El sábado, justo cuando todos levantaban las copas y parecía que mi vida estaba perfectamente encarrilada, mi prometido se aclaró la garganta y, con una sonrisa que no conocía, anunció a gritos: “La boda se cancela, ya no te amo”. El restaurante se congeló. Yo respiré hondo, contuve el temblor y respondí con la voz más tranquila que encontré: “Gracias por ser honesto”. Me quité el anillo, lo guardé en el bolsillo y añadí que organizaría una fiesta de “gran escape”. Sus amigos dejaron de reír cuando expliqué el motivo.

El sábado al mediodía el restaurante de La Latina estaba lleno, con ese ruido espeso de copas, cubiertos y conversaciones solapadas. En la mesa larga del fondo estábamos nosotros: Diego a mi lado, sus amigos de siempre enfrente —Sergio, Marcos, Laura y Ana— y un par de parejas más que apenas conocía. Era, en teoría, una comida para hablar de los últimos detalles de la boda.

El camarero acababa de dejar las raciones de calamares cuando Diego carraspeó y se puso de pie, levantando la copa de cerveza.

—Bueno… —dijo, proyectando la voz como si estuviera en un mitin—. Tengo un anuncio importante que hacer.

Las conversaciones de alrededor se apagaron un poco. Yo ya presentía que venía algo; lo notaba en la manera en que llevaba toda la semana evitándome la mirada, en los mensajes sospechosamente borrados del móvil que ya no se molestaba en esconder.

—La boda se cancela —soltó, con una sonrisa tensa—. Ya no te quiero, Lucía.

Hubo un silencio de apenas un segundo y, después, unas risas sueltas, nerviosas. Sergio le dio una palmada en la espalda.

—Joder, tío, qué bestia eres para decir las cosas —rió.

Yo lo miré, miré la mesa, miré la copa de vino que tenía delante. Sentí algo muy parecido a alivio, mezclado con una calma fría que llevaba semanas cultivando.

Sonreí.

—Gracias por ser honesto —respondí, con un tono tan natural que vi cómo se le congelaba la sonrisa—. Mejor así.

Me quité el anillo despacio, dejando que el gesto llamara la atención. El oro hizo un pequeño sonido apagado al rozar la madera de la mesa antes de que yo lo cogiera y me lo metiera en el bolsillo del vaquero.

—De todas formas —añadí, acomodándome en la silla—, iba a hacer una fiesta.

—¿Una fiesta? —preguntó Ana, arqueando una ceja.

—Sí, una “fiesta de la gran escapada” —dije—. O, si lo preferís, de “por los pelos”. Celebrar que me he librado a tiempo.

Las risas estallaron más fuertes. Marcos casi se atraganta con la cerveza.

—Qué dramática eres, tía —comentó, aún riéndose.

Noté cómo Diego respiraba aliviado, como si pensara que yo estaba transformando su espectáculo en una broma compartida. Apoyó la mano en el respaldo de mi silla, intentando marcar el territorio, todavía dueño de la escena.

—No es drama —aclaré, clavando la vista en él—. Es literal.

Las risas empezaron a bajar de volumen.

—Voy a celebrar —seguí— que casi me caso con un hombre que falsifica firmas, que abre líneas de crédito a nombre de su novia y que, además, es tan torpe que se olvida de cerrar sesión en su correo.

El tenedor de Laura golpeó contra el plato. Sergio dejó de reír de golpe.

Saqué el móvil del bolso y, con movimientos tranquilos, abrí la carpeta de correos que llevaba semanas guardando. Busqué el PDF y lo giré hacia Diego y sus amigos.

En la pantalla se veía claramente un contrato de préstamo: mi nombre completo, mi DNI, y una firma que no era la mía, pero que conocía muy bien.

—Mirad —dije, alzando un poco el móvil para que lo vieran todos—. Veinticinco mil euros a mi nombre. Qué detalle, ¿no?

El murmullo del restaurante siguió, pero en nuestra mesa cayó un silencio denso. La cara de Diego perdió color.

Incliné la cabeza y sonreí, sin apartar la vista de él.

—Dime, Diego… —pregunté, con voz suave—. ¿Reconoces tu letra?

Diego se dejó caer en la silla como si le hubieran quitado las piernas. Alargó la mano hacia el móvil, pero yo la aparté antes de que pudiera tocarlo.

—Lucía, baja la voz —murmuró, intentando sonreír otra vez—. No montes un numerito.

—¿Un numerito? —repetí—. El numerito lo has montado tú, amor. Lo único que hago yo es explicar por qué mi fiesta se llamará “la gran escapada”.

Sergio se inclinó hacia delante para ver mejor la pantalla.

—Tía, eso puede ser un montaje —dijo, aunque le temblaba un poco la voz.

