Cuando volví a casa aquella tarde solo pensaba en una cosa tan tonta como la ITV del coche. Había olvidado la documentación en el cajón del salón y el taller en Alcalá me esperaba al día siguiente. Eran casi las cinco, el portal olía a lejía y todo parecía tan normal que, por un segundo, me sentí ridícula por seguir con aquel nudo en el estómago que llevaba semanas arrastrando.
La puerta del piso estaba entornada. Me extrañó. Javier siempre la cerraba con vuelta de llave, maniático como era. Empujé despacio, sin hacer ruido. Antes de poder decir “hola”, escuché su voz desde el despacho.
—Está hecho —decía, con ese tono confiado que ya no usaba conmigo—. Le he tocado los frenos. Nos vemos en el funeral de tu hermana.
Rió. Una risa corta, seca.
Sentí un frío tan brusco que tuve que apoyar la mano en la pared. “Le he tocado los frenos”. En el recibidor, a mi izquierda, colgaban las llaves del Seat gris. Mi coche. El que yo usaba cada día para ir al trabajo, el mismo que Javier se había ofrecido a “revisar” el fin de semana anterior en el garaje de su amigo.
Me quedé inmóvil, escuchando por si decía algo más, algún nombre que aclarara aquel “tu hermana”. Nada. Solo el silencio y luego el clic del móvil al colgar.
Retrocedí un paso, después otro, hasta salir al rellano. Cerré la puerta con la misma suavidad con la que la había abierto. Bajé las escaleras casi sin sentir los peldaños bajo los pies, como si no fueran míos.
En la calle, el ruido de la avenida me golpeó de golpe. Saqué el móvil. Los dedos me temblaban, pero marqué el número de la asistencia en carretera.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarla?
—Soy Laura Martín —improvisé—. El coche de mi marido no arranca, creo que es algo de los frenos. Necesito que lo lleven a otra dirección.
Di la matrícula, la del Seat, y la dirección de mi suegra en Coslada. Escucharme decirla en voz alta me produjo una punzada extraña, una mezcla desagradable de alivio y culpa que preferí no analizar.
—Perfecto, señora Martín. La grúa estará allí en menos de una hora.
Colgué. Respiré hondo. Luego mandé un audio a Carmen:
“Carmen, soy Laura. He mandado el coche para tu casa, así mañana puedes ir al pueblo con algo más seguro que tu viejo Peugeot. Javier no sabe nada, quería sorprenderos”.
Tardó poco en responder con un mensaje lleno de emoticonos de corazones y gracias. “Eres un cielo, hija”, escribió.
Cuando subí de nuevo al piso, el Seat ya no estaba aparcado frente al portal. Javier estaba en la cocina, cortando tomate como si nada.
—Pensaba que llegarías más tarde —dijo, sin mirarme.
—Se me olvidaron unos papeles —respondí, dejando el bolso en la silla. Sentía su mirada en la nuca, como si pudiera leerme el pensamiento.
Durante la cena habló de tonterías: del jefe, del Atlético, de la subida de la luz. Ni una mención al coche. Yo asentía, bebía vino, sonreía en los momentos adecuados. Por dentro, cada palabra de la conversación que había escuchado se repetía sin parar. “Le he tocado los frenos. Nos vemos en el funeral de tu hermana”.
Nos acostamos tarde. Javier se durmió en pocos minutos, la respiración profunda, pesada. Yo me quedé mirando el techo, contando las grietas, imaginando cómo habría sido subir al coche al día siguiente, girar la llave, salir a la M-30.
A las dos y pico de la madrugada, el móvil vibró en la mesilla de Javier. Él ni se movió. La pantalla iluminó la habitación con un resplandor azulado. En el visor aparecía un número desconocido. Algo en mi estómago se cerró.
Lo dejé sonar, uno, dos, tres tonos. Luego comenzó a sonar mi propio móvil.
Contesté.
—¿Sí?
Una voz grave, oficial, llenó la oscuridad del dormitorio.
—¿Señora Laura Martín? Le llamo de la Guardia Civil de Tráfico. Es sobre un accidente con un Seat gris, matrícula… —hizo una pausa—. El vehículo lo conducía su suegra, Carmen Rivas. Temo que…
El resto de la frase se perdió bajo el zumbido en mis oídos.
No recuerdo haber colgado. Solo recuerdo a Javier incorporándose de golpe, los ojos medio cerrados, preguntando qué pasaba. Debí de repetir las palabras “Carmen” y “accidente” porque, en cuestión de minutos, ambos estábamos vestidos, buscando las llaves, tropezando en la penumbra del pasillo.
El taxi hasta el hospital de La Princesa fue un silencio compacto. Javier miraba por la ventanilla, con los nudillos blancos de tanto apretar el móvil. Yo me abrazaba la chaqueta al pecho, todavía con la voz del guardia civil resonando en la cabeza.
“Perdió el control del vehículo… impacto frontal… no han podido hacer nada”.
En Urgencias nos hicieron esperar en una sala pequeña con máquinas de café y sillas de plástico. Al poco rato apareció un médico joven, con la expresión cansada de quien ya ha dado demasiadas malas noticias en una sola noche.
