La finca de mi tía en las afueras de Toledo olía a romero y a cochinillo asado. Las luces de verbena colgaban entre los olivos, y todos parecían brillar un poco más de lo normal, como si el compromiso de mi hermana menor fuera un triunfo colectivo. Marta, con su vestido blanco ajustado y su sonrisa perfectamente ensayada, no dejaba de enseñar el anillo a quien se le pusiera por delante. Javier, su flamante prometido, abogado de un bufete importante en Madrid, la miraba como si fuera un trofeo caro que había conseguido a pulso.
Yo, en cambio, estaba apoyada junto a la barra improvisada, dándole sorbos a una copa de cava ya caliente. Cada vez que alguien se acercaba, la conversación acababa, inevitablemente, en el mismo punto.
—¿Y tu famoso prometido, Lucía? —preguntó Tía Rosa, con ese tono pegajoso que usaba cuando quería clavar la uña—. A ver si hoy por fin lo conocemos, ¿no?
Sonreí sin enseñar los dientes.
—Tiene una reunión en Barcelona. Me ha dicho que intentará llegar.
El primo Sergio, ya medio borracho, soltó una carcajada.
—Claro, claro, el novio imaginario. Igual viene en unicornio, ¿no?
Las carcajadas se contagiaron. Incluso Marta, que siempre había sido más cuidadosa conmigo, sonrió de lado.
—Sergio, deja a Lucía. —Hizo una pausa—. Aunque sí, hermana, siempre aparece una excusa distinta.
Guardé silencio. Podía haber dicho mil cosas: que Alejandro existía, que llevábamos dos años juntos, que hacía seis meses nos habíamos casado en una discreta ceremonia civil en Málaga, solo con dos amigos como testigos. Pero cada vez que estaba a punto de abrir la boca, veía la cara de mi madre.
Carmen estaba en una mesa cercana, vigilándolo todo con su mirada de general: las bandejas, la música, los invitados… y a mí. Ella nunca aprobó que yo “perdiera el tiempo” con un hombre al que nadie había visto. “Si fuera serio, ya lo conoceríamos”, repetía.
Noté el móvil vibrar en el bolso. Lo saqué con disimulo.
Estoy a diez minutos. No te asustes por el ruido. Te quiero.
El corazón me dio un vuelco. Levanté la vista. Marta estaba en el centro del jardín, recibiendo besos y felicitaciones. Mi padre, José, levantaba una copa para llamar la atención.
—Un brindis —anunció, con la voz grave—. Por Marta y Javier, que nos dan una alegría de verdad… —hizo una pausa breve, cargada— y no como otros novios que nadie ha visto nunca.
Las miradas se giraron hacia mí, algunas divertidas, otras directamente burlonas. Sentí las mejillas arder, pero apreté la copa con fuerza y no dije nada.
Entonces se oyó un zumbido lejano, grave, como un trueno metálico. Al principio pensé que era la música, pero los vasos empezaron a vibrar ligeramente sobre las mesas. Varias personas alzaron la vista.
—¿Qué demonios es eso? —murmuró Javier.
Sobre los olivos apareció la silueta oscura de un helicóptero, acercándose con las luces parpadeando. El viento que provocaban las aspas empezó a agitar manteles y vestidos. Algunos invitados se levantaron alarmados; otros grababan con el móvil, riendo nerviosos.
Yo sentí cómo se me aflojaban las rodillas. Reconocí el modelo, el brillo gris de la cabina.
—No… —susurró mi madre, llevándose la mano al pecho.
El helicóptero hizo una maniobra lenta y empezó a descender hacia el campo contiguo a la finca, levantando polvo y hojas secas, mientras toda mi familia, inmóvil, miraba hacia el cielo.
Yo solo pude pensar: Ha venido.
El ruido se volvió ensordecedor cuando el helicóptero tocó tierra en el descampado junto a la finca. El aire caliente golpeó las guirnaldas de luces, las servilletas salieron volando y una camarera casi perdió una bandeja de copas. Los invitados se protegían la cara con las manos, entre gritos y risas nerviosas.
—¡Apagad la música! —gritó alguien, y el reguetón se cortó de golpe.
