Diez años de matrimonio y, de pronto, en la mesa del desayuno, mi esposo respiró hondo y soltó: había encontrado a su “verdadero amor”. Que era sencilla, que no le importaba el dinero, que con ella se sentía vivo. Sentí que el suelo se movía bajo mis pies, pero en lugar de llorar, sonreí. Tomé el móvil con una calma helada, marqué a mi asistente y, sin apartar la mirada de su cara, ordené: “Congela las tarjetas, suspende los medicamentos y cambia las cerraduras”.

Después de diez años de matrimonio, mi marido me miró desde el otro lado de la mesa del salón y dijo, muy serio:

—He encontrado a mi verdadero amor, Claudia.

Solté una carcajada, seca, casi elegante, que rebotó en las paredes blancas del piso en La Castellana. Él se removió en la silla, incómodo.

—Se llama Nuria —añadió, sin mirarme—. Es… distinta. Es sencilla, no le importa el dinero, no es como este mundo tuyo.

“Este mundo mío”. El ático de dos plantas que estaba a mi nombre, el coche que yo pagaba, el seguro médico privado que cubría hasta sus pastillas para la ansiedad. Todo “mi mundo”.

—¿Sencilla? —repetí, alzando una ceja—. ¿No le importa el dinero?

—No —insistió Javier—. Ella me quiere por quien soy, no por lo que tengo.

Me eché hacia atrás en el sofá de cuero, cruzando las piernas con calma. Llevaba todo el día con reuniones, informes, llamadas. Y ahora esto.

—Javier, lo que “tienes” lo he comprado yo —dije, despacio—. Hasta las zapatillas con las que estás ahora mismo sentado.

Él apretó los labios.

—No entiendes nada. Contigo siempre ha sido un contrato, una agenda, una imagen. Con ella… respiro. No le importa si tengo tarjeta o no. No le importa si vivimos en un piso pequeño. Nuria es de verdad.

Me quedé mirándolo unos segundos, en silencio, saboreando cada una de sus palabras como si fueran un informe que ya sé que voy a destrozar con un par de preguntas. Después sonreí, saqué el móvil y marqué.

—¿A quién llamas? —preguntó, inquieto.

—A Marta —respondí, paseando la mirada por su reloj que también había elegido yo—. Mi asistente.

Ella contestó al segundo tono.

—Dime, Claudia.

Seguí mirando a Javier, sin apartar los ojos.

—Marta, por favor, toma nota —dije con voz clara—: congela todas las tarjetas vinculadas a las cuentas donde figure Javier Martín como beneficiario. Todas.

Él palideció.

—Claudia, espera un momento.

—Sigue —dijo Marta, al otro lado.

—Suspende también los pagos de su medicación privada. Que lo vea la Seguridad Social como todo el mundo. Y llama al administrador de la finca: quiero cambiar las cerraduras hoy mismo.

Javier se levantó de golpe, tirando casi la silla.

—¿Estás loca? ¡No puedes hacer eso!

—Claro que puedo —contesté—. Es “mi” mundo, ¿no?

Marta confirmó con un “enseguida” eficiente y colgó. El silencio llenó el salón, solo roto por su respiración acelerada.

—¿Eso es una amenaza? —dijo él, con los ojos muy abiertos.

—No, Javier. Es logística. Tú has encontrado tu “verdadero amor”. Yo solo estoy ajustando el inventario.

Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. Desde la ventana se veía Madrid atascada, las luces rojas de los coches formando una línea interminable. Javier cogió el móvil, empezó a deslizar el dedo frenéticamente por la pantalla.

—La tarjeta no funciona —murmuró—. Claudia, ¿qué cojones has hecho?

Entonces sonó el timbre de la puerta. Una vez. Dos veces. Javier tragó saliva.

—Debe de ser ella —dijo en voz baja—. Nuria ha venido a buscarme.

Yo sonreí, despacio, mientras me levantaba.

—Perfecto —susurré—. Así podemos hablar los tres.

Y caminé hacia la puerta.

Abrí la puerta y allí estaba ella: pelo recogido en una coleta desordenada, vaqueros gastados, una camiseta sencilla y una mochila al hombro. Tenía esa expresión de quien cree que está entrando en una película romántica de domingo por la tarde.

—Hola —dijo Nuria, sonriendo—. ¿Tú debes de ser Claudia?

Su voz tembló apenas al ver el tamaño del piso. Era sutil, pero yo vivía de detectar matices.

—La misma —respondí—. Pasa, por favor. Javier te estaba esperando.

Ella entró, algo cohibida, mirando de reojo el salón, los cuadros, la cocina abierta. Javier fue hacia ella, intentando que su abrazo pareciera más seguro de lo que realmente era.

—Nuria, cariño —dijo—. Esto… bueno, mejor nos sentamos.

