Después de tres años de silencio absoluto, mi hijo finalmente me invitó a cenar, y mientras me acercaba a su casa el corazón me golpeaba el pecho como si presintiera algo. Estaba a punto de tocar el timbre cuando la empleada abrió de golpe, me sujetó del brazo y, casi sin mover los labios, me susurró: «No entre. Corra». Sentí la sangre helarse; di media vuelta y me escondí al otro lado de la calle, observando cada sombra tras las ventanas. Nueve minutos después, todo cambió.

Mi hijo Álvaro me invitó a cenar después de tres años de silencio con un mensaje tan sencillo que me dejó helado:
“Papá, ¿cenamos en casa el sábado? Me gustaría hablar.”

Estuve mirando la pantalla del móvil en el pequeño salón de mi piso de Chamberí durante casi quince minutos, el vaso de whisky sin tocar sobre la mesa. Tres años sin oír su voz, desde el entierro de Teresa, su madre. Tres años de reproches acumulados, de frases dichas a gritos y de otras que jamás nos atrevimos a decir. Al final escribí solo: “De acuerdo. A las nueve estoy allí.”

A las ocho y media salí de casa. Madrid tenía esa luz amarilla de finales de otoño, los escaparates encendidos y el aire frío cortando las manos. Caminé despacio hacia el barrio de Salamanca, donde Álvaro vivía desde que consiguió aquel trabajo en la consultora. Recordé la última vez que subí a su piso: cajas aún sin abrir, su sonrisa orgullosa, Teresa caminando despacio por el pasillo, agotada por la quimio pero empeñada en ayudarle a colgar los cuadros.

Cuando llegué al portal, eran casi las nueve. El edificio seguía igual: la fachada señorial, el portal de mármol, el olor a cera de los escalones recién fregados. Ya no estaba el portero de siempre; lo habían sustituido por un portero automático plateado. Pulsé el botón del tercero derecha, el piso de Álvaro, pero nadie contestó. Fruncí el ceño, levanté la mano para volver a llamar y, entonces, alguien me tocó el brazo.

—Don Ricardo —susurró una voz femenina a mi espalda.

Me giré. Era María, la mujer que se encargaba de la limpieza de varios pisos del edificio. La recordaba de otras visitas: baja, robusta, el pelo recogido en un moño apretado. Pero ahora tenía la cara completamente blanca y los ojos muy abiertos.

—María, buenas noches. Vengo a ver a Álvaro, quedé con él para cenar.

Ella miró hacia el ascensor como si temiera que alguien apareciera de un momento a otro. Luego se acercó tanto que pude sentir el olor a detergente en su ropa.

—No suba —susurró, apretándome el antebrazo con una fuerza inesperada—. No vaya arriba, don Ricardo. Váyase. Corra.

Me quedé paralizado.

—¿Cómo que no suba? —pregunté en voz baja—. ¿Ha pasado algo? ¿Está Álvaro bien?

María negó con la cabeza nerviosa.

—No puedo hablar aquí. Pero créame… no entre. Por favor.

Sus ojos no parecían los de una mujer asustada sin motivo; parecían los de alguien que ya había visto demasiadas cosas. Y, sin saber por qué, le creí. Noté un peso en el estómago, una alarma antigua, algo casi físico.

—Está bien —murmuré—. Me apartaré un poco.

Ella me soltó y, sin decir nada más, cruzó el portal hacia el interior del edificio, sus pasos resonando en la escalera vacía. Yo salí de nuevo a la calle, con la sensación absurda de estar huyendo de mi propio hijo. Crucé a la acera de enfrente y me quedé junto a un coche aparcado, medio oculto tras un árbol desnudo. Miré el reloj: las 21:12.

Desde allí veía los balcones del tercer piso. En uno de ellos, reconocí las macetas secas que Teresa había ayudado a colocar. Una luz tenue se encendió en el salón. Me incliné un poco, intentando distinguir alguna silueta. Creí ver una sombra moverse, alguien cruzando la estancia con el móvil en la mano, pero no estaba seguro.

El tráfico seguía fluyendo por la calle Velázquez, los coches pasando indiferentes, un autobús frenando más abajo. Me pasé la mano por la cara, sintiendo cómo me sudaban las palmas a pesar del frío. Pensé en volver al portal, en ignorar aquella advertencia absurda. Es mi hijo, me repetí. Quizá María ha exagerado, quizá…

Nueve minutos después, a las 21:21, el edificio estalló.

