De pronto sonó el teléfono. Era mi mamá, con una voz cansada: “¿Cuándo vas a venir por la bebé? Llevo un mes cuidándola”. Me reí nerviosa y miré hacia la cuna: “Mamá… está durmiendo aquí, a mi lado”.

De pronto sonó el teléfono. Era mi mamá, con una voz cansada: “¿Cuándo vas a venir por la bebé? Llevo un mes cuidándola”. Me reí nerviosa y miré hacia la cuna: “Mamá… está durmiendo aquí, a mi lado”. Hubo un silencio pesado, como si el aire se volviera hielo. Entonces susurró: “Entonces… ¿a quién he estado criando yo?”. Sentí que la sangre se me iba a los pies. Corrí a revisar el cuarto, la puerta, las ventanas… y cuando abrí la galería de fotos, encontré una imagen que yo no había tomado. Y ahí empezó el horror.

El teléfono sonó a las tres de la madrugada, con ese timbre que no perdona. Yo estaba medio sentada en la cama de nuestro piso en Valencia, con la luz tenue del pasillo entrando por la puerta entreabierta. A mi lado, en la cuna colecho, Lia, mi bebé de ocho meses, respiraba con ese ritmo suave que me mantenía cuerda en los días difíciles.

Miré la pantalla: Mamá.

—¿Cuándo vas a venir por la bebé? —dijo ella, sin saludo, con una voz cansada y seca—. Llevo un mes cuidándola.

Solté una risa nerviosa, de esas que salen cuando el cerebro no entiende lo que oye.

—Mamá… está durmiendo aquí, a mi lado —respondí, y giré la cara hacia la cuna, como para confirmarme que no estaba delirando.

Hubo un silencio pesado. No un silencio normal: uno que parecía enfriar el aire.

Entonces mi madre susurró, muy despacio:

—Entonces… ¿a quién he estado criando yo?

Sentí que la sangre se me iba a los pies. Me incorporé de golpe, el corazón golpeándome la garganta. Miré a Lia: estaba ahí, real, tibia, con su mechón de pelo pegado a la frente. Me obligué a respirar.

—Mamá, ¿qué estás diciendo? ¿Quién está contigo? —pregunté.

—Una bebé —dijo ella—. Con tu misma manta gris. Con tu misma bolsa de pañales. Me la dejaste, Natalie. Te vi en la puerta. Dijiste que era solo por unas semanas, que estabas desbordada.

Natalie. Ese era yo. Pero yo no había puesto un pie en casa de mi madre en semanas.

Me levanté sin pensar. Revisé la cerradura. Puse el pestillo. Fui al salón: ventanas cerradas. Balcón cerrado. Volví al cuarto, agarré el móvil con las manos temblorosas. Mi madre seguía al otro lado, respirando como si estuviera a punto de llorar.

—Mamá, no cuelgues. Mira a esa bebé. ¿Tiene un lunar en la oreja derecha? Lia lo tiene.

Oí pasos, el crujido del suelo de su casa, y después un jadeo.

—No… no lo tiene.

Me mareé. Mi cuerpo se llenó de una certeza monstruosa: alguien había montado una escena perfecta para mi madre… y yo no tenía ni idea de quién.

Entonces hice lo único que se me ocurrió para anclarme a algo: abrí la galería de fotos del móvil para ver las últimas imágenes de Lia, para asegurarme de que era mi hija, mi realidad. Deslicé… y encontré una foto que yo no había tomado.

Era un plano desde un pasillo oscuro. Se veía una puerta entreabierta, una mano sujetando una manta gris… y, al fondo, una cuna que no era la mía.

Sentí un frío limpio, absoluto.

—Mamá —susurré—. Creo que alguien ha estado… entrando en nuestras vidas.

Y ahí empezó el horror.

Lo primero fue el instinto: proteger a Lia. La levanté con cuidado, la apreté contra mi pecho y la llevé al salón. Encendí todas las luces, como si la claridad pudiera expulsar lo que estaba pasando. La foto seguía ahí, clavada en mi pantalla: un pasillo que no reconocía, la manta gris idéntica a la de Lia, la perspectiva de alguien escondido.

—Mamá, escúchame —dije, intentando que mi voz no se rompiera—. Enciérrate. Cierra la puerta. No abras a nadie. ¿Está esa bebé contigo ahora mismo?

—Está durmiendo —respondió ella, y oí que tragaba saliva—. Natalie… juraría por mi vida que eras tú. Llevabas la chaqueta beige que te regalé. Y el moño… el moño que te haces cuando vas con prisa.

