Mi yerno llevaba cuarenta irrupciones en mi casa en solo tres meses; cada vez que lo sorprendía revolviendo mis cosas, el corazón se me helaba un poco más. Le rogué que parara, que respetara mi espacio, pero él solo se rió y escupió: “Estás exagerando, vieja histérica”. Una semana después, sin decir nada a nadie, empaqué mis recuerdos y me mudé en secreto. La casa quedó vacía. A las dos de la madrugada, sonó la alarma. Desde ese instante, todo cambió para siempre.

Nunca pensé que a los 68 años tendría miedo de mi propio yerno. Me llamo Carmen, soy viuda y hasta hace poco vivía en un piso antiguo en Chamberí, en Madrid. Durante tres meses, Diego, el marido de mi hija Laura, entró en mi casa unas cuarenta veces. Lo sé porque empecé a apuntar cada detalle: un cajón mal cerrado, un sobre movido, billetes que faltaban, el frasco de colonia corrido unos centímetros.

Al principio pensé que estaba perdiendo la cabeza. Pero un día encontré la caja donde guardaba mis joyas de toda la vida abierta, con dos sortijas menos. Ahí dejé de dudar. Compré una cámara pequeña, de esas que parecen un cargador, y un sistema de alarma conectado a mi móvil. No le dije nada a nadie; en comisaría ya me habían soltado aquello de “seguro que es un malentendido familiar, señora”.

La siguiente vez que salió mi casa sola en la pantalla del móvil, vi claramente a Diego entrar con su copia de las llaves, revisar cajones con calma, fotografiar papeles. Paré el vídeo mil veces. Era él. Sin excusas.

Lo enfrenté en el salón, delante de Laura.

—Deja de entrar en mi casa a escondidas —le dije, con el móvil en la mano—. Tengo pruebas.

Diego soltó una carcajada seca.

—Estás exagerando, mujer. De verdad que la edad no perdona. —Me miró como si estuviera loca—. ¿Tú crees que alguien se va a creer eso?

Laura bajó la mirada, atrapada entre los dos.

Aquella noche decidí moverme en silencio. Busqué un estudio barato en Alcorcón, firmé el contrato sin contarle a ninguno de los dos y, con la ayuda de mi vecino Antonio, saqué mis cosas más importantes en tres viajes de coche. En el piso de Chamberí dejé solo muebles viejos, ropa que ya no usaba y luces programadas para encenderse y apagarse, como si siguiera viviendo allí.

Una semana después, a las dos de la madrugada, sonó la alarma en mi móvil. Un pitido agudo, insistente, me arrancó del sueño. Temblándome las manos, abrí la aplicación. La imagen tardó unos segundos en cargar.

Primero vi el pasillo oscuro, luego la luz de una linterna moviéndose hacia el salón. La cámara del “cargador” enfocaba justo la entrada. Diego apareció en la pantalla con una sudadera negra, la capucha puesta, los guantes de cuero que muchas veces había visto colgados en su recibidor. Empujó la puerta, miró alrededor y avanzó directo hacia mi antiguo dormitorio, sin titubear.

Abrió los cajones con violencia, tiró ropa al suelo, revisó el armario, el colchón, incluso levantó la alfombra donde antes guardaba una caja fuerte. Cuando comprobó que no había nada, se quedó quieto en medio de la habitación, respirando fuerte.

Entonces giró la cabeza hacia la cámara, como si supiera exactamente dónde estaba. Se acercó hasta llenar toda la pantalla con su cara. Sonreía.

—Buenas noches, Carmen —susurró—. Te estás metiendo donde no debes.

Alargó la mano hacia el objetivo. La imagen se volvió negra. La alarma siguió sonando en mi mesilla.

Y supe que, a partir de ese momento, nada volvería a ser igual.

Tardé unos segundos en reaccionar. El pitido del móvil seguía taladrándome la cabeza cuando marqué el 112 con dedos que apenas acertaban a pulsar las teclas.

—Han entrado en mi casa —dije—. En la de Chamberí. No estoy allí, pero lo estoy viendo por la cámara. Es mi yerno.

El operador me pidió la dirección, me hizo repetir que yo no estaba dentro y prometió enviar una patrulla. Yo, mientras tanto, me quedé sentada en la cama del estudio de Alcorcón, en bata, con la pantalla ya en negro y el corazón golpeándome en el cuello.

Cuando por fin logré volver a conectar la cámara, el piso aparecía revuelto, pero vacío. Al cabo de media hora me llamó un agente para decirme que la puerta estaba forzada, que habían levantado acta y que, si quería denunciar, tenía que ir a la comisaría por la mañana.