Un fogonazo naranja iluminó la noche, seguido de un estruendo brutal que me arrancó el aire de los pulmones. Los cristales de los balcones salieron disparados como cuchillas; el tercer piso pareció inflarse, romperse desde dentro. Sentí cómo el coche contra el que me apoyaba temblaba, y algo me golpeó en la frente mientras caía de rodillas sobre el asfalto. El olor a gas quemado, a polvo y a humo lo llenó todo. A mi alrededor, la gente empezó a gritar.

Yo solo podía mirar, aturdido, el hueco negro donde, segundos antes, estaba el salón de mi hijo.

El sonido de las alarmas de los coches formó una especie de coro metálico, desafinado, por toda la calle. Me toqué la frente y noté algo pegajoso; cuando miré mi mano, estaba manchada de sangre. Intenté ponerme en pie tambaleándome, con los oídos zumbando. El edificio escupía humo gris por las ventanas destrozadas, y del tercer piso caían pequeños fragmentos de pared, trozos de madera, cortinas chamuscadas.

—¡Álvaro! —grité, sin reconocer mi propia voz.

Algunas personas corrían hacia el portal, otras se alejaban, aterradas. Un vecino joven intentó entrar, pero una explosión menor, como un bufido del propio edificio, lo hizo retroceder. Alguien me agarró del brazo.

—No se acerque, por Dios —dijo una mujer—. Puede haber otra explosión.

Las sirenas llegaron primero como un rumor lejano y luego como una presencia ensordecedora: bomberos, ambulancias, policía. Las luces azules bailaban sobre la fachada herida. Un bombero se plantó delante de la puerta y empezó a gritar órdenes, ordenando a todos que se apartaran. Yo intenté acercarme.

—Mi hijo está ahí dentro —balbuceé—. En el tercero derecha… iba a cenar con él… Tenía que estar…

El bombero me miró rápido, profesional, sin tiempo para compasión.

—Ahora mismo no sabemos quién está dentro, señor. Déjenos trabajar. ¿Está herido?

—No… no lo sé —respondí, mareado.

Alguien me empujó suavemente hacia una ambulancia. Me sentaron en el borde, me limpiaron la herida de la frente, me hicieron preguntas que no retenía. Mientras tanto, yo sólo buscaba a María entre la multitud. Ella sabía algo, pensaba. Ella me dijo que corriera.

La vi al fin, saliendo del portal del edificio contiguo, tosiendo, con la cara manchada de polvo. Llevaba un corte en la ceja y el moño medio deshecho. Me levanté de un salto y casi me caigo.

—María —llamé—. ¡María!

Ella me vio y vino hacia mí cojeando ligeramente. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Don Ricardo… —murmuró—. Dios mío, si hubiera subido…

—¿Qué has visto? —la interrumpí, aferrándome a sus hombros—. Dime la verdad. ¿Qué pasaba ahí arriba? ¿Álvaro está dentro?

María tragó saliva. Miró alrededor, como si temiera que alguien la oyera.

—No lo sé —dijo—. Subí hace una hora para dejar la colada en el tercero izquierda y olía a gas, muy fuerte. Fui al tercero derecha para avisar, pero la puerta estaba entornada. Iba a llamar cuando escuché voces dentro. La de su hijo… y otra, por teléfono, creo. Él decía: “Tiene que estar aquí a las nueve en punto, ¿me entiendes? Lo demás está listo.” Y luego escuché: “No se preocupe, parecerá un accidente”.

Se me heló la sangre.

—¿Estás segura? —susurré.

—No quise seguir escuchando —continuó—. Me asusté. Bajé para avisar al administrador, pensé en llamar a la policía… pero… —bajó la mirada— tuve miedo. Cuando lo vi a usted en la puerta supe que algo iba mal. Tenía esa sensación en el cuerpo, como cuando sabe que va a pasar una desgracia.

Antes de que pudiera responder, un agente de policía se acercó.

—Señor, señora, necesito sus datos —dijo el agente—. Y que nos cuenten exactamente qué han visto.

Nos llevaron a un lado, lejos del caos directo, pero el ruido seguía siendo una marea constante: mangueras, órdenes, llantos. Yo respondí a las preguntas casi en automático: nombre, Ricardo Herrera; profesión, jubilado; relación con el inquilino del tercero derecha, padre. Noté la mirada del agente endurecerse cuando dije “padre”.

Horas más tarde, en el hospital, con una ligera conmoción diagnosticada y un vendaje en la frente, entró en la habitación un hombre alto, de unos cuarenta y tantos, con americana gris y placa en el cinturón.

—Señor Herrera —dijo, tendiéndome la mano—. Inspector Sergio Martín, Policía Nacional.