Mi estómago se contrajo. Imitación. Alguien había estudiado mis gestos.

—¿Viste su cara? ¿Podrías describirla? —pregunté.

—Llevaba mascarilla… —dijo mi madre, y la vergüenza se le notó en la voz—. Yo… yo no sospeché porque… era “mi hija”.

Quise gritar, pero no a ella. No era su culpa. Era el tipo de truco que funciona precisamente porque apela al amor más básico.

Me obligué a actuar. Llamé al 112. Hablé rápido, con datos: posible suplantación, posible bebé entregada a mi madre, foto sospechosa en mi teléfono, miedo a seguimiento. Me dijeron que enviaban una patrulla a la dirección de mi madre y que yo no saliera del domicilio.

Pero yo necesitaba entender cómo demonios había aparecido una foto que yo no había tomado. Fui a “Detalles” y vi algo que me heló: la imagen tenía una hora de captura de hace cuatro días, cuando yo estaba en la oficina, y aparecía como si se hubiese hecho con mi móvil. Eso solo podía significar dos cosas: o alguien había tenido mi teléfono… o alguien había accedido a mi cuenta en la nube.

Entré en la lista de dispositivos conectados. Había uno que no reconocía: “iPhone de N.” con ubicación aproximada cerca de Mislata. Sentí un golpe de adrenalina.

En ese momento, Lia empezó a quejarse. Le preparé un biberón con manos torpes, tratando de sonreírle como si todo fuera normal. Mientras bebía, yo revisé mensajes. Encontré un correo en spam: “Confirmación de inicio de sesión en iCloud”. Fecha: la semana anterior. Yo no lo había visto.

Y entonces recordé algo que me dio asco: tres semanas atrás, en el portal, un chico “del reparto” me pidió el móvil para confirmar una entrega porque su terminal “no funcionaba”. Se lo di dos segundos. Dos segundos bastan para abrir una aplicación, escanear un código, hacer un duplicado invisible. Me sentí idiota, pero la culpa no arregla nada.

Sonó el telefonillo. Me asomé por la mirilla: nadie. Silencio. Volvió a sonar, esta vez una sola vez, como un toque burlón. Me quedé inmóvil, con Lia en brazos, sin respirar.

Mi móvil vibró. Un mensaje de un número desconocido:

Deja de preguntar. La otra está bien.

Se me aflojaron las piernas. “La otra”. Como si existieran dos bebés intercambiables.

La patrulla llegó a casa de mi madre antes que a la mía. Me llamó llorando, con voces de fondo.

—Natalie… han venido. La bebé… no tiene documentación. Trae una pulsera del hospital… pero el nombre está borrado.

Una pulsera. Hospital. Eso era pista, no fantasía.

—Mamá, no la toques más. Que la revise la policía. Que llamen a servicios sociales —dije, con el corazón desgarrado—. Y tú, mírame: tú has hecho lo que creías correcto.

Hubo un momento en que pensé lo impensable: ¿y si esa bebé era robada? ¿Y si mi madre había sido usada como “guardería” para ocultarla?

No era una historia de sombras. Era peor: era gente. Gente que se mete en tu vida con la cara adecuada y la frase exacta.

Cuando por fin llamaron a mi puerta, abrí solo lo justo para mostrar el DNI. Dos agentes entraron, revisaron el piso, me pidieron el móvil. Uno de ellos miró la foto y frunció el ceño.

—Esto es un pasillo de edificio antiguo. ¿Reconoce esta baldosa? —preguntó.

Y entonces lo vi: el patrón de las baldosas se parecía al de un bloque cercano al mío… donde vivía una mujer que yo solo saludaba en el ascensor: Carla, la vecina del tercero.

Una mujer que, de pronto, encajaba demasiado bien en mi cabeza como “alguien que me ha observado”.

Al amanecer, con Lia segura en casa de una amiga (por recomendación policial), fui con los agentes a identificar el edificio que aparecía en la foto. Caminamos por calles todavía húmedas de limpieza nocturna, con ese olor a pan temprano y basura recién sacada que tiene Valencia cuando empieza el día. Yo temblaba, no de frío, sino de rabia contenida.

El patrón de baldosas nos llevó a un bloque a diez minutos de mi portal. Antiguo, estrecho, con un pasillo muy parecido al de la imagen. Un agente llamó a varios timbres con una excusa general para no alertar. Nadie abría… hasta que una puerta se entreabrió apenas.

Era Carla.

No parecía una villana. Parecía una mujer normal: ojeras, bata, pelo sin peinar. Ese es el detalle que más me revienta recordarlo: el horror no siempre tiene cara de monstruo.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Buenos días, policía —dijo el agente mostrando la placa—. Necesitamos hacerle unas preguntas. ¿Vive usted sola?

