La noche que descubrí su traición, con el corazón ardiendo de rabia y las manos temblando, me enfundé en mi mejor vestido de noche y caminé hacia el restaurante más elegante de la ciudad, decidida a convertir mi dolor en un espectáculo silencioso, pero en la entrada una mujer misteriosa me tomó del brazo y susurró con una sonrisa enigmática: “La venganza necesita estilo, ven conmigo, debo contarte algo”; a la mañana siguiente, cuando él cruzó la puerta de su oficina y me vio allí, se quedó completamente helado.

Me enteré de la infidelidad de Álvaro un martes a las 19:12. Lo recuerdo porque el mensaje apareció en la pantalla de su portátil justo cuando yo entraba en el salón con dos copas de vino. El correo seguía abierto, la bandeja de entrada llena, y ahí estaba:

«Lo de anoche ha sido increíble. Aún siento tu olor en mi ropa. Repetimos el jueves? M.»

No hizo falta más. El asunto del correo llevaba semanas repitiéndose con fechas, hoteles, chistes internos. Marta, la creativa junior de la agencia. Nuestra agencia. Nuestra. Cerré el portátil con calma. Ni gritos ni lágrimas. Algo más frío se me instaló en el pecho.

Me duché con tranquilidad, me puse el vestido azul marino que había reservado para nuestro aniversario —el que nunca íbamos a celebrar ya—, me maquillé despacio. En el espejo del baño, mis ojos parecían los de otra. No una víctima; algo más duro, más afilado. Álvaro había salido “a una reunión urgente con un cliente”. Yo sabía muy bien con qué cliente.

Reservé una mesa para uno en el Restaurante Lúmina, en el barrio de Salamanca, el mismo donde él solía impresionar a sus clientes internacionales. Pedí un taxi y, durante el trayecto por la M-30, me limité a repasar, una y otra vez, las frases que no le diría. No habría escena dramática. No habría súplica. Lo que sintiera, iba a transformarse en otra cosa.

Al bajar del taxi, el aire de marzo olía a lluvia reciente y colonia cara. Me ajusté el abrigo y me dirigí a la puerta de cristal del restaurante. Entonces una voz femenina, firme y baja, habló justo a mi lado:

—Ese vestido merece algo mejor que una cena en solitario.

Me giré. Una mujer de unos cuarenta y pocos, pelo oscuro perfectamente recogido en un moño bajo, abrigo camel, tacones imposibles. Sus labios rojos dibujaron una media sonrisa.

—Perdona? —solté, a la defensiva.

—Lucía, ¿verdad? —dijo ella, como si fuera lo más normal del mundo. Noté cómo se me helaba la sangre—. Tranquila, no soy una loca. Soy alguien que conoce muy bien a Álvaro. Y a su manera de romper promesas.

La miré fijamente, evaluándola. Había algo en sus ojos que reconocí al instante: la misma mezcla de rabia contenida y claridad cruel que me quemaba por dentro.

—¿Quién eres? —pregunté, sin moverme de la entrada.

Ella se acercó un paso, inclinándose lo justo para que solo yo escuchara:

—Me llamo Elena Salvatierra. Y si quieres vengarte de verdad, vas a necesitar algo más que un buen vestido. La venganza necesita estilo. Ven conmigo, tengo que contarte algo.

Se apartó de la puerta del restaurante y señaló el bar del hotel de enfrente, con sus ventanales iluminados. Dudé tres segundos. Cena sola o seguir a una desconocida que sabía mi nombre y mencionaba a Álvaro como si lo conociera demasiado bien.

Di un paso hacia ella.

—Tienes diez minutos —dije.

La sonrisa de Elena se ensanchó apenas.

—Con diez minutos puedo cambiarte la vida —respondió, mientras cruzábamos la calle.

A la mañana siguiente, a las 9:03, Álvaro empujó la puerta de cristal esmerilado de su despacho en la agencia, aún con el café en la mano y las ojeras mal disimuladas.

Se quedó completamente helado.

La taza le tembló entre los dedos, el líquido negro derramándose sobre el suelo gris.

—¿Qué… qué coño es esto? —murmuró, mirando las paredes de su propio despacho como si hubiera entrado en el lugar equivocado.

Y entonces vio mi rostro. Y el de otra persona, sentada tranquilamente en su silla.

Su expresión cambió del desconcierto al puro pánico.

