La barbacoa de mi hermana Laura siempre marcaba, sin querer, el inicio del verano. Ese sábado de junio, el patio interior de su piso en Carabanchel olía a carbón, chorizo y cerveza barata. Las risas de mis sobrinos se mezclaban con el reguetón que venía de algún vecino invisible. Todo era ruidoso y familiar, como siempre… hasta que dejó de serlo.
Javier, mi marido desde hacía ocho años, estaba apoyado junto a la parrilla, lata en mano, ya con ese brillo en los ojos que anuncia que la tercera cerveza ha pasado de largo. Hacía rato que iba soltando chistes sobre el trabajo, sobre la política, sobre el Atleti. Nada nuevo. Los demás reían, algunos por costumbre, otros por compromiso.
Diego, nuestro vecino del piso de al lado, había llegado hacía una hora con una tortilla de patatas “hecha por él mismo”, según dijo entre risas. Treinta y pocos, moreno, con barba de tres días y esa calma en la manera de hablar que hace que la gente le escuche. Lo conocíamos desde hacía un año, desde que se mudó al edificio. Coincidíamos en el portal, en el súper de la esquina, en el bar de abajo. Sabía que era fotógrafo freelance, que vivía solo y que llevaba un divorcio a cuestas. Poco más.
Yo estaba sentada en una silla plegable, con un vaso de tinto de verano en la mano, escuchando a medias las historias de Javier, cuando le oí decir:
—A ver, a ver… —alzando la voz—. ¿Alguien quiere cambiar de esposa? ¡La mía es demasiado terca e independiente! —me señaló con la lata, como si fuera un premio en una tómbola—. No hay quien la mande.
Las carcajadas fueron instantáneas. Algunas nerviosas. Noté el rubor subir desde el cuello hasta las mejillas. Laura soltó una risilla rápida y me miró de reojo, como pidiéndome que no montara una escena. Yo apreté los labios. No era la primera vez que Javier hacía bromas a mi costa, pero nunca tan directas, tan públicas.
—Venga, hombre, no seas exagerado —dijo uno de sus amigos.
Fue entonces cuando oí la voz tranquila de Diego:
—Yo, si hace falta, la cambio encantado —dijo, sin risa, sin tono de broma evidente.
El patio se quedó un segundo en silencio, como si alguien hubiera bajado de golpe el volumen del mundo. Me giré hacia él. Estaba mirándome a los ojos, serio, con una media sonrisa que no terminaba de serlo.
Javier soltó una carcajada forzada.
—Eso dices ahora, que no la conoces —añadió, clavando el dedo en el aire hacia mí—. Muy guapa, sí, pero mandona como ella sola.
Diego dio un paso hacia la mesa, dejó su vaso y, sin apartar la mirada de la mía, preguntó:
—Entonces, Clara… ¿a qué hora puedo pasar a recogerte mañana?
El silencio se hizo pesado. Pude escuchar el chisporroteo de la grasa sobre las brasas, el motor lejano de una moto, el vaso de alguien al posarse torpemente sobre la mesa.
Sentí algo romperse por dentro. No era por Diego. Era por años de chistes, de comentarios, de “es sólo una broma, no te pongas así”. Años de tragar.
Le sostuve la mirada. Sentí los ojos de todos, clavados en nosotros.
—A las siete —respondí, con la voz más firme de lo que me esperaba.
La lata de Javier tembló ligeramente en su mano. Laura abrió la boca, pero no dijo nada. Nadie dijo nada.
Dejé el vaso sobre la mesa, me levanté despacio, cogí mi bolso de la silla.
—Que aproveche —murmuré, y salí del patio sin mirar atrás, dejando el eco de mi “a las siete” flotando entre el humo de la barbacoa.
Esa noche dormimos en la misma cama, pero cada uno en su orilla, como dos desconocidos que habían reservado habitación compartida por error. Javier no dijo nada cuando llegué. Yo tampoco. Me lavé los dientes, me puse el pijama y me metí en la cama con el móvil en la mano. Él fingió ver un partido en silencio en el portátil, los auriculares puestos.
A medianoche, el brillo del móvil me encontró despierta. Un mensaje de número conocido:
Diego: “Lo de mañana a las siete… ¿sigue en pie o sólo era para callarle la boca a Javier?”
Me quedé mirando la pantalla un buen rato. Podía escribir “era una broma”, cerrar el tema y seguir como siempre. Podía. Pero la imagen de Javier levantando la lata y ofreciéndome como si fuera un objeto volvió con fuerza.
Respondí:
Clara: “Sigue en pie. Pero no pienses mal. Sólo necesito hablar con alguien que no se ría de mí.”
El doble check azul tardó poco.