Carla dudó una fracción de segundo. Demasiado.

—Sí.

Pero desde dentro se oyó un llanto breve. Un bebé. No el de Lia: un llanto más agudo, desesperado.

Carla palideció.

En menos de dos minutos, con autorización de entrada por indicios, los agentes entraron. Yo me quedé en el umbral, con las manos heladas, escuchando el ruido de pasos, cajones abriéndose, una voz ordenando: “Tranquila, tranquila”.

Luego lo vi.

En un moisés barato, había una bebé con una manta gris casi idéntica a la mía. No era Lia. Tenía la piel irritada, los ojos hinchados de llorar. Una agente la levantó con cuidado.

Carla empezó a hablar atropellada, como si una presa se rompiera.

—No es lo que pensáis… yo… yo solo la cuidaba. Me pagaban por tenerla aquí. Nada más.

—¿Quién le pagaba? —preguntó el agente.

Carla me miró y bajó la cabeza.

—Un hombre… que decía ser “gestor”. Que ayudaba a madres sin papeles. Y… y una chica que se parecía a ti. Con tu chaqueta.

Se me revolvió el estómago. Había una imitadora de mí, sí, pero Carla también había sido parte, por dinero o por miedo.

La policía incautó dos móviles de Carla. En uno, apareció lo que temía: chats con fotos mías sacadas de redes, horarios aproximados, capturas de mis historias antiguas, incluso una foto del portal donde se veía mi buzón. Yo nunca había sentido tan físicamente la sensación de haber sido observada.

—Te tenían estudiada —dijo el agente, serio—. Buscaban a alguien con una madre confiada, con rutina previsible, con una bebé real como “coartada” emocional.

Ahí entendí la lógica perversa: usaron mi identidad para dejar una bebé con mi madre y mantenerla oculta, y al mismo tiempo, acceder a mis cuentas para vigilar si yo sospechaba. La “otra bebé” no era un fantasma. Era un ser humano usado como paquete.

Pero lo que me faltaba era el motivo. Y llegó cuando los agentes llamaron al hospital de la pulsera borrada. Tras horas de gestiones, confirmaron un caso abierto: una bebé había desaparecido del área de neonatos semanas antes. No podían dar detalles por protección, pero el patrón coincidía.

La investigación giró rápido hacia una red de compraventa ilegal, “intermediarios” que se movían entre hospitales, familias vulnerables y documentos falsos. Lo más escalofriante: no necesitaban secuestrar a cualquiera. Necesitaban una historia creíble, una “madre” a la que nadie cuestionara al dejar un bebé en una casa. Mi madre era perfecta para eso.

Cuando la policía fue a su casa, mi madre ya estaba destrozada, abrazada a una manta como si fuera un salvavidas. Me miró con vergüenza.

—Yo le cantaba… le cantaba como a Lia —susurró—. Le decía “mi niña”.

Me senté a su lado y le agarré la mano.

—Te usaron. A ti y a esa bebé. No te culpes.

Esa noche revisamos juntas cada momento del mes: llamadas, visitas, horas. La mujer que se hizo pasar por mí entró dos veces. La segunda, mi madre ya no dudaba: estaba convencida de que era yo. Le llevó pañales, biberones, una libreta con “horarios”, para que todo sonara real. Pura ingeniería emocional.

Los días siguientes fueron un carrusel de declaraciones, contraseñas cambiadas, vigilancia, y ese cansancio que te deja sin lágrimas. A Lia la revisó la pediatra: estaba bien, por suerte, pero yo no podía dejar de mirarla como si alguien fuera a evaporarla.

Una semana después, detuvieron al “gestor” en un control de carretera cerca de Albacete. Tenía documentación falsa, tarjetas SIM, y una carpeta con fotos de varias mujeres. Entre ellas, la mía.

El agente que me llamó fue directo:

—Señora Walker, han intentado usar su identidad como pantalla. Ya no están cerca, pero habrá juicio. Lo importante: su bebé está segura, y la otra también está bajo protección.

Colgué y me quedé en silencio. No era un final feliz. Era un final real: incompleto, con miedo residual, con rabia, con culpa que no te pertenece. Pero también con una certeza que me sostuvo: cuando alguien intenta convertir tu vida en un escenario, lo único que te salva es reaccionar con hechos.

Esa madrugada, con Lia dormida pegada a mi pecho, le prometí en voz baja algo que no se negocia:

—Nadie vuelve a entrar en nuestra casa usando mi cara.