El mismo día en que mi marido y mi suegra me echaron a la calle como si fuera basura, me encontré sola, con la maleta rota en la mano y el corazón hecho añicos, sin saber adónde ir ni a quién llamar, cuando un coche de lujo se detuvo frente a mí, tan fuera de lugar en aquella acera sucia que pensé que era una broma cruel; la ventanilla bajó lentamente y un hombre de traje impecable me dijo, con voz fría: «Tu padre quiere verte». Mi padre, el hombre que se suponía que llevaba años muerto…

Cuando Sergio cerró la puerta del piso de Carabanchel de un portazo, me quedé en el rellano con una maleta vieja, la mejilla todavía ardiendo por la bofetada de Rosario, mi suegra. Llovía, cómo no. El agua se colaba por la ventana del rellano y hacía charcos en las baldosas desportilladas.

—Vuelve cuando aprendas a ser esposa —fueron las últimas palabras de Rosario, gritadas desde dentro.
—Y cuando dejes de ser un lastre —añadió Sergio, sin mirarme siquiera.

Bajé las escaleras como una autómata. No tenía a dónde ir. Mi madre había muerto de un infarto tres años atrás y, según ella, mi padre llevaba muerto desde que yo tenía cinco años, víctima de un accidente de coche en la A-6. No tenía hermanos, ni tíos cercanos, ni ahorros. Solo un trabajo precario en una tienda de ropa del centro y un matrimonio que acababa de romperse de la forma más miserable posible.

Me senté en un banco frente al portal, abrazando la maleta. La lluvia empezó a calar también la ropa, pero ni siquiera tuve fuerzas para abrir el paraguas roto que asomaba por la cremallera. Saqué el móvil: 3% de batería y ningún número al que llamar que no fuera el de Sergio. Lo miré, lo apagué y lo guardé de nuevo.

Entonces se detuvo delante de mí un Mercedes negro, impecable, que no pegaba nada con aquella calle llena de grafitis y contenedores rebosando. La ventanilla trasera se bajó despacio. Un hombre de unos cuarenta y tantos años, traje gris perfecto, corbata azul marino, me observó con una expresión neutra.

—¿Laura Morales? —preguntó con voz tranquila.
—Sí… —respondí, desconfiando al instante.
—Su padre quiere verla.

Me reí, un sonido cortado, casi histérico.

—Mi padre está muerto. Desde hace veintitrés años. Se ha equivocado de Laura.

El hombre negó con la cabeza y salió del coche. Tenía una carpeta de cuero negro bajo el brazo. Me la mostró abierta. Dentro había una fotocopia de mi DNI, con mi cara despeinada y mi firma torcida, y debajo, una hoja con membrete: “Grupo Salvatierra”.

—Su padre, don Alejandro Salvatierra, me ha pedido que la lleve con él —dijo—. Está en Madrid y es muy urgente.

El nombre me sonaba. Salvatierra aparecía a veces en las noticias: empresario, constructor, donaciones a fundaciones, fotos con políticos. Era alguien de otro mundo. Nada que ver con la historia que mi madre siempre me había contado sobre un padre camarero, bueno pero pobre, muerto en un choque nocturno.

—Mi padre se llamaba Carlos —murmuré, casi para mí misma.
—Su padre se llama Alejandro —insistió el hombre—. Si quiere, podemos aclararlo todo en su casa. No tiene por qué decidir ahora. Pero… —miró mi maleta empapada, mi pelo pegado a la cara— sospecho que hoy no es un buen día para quedarse sola en la calle.

Tragué saliva. Todo en mí gritaba que aquello podía ser una estafa, un secuestro, cualquier cosa. Pero lo máximo que podía perder era una maleta de ropa y un móvil casi muerto. Lo que podía ganar… ni me atrevía a imaginarlo.

—¿Quién es usted? —pregunté.
—Me llamo Javier Rueda. Soy el abogado personal de su padre.