La puerta del helicóptero se abrió con un chasquido metálico. Primero bajó el piloto, con mono oscuro y casco bajo el brazo. Se giró, habló algo hacia el interior y se apartó. Y entonces apareció él.
Alejandro descendió los peldaños con calma, como si no acabara de interrumpir una fiesta familiar en mitad de La Mancha. Llevaba un traje azul marino perfectamente entallado, la corbata ligeramente aflojada y el pelo revuelto por el vuelo. En una mano sujetaba una pequeña bolsa de piel, en la otra, una caja alargada envuelta con papel sobrio.
Sus ojos me buscaron directamente entre la gente, como si no existiera nadie más. Cuando los nuestros se encontraron, me guiñó un ojo. Sentí que el suelo se estabilizaba bajo mis pies.
—¿Ese es…? —susurró Marta a mi lado, sin acabar la frase.
—Buenas noches —dijo Alejandro al acercarse al grupo principal, elevando la voz por encima del último rugido del motor—. Siento la entrada tan… aparatosa. El viento sobre La Mancha es horrible para los vuelos comerciales.
Nadie se rió. El silencio estaba cargado. Se oía solo el tic-tic de algunas luces y el murmullo lejano del generador.
Me moví por fin. Fui hacia él, las piernas temblando.
—Alejandro… —alcancé a decir.
Él me abrazó con naturalidad, un beso rápido en la sien, como si lo hiciera todos los días delante de mi familia.
—Perdona el retraso, amor —susurró en mi oído—. Ha sido un día de locos.
Noté cómo se tensaban varias miradas a nuestro alrededor. Me giré hacia los demás.
—Él es Alejandro —dije, la voz algo más firme de lo que esperaba—. Mi… prometido.
Alejandro apenas clavó una fracción de segundo en la palabra “prometido”, luego sonrió.
—Un honor conocer por fin a la familia de Lucía.
Se acercó primero a mis padres.
—Señora Carmen, señor José —dijo, ofreciendo la caja alargada—. Es un pequeño detalle. Un vino de Priorat de una bodega con la que trabajo. Me dijo Lucía que les gusta el tinto bueno.
Mi padre cogió la caja casi por reflejo.
—Gracias… —musitó, sin apartar los ojos de Alejandro—. No hacía falta.
Mi madre, más lenta, le dio la mano con cierta rigidez.
—Así que tú eres Alejandro.
—Así es. Y lamento no haber podido venir antes, ha sido un año complicado con la empresa. Trabajo en aviación privada y proyectos de energía renovable —añadió, como si hablara del tiempo—. Pero hoy no podía faltar.
Se giró hacia Marta y Javier.
—Y vosotros debéis ser los protagonistas de la noche. —Sacó con cuidado de la bolsa una caja más pequeña—. Para ti, Marta. Lucía me contó que te encantan los pañuelos. Es de una tienda de Sevilla.
Marta abrió el estuche y sacó un pañuelo de seda azul profundo, con bordes dorados. Se le escapó una exclamación corta.
—Es… precioso.
Para Javier, Alejandro tenía un bolígrafo estilográfico antiguo.
—Para firmar muchos contratos —dijo con una media sonrisa.
Algunos invitados empezaron a relajarse, murmurando comentarios. Otros seguían observando con recelo. El primo Sergio, en voz lo bastante alta, soltó:
—Vaya montaje, todo esto por un novio.
Alejandro giró la cabeza hacia él, sin perder la sonrisa.
—Montaje sería si no hubiera venido, ¿no?
Las risas esta vez sí se escucharon, aunque mezcladas con toses incómodas.
Mi padre, intentando recuperar el control de la situación, alzó la copa de nuevo.
—Bueno… ahora que ya estamos todos…
—Si me permite, señor José —lo interrumpió Alejandro con educación—, ¿puedo decir unas palabras por los novios?
Mi padre dudó, pero todos lo miraban. Asintió.
Alejandro cogió una copa de una bandeja que pasaba. Se colocó cerca de Marta y Javier, pero me rodeó la cintura con el brazo, acercándome a su lado. Sentí todas las miradas clavadas en esa mano apoyada en mi cadera.
—Quiero brindar —empezó, con voz clara— por Marta y Javier, que hoy empiezan una vida juntos. Deseo que encuentren en su relación lo mismo que yo encontré cuando conocí a Lucía: paz en mitad del caos, y un hogar, esté donde esté.