Su tono era correcto, pero había una dureza en sus ojos oscuros.

—Quiero hacerle unas preguntas sobre su hijo y sobre lo que ha ocurrido esta noche.

Volví a contar la historia: el mensaje, la cena, el portal, la advertencia de María, la explosión. Cuando terminé, sentí la garganta desgarrada.

—¿Tenía buena relación con su hijo? —preguntó el inspector.

Respiré hondo.

—No nos hablamos desde hace tres años —admití—. Desde la muerte de su madre.

El inspector tomó nota sin levantar la vista.

—¿Discusiones por la herencia? —preguntó después, como quien marca casillas ya conocidas.

Asentí, avergonzado.

—Él quería vender la casa del pueblo, el piso de sus abuelos… yo me negaba.

El inspector cerró la libreta y me miró fijo.

—Nuestros técnicos creen que el origen de la explosión ha sido una fuga de gas provocada —dijo—. Las llaves estaban manipuladas. Alguien preparó eso para que saltara en el momento adecuado.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Está diciendo que…?

—Aún no puedo decir nada —me cortó—. Pero hay otra cosa. Hemos revisado las cámaras de la entrada del edificio.

Sacó una tableta y, tras unos segundos, me mostró una imagen borrosa, en blanco y negro. Era el portal del edificio, a las 21:05. Un hombre salía con una mochila al hombro, la cabeza agachada. Incluso con la mala calidad, lo reconocí al instante: la forma de los hombros, el abrigo oscuro que le regaló Teresa.

Álvaro.

—Su hijo salió del edificio dieciséis minutos antes de la explosión —dijo el inspector, sin apartar la mirada de mi cara—. Y, hasta ahora, no ha aparecido.

Sentí que el mundo volvía a explotar, esta vez dentro de mi pecho.

—Señor Herrera —añadió el inspector, en voz baja—, ¿por qué cree usted que su hijo quería verle precisamente hoy?

No dormí esa noche. El hospital olía a desinfectante y a café recalentado, y cada vez que cerraba los ojos veía el fogonazo naranja devorando el tercer piso. La pregunta del inspector se repetía en mi cabeza como un martillo: ¿por qué hoy? Solo tenía una respuesta posible, y era la que menos quería aceptar.

A media mañana, el inspector Martín volvió a la habitación. Tenía ojeras y la corbata torcida.

—Han conseguido estabilizar el edificio —me informó—. Hay varios heridos, pero, de momento, ningún fallecido. Eso es un milagro. La mayoría de los vecinos no estaban en casa.

Asentí, aturdido.

—¿Y Álvaro? —pregunté.

El inspector suspiró.

—Sigue sin aparecer. Su móvil está apagado. Hemos emitido una orden de búsqueda, pero… —me miró con cierta cautela—. Necesito que sea completamente sincero conmigo, señor Herrera. ¿Sabía usted si su hijo tenía deudas, problemas de dinero, algún tipo de conflicto… peligroso?

Pensé en las conversaciones cortadas por la mitad, en las veces que Teresa decía “deja al chico, está agobiado con el trabajo” mientras yo reprochaba a Álvaro que nunca tuviera tiempo para visitar a su madre enferma. Recordé vagamente una frase, una noche, ya con Teresa muerta: “Tú no tienes ni idea de lo que me juego, papá”.

—Podría ser… —murmuré—. Trabajaba en una consultora. Horas infinitas. Tenía un piso caro, un coche que yo nunca habría podido pagar con su sueldo… No sé cómo lo hacía. No quise saberlo.

El inspector asintió, como si encajara una pieza más en un rompecabezas que yo aún no veía.

—Si su hijo se ha metido en algo turbio —dijo—, esta explosión puede ser parte de eso. Un fraude al seguro, una forma de borrar pruebas, o algo peor. Necesitamos encontrarlo antes que nadie.

Dos días después, mientras estaba sentado en mi cocina, rodeado de papeles y de noticias sobre la explosión en la televisión, sonó mi móvil con un número desconocido. Contesté sin pensar.

—¿Sí?

Hubo un silencio breve, lleno de estática, y después escuché una voz que había intentado imaginar durante tres años.

—Papá.

Me aferré al borde de la mesa.

—Álvaro.

Respiraba rápido al otro lado.

—No cuelgues, por favor. No me da tiempo.

—¿Dónde estás? —pregunté—. ¿Qué has hecho?

Otro silencio. Podía oír el rumor de coches, una megafonía lejana, quizá una estación.

