El aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas olía a café quemado y perfume caro. Eran las siete de la mañana y yo, Elena, repasaba distraída las diapositivas de la ponencia que iba a dar en Valencia. Miraba más a la pantalla del móvil que a las colas interminables frente a los mostradores. Hasta que escuché una risa que conocía demasiado bien.
Levanté la vista y lo vi. Javier. Mi marido. Iba caminando hacia el control de seguridad, rodando una maleta gris que yo misma le había regalado por su cumpleaños. A su lado, pegada a su brazo, una mujer joven, morena, con un vestido rojo demasiado veraniego para enero. Le susurró algo al oído y él se inclinó para besarla en el cuello, como hacía conmigo… antes.
Me escondí instintivamente detrás de una columna, notando cómo se me helaban las manos. No podía estar entendiendo bien. Pero entonces lo escuché claro, en su voz de siempre, despreocupada:
—Lucía, te lo prometo, Roma en enero es perfecta. Sin turistas, sin nadie que nos moleste. —Se rió—. Y sin mi mujer preguntando a qué hora vuelvo.
“Lucía”. La palabra me atravesó el estómago. De repente cobraron sentido todos sus “viajes de negocios” a última hora, las reuniones que se alargaban, las camisas que olían a un perfume que no era mío. No me había equivocado. Sólo había tardado demasiado en mirar de frente.
El primer impulso fue salir corriendo, plantarme delante de ellos, gritarle allí mismo. Pero después de diez años de matrimonio, conocía sus manías, sus debilidades, sus contraseñas. Y también conocía algo mejor que un escándalo público: el silencio frío y calculado.
Abrí la app del banco con los dedos temblando. En la pantalla, la tarjeta de crédito conjunta que él usaba para todo: gasolina, cenas, billetes de avión. El mismo número que había tecleado mil veces. Pulsé en “Bloquear tarjeta” y confirmé. Un clic. Ya está. Nada de gritos. Sólo un movimiento de dedo.
Los seguí a distancia. Los vi entrar en una tienda de perfumes del duty free. Javier sacó la tarjeta, sonrió, dijo algo sobre “empezar el viaje con un capricho”. El datáfono pitó. La empleada arrugó la frente. Javier repitió el PIN, más despacio. Otro pitido, esta vez más largo. Lucía frunció el ceño; él se encogió de hombros, sacó otra tarjeta de su cartera y pagó. Todo bajo control, pensaba. Como siempre.
Yo sabía que no. Conocía las normas de seguridad del banco, las alertas por fraude, los pasos que vendrían después. Así que cuando, pocos minutos más tarde, los altavoces del aeropuerto crujieron y una voz neutra, metálica, inundó la terminal, ya estaba preparada:
—Se ruega a los señores Javier Muñoz y Lucía Herrera que se presenten de inmediato en el mostrador de incidencias de la puerta B23.
Javier se quedó de piedra. Lucía lo miró, inquieta. Yo apagué la pantalla del móvil con calma.
La primera ficha de dominó acababa de caer.
Los seguí a una distancia prudente por el pasillo lleno de maletas y mochilas. Javier caminaba más rápido de lo normal; Lucía intentaba seguirle el ritmo con tacones demasiado altos para un aeropuerto. Llegaron al mostrador de incidencias, donde una empleada de Iberia, con gafas rectangulares y gesto cansado, los recibió con una sonrisa automática.
—Buenos días —dijo ella—. ¿Javier Muñoz y Lucía Herrera?
—Sí, somos nosotros —contestó Javier—. Nos han llamado por megafonía, pero no sabemos por qué.
La mujer tecleó en el ordenador, mirando la pantalla con el ceño cada vez más fruncido.
—Verá, señor Muñoz, el pago de sus billetes a Roma ha sido rechazado por el banco. Figura como tarjeta bloqueada por posible robo. El sistema acaba de cancelar la operación.
Vi cómo se le tensaba la mandíbula.
—Imposible —respondió, forzando una sonrisa—. Debe de haber un error. Compré los billetes ayer por la noche, sin problema.
—Puede pasar —insistió ella, profesional—. Al detectarse un bloqueo, el cargo se revierte. Para mantener la reserva tienen que volver a pagar ahora mismo. El vuelo empieza a embarcar en veinte minutos.
