Durante el divorcio, el notario ni siquiera había terminado de leer cuando mi marido estalló:
—¡Devuélveme el anillo y el reloj! ¡Eran mis regalos!
La voz de Javier rebotó en las paredes beige de la notaría de Chamberí. Afuera, Madrid hervía en pleno julio; dentro, el aire acondicionado zumbaba por encima de la tensión. El notario, don Luis, levantó la vista por encima de las gafas, molesto por la interrupción. A mi izquierda, Clara, mi abogada, soltó un suspiro tan discreto como resignado.
Yo no dije nada. Me quité el anillo de compromiso, oro blanco y diamante pequeño, y luego el reloj de acero que me había regalado por nuestro décimo aniversario. Los dejé con cuidado sobre la mesa de madera, entre el bolígrafo del notario y la carpeta de cuero de la abogada de Javier.
—Ahí los tienes —murmuré.
Javier se echó hacia delante, todavía rojo de rabia, pero se detuvo cuando me vio abrir la carpeta azul que llevaba apretada desde que habíamos entrado. No era la que conocía. La suya, con los papeles de su empresa tecnológica, era negra. Esta era la mía, la de las cosas que nunca le había enseñado.
Saqué un documento de tres páginas, cuidadosamente grapado, con una firma muy reconocible al final de la última hoja. Lo alisé delante de él, girándolo para que pudiera leerlo.
—¿Qué es eso? —preguntó su abogada, Marta, frunciendo el ceño.
—Un simple recordatorio —respondí, sin mirarla—. De hace ocho años, Javier.
Él bajó la vista. Al principio, intentó mantener el gesto desafiante. Reconocí la tensión en su mandíbula, la misma de cuando discutíamos por las noches y acababa yéndose de casa dando portazos. Pero a medida que sus ojos recorrían las líneas del documento, la expresión se le fue vaciando.
El silencio se hizo espeso. El ruido lejano de la impresora de otra sala, el clic del bolígrafo del notario, el golpeteo de la lluvia que empezaba a caer sobre las persianas metálicas: todo sonaba de repente más fuerte.
—Javier… —intervino Marta, inclinándose para leer por encima de su hombro—. ¿Has firmado esto?
Ella leyó en voz baja:
—“Reconocimiento de deuda y cesión de participaciones sociales. Yo, Javier Martín Soler, reconozco haber recibido de mi esposa, Ana Valdés Herrera, la cantidad de noventa mil euros procedentes de su herencia, destinados a la constitución y posterior ampliación de capital de la sociedad… En caso de separación o divorcio, me comprometo a transferirle a la mencionada Ana el cuarenta por ciento de las participaciones sociales o, en su defecto, un inmueble de valor equivalente…”
La voz se le fue apagando.
Javier tragó saliva. Yo lo miré fijamente. Recordaba perfectamente la noche en que había firmado ese papel, con el miedo a perder su empresa empujándolo más que cualquier cariño. Recordaba también que él había dado por hecho que yo lo había destruido después.
No lo hice. Lo guardé en la carpeta azul.
—La firma al final también es tuya —añadí, señalando con el dedo—. Y la de tu amigo Rodrigo como testigo.
El notario estiró la mano.
—Permítame ver el documento, por favor.
Javier no reaccionó. Tenía los dedos rígidos sobre el papel, como si soltarlo fuera a arrancarle algo más que tinta. Sus ojos seguían clavados en su propia rúbrica, grande, segura, escrita en otro tiempo.
—Javier —dije, por fin—. Si quieres, hablamos del reloj. Pero entonces también hablamos de estos noventa mil euros. Y de la empresa. Y de quién le salvó el cuello cuando el banco estaba a punto de ejecutarte el crédito.
Él alzó la vista hacia mí. Ya no había rabia, sino un miedo seco, incrédulo.
—¿Qué pretendes, Ana? —susurró.
Me incliné hacia él, lo suficiente para que sólo me oyeran él y su abogada. Noté cómo se tensaba.
—Pretendo —respondí— que dejes de comportarte como si me estuvieras haciendo un favor. O firmas el convenio como está… o mañana este documento entra por Registro junto con una demanda.
Fue entonces cuando se quedó totalmente paralizado. Ni siquiera parpadeaba. La mano del notario seguía extendida, esperando el papel. Y en la mesa, el anillo y el reloj brillaban, de repente, como cosas sin importancia.
Cuando conocí a Javier, en una fiesta en Lavapiés, no tenía ni anillo, ni reloj, ni carpeta azul. Tenía veintisiete años, un trabajo estable en un despacho pequeño y una herencia modesta en forma de piso antiguo en Salamanca que mis padres habían dejado a mi nombre. Él tenía una idea: una plataforma digital que, según decía, iba a “revolucionar el mercado inmobiliario”.
Al principio, su entusiasmo era contagioso. Hablaba de rondas de inversión, de desarrolladores, de oficinas en Londres, y yo lo escuchaba, fascinada. Cuando me pidió que avalara con mi piso una línea de crédito para salvar su empresa, llevaba semanas durmiendo mal, nervioso por las llamadas del banco.