Diego: “Perfecto. Te invito a un café. Nada más. Mañana a las siete, abajo, en el portal.”
Bloqueé el móvil, pero ya sabía que no iba a dormir mucho.
Por la mañana, Javier se levantó tarde. Yo hice café, tostadas, toda esa rutina automática. Cuando por fin salió al salón, se quedó apoyado en el marco de la puerta, cruzado de brazos.
—Lo de ayer… —empezó, sin mirarme directamente—. Fue una broma, Clara. Te lo tomas todo demasiado a pecho.
—¿Una broma? —repetí, sin darle la vuelta a la tortilla que empezaba a quemarse.
—Todos se rieron. No fue para tanto. Además, lo de decirle a Diego lo de las siete… —hizo un gesto vago con la mano—. Ahí te pasaste tú.
Apagué el fuego y me giré.
—Lo de ayer fue humillante —dije, despacio—. Y no ha sido sólo ayer.
Frunció el ceño.
—Ya estás otra vez con tus dramas.
La conversación no fue más lejos. Él desayunó, se duchó y salió “a tomar algo con los chicos”. No volvió a mencionar la barbacoa. Yo pasé el día con un nudo fijo en el estómago, limpiando una mesa ya limpia, ordenando cajones que no necesitaban orden.
A las seis y media me duché. Me puse unos vaqueros, una blusa blanca sencilla y unas zapatillas. Nada especial. Me miré al espejo intentando descifrar en qué momento me había convertido en esa mujer que duda incluso al elegir unos pendientes por miedo a “exagerar”.
A las siete menos cinco, el móvil vibró.
Diego: “Estoy abajo.”
Salí del piso sin hacer ruido. El pasillo olía a lejía. El ascensor tardó una eternidad.
Diego me esperaba apoyado en la puerta del portal, con una camisa azul remangada y las llaves del coche en la mano.
—Hola —dijo, sonriendo, pero sin pasarse—. ¿Lista?
—No estoy segura de estar lista para nada —respondí—. Pero ya estoy aquí.
Fuimos a una cafetería pequeña en Lavapiés, una de esas con mesas de madera gastada y plantas por todas partes. Pedimos café y una tarta de queso para compartir. La camarera nos dejó solos en una esquina tranquila.
—Cuéntame —dijo Diego, apoyando los codos en la mesa—. ¿Por qué dijiste “a las siete”?
Me sorprendió lo fácil que fue hablar. Le conté cómo Javier había ido cambiando con los años: las bromas, las pullas, los comentarios sobre mi trabajo, sobre mi forma de vestir, todo envuelto en “humor”. Le hablé de la culpa, de las discusiones que terminaban siempre con él diciendo que yo era “demasiado sensible”.
Diego escuchaba en silencio, sin interrumpir. Sólo asentía de vez en cuando.
—Mi ex empezó así —dijo al final—. Con bromas. Luego dejó de ser gracioso.
—¿Y tú qué hiciste? —pregunté.
—Al principio, nada. Pensé que se le pasaría. Luego fue demasiado tarde.
Salimos de la cafetería cuando ya había anochecido. Paseamos sin rumbo por las calles estrechas, hablando de cosas más ligeras: películas, viajes, pequeñas anécdotas de barrio. En un momento dado, su mano rozó la mía. No la retiré, pero tampoco la busqué. El contacto fue breve, casi accidental.
Cerca del río Manzanares, nos apoyamos en la barandilla, mirando las luces reflejadas en el agua.
Entonces el móvil empezó a vibrar. Llamada de Javier. Diez llamadas perdidas. Tres mensajes.
“¿Dónde estás?”
“Como no estés en casa en 20 minutos, no vuelvas.”
“No me dejes en ridículo como ayer.”
Noté cómo me subía otra vez ese calor, esta vez no de vergüenza, sino de rabia. Le enseñé la pantalla a Diego.
—Creo que ya es hora de decidir qué quiero hacer con mi vida —dije, sin apartar la vista de los mensajes.
No contesté a Javier. Apagué el móvil. El silencio, de repente, fue casi físico.
Diego me miró, como esperando mi siguiente movimiento.
—Si quieres, te llevo a casa —dijo—. No me gustaría que esto se convierta en una guerra.
—La guerra empezó hace tiempo —respondí—. Sólo que yo no me había enterado.
Nos quedamos un rato más junto al río. No pasó nada dramático, ninguna confesión, ningún beso robado. Sólo dos personas sentadas en un banco, compartiendo un silencio que, por primera vez en mucho tiempo, no me pesaba.
Cuando por fin volvimos al coche, le pedí:
—Llévame a casa de mi hermana, no al piso.
Me miró un segundo de reojo, pero no preguntó. Puso la dirección de Laura en el GPS y arrancó.
