La puerta se cerró de un portazo tan fuerte que las paredes del rellano vibraron.
—Feliz Año para ti también, mamá. ¡Y lárgate ya! —había gritado Diego en castellano seco, con ese tono que Carmen aún no lograba reconocer en el niño al que había criado.
Se quedó un momento frente a la puerta, con la bolsa de deporte colgando del hombro y el abrigo mal abrochado. Eran casi las once de la noche de Nochevieja en Carabanchel, el portal olía a lejía y coliflor cocida. Del piso de al lado salían risas y el eco de una televisión con las campanadas de ensayo. Nadie abrió la puerta por casualidad, nadie preguntó nada. Carmen tragó saliva, bajó las escaleras despacio y salió a la calle helada.
Madrid estaba brillante y ajena. Los balcones tenían luces, en la acera quedaban restos de confeti de alguna fiesta infantil. Carmen caminó sin rumbo, apretando el bolso contra el pecho. Pensó en llamar a su hermana en Alcorcón, pero se habían enfadado hacía meses por una tontería. Pensó en un hostal barato, pero la tarjeta estaba casi al límite. Siguió andando, cruzó la Avenida de Oporto y, sin decidirlo del todo, acabó en un pequeño parque de barrio, uno de esos con columpios oxidados y bancos de metal que siempre están fríos.
Ahí la vio. En un banco, bajo una farola amarillenta, una mujer muy mayor estaba sentada, encorvada, con una falda larga y un jersey de lana lleno de bolitas. Lo que sobresaltó a Carmen fueron los pies: descalzos, hinchados, rojos por el frío, apoyados directamente sobre el pavimento helado. A su lado, una bolsa de plástico del supermercado, vacía.
—Madre mía… —murmuró Carmen sin pensar.
La mujer levantó la vista. Tenía los ojos claros, acuosos, pero muy despiertos.
—Buenas noches, hija —dijo, con voz ronca pero firme—. Hace frío, ¿eh?
Carmen se miró el abrigo y luego los pies desnudos de la anciana. Sintió un nudo en la garganta. Ella al menos tenía dónde dormir aquella noche si encontraba un cajero abierto. Esa mujer, quizás no.
—Espere un momento —dijo, desabrochándose el abrigo—. Tenga, póngaselo usted. Yo voy tirando.
—Pero… —La anciana dudó—. Te vas a quedar helada.
—No pasa nada, voy andando —insistió Carmen, envolviendo los hombros huesudos de la mujer con su abrigo gris.
La anciana sonrió de una forma extraña, casi satisfecha.
—Acabas de pasar la prueba —dijo en voz baja.
Carmen frunció el ceño.
—¿Qué prueba?
La mujer no respondió. En ese instante, unos faros iluminaron el parque. Un coche oscuro se detuvo justo delante del banco, las ruedas chirriando sobre el asfalto húmedo. De dentro bajó una mujer joven con un gorro de lana y un hombre al volante que dejó el motor encendido.
—Teresa, ya está —dijo la joven, acercándose a la anciana—. Hace un frío del demonio, vamos.
La anciana, Teresa, asintió despacio y señaló a Carmen con la barbilla.
—Ésta es —murmuró.
La joven entonces miró a Carmen, como evaluándola. El conductor se inclinó desde dentro del coche, bajó un poco la ventanilla y, antes de que Carmen pudiera decir nada, preguntó con total naturalidad:
—¿Eres tú Carmen López Díaz? Súbete al coche, por favor.
Carmen se quedó helada. Nadie allí conocía su nombre.
—¿Cómo sabe usted mi nombre? —preguntó Carmen, dando un paso atrás.
La joven se adelantó, levantando las manos en gesto conciliador.
—Tranquila, Carmen. Me llamo Lucía. Trabajo con Teresa. No te vamos a hacer nada, te lo prometo. Sólo queremos hablar contigo un momento, entrar en calor. Son casi las doce, y aquí te vas a congelar.
