El sábado por la mañana el edificio de oficinas de la calle Alcalá estaba casi vacío. Yo limpiaba los despachos del cuarto piso mientras mi hija Lucía correteaba por el pasillo con su muñeca de trapo. Tenía cinco años y una energía que ni las horas extra ni el cansancio podían apagar. Le había prometido que, si se portaba bien, después iríamos a ver los patos al Retiro. Por eso, cuando la oí reírse y salir disparada hacia el fondo del pasillo, solo le grité sin mirarla:
—¡Lucía, despacio, que te vas a caer!
Lo que no sabía era que, al girar la esquina, iba a chocar de lleno con Álvaro García, el director general de la empresa. Yo escuché el golpe seco, un pequeño quejido, y luego la voz grave de Álvaro diciendo algo que me heló la sangre:
—Vaya, vaya… ¿y tú quién eres, princesa?
Asomé la cabeza por la puerta del servicio y lo vi agachado frente a Lucía, sonriendo, con su traje impecable y esa corbata azul marino que todos en limpieza conocíamos de memoria. Ella seguía en el suelo, más sorprendida que asustada. Álvaro sacó del bolsillo interior de la chaqueta una pequeña bolsa de caramelos de colores, como si llevara siempre dulces preparados para emergencias.
—No llores, campeona —dijo, aunque Lucía ni siquiera había empezado a llorar—.
Le dio dos caramelos y le revolvió el pelo con una familiaridad estudiada. Yo me acerqué, con el corazón encogido. Nunca había hablado directamente con él; para gente como yo, el director general era casi una figura de otro mundo, alguien que solo veíamos en las fotos de la recepción.
—Lo siento muchísimo, don Álvaro —balbuceé—, la niña se ha escapado, no quería molestar…
Él me miró un segundo, con esos ojos claros que no mostraban nada, y sonrió.
—Tranquila, Carmen, no pasa nada.
Que supiera mi nombre me descolocó. Lucía, chupándose ya un caramelo, levantó la vista hacia él con curiosidad.
—¿Quieres oír un secreto? —preguntó de golpe, con esa inocencia brutal que tienen los niños.
Yo abrí la boca para decirle que no molestara al señor, pero Álvaro se adelantó, divertido.
—Claro que quiero —dijo, inclinándose un poco más—.
Lucía se acercó y le susurró algo al oído. Vi cómo la sonrisa de Álvaro se congelaba, primero un matiz apenas perceptible en la comisura de sus labios, luego un endurecimiento evidente de la mandíbula. Se incorporó despacio, miró el pasillo vacío y, sin mirarme, sacó el móvil del bolsillo.
—Ve con tu madre, Lucía —dijo con voz neutra.
Mientras ella corría hacia mí, Álvaro marcaba ya un número. Escuché claramente: «Reúne a todos los directivos ahora mismo, es urgente».
No supe exactamente qué le había dicho Lucía hasta bastante después, pero en el mismo momento en que escuché esa frase por el móvil entendí que algo grave acababa de ocurrir. Álvaro caminó sin prisa hacia la sala de juntas, con el gesto tenso, y yo volví al cubo y a la fregona como si nada, aunque las manos me temblaban.
En menos de media hora empezaron a llegar coches al garaje: trajes oscuros, perfumes caros, caras de sueño un sábado que se suponía libre. Desde la ventana del cuarto de limpieza los vi entrar uno tras otro, saludando al director general con apretones de mano serios, casi solemnes. Lucía dibujaba en el suelo con un rotulador seco, ajena al torbellino que había provocado.
—Mamá, el señor Álvaro huele a colonia de papá —comentó de pronto, sin levantar la vista.
El comentario me clavó una espina en el pecho. Mi marido, Miguel, trabajaba en el departamento de finanzas, dos plantas más abajo, y era verdad que a veces coincidía con Álvaro en los ascensores, en las reuniones generales, en la cantina. Pero eran mundos distintos; Miguel siempre decía que, si alguna vez hablaba directamente con el director, sería porque algo muy bueno o muy malo estaba pasando.
Me acordé entonces de la conversación de la noche anterior, en nuestra cocina pequeña de Vallecas. Miguel hablaba en voz baja, inclinado sobre la mesa, mientras revisaba unos papeles que no se atrevía a dejar en el ordenador de la oficina. Me dijo que había descubierto movimientos raros en las cuentas, facturas duplicadas, proveedores fantasma.
—No son errores —aseguró—.
—Alguien está desviando dinero, y vienen una inspección y una auditoría el mes que viene.
Yo le pedí que no se metiera, que bastante teníamos con pagar la hipoteca y los libros de Lucía. Miguel sonrió cansado y dijo que no podía mirar hacia otro lado. Lucía estaba en su habitación, supuestamente durmiendo. O eso creíamos.
