Lucía Gómez limpiaba cada mañana la oficina de su jefe en un edificio de la Gran Vía de Madrid. Pero aquel martes, al entrar en el despacho de Carlos Montalbán, notó la diferencia al instante.
Lucía dejó el cubo a un lado y empezó a quitar el polvo con cuidado. Al mover un cable del ordenador, rozó sin querer una carpeta mal colocada. El archivador se abrió y una lluvia de papeles cayó al suelo.
—Mierda —murmuró, arrodillándose.
Empezó a recoger las hojas, alineándolas como podía. En una de ellas, el encabezado estaba en japonés, pero más abajo aparecía, en inglés, un título claro: “Exclusive Supply Agreement”.
Sus ojos se detuvieron en una línea subrayada en fosforito: “Penalty for breach: ten million euros”. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Diez millones de euros eran más de lo que ella podía imaginar en toda su vida.
—¿Se puede saber qué estás haciendo? —tronó una voz a su espalda.
Lucía se incorporó de golpe, con los papeles todavía en la mano. Carlos estaba en el marco de la puerta, la camisa arrugada, la barba de dos días y unos ojos inyectados en rojo.
—Se me han caído sus papeles, don Carlos —dijo ella, con la voz más tranquila de lo que se sentía—. Los estaba recogiendo.
Él cruzó la oficina en dos pasos, le arrancó las hojas de las manos y las golpeó contra la mesa.
—¿Quién te ha dicho que puedes tocar mis papeles? —escupió—. ¿Te crees que por limpiar aquí tienes derecho a leer mis contratos?
—No estaba leyendo nada —respondió—. Sólo intentaba ayudar.
Carlos señaló la puerta sin molestarse en disimular el desprecio.
—Estás despedida —dijo—. Recoge tus cosas y lárgate. Ya hablarán contigo de Recursos Humanos.
El zumbido del aire acondicionado llenó el silencio que siguió. Lucía sintió cómo el suelo se le movía bajo los pies, pero junto al miedo apareció una calma inesperada.
Se colgó la mochila, salió al pasillo y caminó hacia la puerta del despacho, sintiendo todas las miradas clavadas en su espalda. Se detuvo en el umbral.
—Don Carlos —dijo con voz serena.
Él alzó la vista del contrato, irritado.
—¿Qué quieres ahora?
Lucía sostuvo su mirada, sin parpadear.
—Cuando se quede en bancarrota —dijo despacio—, sabrá dónde encontrarme.
Dejó que la puerta se cerrara de golpe detrás de ella, mientras el teléfono empezaba a sonar con insistencia encima de la mesa de su jefe.
El mismo día que la despidieron, Lucía llegó a su piso de Carabanchel con la chaqueta oliendo a lejía y al despacho de Carlos. Su madre apagó la televisión y la miró en silencio; no hizo falta explicación.
Ya conocían de memoria el ritual: al día siguiente, cita en el SEPE, formularios, colas eternas, promesas vagas de “ya te llamaremos”. Pero esa noche Lucía no pensó sólo en el paro. Pensó en el encabezado japonés, en la cifra imposible de la penalización, en los camiones oxidados que había visto mil veces por las ventanas del almacén. Algo no cuadraba.
En la oficina de empleo de Oporto, cuando ya había asumido que el día iba a ser otro más, oyó su nombre.
—¿Lucía Gómez?
Se giró y se encontró con Sergio, un antiguo compañero de instituto, más delgado, con barba desordenada y una mochila llena de papeles. Se escaparon juntos a un bar cercano; la cerveza era aguada, pero la conversación no.
—Estoy de autónomo —contó él—, traducciones, sobre todo. Últimamente casi todo japonés.
La palabra le pinchó algo por dentro.
—¿Japonés? —repitió ella.
—Sí, trabajo con un intérprete, Kenji, que lleva años viviendo en Lavapiés —explicó Sergio—. Traducimos para una multinacional enorme, estos de…
Lucía completó el nombre antes de que él lo terminara, con el logotipo rojo todavía grabado en la memoria. Sergio dejó la caña a medio camino de los labios.
—¿De qué los conoces tú?
Lucía dudó un momento. Si hablaba, se metía en un terreno que no entendía del todo; si callaba, seguiría siendo la chica que sólo limpiaba lo que otros ensuciaban.
—He visto un contrato suyo —dijo al fin—. En la empresa donde estaba. Un exclusivo, con una penalización de diez millones si mi jefe no cumple.
Sergio se quedó en silencio.
—Eso es una locura —murmuró—. Kenji dice que esos contratos se negocian años.
Montalbán Logistics apenas podía con lo que ya tenía: tardes sin aire acondicionado, camiones siempre en el taller, conductores durmiendo en las cabinas.
—Kenji se reúne con directivos de esa multinacional la semana que viene, aquí en Madrid —añadió Sergio, mirando ahora el mantel y no a ella—. Están preocupados porque su socio español va corto de capacidad.
