El día que perdí mi casa empezó con un simple gesto: mi hijo vio cómo guardaba en la caja fuerte mi reloj de oro, valorado en unos 300.000 dólares, creyendo que allí nada podría pasarle. Pero mi nuera esperó a que estuviera sola, lo robó y corrió a la joyería, donde el joyero, al verlo, soltó un brutal: «¿¡Qué demonios es esto!?». Pálida, volvió a casa, solo para encontrar a mi hijo en la puerta, con las maletas listas: «Cariño, ya no tenemos hogar».

Carmen limpiaba el reloj con el mismo cuidado con el que, durante décadas, había limpiado los lentes de su difunto marido. Un Patek Philippe de oro, pesado, discreto, valorado en unos trescientos mil euros. Joyeros, notarios y hasta un par de banqueros se lo habían repetido. Para ella, sin embargo, era sobre todo la última pieza intacta de la vida que había compartido con Ricardo.

En el piso amplio del barrio de Salamanca olía a café y a colonia cara. Javier, su hijo, estaba sentado en el sofá, mirando distraído el móvil. Laura, su nuera, ojeaba una revista de decoración con fotos de casas imposibles: cocinas de mármol blanco, piscinas infinitas, jardines perfectos.

—Mira, Javier —dijo Carmen, abriendo la pequeña caja de terciopelo—. Lo voy a guardar en la caja fuerte. Es lo único verdaderamente valioso que queda.
Javier se acercó, curioso, sonriendo.
—Algún día será mío, ¿no? —bromeó, aunque en su voz había algo que no era solo broma.
Carmen no contestó. Solo cerró la caja y caminó hasta el armario empotrado del dormitorio.

Laura la siguió con la mirada, muy atenta. Vio cómo Carmen retiraba un par de camisas, pulsaba los dígitos en el teclado y abría la pequeña puerta gris. Vio los números, uno a uno. Los repitió mentalmente como si fueran un número de teléfono: 3-9-1-7. Dentro solo había unos sobres con documentos y, en el centro, el hueco donde Carmen colocó la cajita del reloj. Después cerró la caja fuerte, el armario, y regresó al salón como si nada.

—Voy a Segovia con tu tía Mercedes hasta el domingo —anunció Carmen—. Os dejo el piso para vosotros. Así Inés puede dormir la siesta en paz.
Javier le dio un beso en la mejilla. Laura sonrió, pero sus ojos no se separaban del pasillo que llevaba al dormitorio. La palabra “trescientos mil” resonaba como un eco en su cabeza. Tre-ce-cien-tos-mil. La hipoteca, las letras del coche, las tarjetas casi al límite. Y ese reloj, quieto, detrás de una puerta de metal que ahora tenía un código que ella conocía.

Cuando Carmen salió con la maleta de ruedas, el silencio llenó el piso durante unos segundos. Inés dormía en la habitación pequeña. Javier volvió al sofá, contestando correos del trabajo, preocupado por los recortes en su empresa. Laura, en cambio, se quedó de pie en el pasillo, sintiendo cómo la idea se convertía en decisión.

Entró en el dormitorio de Carmen, abrió el armario, marcó 3-9-1-7 con los dedos temblorosos. La puerta de la caja fuerte se abrió con un clic breve, casi amable. Tomó la cajita del reloj, la metió en su bolso y respiró hondo. En su mente, todo era simple: lo vendería, taparía unos cuantos agujeros, nadie tendría por qué saberlo. Carmen era mayor; seguro que tardaría meses en mirar el reloj otra vez.

Diez minutos después, Laura bajaba a la calle y pedía un taxi.
—A la calle Goya, por favor. A la joyería Hidalgo —dijo, con la voz más firme de lo que se sentía.

El joyero, un hombre de unos sesenta años, gafas finas y manos hábiles, abrió la caja y examinó el reloj bajo una luz blanca. Lo giró, lo pesó, miró el número de serie, acercó una lupa al mecanismo. Su expresión cambió de neutra a algo muy distinto: una mezcla de irritación y sorpresa.

Alzó la vista hacia ella, frunciendo el ceño.
—Señora… —dijo, en un tono seco—. ¿Pero qué demonios es esto?

Laura sintió que se le helaba la nuca.
—¿Cómo que qué es? —intentó sonreír—. Es un Patek Philippe. De oro. Auténtico.
El joyero cerró la caja con un chasquido.
—Auténtico, desde luego, no es —respondió—. El oro es de una pureza inferior y el mecanismo es una porquería china. Esto no vale ni trescientos euros.