Noté un ligero revuelo. Él continuó, sin titubear:
—Gracias por recibirnos esta noche, por abrirnos vuestra casa a mí y a mi preciosa esposa.
La palabra cayó en el aire como un vaso que se rompe. Esposa.
Sentí que el corazón se me detenía. Mi madre soltó un jadeo audible. Marta parpadeó varias veces.
—¿Esposa? —repitió mi padre, bajando la copa—. ¿Qué has dicho, muchacho?
Todas las cabezas se giraron hacia mí. Alejandro apretó suavemente mi cintura.
Mi madre dio un paso adelante, el rostro desencajado:
—Lucía… dime ahora mismo qué significa eso.
El murmullo de los invitados estalló de golpe, como un panal agitado. Algunos se apartaron disimuladamente, otros se acercaron un poco más, sin pudor. El DJ bajó del todo el volumen hasta dejar solo un hilo de música, casi inaudible.
Sentí la boca seca. Miré a Alejandro, después a mis padres. Ya no tenía sentido fingir.
—Significa… —tragué saliva— que Alejandro y yo nos casamos hace seis meses.
El silencio se hizo más pesado. Podía oír incluso los grillos en el campo.
—¿Cómo que os casasteis? —La voz de mi madre salió aguda, incrédula—. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Y por qué demonios nadie lo sabía?
Alejandro dio un paso adelante.
—Fue una ceremonia civil en Málaga —explicó, con calma—. Muy sencilla. Pensábamos anunciarlo con tranquilidad cuando todo estuviera más estable. Mi empresa estaba pasando una auditoría complicada, y no queríamos mezclarlo con… —miró a Marta— con la alegría de vuestro compromiso.
Mi padre lo observaba con una mezcla de enfado y cálculo.
—¿Y decidís soltarlo aquí, así, delante de todo el mundo?
—No era el plan —dije rápido, antes de que Alejandro respondiera—. Yo quería contároslo sola, en casa. Pero…
Miré alrededor: a Sergio todavía con media sonrisa incrédula, a Tía Rosa con los ojos entornados, a Marta con el pañuelo de seda apretado entre los dedos. Recordé cada comentario, cada burla sobre mi “novio inventado”.
Alejandro inspiró hondo.
—He escuchado cómo se reían de ella —dijo, sin agresividad, pero con firmeza—. La han llamado mentirosa, han insinuado que está desesperada. No podía seguir de brazos cruzados.
—¿Y el helicóptero? —saltó mi madre—. ¿Eso también era para callar bocas?
Él negó con suavidad.
—Tenía reunión en Barcelona hasta última hora. El único modo de llegar a tiempo era volando. Trabajo con esta empresa de helicópteros a diario, no es un capricho, es logística. Pero sí, también quería que Lucía supiera que, cuando digo que voy a venir, vengo.
La frase me atravesó. Siempre había sido yo la que dudaba, la que escondía.
Mi padre se pasó la mano por la cara, cansado.
—Vamos a hablar dentro. Sin público. —Miró alrededor—. Familia cercana, por favor.
Nos apartaron hacia el salón de la finca, dejando atrás el murmullo creciente de los curiosos. Marta entró la última, los labios apretados. Cerraron la puerta. La música volvió a subir fuera, como si la fiesta siguiera en otro universo.
—¿Cómo has podido hacer esto, Lucía? —empezó mi madre, sin sentarse—. Casarte a escondidas. ¿Sabes el disgusto que me das?
Noté la vieja culpa subir, automática. Pero esta vez no se convirtió en disculpa inmediata.
—Lo hice porque, cuando os hablaba de Alejandro, nunca me creíais —respondí—. Porque cada decisión mía siempre ha sido tema de debate familiar. Quería algo que fuera solo mío, al menos al principio.
Marta resopló.
—Y has elegido precisamente mi fiesta para soltar la bomba. Perfecto.
—No lo he elegido —repliqué, clavando los ojos en los suyos—. Yo no he dicho “esposa” en el brindis.
Todas las miradas fueron hacia Alejandro. Él sostuvo la presión sin apartar la vista.
—Si he cometido un error, lo asumo —dijo—. Pero pensé que era peor seguir viendo cómo humillaban a mi mujer.
