—“Estaba pasándolo mal. Estás exagerando”, dijo Diego, todavía con el abrigo puesto, la bufanda colgando torcida, las mejillas enrojecidas por el frío de febrero de Madrid.
Yo estaba sentada en la mesa del comedor, frente al trozo de tarta que había comprado para mí misma unas horas antes. Una vela pequeña, ya apagada, se había hundido un poco en la cobertura de chocolate. El piso olía a cera gastada y a vino barato. En la encimera quedaban dos copas, una vacía, la otra a medio llenar. Solo mías.
—Eran las once y media, Diego —dije sin mirarlo—. Mi cumpleaños acabó hace media hora.
Él dejó las llaves en el cuenco de la entrada, con ese tintineo que siempre conocía de memoria. Se acercó al pasillo, sin atreverse a cruzar del todo al comedor.
—Lucía, ya te he dicho… Marta estaba fatal. Me llamó llorando. No iba a dejarla sola así.
El nombre de Marta, su ex, flotó en el aire como un mosquito que no muere nunca. Llevábamos siete años casados, diez juntos. Marta era el capítulo que, según él, había quedado atrás antes de que yo apareciera. Pero esa noche, mi cumpleaños número treinta y cuatro, había sido él quien desapareció.
Recordé el momento exacto: las ocho y cuarto, yo arreglada con un vestido burdeos, el pelo recién planchado, la reserva hecha en un restaurante de Lavapiés. Mensaje de Diego: “Cariño, surgió algo en el trabajo, llego un poco tarde. No empieces sin mí”.
A las nueve, otro mensaje: “Te llamo ahora”. No llamó.
A las diez y diez, mi llamada fue directa al buzón.
En algún momento entre las diez y media y las once, apagué la vela sola, hice una foto ridícula de la tarta para mandar al grupo de amigas y me serví la segunda copa de vino mirando por la ventana las luces de la ciudad.
Ahora, con él allí, todo olía a mentira mezclada con colonia masculina.
—¿Trabajo? —pregunté, girando por fin la cabeza hacia él—. ¿O Marta?
Diego suspiró, como si yo fuera la pesada.
—Primero fue una cosa del trabajo, luego Marta. Me escribió que estaba teniendo un ataque de ansiedad. Vivo a quince minutos de su casa, Lucía. No iba a dejarla tirada.
Me fijé en su bufanda. No era la que había cogido al salir. Había salido con la gris, volvía con la azul oscura que solía dejar en el coche. Detalle mínimo, pero se me clavó.
—¿Un ataque de ansiedad que dura cuatro horas y sin un solo mensaje tuyo? —dije, con la voz tan baja que apenas sonó.
Él negó con la cabeza, dio un paso hacia el comedor.
—No entiendes, cuando se pone así, se queda bloqueada. Le hice una cena rápida, hablamos un rato, se calmó. No pasó nada. Estás haciendo un drama de la nada.
“Un drama de la nada”. Las palabras rebotaron en la pared blanca. Me levanté sin brusquedad. Mis manos no temblaban; el temblor estaba dentro, en el pecho.
Me quité el anillo con un gesto lento, acostumbrado. Lo había hecho tantas veces para fregar platos, para poner crema, para dormir. Pero nunca se había sentido tan pesado. Lo dejé sobre la mesa, junto al plato con la tarta mordida. El metal hizo un sonido seco contra la madera.
Diego se quedó en el marco de la puerta, inmóvil. Sus ojos bajaron al anillo, luego a mí.
—Lucía… ¿Qué haces?
No respondí. Pasé a su lado, tan cerca que pude oler un perfume que no era el mío, una mezcla floral que jamás había usado. Atravesé el pasillo hacia el dormitorio.
En ese momento, su móvil vibró en el bolsillo de su abrigo, allá en la entrada. No hizo falta verlo para saber qué nombre aparecería en la pantalla. El sonido llenó el silencio del piso.
Me detuve unos segundos sin volver la vista atrás.