Subir al Mercedes fue como cruzar a otra realidad: olor a cuero, a perfume caro, silencio amortiguado por los cristales tintados. Mientras avanzábamos por la M-30, dejando atrás los bloques grises, Javier habló poco. Me dijo solo lo imprescindible: que mi padre llevaba tiempo intentando localizarme, que había respetado el deseo de mi madre de mantenerme al margen, que ahora las circunstancias habían cambiado.

Llegamos a una urbanización de chalés en La Moraleja, con vigilancia privada y jardines impecables. Yo, con mis zapatillas baratas empapadas, me sentía como una intrusa. La casa de Alejandro Salvatierra era más bien una mansión: fachada blanca, ventanales enormes, una fuente en la entrada.

Dentro, un hombre de unos sesenta y tantos, pelo blanco perfectamente peinado, traje oscuro y mirada afilada, me esperaba de pie junto a una chimenea encendida.

—Laura —dijo, con una seguridad que me desarmó—. Has tardado.

No preguntó si yo era su hija. No dudó un segundo. Se acercó, me tomó la cara entre las manos y me observó como si estuviera comprobando un detalle de una obra que él mismo había diseñado.

—Tienes los ojos de tu madre —murmuró—. Y mi barbilla.

Yo no pude decir nada. La cabeza me daba vueltas.

Horas después, ya duchada, con ropa limpia que una empleada me había prestado, salí de la habitación de invitados a beber agua. La casa dormía casi en silencio. Me guié por la luz bajo una puerta entreabierta en la planta baja. Iba a pedir indicaciones para volver a mi cuarto cuando escuché mi nombre.

—…si ponemos todas las sociedades a nombre de Laura, Hacienda tendrá que ir contra ella primero —decía una voz masculina, seria, que reconocí como la de Javier.
—Eso es precisamente lo que quiero —respondió mi padre, con absoluta frialdad—. Ella no tiene nada que perder. Yo sí.
—¿Y si se entera de lo que firma?
—No se enterará. Está desesperada. Es el momento perfecto.

Me quedé helada en el pasillo, la espalda pegada a la pared, el vaso de agua temblándome en la mano, mientras mi supuesto padre añadía, con voz baja pero clara:

—Mañana mismo empezaré a convencerla. Y cuando quiera darse cuenta… ya será demasiado tarde.

No dormí casi nada aquella noche. Me quedé sentada en la cama, escuchando el tic-tac del reloj de pared del pasillo y repasando una y otra vez las palabras que había oído. Sociedades, Hacienda, “no tiene nada que perder”. Yo sí tenía cosas que perder, pensé. Mi libertad, por ejemplo.

A la mañana siguiente bajé al comedor determinada a plantarle cara. Alejandro estaba leyendo el periódico, un café solo y un zumo de naranja apoyados en la mesa de madera maciza. Levantó la vista y sonrió como si de verdad fuera un padre orgulloso.

—Buenos días, hija. ¿Dormiste bien?

Me quedé de pie, sin sentarme.

—Escuché anoche lo que hablabas con Javier —solté, sin rodeos—. No estoy tan desesperada como para dejar que me uses de escudo.

Su expresión no cambió. Dobló el periódico con calma, lo dejó a un lado y me indicó la silla de enfrente.

—Siéntate, por favor, Laura. Hablemos como adultos.

Me senté, más por curiosidad que por obediencia. Él apoyó los codos en la mesa.

—Sí, quiero poner ciertas sociedades a tu nombre —admitió—. Y sí, tengo problemas con Hacienda. Pero no es tan dramático como crees. Es una cuestión de estrategia fiscal, nada más. Tu madre no te explicó lo complejo que es este mundo.

—Mi madre me explicó que mi padre estaba muerto —repliqué, con la voz temblando—. Y ahora descubro que no solo estás vivo, sino que quieres que firme papeles para salvarte el pellejo.

Le vi tensarse por primera vez.