Laura se inclinó hacia el mostrador, incrédula.
—No puede ser. Pertenecía a mi suegro. Siempre le dijeron que valía una fortuna.
El hombre negó con la cabeza, ya menos crispado, pero aún desconfiado.
—El modelo original, quizá sí. Pero esto… —abrió de nuevo la tapa trasera con una pequeña herramienta—. Mire, el grabado está mal acabado y el número de serie no corresponde a ese modelo. Es una copia. Y mala.

Laura sintió un vértigo absurdo, como si el suelo se hubiera inclinado. De repente, todo el plan se desmoronó. No solo estaba robando: estaba robando algo que ni siquiera valía la pena.
—Yo… no sabía —murmuró.
El joyero la observó un momento más, calibrando si había mala intención o solo estupidez y desesperación.
—No voy a llamar a la policía —dijo al fin—, pero le aconsejo que tenga mucho cuidado. Y que no vuelva por aquí con cosas así.

Salió de la joyería casi corriendo, el reloj otra vez en el bolso, pesado ahora de otra manera. Paseó sin rumbo unos minutos, intentando ordenar pensamientos. ¿Cómo era posible que Carmen hubiera creído durante años que ese reloj valía una fortuna? ¿O lo sabía y mentía? ¿Había vendido el original en secreto?

Mientras subía en otro taxi, miró el móvil. Tenía ocho llamadas perdidas de Javier y tres mensajes de WhatsApp.
“¿Dónde estás?”
“Llámame YA.”
“Es urgente.”

El corazón le dio un vuelco. Por un segundo pensó en la caja fuerte abierta, en Carmen regresando, en la policía. Pagó al taxista casi sin mirar y corrió por la acera hasta el portal. El portero la miró con una mezcla de lástima y curiosidad, pero no dijo nada.

Cuando llegó al rellano del piso, vio las dos maletas grandes junto a la puerta. Javier estaba apoyado contra el marco, el rostro pálido, una carpeta de documentos en la mano.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, con la respiración entrecortada.
Él la miró largo rato, como si estuviera viendo a una desconocida.
—Babe —dijo al fin, con una voz apagada que nunca le había escuchado—, no tenemos casa.

Por un instante, Laura pensó que hablaba de la casa de Carmen.
—¿Qué dices? Tu madre…
—No —la interrumpió—. Nuestro piso. El de Carabanchel. El banco ha ejecutado la hipoteca. Hoy. Han venido a notificarlo al trabajo.

Le tendió los papeles. Letras, cifras, fechas, sellos. Todo lo que Laura llevaba meses evitando mirar de frente se materializaba allí, en blanco y negro.
—Has estado ocultándome recibos, Javier —susurró—. Me dijiste que solo íbamos un poco justos…
—Tú también has estado gastando como si no hubiera mañana —replicó él, cansado—. Las reformas, el coche, las clases de inglés de Inés, las vacaciones en Menorca… Todo a plazos. Todo al límite. Y ahora… se acabó.

La puerta del piso de Carmen seguía cerrada. El silencio del interior era extraño, pesado, como si el propio apartamento estuviera escuchando. Laura se aferró al bolso donde estaba el reloj falso y, durante unos segundos, estuvo a punto de decirle la verdad. Pero el orgullo, el miedo y la rabia se le mezclaron.

—¿Y qué se supone que vamos a hacer ahora? —preguntó, casi en un grito.
—Mi madre vuelve esta noche —dijo Javier, mirando la cerradura—. Y hay algo más. Me ha llamado. Dice que ha recibido una alerta de la alarma de la caja fuerte. Que alguien la ha abierto hoy. Y que quiere hablar con nosotros.

El pasillo, las maletas, el reloj inútil en el bolso, la hipoteca perdida, la llamada de Carmen. Todo se apretó alrededor de Laura hasta formar una sola palabra en su mente: descubierto.

Carmen llegó antes de lo previsto. El tren desde Segovia se adelantó unos minutos y ella subió en taxi directa al piso. Durante el trayecto, miró una y otra vez el mensaje del sistema de seguridad: “Caja fuerte abierta a las 12:17”. Normalmente, aquello solo saltaba cuando se quedaba mal cerrada, pero nunca, jamás, cuando ella no estaba en casa.

Cuando salió del ascensor, vio a Javier y Laura de pie en el rellano, las maletas a un lado como testigos mudos.
—Qué escena más curiosa —comentó, dejando la pequeña maleta en el suelo—. Parece un aeropuerto.

Nadie rió. Carmen sacó las llaves y abrió la puerta sin invitarles a pasar. Fue directamente a su dormitorio. Ellos la siguieron en silencio. Abrió el armario, marcó 3-9-1-7 y se hizo a un lado.
—Adelante —dijo—. Mira tú mismo, Javier.

La puerta de la caja fuerte se abrió. Dentro, el hueco del centro estaba vacío. Los sobres seguían allí, pero la cajita de terciopelo había desaparecido.
—¿Quieres explicarme, Laura —preguntó Carmen sin subir el tono—, por qué mi reloj ya no está?