—Lo siento mucho —dijo, mirando sobre todo a Javier—. El golpe ha sido muy fuerte. Su madre murió prácticamente en el acto.
Javier se llevó las manos a la cara y se desplomó en la silla. Yo lo miré un segundo, sin tocarlo, sin abrazarlo. El peso de la palabra “madre” era real; el de la frase “le he tocado los frenos”, aún más.
Una hora después, un agente de la Guardia Civil se acercó con una carpeta.
—Tenemos que hacerle unas preguntas sobre el vehículo —dijo.
Se presentó como el teniente Martín, acento de Castilla y ojos pequeños pero atentos. Nos condujo a un despacho gris con olor a café rancio.
—El coche está a nombre de usted, señor Gómez —empezó, mirando los papeles—. ¿Ha tenido algún problema reciente con los frenos?
Javier negó, todavía aturdido.
—No, ninguno… Yo mismo lo revisé el domingo.
Noté cómo se me encendía la piel de la nuca. Martín alzó una ceja.
—¿Usted lo revisó?
—Sí, en el garaje de un amigo. Cambié las pastillas, poco más.
El agente tomó nota, sin apartar la vista de su letra.
—Los peritos han observado algo extraño en el sistema de frenado. Será necesario un análisis más detallado, pero a simple vista da la impresión de que alguien ha manipulado el circuito.
La palabra “manipulado” quedó flotando en el aire. Javier levantó la cabeza, confundido. Yo opté por bajar la mirada, fingiendo mareo.
—¿Insinúa que ha sido un sabotaje? —pregunté, con la voz muy baja.
—Todavía es pronto para hablar de eso, señora Martín —respondió Martín—. Solo necesitamos saber quién tuvo acceso al vehículo en los últimos días.
Enumeramos: Javier, yo, el portero, el chico de la grúa. El detalle de la grúa le llamó la atención.
—¿Por qué mandó el coche a casa de su suegra?
Sentí la garganta seca. Tenía dos opciones: admitir que había oído a Javier hablando de frenos y funerales… o mentir.
—Porque hacía un ruido raro cuando frenaba —dije, despacio—. Me daba miedo conducirlo. Pensé que Carmen estaría más tranquila usándolo despacio para ir al pueblo, en vez de su coche viejo.
Javier me miró, sorprendido. Ni siquiera sabía que había mandado el coche a Coslada. Vi cómo aquella sorpresa se mezclaba con algo más oscuro: sospecha.
El teniente asintió, como si archivara la respuesta en un cajón.
—Bien. En cuanto tengamos el informe técnico, les avisaremos. Por ahora, descansen.
Salimos del despacho cuando ya amanecía. La luz gris de Madrid en invierno parecía envolverlo todo en la misma tonalidad apagada: las fachadas, los coches, la cara de Javier.
En casa, él se encerró en el baño. Oí el agua de la ducha y luego un sollozo ahogado. Yo aproveché para coger su móvil. No era la primera vez que lo hacía; él nunca cambiaba el PIN.
Busqué en el registro de llamadas: la última antes de mi llegada aquella tarde, a “Marcos”. Mi hermano.
El estómago se me encogió. Abrí el chat.
“¿Seguro que funcionará?” había escrito Marcos.
“Tranquilo. Le he tocado los frenos. Mañana todo habrá acabado. Te libras de tu hermana y yo de mi mujer. Nos vemos en el funeral de tu hermana 😉”.
Sentí una calma extraña mientras leía. Una calma limpia, fría, como la de un quirófano. Marcos, mi propio hermano, ahogado en deudas, y Javier, mi marido, llevaban semanas planeando mi muerte. Carmen había ocupado mi sitio en el coche porque yo lo había mandado a su casa.
Volví a leer el mensaje, esta vez más despacio. “Te libras de tu hermana y yo de mi mujer.” No había posibilidad de malentendido. El plan era claro.
Fui a la impresora del despacho, conecté el móvil por cable y mandé capturas de pantalla. Imprimí la conversación completa. Después, las borré del chat de Javier, una por una, hasta dejar el hilo casi vacío.
Cuando Javier salió del baño, con los ojos rojos, yo estaba en la cocina, haciendo café.
—Tenemos que estar unidos —dije, acercándole una taza—. Por Carmen.
Él asintió, sin sospechar nada.
Esa misma tarde, metí las hojas impresas en un sobre marrón sin remitente. En la portada escribí con mayúsculas: “PARA EL TENIENTE MARTÍN. PRUEBAS SOBRE LA MUERTE DE CARMEN RIVAS”.
Al día siguiente, desde la cafetería frente al cuartel de la Guardia Civil, vi cómo un agente bajaba con el sobre en la mano y se lo llevaba dentro.
Unas horas más tarde, dos coches patrulla aparcaban bajo mi ventana. Javier, en chándal, abrió la puerta extrañado. Desde la cocina, escuché la voz del teniente Martín:
—Señor Gómez, queda detenido por la presunta manipulación intencionada del vehículo en el que falleció su madre.
Sonreí dentro de la taza de café, donde nadie pudiera verlo.