—Tu madre me arrancó de tu vida, Laura —dijo, clavando la mirada en el mantel—. Me amenazó con desaparecer si intentaba verte. Yo ya tenía otra familia, una reputación. No podía arriesgarlo todo.

Hizo una pausa.

—Pero eso no significa que no haya estado pendiente de ti. Sé lo que has pasado. Las horas extras en esa tienda de mala muerte, el matrimonio con ese mediocre de Sergio, la suegra que te humilla. ¿Crees que es casualidad que el contrato de tu tienda se prorrogara el año pasado? Fui yo.

Parpadeé, desconcertada. ¿Hasta dónde llegaba su mano en mi vida?

—Quiero compensarte —siguió—. Que vivas aquí, que estudies si quieres, que tengas un futuro que no pase por doblar camisetas hasta los cuarenta. A cambio, sí, necesito tu ayuda. Es un intercambio, no un sacrificio.

—Un intercambio donde, si algo sale mal, la que acaba en la cárcel soy yo —dije.

Alejandro chasqueó la lengua, como si le molestara mi insistencia.

—Si cooperas, nada saldrá mal. Ya está todo controlado. Además, puedo hacer algo por ti que nadie más hará: ajustar cuentas con esa gente que te tiró a la calle. Sergio tiene algunas cosillas sin declarar. Rosario cobra una pensión irregular. Basta una llamada a la persona adecuada…

Me miró con calma calculada.

—Podemos hacer que se arrepientan toda su vida de haberte tratado como basura.

La imagen de Rosario cerrando la puerta en mi cara, de Sergio mirándome con desprecio, se mezcló con el olor del café caro y la certeza incómoda de que nadie más me ofrecería algo parecido. El rencor es un arma silenciosa y, esa mañana, me di cuenta de que llevaba años cargándola sin usarla.

—Quiero ver todo lo que firme —dije al fin—. No pienso poner mi nombre en nada sin leerlo. Y quiero un abogado que no sea Javier.

Alejandro sonrió, satisfecho.

—Perfecto. Te conseguiré al mejor. Pero recuerda algo, Laura: en este juego no existe la inocencia. Solo gente que sabe a tiempo dónde ponerse… y gente que no.

Los meses siguientes fueron una sucesión extraña de clases aceleradas de contabilidad, firmas en notarías de lujo y cenas incómodas. Conocí a Lucía, mi hermanastra, una chica de veinticuatro años que estudiaba un máster en IE y que me recibió con una mezcla de curiosidad y recelo.

—Así que tú eres la hija secreta —me dijo la primera vez que nos quedamos solas en la terraza—. Papá tiene talento para las sorpresas.

—Yo también me acabo de enterar —respondí—. No te preocupes, no he venido a quitarte nada.

Lucía soltó una risa breve.

—Si has venido aquí, ya estás quitando algo —dijo, señalando la casa—. Aunque todavía no lo sepas.

Fue la única que se atrevió a hablarme sin filtro.

—Ten cuidado —me susurró una noche, después de una cena en la que Alejandro había brindado por “la familia unida”—. Papá solo quiere piezas que encajen en su tablero. Cuando deja de servirle alguien, lo borra. A veces con cheques. A veces con abogados.

Mientras tanto, Javier me traía carpetas y carpetas.

—Solo firmas como administradora —repetía—. El capital, los movimientos, todo está limpio. Son estructuras normales en cualquier grupo empresarial.

Yo leía lo que podía entender, preguntaba, subrayaba. Aun así, había párrafos que parecían escritos en otro idioma. Cada vez que dudaba, Alejandro aparecía detrás.

—Confía, Laura. Yo jamás haría nada que pudiera destruir la vida de mi propia sangre.

Un martes de noviembre, justo cuando empezaba a acostumbrarme al eco de mis propios tacones sobre el mármol, todo se vino abajo. Estábamos desayunando cuando tres coches de la Policía Nacional y dos de la Agencia Tributaria se detuvieron frente a la casa. Sirenas apagadas, pero luces encendidas.