Dormí a trompicones, si es que se podía llamar dormir. Oía a Diego caminar por el piso, abrir y cerrar cajones, ir al baño, volver al salón. A las dos de la mañana, el sofá crujió; imaginé su cuerpo tendido allí, mirando el techo, quizá con el móvil en la mano.
Cuando amaneció sobre Chamberí, la luz gris entró por las persianas entreabiertas. La ciudad empezó su rutina: motores, voces en la calle, pasos apresurados. Yo seguía en la cama, con la ropa del día anterior, el maquillaje corrido. El anillo no estaba en mi dedo. Eso era lo único claro.
Diego asomó la cabeza por la puerta del dormitorio.
—¿Puedo pasar?
No respondí. Se sentó al borde de la cama, sin llegar a tocarme. Llevaba otra camiseta, la del Atlético, arrugada.
—Lucía, no quiero que esto se convierta en algo enorme. No pasó nada entre Marta y yo. Te lo juro.
—No te pedí un juramento —dije, mirando el techo—. Te pedí que estuvieras conmigo en mi cumpleaños.
—No pensé que se alargaría tanto.
—Podías haberte ido.
—No la habías visto —insistió, con los ojos rojos—. Estaba deshecha, de verdad. Desde que la dejó el novio está muy mal.
Marta. Otra vez Marta. La chica de la que me habló al principio como “una historia complicada” vivía a dos estaciones de metro de nuestro piso, en Argüelles. Nunca la había visto en persona; solo algunas fotos perdidas en su Instagram cuando todavía no la había bloqueado. Un rostro de ojos claros, sonrisa ladeada, algún festival de música, playas en Cádiz. Una historia antigua, supuestamente cerrada.
—¿Te besó? —pregunté, de repente.
Diego pareció ofendido.
—¿Qué dices? ¡Claro que no!
—¿La abrazaste?
—Pues sí, un abrazo, Lucía. Estaba llorando.
—¿Te pidió que te quedaras?
Titubeó un segundo.
—Me pidió que no la dejara sola hasta que se durmiera.
La imagen de él, sentado en la cama de Marta, esperándola a que se durmiera, se me clavó en la garganta.
—¿Y tú te quedaste mirando cómo se dormía? —susurré—. ¿Como antes conmigo?
Él bajó la mirada.
—Me quedé en el sofá —dijo al fin—. Ni siquiera entré en su habitación.
Silencio. El piso entero parecía contener la respiración.
—El anillo… —murmuró—. No hagas tonterías.
—No he hecho ninguna tontería —contesté, incorporándome por fin—. Solo he hecho visible algo que ya estaba ocurriendo desde hace tiempo.
Desayuné un café frío en la cocina mientras él se duchaba. Sus movimientos detrás de la puerta del baño sonaban familiares pero lejanos, como si pertenecieran a otro piso, a otra vida. Cogí mi bolso, guardé el móvil, la cartera, un cargador y una sudadera.
—¿A dónde vas? —preguntó, cuando me vio calzándome las zapatillas.
—A casa de Paula. Necesito pensar sin escucharte justificarte.
Paula era mi amiga desde la universidad, vivía en Lavapiés, compartía piso con otra chica y un gato sin cola llamado Rufián. Siempre me decía que si alguna vez necesitaba huir, su sofá estaba libre. Nunca pensé que fuera a necesitarlo por algo tan… cotidiano.
En su salón, con olor a café y tostadas, le conté todo. Ella me escuchó con el ceño fruncido, el pelo recogido en un moño improvisado.
—Enséñame su Instagram —dijo de repente.
—¿El de Marta? La bloqueé hace años. Me daba cosa ver cosas suyas.
—Créeme, hoy no es día para tener pudor.
Con un correo antiguo, conseguimos encontrar su cuenta abierta en el ordenador de Paula. Fotos de bares de Malasaña, stories de conciertos, memes. Paula fue pasando el dedo hasta que se quedó quieta.
—Mira esto —susurró.