Teresa, envuelta ahora en el abrigo de Carmen, se levantó con una sorprendente agilidad para su edad.
—Sube, hija —dijo—. Si no te gusta lo que te digan, te bajas y ya está. Pero tú hoy no duermes en un banco, eso te lo digo yo.
El viento cortaba la cara. Carmen miró la calle vacía, el parque medio a oscuras, la pantalla negra de su móvil sin mensajes. Pensó en Diego, en la puerta cerrada, en la frase “y lárgate ya” resonando una y otra vez. Inspiró hondo y asintió.
—Vale —dijo por fin—. Pero como vea algo raro, me bajo.
Lucía sonrió.
—Me parece bien.
En el coche olía a café y a colonia barata. El hombre al volante se presentó como Javier y puso la calefacción al máximo. Mientras salían del barrio, las luces de Navidad pasaban como líneas borrosas por la ventanilla.
—Te debemos una explicación —empezó Lucía—. Teresa colabora con una asociación que se llama “La Segunda Oportunidad”. Trabajamos con mujeres mayores de cincuenta que se quedan solas, sin recursos o sin apoyo familiar. Esta noche salimos a… digamos… buscar perfiles.
—¿Perfiles? —repitió Carmen, desconfiada.
Teresa se inclinó hacia ella, los ojos brillantes.
—Yo me siento en bancos con aspecto de estar peor de lo que estoy. Los chicos me esperan a la vuelta de la esquina. Si alguien se para, habla conmigo, me mira a los ojos… y encima me da su abrigo… pues ya sé que es de las nuestras.
Carmen tardó un segundo en procesar.
—O sea, que usted no está… en la calle.
—Estoy jubilada, no tonta —respondió Teresa, con un deje de humor seco—. Mis botas están debajo del banco. No me gusta pasar frío más de lo necesario.
—¿Y mi nombre? —insistió Carmen.
Lucía sacó un móvil del bolsillo y se lo enseñó.
—En el abrigo tenías la tarjeta de tu centro de salud en un bolsillo interior. Teresa me la ha pasado hace diez minutos. He llamado al centro, he dicho que eras usuaria de nuestra asociación y me han dado tu segundo apellido. Es un truco un poco feo, lo sé, pero funciona.
Carmen sintió un rubor extraño, mezcla de vergüenza y alivio.
—¿Y qué quieren de mí?
—Primero, saber si necesitas ayuda —dijo Javier, sin apartar la vista de la carretera—. Segundo, ofrecerte algo mejor que dormir en casa de un hijo que te echa a la calle en Nochevieja.
El comentario le dolió como un golpe directo. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—No sabe usted nada de mi hijo —murmuró.
—No —admitió Javier—. Pero tú sí.
El coche se detuvo frente a un edificio antiguo en Lavapiés, con la fachada pintada de colores y un pequeño cartel: “Asociación La Segunda Oportunidad”. Subieron por unas escaleras con azulejos viejos y, al entrar en el local, Carmen sintió el golpe cálido de la calefacción y el olor a chocolate recién hecho.
Dentro había una mesa con manteles de plástico, un árbol de Navidad modesto y varias mujeres de distintas edades charlando. Al verla entrar, algunas se giraron con curiosidad.
—Ésta es Carmen —anunció Lucía—. Ha pasado la prueba de Teresa.
Risas suaves. Una mujer de pelo corto, teñido de rojo, se acercó con dos tazas de chocolate.
—Soy Rosa. Siéntate, que se te ve la cara de haber tenido una noche de mierda.
Carmen se dejó caer en la silla. Las manos le temblaban alrededor de la taza caliente. Lucía se sentó frente a ella con una carpeta.
—No vamos a obligarte a nada —dijo—. Pero escucha: tenemos pisos compartidos para mujeres como tú, con alquiler social. Talleres de empleo, asesoría legal. A cambio, colaboráis un poco: ayudáis en la cocina, en el ropero, en lo que podáis. Es una cooperativa, no una beneficencia.
