Odié la noche del compromiso de mi hermana desde el segundo en que crucé la puerta. Toda mi familia me miraba con esa mezcla de burla y lástima, convencidos de que mi prometido era una farsa, una invención patética para no quedar como la solterona fracasada. Se reían a mis espaldas, susurraban suposiciones crueles y mi madre evitaba incluso pronunciar su nombre. Yo aguanté en silencio, tragándome las lágrimas… hasta que el estruendo de un helicóptero privado hizo temblar las ventanas y él bajó llamándome “mi encantadora esposa” y repartiendo regalos como si fuera un rey.

El sol de junio caía sobre la finca de mis tíos en las afueras de Madrid, calentando las baldosas de la terraza donde habían montado la fiesta de compromiso de mi hermana Elena. Globos blancos, flores pastel, un cartel de “ENHORABUENA, ELENA Y ÁLVARO” y camareros con bandejas de cava. Todo perfecto, todo muy “instagrameable”.

Yo estaba cerca de la barandilla, con una copa en la mano, viendo cómo mi madre ajustaba por enésima vez el vestido de Elena. Ella giraba sobre sí misma, dejando que todos la admiraran.

—Parece una influencer —murmuró mi primo Sergio a mi lado—. ¿Y tu famoso prometido, Marta? ¿También es invisible hoy?

Reí, forzada. Lo de mi “prometido falso” se me había ido de las manos. Meses antes, harta de que me preguntaran por qué a mis treinta y dos seguía “soltera”, había soltado que estaba comprometida con un tal Javier, empresario, muy ocupado. La mitad era verdad; Javier existía, era empresario y estaba ocupado. La otra mitad… no había contado que, en realidad, ya nos habíamos casado por lo civil en secreto.

Ellos nunca me creyeron. Era más fácil pensar que me lo había inventado por envidia.

Mi madre se acercó con una sonrisa que no me incluía.

—Marta, ven, foto familiar. Aunque falte tu… ¿cómo era? —ladeó la cabeza—. Ah, sí, tu multimillonario imaginario.

Las risas alrededor fueron suaves, pero dolieron igual. Mi padre miró al suelo fingiendo no escuchar. Elena, radiante con su vestido de encaje, se acercó con la copa en alto.

—Brindemos —dijo—. Por mí, por Álvaro… y por que algún día Marta encuentre un novio de verdad.

Otra ronda de risas. Alguien murmuró: “O que deje de sacar fotos de Google para enseñarnos”.

Yo apreté la copa con fuerza. El móvil vibró en mi bolso: un mensaje de Javier.

“Reunión en Lisboa se alargó. Estoy intentando conseguir un helicóptero. No prometo nada. Te llamo luego. Te quiero, mi mujer.”

Leí “helicóptero” dos veces. Rodé los ojos. Sonaba tan exagerado que casi daba risa. Preferí no pensar en ello. Llevaba semanas diciéndole que no era necesario venir, que mi familia ni siquiera creía que existiera.

Elena se colocó en el centro, con un micrófono. Álvaro, siempre correcto, la miraba como si fuera una reina.

—Quiero agradecer a todos por estar aquí —empezó— y también a mi hermana, que… —me señaló con una sonrisa afilada— siempre ha sido muy creativa. Nos ha enseñado que, cuando la realidad no es suficiente, siempre se puede inventar.

—¡Un fuerte aplauso para el prometido de humo! —añadió Sergio, levantando la copa.

Las risas se transformaron en carcajadas. Sentí la cara arder. Pensé en decirlo todo, en gritar que no solo tenía prometido, sino marido. Que me había casado en un registro de Madrid con dos testigos desconocidos porque no quería más teatro. Pero me tragué las palabras.

Entonces se oyó un zumbido lejano. Primero suave, luego cada vez más intenso. Las copas temblaron sobre la mesa, las flores se movieron, algunos invitados levantaron la vista.

—¿Qué es ese ruido? —preguntó mi tía Rosa, frunciendo el ceño.