El escándalo no tardó en llenar el barrio. “El hijo que mató a su propia madre”, tituló un periódico local. Nadie hablaba de la persona a la que realmente querían matar; nadie hablaba de mí.
Javier pasó la primera noche en los calabozos de la comisaría. Marcos, citado a declarar, intentó fingir sorpresa, pero las capturas de pantalla que el teniente Martín dejó sobre la mesa hablaban más claro que cualquier testimonio.
—Eso era una broma —balbuceó mi hermano—. No íbamos a hacer nada.
—¿Una broma sobre el funeral de su hermana? —preguntó Martín, serio—. ¿Y sobre librarse de su mujer, señor Gómez?
Yo estaba en la sala contigua, detrás del cristal, viendo cómo sus caras se descomponían. Nadie me pidió que declarara ese día. Solo más tarde, cuando el caso ya estaba prácticamente armado, me llamaron para “completar algunos detalles”.
En la declaración conté una versión pulida, sin fisuras. Hablé de los últimos meses: de cómo Javier discutía conmigo por todo, de las bromas desagradables que hacía con Marcos sobre mi “mal humor”, de una frase suelta que recordé de repente: “Con lo que vales tú en seguros, cualquier día nos jubilamos”. El teniente anotó cada palabra.
Cuando mencioné que el coche me daba miedo, que por eso lo había mandado a casa de Carmen, vi cómo se le endurecía la expresión. Me pidió que repitiera despacio.
—No sé explicarlo —dije—. Era una corazonada. Un ruido raro, un presentimiento. Yo solo quería que Carmen estuviera segura.
No insistió más. No preguntó por qué no había mencionado ese “presentimiento” la primera noche. Para entonces ya tenía lo que necesitaba: una manipulación demostrada en el sistema de frenos, un móvil económico claro —Javier y Marcos arruinados— y una conversación explícita donde se hablaba de librarse de mí. La muerte de Carmen se convirtió, a ojos de la ley, en un efecto colateral de un plan fallido.
Meses después, el juicio fue casi un trámite. El fiscal dibujó con precisión la imagen del hijo desagradecido y del cuñado cómplice, más preocupado por sus deudas que por la vida de su propia madre. La defensa intentó sostener que todo era una broma, que el fallo en los frenos había sido accidental, pero los peritos fueron contundentes.
Javier evitó mirarme durante la mayor parte de las sesiones. Solo una vez, cuando el fiscal leyó en voz alta el mensaje de “te libras de tu hermana y yo de mi mujer”, levantó la vista. Sus ojos encontraron los míos en la sala. En esa mirada había algo que no era odio ni arrepentimiento, sino comprensión. Entendió, por fin, que yo había escuchado aquella conversación, que había mandado el coche a casa de Carmen sabiendo lo que él y Marcos habían hecho.
No intentó decirlo en voz alta. Ni él ni Marcos se atrevieron a mencionar mi nombre cuando hablaban del plan. Supongo que sabían que nadie les creería. ¿Quién iba a aceptar que la víctima potencial había girado la jugada y les había dejado caer solos?
El tribunal los declaró culpables de homicidio consumado en el caso de Carmen y tentativa en el mío. Veintidós años para Javier. Dieciocho para Marcos. Yo salí del juzgado rodeada de cámaras, con gafas de sol y una chaqueta negra que Carmen me había regalado una Navidad. Respondí con frases cortas, temblor en la voz, a las preguntas de los reporteros. “Solo quiero que se haga justicia”. “Carmen no se merecía esto”.
La justicia, pensé, ya se había hecho a su manera.
La herencia de Carmen, sin hijos vivos en libertad, acabó en parte en mis manos. La vivienda de Coslada, el pequeño apartamento del pueblo, algo de dinero ahorrado. Con el divorcio, también me quedé con la mitad del piso de Madrid. Vendí todo, menos el apartamento del pueblo, y me mudé a Valencia, cerca del mar. Nadie allí conocía mi historia.
Un año después del juicio recibí la primera carta desde la cárcel. Reconocí de inmediato la letra de Javier.
“Sé que escuchaste la llamada”, decía. “Sé que fuiste tú quien mandó el coche a casa de mi madre. Podrías haberlo dicho en el juicio. Habrías caído conmigo. Elegiste callar. Supongo que eso te hace más lista. O más cobarde. No sé. Aquí dentro todos hablan de lo que hicieron, de lo que desearían cambiar. Yo solo pienso en ti, en cómo me ganaste mi propia partida”.
Leí la carta sentada en la terraza del apartamento del pueblo, con el sonido de las campanas al fondo. Cuando terminé, la doblé con cuidado, la acerqué a la llama del mechero y la vi arder dentro de un cenicero de barro.
No sentí satisfacción ni culpa. Solo una calma silenciosa. La misma de aquella madrugada en la cocina, cuando escuché las sirenas acercarse para llevarse a Javier.
Al día siguiente, bajé al garaje comunitario. El coche que ahora conducía era nuevo, comprado al contado con parte del dinero de la herencia. Lo arranqué, escuché el motor unos segundos y sonreí.
Los frenos funcionaban a la perfección.