Horas antes de que Álvaro se quedara paralizado en la puerta de su despacho, yo estaba sentada frente a Elena en el bar del hotel, con una copa de vino blanco entre las manos y las luces cálidas reflejándose en el mármol de la barra.

—Empieza a hablar —le dije—. ¿Cómo sabes quién soy?

Elena apoyó los codos en la mesa alta, entre nosotros una carpeta de cuero negro que no había tocado aún.

—Porque hace años estuve sentada donde tú estás —contestó—. Con el mismo gesto, el mismo tipo de vestido, la misma mezcla de orgullo y ganas de romper cosas. Solo que entonces Álvaro aún no se llamaba “director creativo”.

Me contó despacio, sin dramatismos, cómo había sido su pareja y socia cuando fundaron la agencia, Atlas Creativa, en un pequeño despacho cerca de la Gran Vía. Cómo él había ido acaparando los méritos mientras ella se ocupaba de la parte menos brillante: contratos, facturas, contactos con proveedores. Cómo, cuando la empresa empezó a crecer, él se alió con un fondo de inversión y la fue empujando hacia fuera, hasta quedarse con prácticamente todo.

—Firmé lo que no debía, confié donde no debía —dijo, sin victimismo—. Me quedé con migajas. Y luego me enteré, cómo no, de que me había engañado con una becaria. Tu Marta de turno. Es un patrón.

Tomé un sorbo de vino para ganar tiempo.

—¿Y qué quieres de mí? —pregunté—. Porque esto no es caridad sororal.

Por primera vez, Elena sonrió con algo parecido a diversión. Abrió la carpeta de cuero. Dentro había copias de correos, extractos bancarios, capturas de pantalla. Reconocí de inmediato el estilo de las firmas, los logotipos de nuestros clientes, los números de las campañas.

—Llevo años preparando mi propia venganza —explicó—. He comprado acciones de Atlas a través de sociedades interpuestas. Ayer mismo cerré la operación que me convierte en la accionista mayoritaria. Mañana me presento ante el consejo. Álvaro no lo sabe.

Me miró fijamente.

—Tú tienes acceso al sistema interno, a las carpetas de campañas, a los presupuestos que él maquilla. Necesito que me facilites pruebas actuales, de dentro. Y, a cambio, no solo lo verás caer, sino que te aseguro que no te vas a quedar en el mismo puesto en el que estás.

La idea de traicionarlo me cruzó la mente, y enseguida recordé el correo con Marta, los hoteles, mi propio reflejo esta misma tarde recogiendo mis ilusiones del suelo.

—¿Y si me niegan todo? —pregunté—. ¿Si dicen que esto es una conspiración de una ex resentida y una novia despechada?

Elena sacó su móvil, deslizó el dedo y me mostró una fotografía: Álvaro, claramente borracho, entrando en un hotel de la Castellana con Marta, fecha y hora estampadas arriba. Otra foto, en una terraza de Malasaña, demasiado cerca de un cliente al que jamás debería tratar en privado. Mensajes, audios, un pequeño museo de imprudencias.

—Yo pongo los cimientos —dijo—. Tú solo tienes que dar el último empujón.

No tardamos en concretar el plan. Esa misma noche, después de nuestra reunión, volví a casa antes que Álvaro. Fingí estar medio dormida en el sofá. Él llegó a la una y pico, olía a colonia que no era la suya y a hotel caro. Murmuró algo sobre una cena larguísima con el cliente portugués. Asentí, sin mirarlo demasiado.

A las 6:45 de la mañana, ya estaba de pie. Salí antes que él, con la excusa de una presentación temprana. En realidad, me encontré con Elena en una cafetería cerca de la agencia. Me dio una memoria USB.

—Aquí va todo lo que no deben ver… salvo que queramos que lo vean —dijo.

En la oficina, usando mis credenciales, coloqué en una carpeta compartida una serie de documentos bajo un nombre inocente: “Referencias campaña Q2”. En realidad, contenía comparativas de presupuestos inflados, facturas dobles, correos en los que Álvaro animaba a maquillar resultados para impresionar al cliente. Elena me había guiado: yo solo tuve que recopilar lo que ya intuía que existía.

Luego, entré en su despacho mientras la oficina aún estaba casi vacía. Tenía una copia de su llave —él jamás pensó que yo sabría que la guardaba en el tercer cajón, bajo la libreta roja. En el cristal que hacía de pared, proyecté desde su propio ordenador una presentación: en cada diapositiva, un correo a Marta, una foto comprometedora, un gasto sospechoso, un comentario despreciativo sobre el equipo. Lo dejé todo en modo reposo, listo para activarse con un toque.