A la mañana siguiente, allí estaba yo, con el bolso lleno de papeles, el móvil con los vídeos y un cansancio que me doblaba los hombros. Puse la denuncia. Dije su nombre: Diego Gómez, mi yerno. El policía escribió sin mirarme mucho a los ojos.

Por la tarde, la que llamó fue Laura.

—Mamá, ¿cómo has podido? —me gritó nada más descolgar—. ¡Has denunciado a Diego!

—Entró de noche en mi casa, Laura. Lo tengo grabado.

—¡Es tu casa y es su familia! Solo quería coger unos documentos, los del seguro. No tenías por qué montar este numerito.

—¿Forzando la puerta y registrando el dormitorio? —pregunté—. Había estado entrando durante meses.

Silencio al otro lado.

—Estás… obsesionada —dijo al final, con una voz que ya no era la de mi niña—. Diego dice que últimamente confundes las cosas. Que inventas. Que tienes miedo de todo.

Colgó antes de que pudiera contestar.

Creí que lo peor era estar en guerra con mi propia hija. Me equivocaba. Dos semanas después recibí una notificación del juzgado: “Procedimiento de modificación de la capacidad jurídica a instancia de su hija, Laura Gómez”. Diego había cambiado de estrategia. Ya no se escondía. Ahora intentaba convencer al mundo de que yo estaba loca.

Llamé a Lucía, una abogada que me recomendó Antonio, mi vecino de toda la vida. Una mujer de unos cuarenta años, del barrio, de voz clara y mirada directa.

—Esto es más habitual de lo que cree —me dijo, hojeando la demanda—. Alegan que usted tiene ideas delirantes de persecución, que acusa sin pruebas a su yerno, que no maneja bien su economía.

—Tengo vídeos, fechas, la denuncia, los informes de la alarma —le respondí, extendiendo todos mis papeles sobre su mesa—. Y estoy más lúcida que usted y yo juntas.

Lucía sonrió apenas.

—Eso lo veremos en el juicio. Mientras tanto, no firme nada, no entregue nada y no se quede nunca sola cuando hable con ellos.

El día de la vista en los juzgados de Plaza de Castilla me sudaban las manos como una chiquilla. Diego se sentó al lado de Laura, impecable, traje azul marino, la barba perfectamente recortada. Me dedicó una mirada neutra, casi amable.

El médico forense me hizo preguntas sencillas delante del juez: la fecha, el nombre del presidente del Gobierno, cuánto cobraba de pensión. Contesté una por una, sin titubear, mordiéndome las ganas de mirar hacia atrás.

Cuando tocó hablar de Diego, mi voz tembló.

—Mi yerno ha entrado en mi casa unas cuarenta veces —dije—. Lo tengo grabado. Buscaba mis papeles, mi dinero. Y cuando me fui, entró de noche para destrozar lo que quedaba.

El abogado de Diego se levantó.

—Señoría, la señora Carmen lleva meses obsesionada con mi cliente. No hay más que ver cómo interpreta cada gesto como una amenaza.

Diego se inclinó hacia el micrófono.

—Solo he querido ayudarla —dijo—. Pero ella nos acusa de cosas terribles. Estoy preocupado por Laura. Por mi hijo. No podemos vivir así.

Sentí que el juez me miraba con cansancio. Esa mezcla de “otro lío de familia” que ya conocía.

Al salir de la sala, en el pasillo, Diego se acercó tanto que pude oler su colonia.

—Te lo advertí, Carmen —susurró sin sonreír—. Si hubieras dejado de molestar, ahora no estarías pasando por esto.

Laura, a su lado, evitó mirarme. Sostuvo su bolso con fuerza, como si yo fuera a arrancárselo.

Días después, recibí el informe preliminar del forense: recomendaba una “tutela parcial de bienes” hasta nueva valoración. Me quedé sentada en la cocina del estudio, con el papel en las manos y la sensación de que el suelo se abría bajo mis pies.

Miré el móvil. En la pantalla, congelado, el fotograma de Diego mirándome directamente a la cámara la noche del robo.

Si ellos estaban dispuestos a romper todas las reglas, pensé, yo también tendría que aprender a jugar su juego.

La siguiente vez que fui al despacho de Lucía llevaba el informe del forense doblado en cuatro y una decisión tomada.

—No quiero que me quiten ni las llaves de mi casa ni las de mi vida —le dije—. ¿Qué puedo hacer antes de que el juez decida?

Lucía leyó el informe con el ceño fruncido.

—Todavía no hay medidas cautelares —explicó—. Mientras tanto, usted sigue siendo plenamente capaz. Puede disponer de sus bienes. Después… podría ser demasiado tarde.