Deslicé el dedo y abrí otro archivo: una foto del contrato impreso, sobre nuestra mesa del salón, con el marco del espejo que teníamos encima del sofá perfectamente reconocible. Al lado, mi DNI y, otra vez, la firma de Diego.

—El banco me llamó hace un mes —conté, dirigiéndome al grupo, no a él—. Querían confirmar algunos datos. Se extrañaron de que yo no supiera nada del préstamo. Yo también me extrañé, claro.

Tragué un sorbo de vino.

—Desde entonces, he pasado cientos de horas con mi prima Marta, la abogada, y con la policía. Se llama estafa y falsificación documental. Les sonará.

Laura se removió en su silla. Marcos miró a Diego, buscando una broma que ya no estaba.

—Lucía, podríamos hablar de esto en privado —intentó Diego, bajando la voz.

—Tú has decidido hacerlo público —le recordé—. Yo solo sigo tu idea.

Abrí la galería y busqué otra imagen. Esta vez, un pantallazo de WhatsApp. Mensajes verdes y grises, emojis, una foto borrosa tomada en un baño de discoteca. Arriba, el nombre de “Laura 💋”.

Laura se quedó rígida.

—Eso no… —empezó.

—No te preocupes, he borrado las fotos en las que salías sin camiseta —dije, sin emoción—. Pero los mensajes los guardé. Por si acaso.

Sergio miró a Laura con una mezcla de incredulidad y rabia.

—¿Tú y él? —escupió—. ¿Desde cuándo?

—Desde septiembre —respondí yo, antes de que ella abriera la boca—. Justo cuando Diego empezó a decir que llegaba tarde a casa por “reformas urgentes”.

Saqué otro pantallazo: correos de la empresa de reformas de Diego, presupuestos inflados, facturas duplicadas, el mismo cliente pagando dos veces por un trabajo que nunca se hizo.

—Yo trabajo en una gestoría, ¿os acordáis? —dije, mirando a Marcos—. Sé leer números. Y cuando Diego dejó abierto su correo en mi portátil, pues… fue entretenido.

Marcos parecía haber encogido dos tallas en la silla.

—Eso no tiene nada que ver con… —balbuceó.

—Claro que sí —le corté—. Tu firma también sale en varios de estos presupuestos. Tranquilo, ya se lo expliqué todo a la Guardia Civil. Fueron muy amables.

El color se les fue del rostro casi al mismo tiempo. Ana, que hasta entonces había permanecido callada, apartó su plato con un gesto de asco.

—¿Has ido a la Guardia Civil? —preguntó Diego, en un susurro ronco.

—Hace tres semanas —contesté—. Primero por el préstamo a mi nombre. Luego, cuando vi las facturas duplicadas, ampliamos la denuncia. Me dijeron que, con la documentación que hay, como mínimo tendréis que pasar por el juzgado a dar explicaciones.

El murmullo general del restaurante seguía, pero la atención de las mesas cercanas ya se había vuelto discretamente hacia nosotros. Sentía sus ojos, aunque no me importaba.

—Así que, volviendo a mi fiesta —continué, volviendo a sonreír—, la idea es brindar porque me he librado de compartir deudas, abogados y posibles antecedentes con alguien que, por lo visto, no me quería tanto como a su negocio.

Diego apretó los puños sobre la mesa.

—Todo esto lo haces por venganza —escupió—. Si hubieras querido, lo habríamos arreglado.

—Lo intenté —dije, encogiéndome de hombros—. Hasta que vi mi nombre en un contrato de veinticinco mil euros que yo no firmé. A partir de ahí, lo único que quise fue salir viva del incendio.

Me recliné en la silla, guardé el móvil en el bolso y respiré hondo.

—Y ahora, que ya todos sabéis por qué la boda está cancelada, podemos comer tranquilos —añadí—. Ah, y Diego…

Él me miró, sin poder disimular el miedo.

—Esta mañana me llamó Marta —dije, despacio—. El juez ha admitido la denuncia a trámite. Dicen que os llegarán las citaciones la semana que viene.

Apreté la servilleta entre los dedos y sonreí.

—Va a ser un lunes interesante, ¿no te parece?

Tres meses después, mi salón en Lavapiés estaba lleno de voces, música baja y el olor a tortilla de patata que había hecho mi madre. En la pared, un cartel cutre de cartulina, escrito con rotulador negro, decía: “Fiesta de la Gran Escapada”.

Nuria, compañera de la gestoría, bailaba con una copa de vino en la mano. Marta, mi prima la abogada, discutía de fútbol con un colega suyo del bufete. Sobre la mesa, donde antes se amontonaban catálogos de vestidos de novia, ahora había bandejas de croquetas, aceitunas y tres botellas de cava a medio terminar.