Era una story de la noche anterior, subida a las doce y pico, cuando Diego aún no había llegado a casa. Se veía una mesa pequeña con dos platos de pasta, una botella de vino tinto casi vacía y dos copas. En la pared, el reflejo borroso de dos siluetas. Una claramente femenina. La otra, más alta, con el pelo oscuro. No se le veía la cara, pero reconocí la forma de sus hombros.
Sobre la imagen, Marta había escrito: “Algunas personas nunca te dejan sola cuando estás mal. Gracias” seguido de un corazón rojo.
La sangre me golpeó los oídos. Paula me miró sin decir nada.
—Puede ser otra persona —musitó, más por cumplir que porque lo creyera.
En la esquina de la pantalla, se veía el borde de una bufanda azul oscura. La misma que Diego llevaba puesta cuando llegó a casa.
Apagué el portátil con un clic seco.
—Necesito hablar con ella —dije, sintiendo cómo algo dentro de mí cambiaba de lugar, como si encajara una pieza.
Paula arqueó una ceja.
—¿Con Marta?
Asentí.
—Sí. Estoy harta de que mi matrimonio dependa de la versión de alguien que me miente. Es hora de escuchar a la otra parte.
Conseguir el número de Marta no fue tan difícil. Lo tenía guardado en un correo viejo, de una vez que ella me escribió, hace años, para pedirme “espacio” cuando yo recién empezaba con Diego. Lo había olvidado, igual que había querido olvidar muchas cosas.
Le mandé un mensaje corto: “Soy Lucía, la esposa de Diego. Me gustaría hablar contigo un momento, cuando puedas.”
No respondió hasta la tarde. Yo estaba en la terraza de un bar en Lavapiés con Paula, mirando a la gente pasar, jugando con la servilleta entre los dedos.
El móvil vibró. “Podemos vernos. Hoy, si quieres. En el café de la esquina de mi casa, en Argüelles. 19:00.”
Paula insistió en acompañarme pero preferí ir sola. Cogí la línea 3 de metro, apoyada en la puerta, viendo mi reflejo borroso. Tenía ojeras, el pelo recogido deprisa, la chaqueta mal abrochada. Parecía alguien que había envejecido de golpe.
Marta me esperaba en una mesa del fondo, junto al cristal. Llevaba un jersey gris y el pelo recogido en una coleta baja. Sin filtros ni poses, se parecía menos a las fotos de redes y más a una persona cualquiera, con las manos frías rodeando una taza de café.
—Hola —dije, con la voz un poco tensa.
—Hola —repitió ella. Sus ojos claros me analizaron con una mezcla de curiosidad y cansancio—. Gracias por venir.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Al fin, me decidí.
—Voy a ir al grano. Ayer fue mi cumpleaños. Diego no vino a casa hasta casi medianoche. Dice que estuvo contigo porque estabas mal. Quiero saber qué pasó realmente.
Ella apretó la taza.
—Estaba mal —admitió—. Eso es verdad. Le escribí porque me dio un ataque de ansiedad. Sé que no debería, lo sé.
—No estoy aquí para juzgarte —dije, casi sorprendida de escucharme—. Solo quiero la verdad.
Los ojos de Marta se humedecieron, pero sostuvo mi mirada.
—Vino sobre las nueve —empezó—. Me encontró llorando en el sofá. Hablamos. Me hizo pasta con lo que había en la nevera, abrimos una botella de vino. Me abrazó.
Podía ver la escena superpuesta con la foto de la story.
—¿Te besó? —pregunté, clavando los dedos en mis propias manos.
Hubo un silencio denso.
—Sí —respondió, al fin—. Pero fui yo quien se apartó. Le dije que no, que tú existías, que no pensaba meterme otra vez en ese lío.
Sentí una mezcla extraña de rabia y gratitud hacia ella al mismo tiempo.
—¿Y él qué dijo?
—Dijo que tu matrimonio estaba pasando un mal momento. Que te veía distante. Que a veces pensaba que os habíais equivocado.
Las palabras me golpearon más fuerte que el beso. No porque fueran ciertas o falsas, sino porque eran palabras que él nunca me había dicho a mí.