Lucía le clavó las uñas en el brazo.
—Javi, por favor…
Él sacó su segunda tarjeta, la personal, esa que usaba “para pequeños gastos”. Alcé el móvil y, sin que nadie lo notara, transferí el resto del dinero de la cuenta conjunta a mi nueva cuenta individual, que había abierto semanas antes “por si acaso”. El datáfono volvió a pitar.
—Operación denegada —anunció la empleada, sin levantar la voz.
—Pero… —Javier se pasó la mano por el pelo—. Tiene que haber saldo, joder.
Lucía se removió, incómoda.
—Uso mi tarjeta —dijo, sacando una plateada—. No pasa nada.
La empleada introdujo el importe.
—Son 840 euros por persona: tarifa completa más recargo por reemisión.
Lucía tragó saliva, miró la pantalla y bajó la voz.
—No me llega el límite.
El silencio que siguió fue espeso, casi físico. Los pasajeros de la cola empezaron a mirarlos con curiosidad. Yo fingí revisar el panel de vuelos, a pocos metros, escuchándolo todo.
—Mire —intentó Javier—, puedo hacer una transferencia ahora mismo. Trabajo en una empresa de consultoría, tengo…
—Aunque la haga —lo interrumpió la mujer—, no llegará a tiempo. El sistema necesita confirmación y el embarque se cierra en quince minutos.
Mientras él discutía con el banco por teléfono, yo abrí su correo electrónico en mi móvil. Sabía su contraseña desde hacía años; nunca había necesitado usarla hasta ese día. Busqué “Roma” y encontré la reserva del hotel, cuatro noches en un boutique hotel cerca de Trastévere. Un par de clics: cancelar reserva. Sin reembolso por anulación tardía. Apunté mentalmente el golpe económico. Otra ficha cayendo.
Volví la vista al mostrador.
—Lo siento —dijo por fin la empleada—. El embarque está cerrado. Tendrán que reprogramar su viaje para otro día y hacer una nueva compra cuando resuelvan el problema con el banco.
Lucía explotó.
—¡Pero es que no entiende que este viaje es importante! —alzaba la voz, colorada—. Llevamos semanas planeándolo.
—Lucía, baja la voz —murmuró Javier, rojo también—. No montes un numerito.
Saqué el móvil y grabé unos segundos de la escena: sus gestos cansados, la desesperación apenas disimulada, el tono humillante de la discusión. No necesitaba audio; las imágenes hablaban solas. Guardé el vídeo en una carpeta nueva: “Barajas – 12/01”.
Me bastó. Les di la espalda y caminé hacia la salida de la terminal. En el taxi escribí a mi abogado:
“Tenías razón. Quiero seguir adelante con todo.”
Mientras el coche se incorporaba a la M-40, entró un mensaje de Javier.
“Cariño, se ha liado un poco el viaje de trabajo… Problemas con los clientes italianos. A lo mejor tengo que volver antes de lo previsto. Te llamo luego. Te quiero.”
Miré la pantalla unos segundos antes de contestar.
“No te preocupes. Mucha suerte en Roma 😉. Yo también te quiero.”
Al llegar a casa abrí el portátil. En el escritorio ya me esperaba una carpeta creada semanas atrás, en un momento de intuición que había decidido ignorar: “PLAN B”. Dentro, borradores de un convenio regulador, listado de cuentas, copias de escrituras. Arrastré el vídeo del aeropuerto a la carpeta y lo renombré: “Prueba 1”.
Aún no lo sabía, pero esa iba a ser la mentira más cara de su vida.
El domingo siguiente, el piso de nuestros suegros en Coslada olía a cocido y a colonia Nenuco. Habíamos quedado a comer “todos juntos, como antes”, según el mensaje que yo misma había enviado desde el móvil de Javier al grupo familiar. Sus padres, los míos y su hermana Marta estaban sentados alrededor de la mesa, hablando de fútbol y del precio de la luz.
Javier llegó diez minutos tarde, con ojeras y la misma chaqueta arrugada que llevaba el viernes. Me dio un beso rápido en la mejilla; olía a café y a tabaco nervioso.