Carmen miró la carpeta. Había formularios, fotocopias, un contrato de alquiler con un precio que parecía un chiste.
—No sé… Diego… —susurró—. A lo mejor mañana se arrepiente. Igual me llama.
Como si el móvil hubiera esperado esa frase, vibró encima de la mesa. Un mensaje de audio de Diego. Carmen lo puso en altavoz, las manos sudorosas.
—Mamá —sonó la voz de su hijo, áspera—. Supongo que ya te habrás ido. Te lo digo para que no vuelvas: he cambiado la cerradura. Y no me llames, estoy harto de tus dramas. Feliz Año.
El audio terminó con ruido de fondo y un golpe, como si hubiera tirado el móvil sobre la mesa. En el local se hizo un silencio denso. Carmen sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.
Lucía deslizó despacio un bolígrafo hacia ella.
—No tienes que decidir hoy —dijo, muy despacio—. Pero si firmas aquí, mañana mismo tienes una cama que es tuya y una llave que nadie te puede quitar.
Carmen miró el papel, el bolígrafo, la puerta del local. Su mano empezó a temblar cuando lo tomó.
La punta del bolígrafo rozó el papel. Carmen pensó en el pasillo de su piso, en la foto de Diego con seis años vestido de Spiderman colgada junto a la puerta. Pensó en la voz del audio: áspera, cansada, sin un rastro del niño que fue. Cerró los ojos un segundo, respiró hondo y firmó: “Carmen López Díaz”.
Rosa rompió el silencio dando una palmada suave sobre la mesa.
—Pues ya está, reina. Bienvenida al club de las que empiezan tarde pero empiezan bien.
Aquella misma madrugada, después de brindar con doce uvas compradas a última hora y un par de risas nerviosas, Lucía la acompañó a su nuevo piso: un tercero sin ascensor, también en Lavapiés. Al entrar, lo primero que vio fue un pasillo estrecho con fotos enmarcadas de mujeres riendo en excursiones, talleres, fiestas. El piso olía a detergente y café.
—Este será tu cuarto —dijo Lucía, señalando una habitación pequeña con una cama, un armario de segunda mano y una manta de cuadros—. Tus compañeras son Inés, que es enfermera jubilada, y la propia Rosa. Son majas, ya las irás conociendo.
Carmen pasó la mano por la colcha como si fuera algo frágil.
—¿De verdad… es mío?
—Mientras quieras y puedas pagar la parte que te corresponde, sí —respondió Lucía—. Y si un día no puedes, vienes y lo hablamos. Pero nadie te va a echar a patadas.
Aquella noche, Carmen se durmió tarde, mirando el techo, escuchando los ruidos del edificio: una tele encendida, una cisterna, risas lejanas. No lloró. Era como si se hubiera quedado sin lágrimas.
Los meses siguientes fueron una mezcla de cansancio y descubrimiento. Por las mañanas asistía a un curso de cocina colectiva que organizaba la asociación en un centro cívico de Embajadores; por las tardes ayudaba en el ropero, doblando ropa donada. Descubrió que le gustaba organizar cosas, hacer listas, hablar con la gente que llegaba pidiendo ayuda.
Un día, Javier la llamó aparte.
—Carmen, en el comedor social de la parroquia de San Cayetano buscan a alguien para coordinar la cocina. Media jornada, contrato legal, nada del otro mundo, pero te han visto aquí y les gustas. ¿Te apetece?
Se quedó en silencio, sorprendida. Ella, con contrato. Asintió despacio.
—Sí. Me apetece.
Empezó en abril. Aprendió a cuadrar menús con poco presupuesto, a discutir con los proveedores, a controlar las raciones. Cuando salía a la calle al acabar el turno, el sol de primavera le daba en la cara y, por primera vez en mucho tiempo, no sentía prisa por llegar a ninguna parte.