Miré hacia el cielo despejado y vi un helicóptero acercándose, recortado contra el azul. La terraza entera se quedó en silencio, solo el estruendo de las aspas llenaba el aire.

El aparato empezó a descender hacia el campo contiguo a la finca, levantando polvo y hojas. Los camareros sujetaron las bandejas, las mujeres se taparon el peinado con las manos.

El helicóptero aterrizó. La puerta se abrió lentamente. Todas las miradas se clavaron en la figura que empezaba a bajar.

Yo dejé de respirar.

Del helicóptero bajó primero un hombre con chaleco reflectante, hablando por un walkie-talkie. Después, una figura alta, con traje azul marino perfectamente cortado, sin corbata, camisa blanca abierta en el cuello. El viento le despeinaba el pelo oscuro mientras avanzaba con paso decidido hacia la terraza.

Reconocí la forma de sus hombros antes que su rostro. Javier.

Mi corazón empezó a golpearme el pecho con tanta fuerza que tuve que dejar la copa en la mesa. Nadie hablaba. Solo se oía el eco del motor apagándose a lo lejos.

—¿Quién narices es ese? —susurró mi primo Sergio.

Javier subió los escalones de la terraza como si fuera su casa. Sus ojos encontraron los míos entre la multitud; la dureza en su expresión se ablandó en una sonrisa breve, íntima. Sin saludar a nadie más primero, caminó directo hacia mí.

—Lo siento por llegar tarde, mi amor —dijo en voz alta, lo suficiente para que todos escucharan—. El tráfico aéreo estaba imposible.

Y, delante de mi familia entera, me tomó del rostro con ambas manos y me besó como si fuéramos los únicos allí. No fue un beso largo ni escandaloso, pero sí inequívoco. Real.

Un murmullo recorrió la terraza. Elena se quedó inmóvil, con el micrófono a medio camino. Mi madre se tapó la boca.

Javier se giró hacia ellos, todavía con un brazo alrededor de mi cintura.

—Buenas tardes. Soy Javier Romero, el… —miró hacia mí y sonrió— orgulloso marido de Marta.

—¿Marido? —repitió mi madre, la voz temblorosa.

—Es broma —intervino Elena, riendo nerviosa—. Marta, ¿qué es esto?

Javier no esperó respuesta. Dio una palmada y, como si lo hubieran ensayado, dos hombres más bajaron del helicóptero con bolsas de regalo elegantes.

—He traído algunos detalles —anunció—. Sé que hoy es un día importante para Elena y Álvaro. No quería interrumpir, solo acompañar a mi mujer y felicitar personalmente a la pareja.

Tomó una caja alargada y se la entregó a mi padre.

—Don José, me dijo Marta que siempre quiso un buen reloj pero nunca se dio el capricho. Espero que este le guste.

Mi padre abrió la caja con manos torpes. Dentro, un reloj suizo que yo misma había visto una vez en un escaparate de Serrano. Volvió a mirar a Javier, sin palabras.

A mi madre le dio un sobre.

—Para que pueda visitar a su hermana en Sevilla sin preocuparse por el dinero. Dos billetes AVE, hotel y algo más para que se consienta.

Carmen lo abrió, vio los documentos y se llevó una mano al pecho.

A Elena y Álvaro les entregó una caja más grande.

—Para los novios. Una escapada a Menorca, villa privada. Marta me habló de lo mucho que te gustan las calas, Elena.

Elena abrió la caja con una sonrisa rígida, mirando de reojo a los invitados, que observaban todo con una mezcla de fascinación y envidia silenciosa.

—Es demasiado —murmuró Álvaro, educado, pero sus ojos brillaban.

—Para mis primos —continuó Javier—, unos auriculares y tarjetas regalo. Y, por supuesto, esto es solo un símbolo. Lo importante es que Marta tiene una familia… numerosa.

Las bolsas se fueron repartiendo entre manos temblorosas. El ambiente había cambiado. El mismo grupo que se había burlado de mí minutos antes ahora sonreía, adulador.