—No hace falta —intervine—. No quiero robaros mucho tiempo. Tengo otra videollamada en una hora.

Nuria se volvió hacia mí, intentando mantener la dignidad.

—Javier me ha contado que vuestra relación ya no funcionaba —empezó—. No quiero problemas.

—Me alegro —contesté—. Porque problemas es justo lo que no vais a poder permitiros.

Javier frunció el ceño.

—Claudia, por favor. Podemos hacer esto de forma civilizada.

—Lo estamos haciendo de forma civilizada —dije, señalando la mesa—. Ahí tienes tus cosas: tu cartera, tu reloj, tu portátil de trabajo. El coche lo recogerán mañana de la plaza de garaje. Está a nombre de mi empresa, por si ya lo habías olvidado.

Nuria parpadeó.

—Javi, pero… tú me dijiste que…

—Le dijo que tenías independencia —lo ayudé—. Que podíais iros a vivir juntos, que todo esto era opresivo, artificial.

Me volví hacia ella.

—Te creo que no te importe el dinero, Nuria. A los veintisiete años el romanticismo todavía paga alguna factura. Pero lo básico no se negocia: alquiler, luz, comida. Y él no tiene nada a su nombre aquí.

Él apretó los puños.

—Tengo mi trabajo —escupió—. No necesito tu dinero.

—Tu contrato es temporal, en una agencia que conociste gracias a mis contactos —recordé—. Y tu nómina, en el mejor de los casos, os da para un piso compartido en Vallecas y cenar bocadillos. Lo que, según tú, es “estar más cerca de la verdadera vida”.

Nuria miró a Javier, buscando una confirmación que no llegó.

—Oye, a mí no me importa vivir con menos —dijo ella al fin—. Pero me habría gustado saber exactamente con cuánto.

—Lo descubriréis juntos —respondí—. Hoy mismo, de hecho.

Saqué del bolsillo un sobre y lo dejé sobre la mesa.

—Aquí tienes, Javier, los papeles para iniciar el divorcio. Aunque no lo creas, esto lleva meses preparado. Tu necesidad de “respirar” se veía venir. Solo me faltaba que lo verbalizaras.

Sus ojos se abrieron, incrédulos.

—¿Meses?

—Cuando empezaste a salir del trabajo “más tarde” sin poder explicar en qué proyecto estabas —respondí—. No soy celosa, Javier. Soy previsora.

Nuria retrocedió un paso.

—¿Me estás diciendo que todo esto… que ya lo sabías?

—Sabía que vendría algo —aclaré—. No necesariamente tú. No te lo tomes tan personal.

Javier agarró el sobre con rabia.

—No pienso firmar nada.

—Puedes no firmarlo hoy —dije—. Pero el piso y las cuentas están a salvo. Hablarán los abogados. Mientras tanto, tus tarjetas ya no funcionan y las cerraduras se cambian esta tarde.

El móvil de Javier vibró. Miró la pantalla y se quedó helado.

—Me han cancelado la cita con el psiquiatra privado —murmuró—. ¿Qué clase de persona hace eso?

—Una que ya no está dispuesta a subvencionar tu búsqueda del “verdadero amor” —respondí—. La Seguridad Social también receta sertralina. Solo hay que hacer cola.

Nuria lo miró, evaluándolo de nuevo, como si lo viera por primera vez.

—Javi, quizá deberíamos hablar tú y yo solos —susurró.

—Claro —dije—. Podéis hablar en el portal. Aquí el tiempo de pareja se ha terminado.

Se hizo un silencio denso. Javier recogió sus cosas, torpe, y se acercó a la puerta.

—No va a quedarte todo tan fácil, Claudia —amenazó—. Madrid es pequeño. También tengo amigos.

Sonreí, sin humor.

—Madrid es muy pequeño, Javier. Y llevo diez años invirtiendo en que, cuando alguien tenga que elegir entre tú y yo… ni siquiera tenga que pensarlo.

Él abrió la puerta de golpe, Nuria detrás, con la mochila colgándole del hombro y la expresión mucho menos romántica que al llegar. El portazo resonó por todo el piso.

Me quedé allí, en medio del salón vacío, con el eco de su “verdadero amor” aún flotando en el aire… mientras marcaba el número de mi abogado.

Tres meses después, mayo caía sobre Madrid con ese calor pegajoso que deforma las tardes. Salí del despacho en AZ Capital, el fondo de inversión que dirigía, y encontré a Marta esperándome con una carpeta en la mano.

—Han llegado las últimas propuestas del abogado de Javier —dijo, caminando a mi lado hacia el ascensor—. Y un correo curioso.

—¿Curioso en qué sentido?

—Te lo resumo mejor abajo —respondió, con esa prudencia que solo usaba cuando el chisme valía la pena.