Diego no llamó en todo ese tiempo. Carmen guardaba el móvil en el bolsillo del delantal, pero ya no lo miraba cada diez minutos. De vez en cuando abría la galería de fotos y se quedaba mirando alguna imagen de cuando él era pequeño, pero ya no se ahogaba.
Fue a finales de verano cuando apareció. Estaba atendiendo el reparto de comidas cuando una voz conocida sonó desde la puerta.
—Mamá.
Carmen se giró. Diego estaba más delgado, con ojeras marcadas, una barba descuidada. Llevaba una sudadera con capucha y un sobre en la mano. Miró alrededor, incómodo, como si la fila de usuarios fuera un espejo donde no quería verse.
—Podemos hablar —dijo él, bajando la voz.
Carmen hizo un gesto a una voluntaria para que siguiera repartiendo y lo llevó a una esquina, junto a la máquina de refrescos.
—¿Qué necesitas, Diego? —preguntó, sin dureza pero sin agacharse.
Él tragó saliva.
—El piso… Me he quedado sin trabajo, y el banco… necesito que firmes como avalista para un préstamo pequeño. Si no, me echan. Eres mi madre, joder.
Carmen sintió un eco del antiguo reflejo: sacar la cartera, decir que sí, resolverle la vida. Notó en la garganta el viejo nudo del miedo a perderlo para siempre. Lo miró a los ojos; había en ellos nerviosismo, pero no arrepentimiento real, sólo urgencia.
—No voy a firmar nada —dijo, despacio.
Diego abrió la boca, indignado.
—¿Qué? ¿Ahora vas de digna, o qué? Si tienes curro es gracias a mí, que te eché y te pusiste las pilas.
Carmen notó que la frase ya no le hacía daño, sólo le sonaba lejana.
—Si tengo curro es gracias a que esa noche decidí no volver a casa —respondió—. Y gracias a Teresa, y a Lucía, y a todas las mujeres que me han ayudado. No te debo nada, Diego. Te quiero, pero no voy a arruinarme por tus decisiones.
Él apretó el sobre entre los dedos.
—Entonces olvídate de mí —escupió—. Para siempre.
—Eso ya me lo dijiste una vez —contestó ella—. Y aquí estamos.
Le ofreció un tupper de comida, el mismo que repartían a los demás.
—Si quieres comer, esto sí puedo darte. Y si algún día quieres hablar de verdad, sin papeles para firmar de por medio, también. Pero de momento, es lo que hay.
Diego miró el tupper, dudó, y al final dio media vuelta y salió sin cogerlo. Carmen lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre la gente de la calle. Notó un pinchazo de tristeza, pero también una extraña ligereza, como si acabara de dejar una maleta pesada en el suelo.
Pasó otro año. La vida se llenó de rutinas nuevas: el trabajo en la cocina, las cenas compartidas en el piso, las risas con Teresa en los cafés de los lunes, cuando planeaban pequeñas “pruebas” para las recién llegadas.
La Nochevieja siguiente, Carmen se sentó en un banco de otro parque, esta vez con un abrigo sencillo pero caliente y unas botas cómodas. A su lado, Teresa fingía temblar de frío con un chaquetón viejo, haciendo teatro.
—A ver a quién pescamos hoy —murmuró, divertida.
Carmen miró la calle, las luces, a la gente que pasaba de largo. Se subió un poco la cremallera del abrigo, notando en el bolsillo interior el tacto de sus propias llaves: dos, una del piso y otra del local de la asociación.
Sabía que no podía cambiar el mundo, ni a su hijo. Pero al menos, aquella noche, alguien que caminaba perdido por Madrid podría encontrar, como ella, una segunda oportunidad… si se paraba un momento a mirar a una anciana descalza en un banco.
Carmen sonrió, sin dramatismo, cuando vio a una mujer detenerse frente a Teresa y preguntar, preocupada:
—Señora, ¿está bien? ¿Tiene frío?
Teresa le guiñó un ojo a Carmen. La prueba empezaba de nuevo.