Mi madre por fin reaccionó.

—¿Marido? —repitió, clavando sus ojos en mí—. Marta, explícate ahora mismo.

Sentí todas las miradas perforándome. Javier apretó mi cintura, pero no habló por mí.

—Nos casamos hace seis meses —dije, tragando saliva—. Por lo civil, en Madrid. Solo nosotros dos.

El micrófono aún estaba en la mano de Elena; mi voz se amplificó por los altavoces. Nadie respiró.

—¿Seis meses? —Carmen dio un paso hacia mí—. ¿Te casaste y no avisaste a tu madre? ¿A tu padre?

—No quería hacer ruido —respondí—. Siempre ha sido todo sobre Elena: sus notas perfectas, su trabajo, su boda de ensueño. No quería competir.

Elena soltó una carcajada amarga.

—No querías competir, pero traes un helicóptero a mi fiesta. Muy coherente, Marta.

—Elena… —intenté.

—No —me cortó, con los ojos brillantes de rabia—. Hoy era mi día. Y tú has venido con tu espectáculo para demostrar que no eres la hermana fracasada.

Los invitados desviaron la mirada, incómodos. Javier me miró un segundo y luego habló, tranquilo.

—Yo decidí venir así. Marta me pidió que no lo hiciera. La he desobedecido, lo admito. Pero no estoy dispuesto a que sigan tratándola como si fuera menos que nadie.

Mi madre se giró hacia él.

—En esta casa nadie la trata mal —dijo, ofendida—. Solo… nos duele que nos haya ocultado su boda.

—En esta casa se han reído de mí durante años —solté, sin poder contenerme—. Y hace diez minutos brindaban por mi “novio imaginario”.

Silencio absoluto. Elena bajó el micrófono, con la mandíbula apretada.

Mi padre, que no había dicho nada, dejó la caja del reloj sobre la mesa.

—Esta es la fiesta de tu hermana —dijo, sin mirarme—. Si no querías problemas, podrías haberte quedado en casa con tu marido en secreto.

Sus palabras me atravesaron.

Javier respiró hondo y me miró a los ojos.

—Marta —susurró—, si quieres nos vamos ahora mismo.

Extendió la mano hacia mí, delante de todos, con el helicóptero esperando aún en el campo. Yo sentí la mirada de mi madre, de mi hermana, de toda mi familia clavada en mi elección.

Me quedé inmóvil un segundo, con el corazón martilleando.

No pensé demasiado. Si lo hacía, me quedaría paralizada. Tomé la mano de Javier.

—Nos vamos —dije, con la voz más firme de lo que me sentía.

Un murmullo colectivo recorrió la terraza. Mi madre dio un paso hacia mí.

—Marta, no seas teatrera. No vas a irte en mitad de la fiesta de tu hermana.

La miré.

—Llevo toda la vida quedándome en sitios donde no me quieren tal como soy. Hoy no.

Elena apretó los labios.

—Perfecto —escupió—. Que se te recuerde como la que salió huyendo en helicóptero porque no soportaba que su hermana fuera feliz.

—No estoy huyendo de tu felicidad —respondí—. Estoy huyendo de tu burla.

No esperé más. Javier me rodeó con el brazo y bajamos los escalones entre el silencio tenso de los invitados. Algunos apartaron la mirada, otros se quedaron mirando con un interés casi morboso. Nadie intentó detenerme.

El viento volvió a levantarse cuando nos acercamos al helicóptero. Subimos, el piloto cerró la puerta y, mientras el aparato despegaba, vi a mi familia volverse cada vez más pequeña, convertida en un grupo de figuras inmóviles sobre la terraza.

Cuando Madrid apareció bajo nosotros, las luces de la ciudad empezando a encenderse, sentí que toda la tensión se desinflaba de golpe. Me dejé caer contra el asiento.

—Lo siento —susurré—. Has convertido un viaje de negocios en un drama familiar.