—Menuda semana, Elena —susurró—. Luego te cuento.
—Claro —respondí, sirviendo vino—. Luego.
Esperé a que el café estuviera sobre la mesa y los platos vacíos. El murmullo de las conversaciones llenaba el salón cuando apagué la televisión y conecté mi portátil al cable HDMI. Todos se giraron hacia mí.
—¿Qué haces, hija? —preguntó mi madre.
—Quiero enseñaros algo —dije, con la misma voz que usaba en las reuniones de trabajo—. Es importante que lo veáis juntos.
El vídeo empezó sin preámbulos: Javier y Lucía frente al mostrador de incidencias, la discusión, el gesto desesperado de él, la cara crispada de ella. Se escuchaba de fondo el eco del aeropuerto, el pitido del datáfono. Nadie habló.
—¿Ese eres tú, hijo? —murmuró su madre, con la voz rota.
Javier se levantó de golpe.
—Elena, apaga eso ahora mismo. No sabes lo que estás haciendo.
Cerré el portátil, dejando la última imagen congelada en sus retinas. Saqué un sobre del bolso y lo dejé en el centro de la mesa.
—Sé perfectamente lo que estoy haciendo, Javier. Esto —toqué el sobre— es el borrador del convenio regulador. Lleva preparado un mes. Yo tenía sospechas. El último viaje a Lisboa, las reuniones los viernes por la noche, las horas sin contestar al móvil… Lo del aeropuerto sólo fue la confirmación.
Su padre carraspeó.
—¿Estás engañando a mi hija, Javier?
Él abrió la boca, la cerró, miró a todos, buscando una salida.
—No es lo que pensáis. Lucía es… una compañera. Hubo un malentendido con los billetes, yo…
—Compraste un viaje romántico a Roma usando nuestra tarjeta conjunta —lo interrumpí—. Cancelé la tarjeta. Cancelé el hotel. Cancelé, en general, la vida que teníamos.
Empujé el sobre hacia él.
—He hablado con un abogado. No te estoy dejando sin nada, sólo con lo que te corresponde legalmente. El piso lo venderemos y dividiremos. Los ahorros ya están separados. No voy a discutir.
Marta, su hermana, le miraba con una mezcla de pena y rabia.
—Tío, ¿pero cómo has podido ser tan imbécil?
Javier se sentó despacio, con el sobre entre las manos.
—Elena, podemos ir a terapia, arreglarlo… Diez años no se tiran así.
Lo miré, cansada más que enfadada.
—Diez años no se tiran, se rompen despacio. Tú empezaste hace tiempo. Yo sólo he decidido terminar.
Guardé silencio un segundo y añadí:
—Por cierto, la empresa ya tiene copia de las facturas de viajes personales que pagaste con la tarjeta corporativa. No he pedido que te despidan. Sólo he enviado los documentos. Lo que hagan con ellos ya no es cosa mía.
Ese fue el golpe que le blanqueó la cara del todo. Sabía que no sólo estaba perdiendo a su mujer; también su imagen de “hombre intachable” en el trabajo.
Nos divorciamos tres meses después. Él se mudó a un piso pequeño cerca de su oficina, ya sin cargo de socio, degradado a consultor cualquiera. De Lucía supe por un comentario suelto en redes: había encontrado “nuevos horizontes” en otra ciudad. No duró mucho el romanticismo sin hoteles pagados ni escapadas a Roma.
Yo me trasladé a Valencia por trabajo, como había planeado antes de todo aquello. Cambié de número, de barrio, de rutinas. Conservé, eso sí, mi apellido y mi pasaporte.
Meses más tarde, volví a Barajas para coger un vuelo temprano. El mismo olor a café, el mismo murmullo metálico de los altavoces. Mientras esperaba en la cola de embarque, anunciaron por megafonía a un tal “Carlos López” para que acudiera a un mostrador. La gente levantó la cabeza un segundo y luego siguió a lo suyo.
Sonreí, casi sin querer.
El nombre de Javier ya no sonaba en ningún altavoz. Sólo en los papeles del juzgado y en una historia que, por fin, había dejado de dolerme.