—Es sólo un trámite, Ana —me dijo, en la cocina de nuestro piso de alquiler en Argüelles, con los ojos brillantes—. En cuanto entren los inversores, cancelamos todo. Te lo juro.
Mi tío, gestor, fue el único que no se dejó arrastrar por el encanto de Javier.
—Que te firme algo —me dijo en voz baja, el día que fuimos al banco—. Un reconocimiento de deuda, lo que sea. No por desconfiar… por prudencia.
Aquella noche, después de brindar por la “nueva etapa” de la empresa con tres gin-tonics de más, Javier firmó. Lo hizo riéndose, haciendo una broma sobre “qué formalita eres, abogada”, y besándome la frente. Rodrigo, su socio, firmó como testigo. Yo guardé el original en una carpeta cualquiera, que años después se convertiría en la carpeta azul.
Durante un tiempo, todo pareció justificar el riesgo. La empresa, PropiaCasa, creció. Se mudaron a unas oficinas modernas cerca de Atocha, contrataron gente joven con zapatillas caras, salían en artículos de prensa sobre “emprendedores de éxito”. Yo seguía en mi despacho, revisando contratos de alquiler mientras veía su foto en LinkedIn con titulares rimbombantes.
Los primeros signos de grieta llegaron en forma de mensajes. Notificaciones en su móvil, a las dos de la madrugada, cuando decía estar “cerrando un acuerdo con unos inversores catalanes”. Una tal Lucía, jefa de marketing. Risas en WhatsApp, fotos borrosas en bares.
—¿Quién es Lucía? —pregunté, una noche, sosteniendo su móvil en la mano—.
Él me lo arrancó con brusquedad.
—Una compañera. No empieces.
No paré. Meses de sospechas, olores a perfume que no era mío, domingos en los que desaparecía “para trabajar tranquilo” en la oficina. Hasta que un día ya no me importó tanto con quién estaba, sino cómo me hablaba a mí.
—Si no te gusta mi vida, te vas —me dijo, sin levantar la vista del portátil—. No voy a tirar todo esto por tus inseguridades.
Ahí empecé a planear mi salida. No fue un arrebato, fue un inventario. Revisé papeles, cuentas, correos. Encontré el reconocimiento de deuda, arrugado en una carpeta vieja. Lo releí con otra mirada. Ese mismo día compré la carpeta azul.
Cuando le planteé el divorcio, Javier se rió.
—¿Divorcio de qué, Ana? Si te vas, lo único que vas a conseguir es perder tu parte del piso y el anillo. No tienes nada en la empresa, legalmente.
Tenía razón en lo de “legalmente” a medias. Yo sabía leer cláusulas. Y sabía lo que valía una firma.
Ahora, de vuelta en la notaría, mientras él seguía clavado al asiento, Marta se aclaró la garganta.
—Esto complica las cosas —admitió, mirando al notario—. Habría que analizar la validez del documento, las circunstancias de la firma…
Don Luis leyó el papel con calma profesional.
—Tiene fecha, firma del deudor, testigo, objeto claro, cantidad determinada… —enumeró—. En principio, es perfectamente válido. Si el señor Martín considera que hubo vicio en el consentimiento, siempre puede acudir a la vía judicial. Pero, mientras tanto, es un elemento a tener en cuenta en este convenio.
Javier cerró los ojos un segundo. Lo conocía lo suficiente para saber que estaba haciendo cálculos, no morales, sino económicos. En la mesa, el borrador del convenio de divorcio le otorgaba la empresa al cien por cien y a mí el piso y una compensación moderada. No incluía esos noventa mil euros ni ningún porcentaje de participaciones.
—Podemos renegociar —intervino Clara, mi abogada, con la voz suave pero firme—. Ana está dispuesta a mantener el reparto actual si se respeta lo pactado en este convenio y se firma hoy mismo. Si tenemos que ir a juicio, pediremos el cuarenta por ciento de la empresa, con tasación actual.
Marta se inclinó hacia Javier, hablándole en un susurro urgente. Yo no escuchaba las palabras, pero sí el tono: advertencia, prisa, temor a una guerra larga y costosa.
Javier abrió los ojos y me miró. En su gesto había algo nuevo: una mezcla de rencor y reconocimiento.
—No tenía ni idea de que te habías guardado esto —dijo, casi con desprecio—. Muy bien jugado, Ana.
No contesté. No era un juego; para mí, era la única red bajo el salto.
Él se inclinó hacia mí, un poco más cerca de lo correcto.
—Te juro que te vas a arrepentir —susurró—. Si me obligas a ceder ahora, hundo la empresa antes de darte un céntimo.
Sonreí apenas, como quien escucha el mismo chiste por enésima vez.
—Haz lo que quieras con tu empresa —respondí—. Pero recuerda que no es lo único que tengo guardado.
Marta nos miró, incómoda.
—¿A qué se refiere?