Javier se soltó el cinturón y tomó mi mano.

—He convertido seis meses de humillaciones en un corte limpio —dijo—. Ya era hora.

—Aún son mi familia.

—Y tú eres mi mujer. No quiero que vuelvas a inventarte medias verdades para encajar con ellos.

No respondí. Miré por la ventanilla. Me dolía el pecho, pero era un dolor distinto, más cercano al alivio que a la vergüenza.

Las semanas siguientes fueron extrañas. Mi madre me mandó dos mensajes cortos: uno para decirme que esperaba que estuviera bien, otro para recordarme que la boda de Elena sería en septiembre “y que aún había tiempo para arreglar esto”. No contesté al segundo.

Mi padre no escribió. Solo mandó una foto del reloj en su muñeca, sin texto. La guardé sin saber qué significaba.

Los comentarios en el grupo de WhatsApp de la familia pasaban por encima de mí, como si no existiera. Mis primos, sin embargo, empezaron a seguir a Javier en LinkedIn y a preguntarme por “oportunidades” y “consejos profesionales”. No respondí a ninguno.

Javier y yo empezamos a hablar de hacer una pequeña celebración con nuestros amigos, algo íntimo, sin helicópteros, sin grandes gestos. Una cena en un restaurante de Malasaña que nos gustaba, con música baja y buena comida.

—¿Y si tus padres quieren venir? —preguntó él una noche.

Me quedé pensando.

—Si vienen, que sea porque quieren estar conmigo, no con tu dinero.

Septiembre llegó. Una invitación a la boda de Elena seguía encima de la nevera, imán de recuerdo de Valencia sujetándola. No había habido disculpas, solo silencios incómodos y pequeños intentos de normalidad.

Tres días antes de la boda, mi madre apareció en el portal de nuestro piso. Me llamó desde abajo.

—¿Subes? —pregunté por el telefonillo.

—Si me dejas.

Subió las escaleras despacio. Cuando la vi, parecía más pequeña. Se sentó en el sofá, mirando alrededor, notando los libros, las fotos nuestras, el abrigo de Javier en la silla.

—No he venido a regañarte —empezó—. Vine a ver dónde vive mi hija. Y a decirte… que el otro día me dieron más vergüenza mis risas que tu helicóptero.

No dije nada.

—Tu padre está dolido —continuó—, pero se pone orgulloso cuando enseña el reloj. No lo va a admitir. Ya sabes cómo es.

—Yo también estoy dolida —respondí—. Que pensaran que necesitaba inventar un hombre para sentirme valiosa.

Mi madre bajó la mirada.

—Crié dos hijas y puse demasiados focos en una sola. No es excusa, pero… me di cuenta cuando te vi irte. Pensé: “Se está yendo de verdad”.

—Me fui con quien me creyó cuando nadie más lo hizo.

Asintió, despacio.

—No te voy a pedir que vengas a la boda de Elena si no te apetece. Pero me gustaría que supieras que, si algún día organizas una fiesta por tu boda, aunque sea tarde… me gustaría estar allí. Como madre, no como jueza.

Hubo un silencio largo.

—Lo pensaré —dije.

Cuando se fue, Javier salió de la cocina, donde había estado fingiendo fregar platos para dejarnos hablar.

—¿Y?

—No es un final feliz —respondí—. Pero es un principio un poco menos feo.

Sonrió.

—A veces eso es suficiente.

Miré por la ventana. La ciudad seguía su ritmo indiferente. Sabía que mi familia nunca sería perfecta, que Elena probablemente seguiría viéndome como una amenaza en lugar de una hermana. Pero también sabía otra cosa: ya no necesitaba inventar nada para sentir que mi vida tenía valor.

Al final, lo único que se había demostrado aquel día en la finca era simple: mi “prometido falso” era la única cosa verdadera que había tenido en años. Y, por primera vez, estaba dispuesta a elegir esa verdad, aunque significara irme en helicóptero de todo lo demás.