A las 8:45, Elena llegó al piso de la agencia como una clienta más: traje impecable, carpeta, gafas oscuras. Nadie la reconoció. Se metió en el despacho de Álvaro conmigo, cerramos la puerta y nos sentamos a esperar.

Cuando el reloj marcó las 9:03, escuchamos su risa acercándose por el pasillo. La puerta se abrió.

Y allí se quedó, clavado en el umbral.

Vio mi rostro primero. Luego vio a Elena, cómodamente sentada en su silla giratoria.

—Buenos días, Álvaro —dijo ella, pulsando una tecla del portátil.

Las paredes se iluminaron de golpe con su vida secreta.

Su cara perdió color en cuestión de segundos.

—Lucía… ¿qué has hecho? —susurró, sin saber aún que aquello era solo el comienzo.

El silencio que siguió fue denso, interrumpido solo por el zumbido del proyector y el murmullo lejano de la oficina al otro lado del cristal esmerilado. En la pared, un correo suyo se agrandó:

«No soporto a la pandilla de mediocres de la oficina, pero mientras me mantengan el sueldo y el título, sonrío y ya está.»

El mensaje estaba dirigido a Marta. Yo reconocí la fecha: el día que el equipo se quedó hasta medianoche cerrando una campaña que él luego presentó como un éxito personal.

—Apaga eso ahora mismo —escupió Álvaro, dejando el café sobre la mesa con un golpe—. Esto es una violación de mi intimidad.

Elena no se movió.

—Lo que estás viendo es una pequeña parte de lo que verá el consejo en exactamente veinte minutos —replicó—. Y, si decides ponerte nervioso, también podrá verlo el cliente portugués, el alemán y todos los que figuran en esta lista.

Le deslizó una hoja. Yo reconocí nombres de cuentas clave: Grupo Tálamo, Viñedos del Duero, Banco Argos. Álvaro leyó, tragó saliva y me miró como si yo tuviera la culpa de que las letras se hubieran ordenado así.

—Lucía, cariño, esto es un malentendido. No tienes por qué…

—No me llames cariño delante de tu ex socia —lo interrumpí, sin subir el tono—. Queda feo.

Algo en su mirada se quebró. Se dio cuenta de que la palabra “ex” no se refería solo a Elena.

Llamaron a la puerta. Era Carlos Méndez, el director general, cincuenta y tantos, traje gris, ojeras de consejo improvisado. Detrás de él, dos miembros del fondo de inversión que había entrado en la agencia años atrás.

—¿Podemos pasar? —preguntó Carlos, aunque ya estaba dentro. Al ver las paredes, abrió los ojos de par en par—. ¿Qué demonios…?

Elena se levantó, apretó la mano de Carlos con naturalidad y se presentó:

—Elena Salvatierra. Encantada. Soy la nueva accionista mayoritaria de Atlas Creativa.

El silencio que siguió fue diferente. No era solo incomodidad; era la sensación de placas tectónicas moviéndose bajo los pies de todos. Carlos miró a Álvaro, luego a mí, luego a la pantalla donde se veía ahora una tabla con gastos inflados.

—Será mejor que llevemos esto a la sala de juntas —dijo finalmente.

Nos trasladamos los cinco a la sala de reuniones grande, con vistas a la Castellana. Mientras caminábamos por el pasillo, pude sentir las miradas curiosas de mis compañeros clavadas en nosotros. Nadie sabía qué ocurría, pero todos olían el desastre.

En la sala, Elena tomó la cabecera de la mesa. No preguntó; se sentó como quien ocupa un lugar que le pertenece. Carlos se colocó a su derecha. Álvaro y yo nos sentamos enfrentados.

La presentación comenzó. Diapositiva tras diapositiva, Elena desgranó con calma los correos, las modificaciones de presupuestos, las comisiones no declaradas, los comentarios despectivos hacia clientes y equipo. Cada fragmento estaba fechado, enlazado, respaldado. Mi aportación —el acceso a ciertas carpetas internas— encajaba como la pieza que faltaba para que el rompecabezas tuviera sentido.