—¿Qué le contaste al señor Álvaro, cariño? —le pregunté ahora, intentando sonar despreocupada.
Lucía se encogió de hombros.
—Solo el secreto de papá.
—¿Qué secreto?
—Que los jefes son malos y se roban el dinero —repitió con toda naturalidad—.
Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies. La puerta de la sala de juntas se abrió de golpe y salió Ernesto, el jefe de recursos humanos, con el móvil pegado a la oreja y la cara desencajada. Cruzó el pasillo sin verme y se metió en su despacho. A los pocos minutos empezó un ir y venir de correos, llamadas, puertas que se cerraban de un portazo.
A la una, cuando ya pensaba en irnos, mi móvil vibró en el bolsillo del delantal. Era un mensaje de Miguel: «Me han llamado para una reunión con el director general. No te preocupes si llego tarde. Te cuento luego».
Miré a Lucía, que ahora hacía bailar a su muñeca sobre el cubo de la fregona, y sentí un nudo en la garganta que no supe explicar. Alrededor de las cinco de la tarde, cuando ya habíamos vuelto a casa y Lucía veía dibujos en la tele, sonó el timbre con una insistencia que me erizó la piel. Por la mirilla vi dos hombres de traje y una mujer con carpeta; detrás, un coche patrulla con las luces apagadas.
Abrí la puerta con Lucía pegada a mi pierna y un presentimiento frío en el estómago.
—¿Carmen López? —preguntó la mujer de la carpeta, enseñando una placa.
Asentí sin voz.
—Policía Nacional.
—¿Está su marido en casa?
Negué con la cabeza. El agente más alto tomó la palabra.
—Tenemos una orden de registro relacionada con una investigación por fraude y malversación en su empresa.
Sentí que Lucía me apretaba la mano. Los dejé pasar. Revolvieron cajones, revisaron el portátil viejo de Miguel, abrieron incluso la mochila de princesas de Lucía. Al cabo de una hora uno de los agentes encontró, detrás de las toallas del armario del pasillo, un sobre marrón lleno de fotocopias y un pendrive rojo.
—Aquí hay extractos de cuentas, correos impresos… —murmuró—.
Yo reconocí el papel arrugado que Miguel había estado revisando la noche anterior. En ese momento sonó la llave en la cerradura. Miguel entró, se quedó congelado al ver los uniformes y levantó las manos instintivamente, como si ya supiera lo que venía. No gritó, no protestó. Solo me miró a mí y luego a Lucía.
—Tranquilas —dijo en voz baja—.
Se lo llevaron esposado entre los vecinos curiosos del descansillo.
Esa noche no dormí. Mientras Lucía roncaba abrazada a su muñeca, yo repasaba cada palabra de aquella conversación en la cocina, cada gesto de Álvaro, cada mirada en el pasillo de la empresa. Al día siguiente me llamaron de recursos humanos. Me citaron para el lunes, «para hablar de su situación laboral».
Cuando llegué al edificio, la prensa se agolpaba en la puerta principal. Cámaras, micrófonos, flashes. En las pantallas del vestíbulo, los informativos emitían en bucle la misma noticia: «Empleado de finanzas acusado de desviar más de tres millones de euros en compañía tecnológica». La foto de Miguel, con traje y sonrisa incómoda de foto de empresa, llenaba la pantalla.
Álvaro apareció unos minutos después, entrando por la puerta lateral rodeado de dos ejecutivos. Se detuvo un segundo frente a las cámaras y declaró que la empresa era «la primera interesada en esclarecer los hechos» y que colaboraría «plenamente con la justicia». Su tono era grave y sereno, el de un hombre que acababa de descubrir una traición dentro de su propia casa. Yo, escondida detrás de una columna, sabía que él había sido el primero en oler la sangre.
En recursos humanos me ofrecieron una baja voluntaria con una pequeña indemnización. Me hablaron de lo «difícil» que sería para mí seguir allí, de la «exposición mediática», de lo «mejor para la niña». Yo pregunté si podía ver al director general, solo cinco minutos. Me dijeron que era imposible.
Al salir, lo encontré esperándome junto a los ascensores, tan impecable como siempre.
—Carmen —dijo en voz baja—, siento mucho lo de su marido.
Yo lo miré fijamente.
—Lucía habla demasiado —susurré—, pero Miguel no es un ladrón.
Álvaro sostuvo mi mirada un segundo más, como evaluando el peso de mis palabras.
—La justicia decidirá —respondió al fin—.
Luego deslizó discretamente un sobre blanco hacia mi mano. Dentro había un cheque con más ceros de los que yo había visto nunca y una nota: «Para que pueda empezar de nuevo lejos de todo esto».
Años después, mientras Lucía y yo visitábamos a Miguel en prisión, vi a Álvaro en la tele, sonriendo.