—No era para ti —dijo, al fin—. No era para ti, papá. Te lo juro.

Sentí que la rabia y el alivio chocaban en mi pecho.

—¿Entonces para quién demonios era? ¿Qué has hecho con tu piso, con tus vecinos? ¡Hay gente en el hospital!

—Tenía que hacerlo —susurró—. Debía mucho dinero. Más del que podrías imaginar. Ellos me dijeron cómo: abrir el gas, dejar un temporizador viejo del horno para que saltara la chispa cuando no hubiera nadie. “Un accidente”, dijeron. El seguro lo cubriría todo. Pero luego quisieron más. Dijeron que si tú estabas conmigo, sería mejor: la historia de la cena, las velas, dos víctimas… más creíble.

Me quedé sin palabras.

—¿Me querías allí para matarme? —pregunté, casi sin voz.

—No… sí… —balbuceó—. No sé en qué pensaba. Estaba desesperado. Luego me asusté. Salí del piso antes de tiempo, iba a cortar el gas, pero… pero todo fue muy rápido. Vi a María abajo. Le dije que cerrara la puerta con llave, que no dejara subir a nadie hasta que yo volviera. No pensaba que… que explotaría tan pronto.

Recordé la mirada aterrada de María, su susurro: corra. Ella había entendido mejor que él el peligro.

—Preséntate a la policía, Álvaro —dije—. Ahora mismo. Te ayudaré, hablaré con un abogado, pero tienes que hacerlo.

—No puedo —respondió, con un hilo de voz—. No sabes con quién me he metido. Si me entrego, ellos…

La llamada se cortó de repente. Intenté devolverle la llamada, pero el número ya no existía. Fui directo a la comisaría con el inspector Martín. Le conté todo.

—Podemos rastrear la llamada —dijo él—. Ha sido larga. Suficiente.

Tres semanas más tarde, me llamaron desde Zaragoza. Lo habían encontrado en una pensión barata cerca de la estación de Delicias. Me preguntaron si quería ir. Dije que sí.

El viaje en tren fue silencioso. El inspector Martín me acompañó, sentado a mi lado, escribiendo en su libreta de vez en cuando. Yo miraba por la ventana, las tierras secas pasando como un decorado lejano, preguntándome en qué momento exacto había perdido a mi hijo.

En la comisaría de Zaragoza, Álvaro estaba sentado en una sala pequeña, con la barba crecida y los ojos hundidos. Levantó la cabeza cuando entré. Durante un segundo vi al niño que se escondía tras mi pierna el primer día de colegio.

—Papá —murmuró.

No lo abracé. Me quedé frente a él, sin saber qué hacer con las manos.

—He venido porque tú no has tenido el valor de entregarte solo —dije, procurando que la voz no se me quebrara—. Pero todavía puedes hacer una cosa bien: contarlo todo. Nombres, fechas, cómo empezó. Todo.

Me sostuvo la mirada. En sus ojos había miedo, pero también algo que reconocí: una culpa antigua, parecida a la mía.

—Lo haré —dijo—. Estoy cansado de correr.

La declaración duró horas. Habló de compañeros de trabajo que invertían en negocios opacos, de préstamos rápidos, de amenazas veladas que se convirtieron en directas. De una noche en la que aceptó “el plan del gas” como si fuera la única salida. El inspector tomaba nota sin pausa.

Meses después, hubo juicio. El seguro rechazó el fraude, los vecinos reconstruyeron sus vidas como pudieron, las empresas implicadas salieron en los periódicos. Álvaro fue condenado por tentativa de homicidio, estragos y fraude. Sus cómplices recibieron sus propias penas. Cuando el juez leyó la sentencia, Álvaro no lloró. Solo me buscó con la mirada. Yo asentí, sin saber muy bien qué quería decir con ese gesto.

Ahora, cada dos semanas, cojo el autobús hasta la prisión de Madrid V. Me siento frente a mi hijo, separados por un cristal o por una mesa vigilada. Hablamos de cosas pequeñas: del Atleti, del tiempo, de un libro que está leyendo. A veces, cuando se hace el silencio, pienso en aquella noche, en el fogonazo naranja devorando el tercer piso, y en la mano de María agarrando mi brazo.

No sé si algún día podré perdonarle del todo. No sé si él podrá perdonarse a sí mismo. Pero, cada vez que salgo de la cárcel y respiro el aire frío de la tarde, pienso en algo simple y brutal: sigo vivo porque, aquella noche, decidí creerle a una mujer con miedo en los ojos.

Y porque mi hijo, en el último momento, tuvo miedo también.