—¿Qué pasa? —pregunté, dejando la taza.

Alejandro se levantó muy despacio, más pálido de lo habitual.

—Plan B —murmuró—. Javier, haz tu trabajo.

No entendí a qué se refería hasta que, media hora después, mientras los agentes registraban despachos y se llevaban ordenadores, uno de ellos se plantó delante de mí con una carpeta en la mano.

—Laura Morales, ¿verdad? —dijo—. Necesitamos que nos acompañe. Según nuestros registros, usted es la administradora única de nueve sociedades investigadas por fraude fiscal.

Miré a mi alrededor, buscando a Alejandro. Pero mi padre ya no estaba. Ni en el salón, ni en su despacho, ni en la casa. Simplemente había desaparecido.

Me llevaron primero a comisaría y después a la Audiencia Nacional. Los titulares no tardaron en aparecer: “La hija desconocida de Salvatierra, clave en la trama societaria”, “La joven administradora que movía millones sin saberlo”. Las fotos eran pésimas: yo con cara de susto, el pelo recogido a toda prisa, una chaqueta prestada por Lucía.

Javier desapareció casi tan rápido como Alejandro. El día después del registro, su secretaria contestó a mi llamada con una frase automática:
—El señor Rueda ya no lleva asuntos de la familia Salvatierra.

Tuve que pedir un abogado de oficio. Se llamaba Marta Aguilar, era más joven de lo que esperaba y llevaba gafas de pasta.

—Vamos a hablar claro —me dijo en la sala de reuniones de la prisión preventiva, con un montón de carpetas delante—. En papel, tú eres la responsable de prácticamente todo. Cuentas, sociedades, movimientos. Si fueras realmente culpable, estaríamos hablando de muchos años.

—Pero yo no decidía nada. Yo solo… firmaba lo que me ponían delante —balbuceé.
—Eso habrá que demostrarlo. Y, te aviso, los jueces están cansados de “yo no sabía nada”.

Marta me miró un momento en silencio.

—La única forma de salvarte medianamente es colaborar —continuó—. Improvisar no te conviene. Lo que sepas de Alejandro, de los demás, lo necesitamos. Si ayudas, podemos negociar una pena menor o incluso una suspensión. Pero tienes que aceptar que esto va en serio.

En la televisión de la sala común vi cómo los tertulianos se ensañaban conmigo. Nadie hablaba de Sergio, ni de Rosario, ni de cómo una dependienta acababa firmando documentos de millones. Solo era “la hija oculta”, casi un personaje de telenovela.

Lucía vino a verme una vez.

—Papá se fue tres horas antes del registro —me dijo, con los ojos enrojecidos pero secos—. Javier le avisó. Está fuera de España. No sé dónde. O, mejor dicho, no quiero saberlo.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿También estabas metida en esto?

Negó, con una sonrisa amarga.

—Yo era la hija oficial. A mí me daba tarjetas y másters. A ti, sociedades. Supongo que pensó que tú serías más manejable.

Marta consiguió pactar con la fiscalía tras meses de interrogatorios. Entregué todo lo que sabía: correos, instrucciones, anotaciones que había hecho al margen de los documentos, detalles de conversaciones. No era mucho, pero bastó para trazar un mapa. A cambio, la acusación aceptó una condena de dos años y medio rebajada a dos, con posibilidad de suspensión si no reincidía, más una multa que me perseguiría media vida.

—No es justo —dije al escuchar la sentencia.
—La justicia rara vez lo es —respondió Marta—. Pero al menos no pisarás la cárcel más tiempo. Y podrás rehacer algo de tu vida. No todo el mundo en tu situación puede decir lo mismo.

Salí con una pulsera de cartón en la muñeca, una bolsa de plástico con mi ropa y un futuro que era poco más que un borrón. La mansión de La Moraleja estaba embargada. Los coches, intervenidos. Los cuadros, incautados. Alejandro, según los periódicos, seguía en paradero desconocido. La Interpol lo buscaba, decían. Pero yo, que ya conocía su capacidad para salir ileso, no me hacía ilusiones.