Marta siguió:
—Quiero que sepas que se fue antes de las doce. Le dije que no quería ser su amante, ni su paño de lágrimas. Que si quería algo contigo, lo arreglara contigo.
Asentí despacio. La lógica encajaba con la hora a la que él llegó a casa.
—¿Sigues enamorada de él? —pregunté, casi sin saber por qué.
Marta se quedó pensando unos segundos.
—Creo que sigo enamorada de la persona que fue hace muchos años —dijo—. Pero no de quien es ahora.
Pagamos cada una lo suyo. Antes de irnos, ella me miró con una sinceridad incómoda.
—Lucía, no lo defiendo. Pero tampoco quiero ser el monstruo de vuestra historia. Él cruzó una línea sabiendo muy bien lo que hacía. Yo también tengo mi culpa por llamarle. Pero al final, el que estaba casado era él.
Salí del café con la cabeza llena de ruido, respirando el aire frío de Argüelles. La Gran Vía quedaba a unos minutos andando, con sus luces y turistas, pero yo solo veía mi casa, nuestro salón, el anillo sobre la mesa.
Esa noche volví al piso para hablar con Diego. Estaba sentado en el sofá, el televisor apagado, la mirada perdida. El anillo seguía donde lo había dejado.
—Hablé con Marta —dije, dejando las llaves en el cuenco.
Su cuerpo se tensó.
—Lucía…
Le conté, sin pausa, lo que ella me había dicho. El beso. Sus palabras sobre nuestro matrimonio. Su intento de volver a una historia que ya no existía.
—¿La está mintiendo? —pregunté al final.
Diego se llevó las manos a la cara.
—No —susurró—. No miente. Pero fue solo un instante, un error. Me sentí confundido, estaba preocupado por ella, y…
Levanté la mano para detenerlo.
—No necesito el resto de la excusa.
Fui al dormitorio, abrí el armario y saqué una maleta mediana. Empecé a doblar ropa con una tranquilidad que me sorprendió. Camisetas, vaqueros, ropa interior, un jersey grueso. En el fondo, guardé mi libro favorito y la foto con mis padres en la playa de Valencia.
—¿Qué haces? —preguntó desde la puerta, con la voz rota.
—Lo mismo que tú hiciste ayer —contesté—. Irme de casa sabiendo que estoy rompiendo algo.
—Podemos ir a terapia, Lu —dijo—. Podemos arreglarlo. No quiero perderte.
—No me perdiste ayer —respondí—. Me fuiste perdiendo en todas esas pequeñas decisiones que tomaste sin mí. Ayer solo lo hiciste visible.
Cogí la maleta, el bolso y el anillo de la mesa. Lo guardé en el bolsillo, no por nostalgia, sino por formalidad. Habría papeles que firmar, cuentas que cerrar.
Pasé por delante de él en el pasillo, igual que la noche anterior. Esta vez, no intentó detenerme.
Me quedé unos días en casa de Paula. Dos semanas después, pedí cita con una abogada en un despacho de la calle Alcalá. Hicimos números, hablamos del piso, de la hipoteca, de los años de matrimonio. Todo se redujo a cláusulas y porcentajes. No hubo grandes escenas, ni llantos en la puerta del juzgado. Solo firmas, bolígrafos y sellos.
Cuando salí, el cielo de Madrid estaba claro. Me compré un billete de AVE a Valencia para el fin de semana, para ver a mis padres y enseñarles, sin anillo, que seguía siendo yo.
En el tren, mirando los campos pasar, abrí el bolsillo de la chaqueta. El anillo brilló un momento en mi palma. Después de unos segundos, lo guardé de nuevo. Todavía no sabía qué iba a hacer con él. Venderlo, guardarlo en una caja, tirarlo al mar.
Lo único que tenía claro era que la noche en la que Diego decidió pasar mi cumpleaños con su ex se había acabado también un capítulo de mi vida. No había fuegos artificiales ni finales heroicos. Solo una mujer que, al fin, decidía dejar de esperar a que alguien más se acordara de soplar las velas con ella.