—¿Si vendo el piso? —pregunté—. ¿Puedo?

Me miró un segundo, como calibrando si yo era consciente del tamaño de la decisión.

—Puede. Legalmente. Y si lo hace ahora, será difícil que nadie lo eche atrás.

Aquella misma semana, sentada frente a un notario de Goya, firmé la venta del piso de Chamberí a una empresa que compraba viviendas antiguas. El precio era algo menos de lo que valía, pero, por primera vez en meses, sentí que llevaba la iniciativa. Con el dinero pagué el estudio de Alcorcón por adelantado y abrí una cuenta nueva, en otro banco, donde solo yo tenía firma.

También hice otra cosa: cambié el testamento. Dejé la mayor parte de lo que me quedaba para Marcos, mi nieto, administrado por una fundación hasta que cumpliera veinticinco años. Para Laura, solo una carta. Para Diego, nada.

—¿Está segura? —preguntó el notario.

—Más que de mi propio nombre —respondí.

Mientras tanto, Lucía investigaba. Descubrió que Diego tenía deudas de juego y que había pedido varios préstamos a nombre del bar que había montado en Vallecas. Un exsocio suyo, harto de avalarle, aceptó declarar. El expediente de la demanda contra mí se iba llenando de papeles que ya no les favorecían.

El día de la segunda vista, la sala del juzgado olía a café rancio y a desinfectante. El juez hojeó los nuevos documentos con paciencia.

—Veo aquí que el señor Gómez mantiene deudas considerables —dijo, levantando la vista—. Y que ha intentado utilizar la vivienda de la señora como aval.

Diego apretó la mandíbula.

—Eran solo gestiones —balbuceó su abogado—. Nada se firmó.

Lucía habló entonces, con voz tranquila.

—También hay una denuncia por allanamiento de morada y un vídeo en el que el señor Gómez entra de noche en la vivienda de mi clienta sin su consentimiento. Y ahora pretende hacerse cargo de la administración de sus bienes. No parece lo más prudente.

El forense, quizás molesto por haber sido puesto en duda, matizó su informe: reconoció que yo estaba orientada en tiempo y espacio, que mis ideas podían ser desconfiadas, sí, pero dentro de lo que cabía esperar de alguien que había sufrido robos por parte de un familiar.

El juez pidió silencio. Durante unos segundos solo se oyó el zumbido del fluorescente.

—No veo acreditada la necesidad de una modificación de la capacidad de la señora Carmen —dictó al final—. Se archiva la demanda. Y le aconsejo a esta familia que resuelva sus conflictos lejos de los juzgados.

Sentí que se me aflojaban las piernas. Diego clavó los ojos en la mesa. Laura se llevó la mano a la boca, sorprendida.

A la salida, me esperó junto a la puerta.

—¿Has vendido el piso? —preguntó sin saludar, sin “mamá”, sin nada.

—He vendido mi piso —corregí—. Era mío. Y mi vida también es mía.

—¿Y a mí qué me dejas? —susurró, con una rabia sorda—. ¿Qué le dejas a tu hija?

La miré largo rato. Recordé sus trenzas, sus exámenes de la universidad corregidos en mi cocina, las noches en las que lloró porque Diego había llegado tarde otra vez.

—Te dejo que no tengas que preocuparte de mí —dije al fin—. Eso debería bastarte.

Diego la llamó desde el coche. Laura se dio la vuelta sin despedirse.

No denuncié a Diego por las cuarenta entradas en mi casa. No llevé hasta el final el procedimiento penal. Sabía que, si lo hacía, arrastraría a mi nieto por años de juicios y visitas a su padre a la cárcel. Yo solo quería que me dejaran en paz.

Con el tiempo, me fui a vivir a un pequeño piso alquilado en la costa de Alicante. El mar me recordaba a mis veranos de niña en Benidorm, antes de que todo se llenara de hoteles. Marcos me manda algún mensaje de vez en cuando, a escondidas, desde el móvil de un amigo. Me llama “yaya Carmi” y me pregunta si sigo poniendo cámaras por todas partes.

La alarma del móvil sigue siendo la misma que sonó aquella noche a las dos. Ya no me despierta con miedo, sino con una especie de certeza. La última vez que la programé a esa hora fue por capricho: quería comprobar que podía dormir tranquila.

Sonó en mitad de la madrugada. Abrí los ojos, apagué el pitido y miré alrededor: solo el murmullo del mar más allá de la ventana, la luz tenue del puerto, mi bolso colgado de la silla, mis llaves sobre la mesa.

Por primera vez en mucho tiempo, supe que nadie más las tenía.