El anillo de compromiso ya no existía; lo había vendido y con ese dinero había pagado parte del alquiler de este piso nuevo. Miré alrededor y sentí algo parecido a ligereza, una ausencia de peso en el pecho.

Marta se acercó con una copa.

—Brutal lo del cartel —dijo, señalando la pared—. Al final lo has hecho.

—Lo prometí —respondí—. Las promesas hay que cumplirlas, ¿no?

Se rió, sabiendo perfectamente a qué otra promesa me refería.

—¿Sabes algo de Diego? —preguntó Nuria, apareciendo por detrás, curiosa.

Me apoyé en la encimera de la cocina americana y pensé un segundo.

—Sé lo que sabe medio barrio —dije, sin dramatismo—. Que la empresa de reformas está prácticamente parada, que algunos clientes han puesto reclamaciones y que él ha tenido que cambiar de abogado dos veces.

Marta asentía, bebiendo un sorbo.

—Aceptó un acuerdo con la fiscalía —añadió ella—. Pagará una multa, devolverá parte del dinero y, si no se mete en más líos, no pisará la cárcel. Pero va a estar fichado un tiempo.

Nuria silbó, impresionada.

—Y lo del préstamo a tu nombre… —preguntó.

—Eso ya está anulado —contesté—. El banco retiró la operación y dejó claro que yo no había firmado nada. El contrato, ahora, solo sirve para esto.

Señalé la impresora del salón. Sobre ella, perfectamente centrado, estaba el contrato fotocopiado en grande, convertido en mantel improvisado bajo la bandeja de tortilla. Las letras “PRÉSTAMO PERSONAL” se veían entre los restos de huevo y patata.

—Me encanta tu concepto de decoración —rió Nuria.

—Es práctico —dije—. Cada vez que alguien apoya un vaso encima, me ahorro una sesión de terapia.

Marta sonrió, pero no dijo nada. Sabía que sí había ido a terapia, que las semanas después de la comida en La Latina no habían sido solo risas y memes. Había habido noches en blanco, miedo a abrir el buzón, rabia silenciosa. Pero todo eso se quedaba dentro; hacia afuera, yo hablaba poco.

—¿Y sus amigos? —preguntó Nuria, servirse más cava—. Sergio, Marcos, Laura…

—Sergio sigue con él, o eso he oído —respondí—. Marcos se desmarcó en cuanto recibió la citación. Laura se cambió de número y de gimnasio. Ana me escribió hace un mes. Me dijo que lo sentía, que nunca pensó que Diego llegaría tan lejos. Está pensando en dejar también a su novio.

Mi móvil vibró en la encimera. Miré la pantalla: un número desconocido. No tenía foto ni nombre guardado, pero el prefijo me resultaba familiar.

Durante un segundo imaginé la posibilidad: Diego al otro lado, borracho o desesperado, repitiendo que yo lo había arruinado, que él solo quería “empezar de cero” sin mí. Visualicé el gesto de deslizar el dedo y escuchar su voz.

No lo hice. Pulsé “bloquear” y dejé el móvil boca abajo.

—¿Quién era? —preguntó Marta.

—Spam —respondí, cogiendo una copa—. De los que te quieren vender algo que no necesitas.

Volvimos al salón. La música cambió a una rumba antigua y alguien empezó a aplaudir. Me subí a una silla, levantando la copa.

—Vale, un momento —dije, alzando la voz—. Os prometí un discurso corto.

Las conversaciones se fueron apagando poco a poco. Me miraban con expectación, algunos ya sabían la historia entera, otros solo fragmentos.

—Hace tres meses —empecé— un sábado, en un restaurante de La Latina, me dijeron delante de todo el mundo que mi boda se cancelaba porque ya no me querían.

Hubo un murmullo, alguna cara de indignación tardía.

—Ese día —continué— respondí que iba a montar una fiesta de la gran escapada. Pues bien… hoy es esa fiesta. Brindo porque no llegué a tiempo a la iglesia, porque no tengo que firmar hipotecas con desconocidos y porque aprendí a leer bien los correos abiertos en ordenadores ajenos.

Unas risas recorrieron la sala.

—Brindo por la gente que se quedó —añadí, mirando a Marta, a Nuria, a mis padres sentados en el sofá—. Y por toda la que no vino.

Levanté la copa.

—Y, sobre todo —terminé—, brindo por mí.

Las copas chocaron en el aire, el cava salpicó un poco el contrato-mantel y alguien encendió una bengala de pastel que empezó a chispear en medio de la mesa. Miré el papel manchado de tortilla, las firmas emborronadas por el vino, y sentí que el episodio se quedaba oficialmente archivado.

Bajé de la silla y me mezclé entre la gente. La música subió un poco más y, por primera vez en mucho tiempo, me permití bailar sin pensar en qué vendría después.