Lucía se vio a sí misma, con la fregona en la mano, en aquel almacén lleno de cajas sin etiquetar y órdenes confundidas.
—Preséntame a Kenji —dijo, antes de arrepentirse.
Una semana más tarde, en una cafetería cercana a Atocha, Lucía se sentó frente a un hombre delgado con traje oscuro y corbata azul. Sergio hizo las presentaciones.
—Señorita Gómez —dijo Kenji Tanaka, inclinando ligeramente la cabeza—. Sergio me ha dicho que tiene dudas sobre nuestro socio español.
Lucía notó el sudor en las palmas, pero sostuvo su mirada. Pensó en el despacho de Carlos, en la hoja que había recogido del suelo, en la cifra que podía arrastrarlo todo.
—No sé si son “dudas” —dijo al fin—. Pero sí puedo contarle cómo funciona de verdad Montalbán Logistics antes de que sea demasiado tarde para ustedes.
Kenji entrelazó las manos sobre la mesa.
—Entonces, por favor, empiece —dijo con calma—. Y no omita nada.
Lucía tomó aire, consciente de que cada palabra que saliera de su boca podía cambiar su vida… y la de Carlos también.
Durante días, nada pasó. Lucía siguió levantándose temprano, encadenando trabajos de limpieza y mirando de reojo cada camión con el logo de Montalbán que veía por Madrid.
Una mañana, al salir del metro en Oporto, vio un periódico gratuito tirado en un banco. En portada, el nombre de la antigua empresa llenaba el titular: “Multinacional japonesa rompe contrato con operador madrileño”. No citaban cifras, pero hablaban de penalizaciones y de un posible concurso de acreedores.
—Kenji presentó el informe y ellos han hecho sus cuentas —dijo Sergio por teléfono, sin rodeos—. Han roto con Montalbán y están buscando otro socio. Y sí, han preguntado por ti.
—¿Por mí? —murmuró ella.
—Quieren a alguien que conozca el día a día de un almacén y no venga con traje y powerpoints —añadió—. He hablado de ti y de cómo les avisaste sin ganar nada.
Al día siguiente, Lucía cruzó por primera vez el polígono de Coslada, donde estaba la nave principal de Ibercargo. La entrevistó una mujer de cuarenta y muchos, zapatos planos y mirada rápida. Le preguntó por turnos, por horarios imposibles, por errores que había visto en Montalbán. Lucía habló sin adornos.
Salió de allí con un contrato de prueba de seis meses como auxiliar de operaciones. En una de las pantallas de control, el nombre de la multinacional japonesa ocupaba una columna entera de pedidos. Ahora el socio era Ibercargo, y Lucía participaba en las reuniones con ellos para revisar plazos y quejas.
Un jueves de noviembre, la recepcionista llamó a su despacho.
—Lucía, tienes una visita —dijo—. Dice que es un antiguo jefe tuyo.
Cuando Carlos apareció en la puerta, le costó reconocerlo: el mismo traje caro, pero los hombros hundidos y unas ojeras que parecían pegadas con pegamento. Llevaba una carpeta de plástico transparente en la mano.
—Vaya —dijo, intentando sonreír—. Así que aquí estabas.
Lucía dejó el bolígrafo sobre la mesa y se levantó despacio. Detrás de ella, el cristal dejaba ver estanterías, pantallas encendidas y chalecos amarillos moviéndose como un mecanismo bien engrasado.
—Le dije que sabría dónde encontrarme cuando llegara la bancarrota —comentó, sin levantar la voz.
Carlos apretó la carpeta entre los dedos.
—No vengo a pedirte caridad —dijo—. Sólo trabajo. Me quedan camiones y conductores que necesitan rutas. Me han dicho que tú eres quien habla con los japoneses aquí.
Lucía pensó en los conductores que conocía por nombre, en los cafés apresurados que les había llevado cuando limpiaba el almacén. También recordó el “estás despedida” dicho sin mirarla a la cara.
—Aquí no decido sola —dijo al fin—. Pero puedo escuchar su propuesta y trasladarla.
Se sentó de nuevo, abrió un documento en la pantalla y empezó a hacerle preguntas concretas: rutas, precios, horarios de los conductores. Carlos respondió sin alzar la voz, midiendo cada cifra como si le costara un trozo de orgullo.
Cuando terminaron, Lucía guardó el archivo.
—Le avisarán si interesa —dijo—. Y esta vez, señor Montalbán, lea despacio cada contrato que firme.
Carlos asintió, cansado. Al cerrar la puerta, Lucía volvió a su silla, abrió la siguiente incidencia en la pantalla y siguió trabajando. Por primera vez, sentía que su vida ya no pendía del humor de un jefe, sino de las decisiones que ella misma tomaba.