Encontré una habitación en un piso compartido en Vallecas y un trabajo de camarera en un bar de menús cerca de Atocha. Volví a doblar servilletas y a servir cafés, esta vez con la extraña sensación de haber vivido una vida ajena durante un paréntesis absurdo.

Un día de agosto, cuando el calor pegaba incluso en el interior del bar, entró Sergio. Llevaba una camisa cara y un reloj nuevo; se había dejado barba de tres días, como si eso lo hiciera más interesante.

—Laura —dijo, acercándose a la barra—. Teníamos que hablar.

—No tenemos nada que hablar —respondí, sin dejar de secar vasos.

—He visto lo de tu padre… Lo que te han hecho. Yo… no sabía. Si hubiera sabido que… —Buscaba las palabras— que eras hija de Salvatierra…

—Me habrías echado antes, por si acaso te salpicaba —lo corté—. O me habrías aguantado un poco más, por si te caía algo. En cualquier caso, no estoy interesada.

Se quedó unos segundos en silencio, incómodo, y luego se fue sin pedir nada. Rosario nunca apareció. Saber que la justicia también la había alcanzado por sus chapuzas fiscales, gracias a una denuncia anónima que no tuve que hacer yo misma, fue una satisfacción silenciosa.

Creí que esa sería mi vida a partir de entonces: simple, pequeña, controlable. Pero en septiembre recibí una carta sin remite, solo mi nombre, escrito con pluma, en el sobre. El matasellos era de Lisboa.

Dentro había una foto: una playa de agua turquesa, un barco en el horizonte. Detrás, una frase escrita de ese modo elegante y seguro que había visto tantas veces en su firma:

“Lo hiciste bien. Aun así, sigues siendo mi hija. A.”

Junto a la foto, una hoja con una serie de números y un nombre de banco suizo. Reconocí de inmediato lo que era: acceso a una cuenta en la que probablemente se escondía parte de la fortuna que nadie había encontrado.

Me quedé mirándola mucho rato, sentada en la cama de mi habitación minúscula, con el ruido de mis compañeros de piso al otro lado de la pared. Esa hoja era, al mismo tiempo, una invitación y una trampa. El último eslabón de la cadena que Alejandro había tejido alrededor de mí desde el momento en que decidió que le sería útil.

Al día siguiente pedí libre en el bar. Cogí un autobús al centro, caminé hasta una sucursal de ese banco internacional en Serrano y, en una sala acristalada, tecleé uno a uno los números en el ordenador del gestor. Cuando la pantalla mostró la cantidad, contuve el aliento. Era más dinero del que había visto nunca, incluso en las carpetas de las sociedades.

El gestor me miró con profesional neutralidad.

—¿Desea realizar alguna operación, señora Morales?

Sentí, por primera vez en mucho tiempo, que tenía una elección que no dependía de nadie más. Podía denunciar la existencia de la cuenta, romper el patrón de Alejandro, seguir la vía que Marta aprobaría. O podía aceptar el regalo envenenado, aprender, tal vez, a jugar con las mismas reglas torcidas con las que tantos otros llevaban años ganando.

Apreté el boli entre los dedos, miré la cifra otra vez y pensé en Carabanchel, en el portal cerrado, en la maleta mojada en la calle. Pensé también en los flashes, en los titulares, en la etiqueta de “hija oculta” que nunca terminaría de despegarse.

—Sí —dije al fin, firmando donde el gestor me señalaba—. Quiero moverlo todo a una cuenta nueva. A mi nombre. Y después… ya veremos.

Mientras trazaba mi firma, sentí que la barbilla —la de Alejandro, según él— se me tensaba ligeramente. No supe si estaba rompiendo el círculo o, sencillamente, ocupando mi lugar en él. Pero, por primera vez, la decisión era mía.

Y esta vez, al menos, no pensaba firmar sin saberlo.