Mi padre lo observó un momento largo.
—¿Puedes mantenerla? —preguntó al final, directo—. ¿Tenéis un plan? ¿Casa, trabajo, algo que no sea entrar y salir en helicóptero?
Alejandro no se ofendió.
—Tengo una empresa con sede en Madrid y Málaga, veinte empleados y contratos firmados para los próximos tres años. —Sacó del bolsillo una carpeta doblada—. Traía esto por si surgía la conversación: escrituras del piso donde vivimos, a nombre de los dos, y el certificado de matrimonio. No he venido a improvisar.
Mi madre cogió los papeles con manos temblorosas. Los hojeó sin realmente leerlos.
—¿Y tú? —me miró, con los ojos brillantes—. ¿Tú estás segura?
Pensé en las noches sin dormir, en los viajes de fin de semana a Málaga, en las discusiones por su trabajo absorbente, en la sensación de calma cuando me quedaba dormida en su hombro durante los vuelos. Pensé también en las risas de mi familia esa misma tarde.
—Sí —respondí, por primera vez sin dudar—. Lo estoy. Y me duele que la parte que más os moleste sea no haber podido organizar la boda, no que yo sea feliz o no.
La frase quedó flotando en el aire.
Marta bajó la mirada un segundo.
—A mí sí me molesta que me hayas mentido —dijo, más suave—. Pero también sé cómo son. —Señaló con la cabeza a mis padres—. Si hubieras dicho que te ibas a casar con él, habrían montado una campaña nacional.
Mi madre la fulminó con la mirada, pero no la contradijo.
El ambiente se aflojó apenas. Mi padre suspiró.
—No puedo cambiar que ya estás casada —dijo—. Tampoco puedo fingir que me hace ilusión enterarme así. Pero si esto va en serio, tendremos que acostumbrarnos.
Alejandro extendió la mano.
—Va muy en serio, señor José. No espero que me quiera hoy. Me basta con que me respete y me dé la oportunidad de demostrarlo.
Mi padre dudó unos segundos, luego le estrechó la mano, sin sonrisa, pero sin hostilidad abierta.
La única que seguía rígida era mi madre.
—No pienso celebrar una boda de mentira después de esto —murmuró.
—No hace falta —respondí—. Pero algún día me gustaría que pudiéramos sentarnos todos a una mesa sin fingir que Alejandro no existe. Con eso me basta.
Volvimos al jardín más tarde, cuando las luces ya parecían más tenues y algunos invitados se habían ido. La historia del helicóptero y la “esposa secreta” corría de boca en boca. Tía Rosa apenas me miró; Sergio evitó mis ojos.
Marta se acercó a mí mientras Javier hablaba con Alejandro.
—Te odio un poco —me dijo, sin rodeos.
—Lo entiendo.
—Pero el pañuelo es precioso —añadió, con una sonrisa mínima—. Y se le nota que te quiere. Eso me fastidia más que todo lo demás.
Sonreí por primera vez en toda la noche.
—Lo siento, de verdad.
—Ya me lo compensarás —dijo, dándome un abrazo rápido, casi brutal—. No pienses que esto te lo perdono así como así.
Cuando la fiesta terminó, el helicóptero ya se había ido. Nos marchamos en el coche de Alejandro, en silencio durante un rato por la autovía oscura hacia Madrid.
—Te has enfadado conmigo —dijo al fin.
—Mucho —admití—. Y al mismo tiempo… gracias. Por estar. Por venir.
Él soltó el aire, mirando la carretera.
—Prometo que la próxima vez que haga algo dramático lo hablaré contigo antes.
—No te creo —respondí, apoyando la cabeza en el cristal—. Pero ahora ya saben la verdad. Y yo también.
—¿Cuál? —preguntó, de reojo.
—Que, por primera vez, no tengo intención de vivir mi vida para que ellos estén tranquilos.
Alejandro sonrió apenas.
—Bienvenida.
Mientras las luces de Madrid aparecían a lo lejos, supe que las cenas familiares serían tensas, los comentarios no desaparecerían de la noche a la mañana y que Marta tardaría en perdonarme. Pero también supe que la decisión era mía, y que, esta vez, no pensaba esconderme.
Y, por primera vez en muchos años, esa idea no me asustó.