En el coche, camino a Chamberí, Marta abrió la carpeta.

—Su abogado insiste en que le corresponde una compensación económica por “haber renunciado a oportunidades laborales durante el matrimonio” —leyó—. Pide una cantidad que, sinceramente, es más propia de un futbolista que de un exprofesor de instituto reconvertido en creativo publicitario mediocre.

Asentí, sin sorpresa.

—Que siga insistiendo —dije—. Nuestras pruebas sobre quién pagaba qué son bastante claras.

Marta sonrió de lado.

—Y ahora el correo curioso. Proviene de Nuria.

Volví la cabeza hacia ella.

—¿Ha tenido la osadía de escribirme?

—Muy educada, eso sí —aclaró—. Te agradece que, entre comillas, “le hayas abierto los ojos antes de firmar hipotecas imposibles y promesas vacías”.

Miré por la ventanilla. La ciudad pasaba como un decorado conocido.

—¿Siguen juntos?

—No —dijo Marta—. Según parece, la convivencia en un estudio sin aire acondicionado en Carabanchel no era tan romántica como sonaba en el bar de Lavapiés donde se conocieron.

No respondí. No por satisfacción ni por pena. Simplemente era coherente.

—¿Algo más? —pregunté.

—Sí. Nuria te envía capturas de pantalla. Conversaciones donde Javier presume de que, al final, “algo sacará de ti” porque “tienes demasiado dinero como para no ceder un poco”.

—Perfecto —dije—. Eso le encantará a mi abogado.

Por la tarde, nos reunimos en el despacho del notario. Javier llegó diez minutos tarde, con barba de dos días y una camisa arrugada que intentaba disimular con colonia barata. Se sentó frente a mí sin saludar.

—¿De verdad vas a llevar esto hasta el final? —preguntó, mirando los documentos.

—Ya está casi al final —respondí—. Hoy solo firmamos lo que la jueza ya ha visto.

Su abogado carraspeó, incómodo.

—Mi cliente considera que la propuesta es humillante.

—Tu cliente considera muchas cosas —intervino el mío—. El problema es lo que puede probar. Y lo que no.

Javier me clavó la mirada.

—Has disfrutado con todo esto, ¿verdad?

—He trabajado —repliqué—. Como siempre.

Hubo un momento en que creí que se levantaría y se iría. Pero cogió la pluma.

—¿Y si no firmo?

—Seguiremos en los juzgados —dije—. De momento, sigues pagando a tu abogado con un dinero que no tienes para pelear por un ático que nunca fue tuyo.

La pluma tocó el papel. Firmó, con un gesto brusco, casi violento.

—Enhorabuena —murmuró—. Has ganado.

—No era un juego —contesté—. Era mi vida.

Al salir, él me alcanzó en la puerta.

—Claudia —dijo, bajando la voz—. Solo dime una cosa. ¿Alguna vez me quisiste?

Lo pensé un segundo.

—A mi manera —respondí—. Te ofrecí estabilidad, proyectos, un lugar en algo que estaba creciendo. Tú querías otra película.

—Yo solo quería sentirme importante —susurró.

—En mi mundo, Javier, la importancia se demuestra aportando, no destruyendo —dije—. Te pareció frío. Yo lo llamo estructura.

Se apartó, derrotado. Lo vi marcharse calle abajo, sin rumbo evidente. No sentí victoria ni derrota. Solo una página que se cerraba.

Esa noche, en el ático ya con nuevas cerraduras y algunos muebles cambiados de sitio, brindé con Marta en la terraza. Madrid brillaba debajo, salpicada de terrazas llenas, taxis y motos.

—¿Sabes qué es lo mejor? —dijo Marta, levantando su copa de vino blanco.

—Sorpréndeme.

—Que, al final, tenía razón él —respondió, divertida—. Ha encontrado un amor de verdad, pero no el que pensaba. Se ha enamorado de su propia miseria.

Sonreí, apenas.

—No subestimes la capacidad de las personas para enamorarse de sus propias narrativas —dije—. A veces es lo único que les queda.

Miré hacia la puerta de la terraza, con la cerradura nueva brillando. Recordé su frase: “ella no se fija en el dinero”.

—Marta —añadí—. Si algún día vuelvo a casarme, recuérdame cambiar el régimen matrimonial antes de la luna de miel.

—Apuntado —contestó—. Pero, por si acaso, yo seguiré con la lista de verificación: tarjetas, medicación, cerraduras.

Brindamos en silencio. Abajo, la ciudad seguía su propio ruido. Arriba, el ático estaba en orden. El inventario, ajustado. Y el “verdadero amor” de Javier, allá donde hubiese aterrizado, tendría que aprender a pagar sus propias facturas.

Yo, simplemente, seguí con mi vida.