.
—Vale. Lo entiendo.
Diez minutos después, estaba en la puerta. En su mano izquierda, el dedo anular desnudo mostraba la marca blanca donde había llevado nuestro anillo.
—No le cuentes a nadie que he estado aquí —pidió, ya en el rellano—. Por favor.
No respondí. Cerré.
Dormí dos horas a trompicones. Al despertar, el sol entraba a chorros por el balcón. Preparé café, me senté en la mesa y abrí la grabadora del móvil. Reescuché trozos de la conversación: su voz diciendo “si me dices ven, lo dejo todo”, su “no sé si quiero casarme”, su “la cagué contigo”.
Entré en WhatsApp. Busqué el número de Marina. Nunca habíamos hablado, pero lo tenía guardado desde aquella época en que nos mandábamos fotos de cenas de empresa.
Su foto de perfil era reciente: ella, con rulos en el pelo, una bata blanca de novia, una sonrisa enorme frente a un espejo.
“Buenos días, Marina”, escribí. Borré. Escribí de nuevo:
“Haz con esto lo que quieras, pero al menos que sea con toda la información”.
Adjunté tres audios: dos de la noche y uno en el que Diego decía claramente: “Si Lucía me lo pidiera, no me casaría mañana”.
Le di a enviar.
Apagué el móvil. Me duché, me vestí, salí a la calle. Caminé hasta la playa de la Malvarrosa y me senté en la arena. El mar estaba lleno de niños gritando y parejas tomando el sol. Nadie tenía ni idea de que, a trescientos kilómetros, una boda estaba a punto de arder.
Cuando volví a encender el teléfono, tres horas después, tenía más de cincuenta notificaciones.
Mensajes de Carlos:
“¿Qué has hecho, tía?”
“Marina ha recibido unos audios tuyos.”
“Se ha encerrado en un baño del hotel, está hecha polvo.”
“Han parado la ceremonia. Marta dice que Marina se ha ido en taxi.”
Mensajes de un número desconocido, probablemente una amiga de ella: insultos, acusaciones, lágrimas escritas en mayúsculas.
Y, por último, un mensaje de Diego.
“Lo has conseguido. No se ha casado. No vuelvas a llamarme nunca.”
Lo leí dos veces. No respondí.
Apagué las notificaciones, abrí Spotify y me puse una lista cualquiera. El sol me daba en la cara, el mar seguía estando ahí y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que el hilo que nos unía se había roto del todo.
No era justicia ni venganza. Era, simplemente, un final.