Laura notó cómo la sangre le martilleaba las sienes. Podía mentir, podía inventar un robo, culpar al portero, a una limpiadora imaginaria. Pero el rostro de Javier, entre cansado y roto, le dejó claro que esa vez no tenía margen.
—Lo cogí yo —dijo, clavando los ojos en el suelo—. Fui a venderlo. Pensé que podríamos pagar algunas cosas.
Javier la miró como si no entendiera las palabras.
—¿Robaste el reloj de mi madre?

Carmen se adelantó, sin perder la calma.
—¿Y qué tal la venta? —preguntó, con una extraña neutralidad.
Laura tragó saliva.
—El joyero dijo que… que es falso. Que no vale nada.

Por primera vez, en todo el día, algo parecido a una emoción atravesó el rostro de Carmen. No era sorpresa, sino una mezcla de cansancio y resignación.
—Claro que es falso —dijo—. El original lo vendí hace cinco años. Para pagar tus primeras deudas, Javier. Las de la empresa aquella que quebró. Tú ni te enteraste —añadió, mirándolo—, porque preferí que me odiaras por “ser tacaña” antes que admitir que ya no me quedaba nada realmente valioso.

El silencio cayó sobre la habitación. Javier se sentó en la cama, como si le hubieran cortado las piernas.
—¿Vendiste el reloj de papá… por mí?
—Por ti y por tu familia —corrigió Carmen—. Y no ha servido de mucho, por lo visto. Habéis perdido el piso igualmente.

Laura apretó las manos.
—Podrías habernos dicho la verdad —espetó—. En lugar de presumir de un reloj que ya no existe.
Carmen la miró, por primera vez, con un brillo frío en los ojos.
—Y tú podrías no haber robado. Cada uno elige sus mentiras.

Pasaron al salón. Inés se despertó y vino corriendo, ajena a todo, abrazando las piernas de su padre. Carmen la tomó en brazos con naturalidad.
—Vamos a hablar de lo importante —dijo—. No tenéis casa. No tenéis ahorros. Tenéis una niña. Y yo tengo un piso grande y una pensión que apenas alcanza para mí. No puedo salvaros otra vez.

Javier levantó la vista, desesperado.
—Podemos quedarnos aquí un tiempo. Los tres. Busco otro trabajo, alquilamos algo más pequeño cuando…
—No —lo interrumpió Carmen—. Te puedo prestar una habitación para ti y para Inés, mientras encuentras algo. A Laura no.

Laura se quedó helada.
—¿Me estás echando?
—Te he pillado robando en mi casa —respondió Carmen, sin dramatismo—. No quiero vivir con alguien de quien no me fío. Puedes ver a Inés cuando acordéis, pero aquí no vas a dormir.

Javier cerró los ojos un momento. El conflicto se dibujó en su rostro como una batalla perdida de antemano.
—Mamá…
—No te estoy obligando a nada —dijo Carmen—. Si preferís seguir juntos, buscad un sitio los tres. Pero yo ya he vendido suficiente de mi vida para sostener la vuestra. No pienso hacerlo más.

Laura miró a Javier, esperando que él se pusiera de su lado.
—Diles que no —susurró—. Que nos vamos juntos.
Javier miró a su hija, acurrucada contra el pecho de Carmen, con el pelo despeinado y los ojos aún medio cerrados. Pensó en habitaciones alquiladas, en amigos a los que ya les debía favores, en meses sin estabilidad.
—Yo me quedo aquí con Inés de momento —dijo al fin, en voz baja—. Tú puedes quedarte con tu hermana, con tus padres… Buscaremos una solución, pero ahora mismo…

No terminó la frase. Laura lo entendió todo sin necesidad de palabras. Cogió su bolso, sintiendo el peso ridículo del reloj falso. Lo sacó, lo dejó encima de la mesa del comedor, la caja abierta.
—Quédatelo —dijo, mirando a Carmen—. Es perfecto para esta familia: parece valioso desde lejos, pero por dentro no vale nada.

No esperó respuesta. Agarró una de las maletas y salió del piso sin mirar atrás.

Carmen cerró la puerta con calma. El eco del portazo se disipó lentamente en el pasillo. Miró a Javier, luego al reloj falso sobre la mesa.
—Algún día tendrás que aprender a distinguir lo que tiene valor de lo que solo brilla —comentó—. Empieza por tu hija.

Javier asintió, derrotado, y se sentó a su lado en el sofá mientras Inés se subía a sus rodillas. El reloj quedó en la mesa, olvidado, su brillo dorado perdiéndose en la penumbra del salón, como un recordatorio mudo de todas las decisiones que los habían traído hasta allí.