En el portal de mi hermana, antes de despedirnos, dijo:
—Clara, hagas lo que hagas, hazlo por ti. No por fastidiar a Javier. Ni por… —se señaló a sí mismo, medio incómodo—. Ni por nadie más.
Asentí.
—Gracias por el café.
—Y por lo de “cambiar de esposa” —bromeó muy suavemente.
Esta vez, la risa me salió de verdad.
Laura casi se atraganta cuando me vio en la puerta con una mochila al hombro.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, apartándose para dejarme pasar.
—Necesito quedarme aquí unos días —dije—. Sólo unos días para pensar.
No hizo falta explicar mucho más. Me preparó el sofá cama del salón sin preguntas, dejando las preguntas para la mañana siguiente.
Javier apareció en persona a las ocho de la mañana, tocando el timbre como si fuera la policía. Laura abrió y le bloqueó el paso.
—Está aquí, ¿verdad? —dijo él, con la mandíbula apretada.
Yo salí del salón, todavía en chándal.
—Estoy aquí —confirmé.
—¿Qué clase de numerito es este, Clara? —alzó la voz—. Te vas con nuestro vecino, apagas el móvil, duermes aquí… ¿Te parece normal?
—Lo que no me parece normal es que me humilles delante de toda mi familia —respondí, sintiendo que, por primera vez, las palabras me salían sin temblar—. Y que encima esperes que me ría la gracia.
Empezó una discusión que no era nueva, pero sí diferente. Porque esta vez, en mitad de sus “estás exagerando”, de sus “no te puedes tomar todo así”, yo no me encogí. No lloré. No pedí perdón por “malinterpretar”. Sólo repetí, con calma, lo que llevaba años pensando.
—Necesito espacio, Javier. Quiero separarme un tiempo.
Él se quedó mudo unos segundos.
—¿Por un chiste? —soltó, incrédulo.
—Por muchos —respondí—. Y por todo lo que hay detrás de esos chistes.
Se fue dando un portazo. Volvió los días siguientes con mensajes, llamadas, promesas difusas de “cambiar”, mezcladas con reproches y culpabilizaciones. Yo ya había empezado a buscar un pequeño estudio en alquiler cerca del trabajo. Laura me acompañó a verlo. Firmé el contrato un martes por la tarde, con las manos un poco temblorosas pero la cabeza extrañamente clara.
Diego se mantuvo en un segundo plano. Algún mensaje de vez en cuando:
“¿Todo bien?”
“He visto un piso en tu barrio que te encantaría fotografiar.”
Una tarde, semanas después, cuando ya me había mudado al estudio y Javier y yo estábamos iniciando los trámites de separación, coincidimos en el portal.
—Así que al final sí que me has cambiado —dijo Javier, con una sonrisa torcida, mirando el sobre marrón con papeles que yo llevaba en la mano.
Lo miré, cansada.
—No te he cambiado por nadie —dije—. Me he elegido a mí.
En la notaría, frente a los papeles, siguió haciendo bromas. Este vez, nadie se rió. Ni siquiera él.
Pasaron meses. Me acostumbré a vivir sola, a comprar sólo para mí, a decidir qué hacer los fines de semana sin negociar nada con nadie. Empecé terapia, retomé un curso de fotografía que había dejado a medias. Diego y yo nos veíamos de vez en cuando: un café, una exposición, un paseo. Nada precipitado.
Un año después, casi en las mismas fechas, estábamos en la azotea de su edificio. Había montado una pequeña barbacoa con algunos vecinos y amigos. Laura también estaba allí, con los niños correteando entre las macetas.
El olor a carne a la brasa, las risas, el cielo de Madrid anaranjado al atardecer. Por un momento, se parecía mucho a aquella primera barbacoa… pero no lo era.
Uno de los vecinos, con unas cervezas de más, soltó:
—A ver, a ver, ¿quién me cambia de pareja este verano? —y se rió solo de su chiste.
Hubo algunas sonrisas, pero nada más. Diego, a mi lado, dejó las pinzas sobre la mesa y dijo en voz alta:
—Aquí no se cambia a nadie. El que está, está porque quiere estar.
Noté su mano buscar la mía, sin prisa. Esta vez, la entrelacé con la suya. No como una promesa eterna, sino como un gesto sencillo de presente.
Miré alrededor: mi hermana charlando con una vecina, los niños jugando, la ciudad extendiéndose más allá de la barandilla.
Pensé en aquella tarde en el patio de Laura, en el humo, en las risas, en la lata de cerveza señalándome como un objeto. Y entendí que el verdadero cambio no había sido de marido, ni de vecino, ni de estado civil. El verdadero cambio había empezado en el momento exacto en que respondí “a las siete” y salí por aquella puerta sin mirar atrás.