—Esto es una manipulación —insistió Álvaro en un momento dado, ya sin la seguridad arrogante que lo caracterizaba—. Son correos sacados de contexto, datos falsos…

—Te he traído hasta los borradores, Álvaro —respondió Elena, girando la pantalla hacia él—. Si quieres, te ayudo a recordar qué contexto tenías cuando escribiste “si hace falta inflamos las cifras, total, el cliente no se entera”.

Carlos se masajeó el puente de la nariz.

—Álvaro, esto es insostenible. Tenemos a un nuevo socio mayoritario, pruebas de irregularidades y un posible escándalo si esto sale fuera.

—Puedo arreglarlo —balbuceó él—. Puedo hablar con los clientes, explicar…

—Lo único que vas a explicar —intervino Elena— es por qué firmaste estos documentos. Y lo harás por escrito, con tu renuncia adjunta.

Sacó de su carpeta una carta ya redactada, dejando solo el hueco del nombre y la fecha. La colocó frente a él con un bolígrafo plateado encima.

El tiempo pareció dilatarse. Álvaro me miró, buscando algo: compasión, duda, una puerta de salida.

—Lucía —dijo, casi en un susurro—. Tú sabes cómo me he dejado la piel por esta agencia. Sabes que esto… que tú y yo… Podemos arreglarlo, te lo juro.

Lo miré en silencio unos segundos, recordando cada noche en la que yo me quedaba revisando campañas mientras él se iba “a reuniones”. Recordando el correo con Marta, las risas que le escuché por teléfono cuando creía que yo dormía. Recordando mi propio reflejo en el espejo, con el vestido azul, decidiendo que no iba a llorar.

—Lo sé —respondí al fin—. Sé exactamente cómo te has dejado la piel. Lo acabamos de ver en HD.

Un leve murmullo se escapó del fondo de la sala. Los representantes del fondo evitaban su mirada. Carlos carraspeó.

—Álvaro, será mejor que firmes —dijo, esta vez con un tono que no admitía discusión—. Y que confíes en que esto se quede dentro de estas paredes.

Álvaro bajó la mirada hacia el papel. La mano le temblaba cuando agarró el bolígrafo. Firmó. Un trazo torpe, lejano al autógrafo perfecto que estampaba en los contratos con clientes.

Elena tomó la carta, la guardó en su carpeta y se levantó.

—Perfecto. En cuanto a la dirección creativa de la agencia… —sus ojos se posaron en mí—. He revisado resultados, evaluaciones y cifras. Lucía ha liderado más del 60% de las campañas exitosas de los últimos dos años.

Sentí todas las miradas clavándose en mí.

—Si no hay objeciones —continuó—, propongo nombrarla nueva directora creativa. Efecto inmediato.

Carlos asintió casi aliviado, como quien encuentra una tabla de salvación en medio del naufragio. Los del fondo intercambiaron una mirada rápida y dieron su aprobación.

Álvaro se levantó de golpe, arrastrando la silla.

—No puedes hacer esto —escupió—. La estás usando como me usaste a mí.

Elena recogió sus cosas con calma.

—No te confundas, Álvaro —dijo, acercándose a la puerta—. Yo no uso a nadie. Ofrezco opciones. Lucía eligió.

Antes de salir, se giró hacia mí.

—¿Te vienes? —preguntó, como si estuviéramos simplemente cambiando de sala.

Me puse de pie. Al pasar junto a Álvaro, él susurró:

—Te vas a arrepentir.

Lo miré por última vez, sin rencor, sin dulzura.

—Quizá —respondí—. Pero al menos hoy tengo estilo.

Salimos de la sala de juntas, atravesando la oficina en silencio. De pronto, los teclados se callaron, los murmuros se apagaron. Noté las miradas de todos, curiosas, expectantes. En mi mesa, el calendario con nuestra foto de Lisboa se quedó boca abajo para siempre.

En el ascensor, Elena pulsó el botón de la planta baja. Mientras las puertas se cerraban, me miró de reojo.

—¿Cómo te sientes, directora creativa?

Pensé un segundo.

—Ligeramente cansada —dije—. Bastante satisfecha. Y con hambre. ¿Qué tal si por fin cenamos en Lúmina?

Elena sonrió, esta vez de verdad.

—Eso sí es venganza con estilo —respondió.

Las puertas se cerraron. Afuera, arriba, el mundo de Álvaro comenzaba a desmoronarse en silencio, mientras el mío empezaba, cuidadosamente, a reconstruirse.