Saqué otra hoja de plástico de la carpeta azul, esta vez sin sacarla del todo. Sólo dejé ver el encabezado: “Correo electrónico – Facturas simuladas – PropiaCasa S.L.”. Era una impresión de una cadena de emails en la que Javier y Rodrigo discutían sobre inflar costes con proveedores para maquillar beneficios.
No dije nada más. No hacía falta. Javier la reconoció al instante. Se quedó aún más pálido.
El silencio que siguió ya no era sólo incómodo. Era abiertamente peligroso.
Ocho meses después, el reloj de Javier ya no estaba en mi muñeca, pero yo sí llevaba uno nuevo, barato y ligero, comprado en una tienda de barrio en Carabanchel. El anillo lo vendí. El dinero pagó parte de la mudanza.
Al final, no hubo guerra judicial. Hubo tres semanas de correos tensos entre abogados, una reunión más en la notaría y un par de noches en vela. Javier decidió no arriesgarse a que el reconocimiento de deuda y los correos de las facturas simuladas acabaran en un juzgado o, peor, en la Agencia Tributaria. Yo decidí que no quería su empresa, ni su cuarenta por ciento, ni su mundo de rondas de inversión y números maquillados.
El nuevo convenio fue simple: yo me quedaba con el piso, completamente a mi nombre, sin hipoteca pendiente. También obtuve una compensación económica razonable por los años dedicados y la inversión inicial, suficiente para respirar y no sentir que saltaba al vacío. Él se quedaba con la empresa íntegra, con sus deudas y sus riesgos. Cada uno cargaba con lo que había elegido construir.
Una tarde de marzo, quedamos en una cafetería cerca de Manuel Becerra para firmar el último papeleo: un documento sobre la liquidación del régimen económico. Llegó diez minutos tarde, más delgado, con ojeras marcadas. Llevaba el mismo reloj que había exigido en la notaría.
—Has adelgazado —comenté, por decir algo.
Él se encogió de hombros.
—PropiaCasa ya no es lo que era —respondió—. Rodrigo se fue a otra startup. Lucía… también.
No pregunté más. No me interesaba el culebrón.
Firmamos en silencio. El camarero nos trajo dos cafés solos. Javier se quedó mirando el mío, luego mi nueva pulsera de cuero barato.
—Nunca pensé que fueras capaz de… —empezó, sin terminar la frase.
—Yo tampoco —admití—. Pero supongo que todos cambiamos.
Guardé mi copia del documento en la misma carpeta azul, ya más gastada en las esquinas. No la iba a necesitar mucho más tiempo, pero me daba una extraña sensación de cierre.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó él, con una curiosidad extraña, casi sincera.
Miré por la ventana. A través del cristal empañado se veía la gente cruzando la plaza con abrigos abiertos, como si el invierno estuviera cediendo.
—Vivir en mi casa sin esperar a que llegues tarde —respondí—. Volver a estudiar quizá. Clara dice que podría especializarme en derecho mercantil. Parece que se me da bien leer letras pequeñas.
Javier soltó una risa breve, sin humor.
—Sí, eso te lo concedo.
Nos quedamos un momento en silencio, cada uno con su café. Pensé en los años en que su opinión era una balanza que pesaba más que la mía. Ahora, sus palabras eran sólo ruido de fondo.
—Ana —dijo de repente—. Lo del documento… lo de las facturas… Podrías haber ido mucho más lejos.
Lo miré. En su gesto había algo parecido a una disculpa, pero detenido a mitad de camino.
—Podría —admití—. Pero no tenía ningún interés en seguir ligada a ti otros cinco años en juicios. Sólo quería salir con lo que era mío.
Asintió, despacio.
—Supongo que… gracias por no hundirme.
No respondí “de nada”. Simplemente terminé mi café, me levanté y dejé unos euros en la mesa.
—Cuídate, Javier.
Salí a la calle con la carpeta azul bajo el brazo. El viento de marzo me despeinó, pero era un frío soportable. Caminé hasta el metro, sintiendo el peso ligero de mis cosas: las llaves del piso, el móvil, la cartera con algo de dinero, el reloj nuevo marcando la hora exacta.
Al llegar a casa, abrí un cajón y dejé dentro la carpeta azul. No la tiré. No por nostalgia, sino por memoria. Era el registro tangible de que, una vez, había estado dispuesta a poner mi herencia, mi piso, mi tiempo y mi paciencia al servicio de otra persona. Y del momento en que decidí dejar de hacerlo.
Me preparé una tortilla francesa para cenar, con una copa de vino barato. Encendí la radio, dejé que sonara un programa de fondo. No había mensajes pendientes, nadie a quien esperar.
Miré mi mano izquierda, sin anillo. La derecha, con el reloj de plástico marcando las nueve y veinte. Sonreí, sola, sin testigos.
Al final, lo único que me quedé de Javier no fue el piso ni la compensación. Fue esa certeza tranquila de la notaría, el día en que puso las manos sobre el documento y se quedó helado. La certeza de que, por primera vez en nuestra historia, había sido yo quien decidía las condiciones.



