Su risa todavía me retumba en la cabeza: «¡Púdrete en prisión! ¡Mi joven esposa y yo derrocharemos hasta el último centavo de tu dinero!». Mientras las esposas se cerraban en mis muñecas y todos celebraban su victoria, fingí resignación, bajé la mirada y di mi último paso calculado. Aprovechando el empujón del guardia, deslicé entre sus dedos un pequeño papel doblado: «Llámalo y dile que fui incriminado. Tendrás una casa». Sentí cómo su mano temblaba; el juego acababa de cambiar.

Las risas de Sergio resonaban en el patio de los juzgados de Plaza de Castilla como si estuvieran diseñadas para humillar, no solo para celebrar.

—¡Púdrete en prisión, Javier! —gritó, levantando los brazos como si hubiera marcado un gol en el Bernabéu—. ¡Mi mujer joven y yo nos fundiremos todo tu dinero, ya verás!

A su lado, Clara, con su vestido blanco ajustado y gafas de sol enormes, sonrió apenas, tensa, aferrada al bolso de marca que Javier había pagado meses atrás.

El frío del metal le cerró los pensamientos. Las esposas le apretaron las muñecas, y el subinspector Morales, corpulento, con ojeras de demasiadas guardias nocturnas, le empujó suavemente hacia el furgón.

—Vamos, Román —murmuró—. Ya tendrá tiempo de quejarse dentro.

Javier Román, 42 años, promotor inmobiliario madrileño, tragó saliva. Notaba la mezcla pegajosa de rabia y miedo en la garganta. Sabía exactamente lo que estaba pasando: Sergio Valverde, su socio de toda la vida, lo había vendido para quedarse con todo. Las cuentas falsas, las facturas infladas, las sociedades pantalla en Valencia y en Andorra… todo había quedado a su nombre. Y ahora la prensa hablaba solo de “el tiburón del ladrillo detenido por fraude masivo”.

Mientras caminaba hacia el furgón, Javier fingió tropezar. Aprovechó el gesto para acercarse un poco al subinspector. En la mano derecha, entre los dedos, llevaba doblado un trozo de papel que había garabateado en el breve rato en la sala de detenidos.

Morales lo sujetó del brazo para evitar la caída. Javier deslizó el papel y se lo metió en la palma con un gesto casi imperceptible.

—¿Qué hace? —susurró el policía, frunciendo el ceño.

—Léalo luego —dijo Javier, sin mirarle—. Solo eso.

Lo subieron al furgón. El portazo metálico sonó como una sentencia. Dentro olía a sudor antiguo y a desinfectante barato. Javier apoyó la cabeza en la pared fría. No podía permitirse el lujo de derrumbarse. Aún no.

Morales, en el exterior, se quedó unos segundos mirando el furgón. Cuando el vehículo arrancó, abrió discretamente la mano. El papel, arrugado, mostraba una letra rápida pero legible:

“Llama a Sergio y DI: ‘Javier dice que lo han tendido una trampa’.
Tendrás una casa.”

Morales volvió a leer la última frase. “Tendrás una casa.”
Se le cruzaron imágenes: los alquileres que se comían su sueldo, su mujer cansada de contar monedas, los niños compartiendo habitación en un piso de Vallecas que olía a humedad cada invierno.

Guardó el papel en la cartera y entró de nuevo al edificio. Subió por las escaleras en lugar de usar el ascensor, como si necesitara esos segundos extras para decidir si cruzaba la línea. En el tercer rellano se detuvo, sacó el móvil del bolsillo, buscó un número en el informe que acababa de leer.

Sergio Valverde.

Pulsó “llamar”.

El tono sonó una, dos, tres veces.

—¿Sí? —contestó al fin la voz de Sergio, confiada, casi divertida.

Morales miró el papel una vez más, respiró hondo y sonrió de lado.

—Señor Valverde —dijo con voz baja—. Tenemos que hablar de Javier Román… y de cómo lo han preparado todo.

El bar estaba en una esquina discreta cerca de Plaza de Castilla, con la persiana medio abollada y un cartel de neón que parpadeaba “Cervezas frías”. Dentro olía a café rancio, aceite y tabaco antiguo pegado a las paredes. Era el tipo de sitio donde nadie preguntaba nada y todos miraban hacia la tele.

Sergio llegó con un abrigo caro y la seguridad inflada de alguien que se siente intocable. De cerca, sus canas cuidadosamente disimuladas con tinte contrastaban con el vestido llamativo de Clara, que se había quedado en el coche, mirando el móvil.

Morales ya estaba allí, sentado en una mesa del fondo, con una caña casi intacta. Sin uniforme, chaqueta de cuero gastada, parecía un tipo cualquiera. Pero sus ojos se movían con precisión de cazador.

—Subinspector —saludó Sergio, sentándose frente a él—. Me han dicho que quería hablar conmigo.

—Fuera de servicio, señor Valverde —corrigió Morales—. Llámeme Luis.

Sergio sonrió, midiendo cada gesto.

—Muy bien, Luis. ¿Qué pasa con Javier? Espero que se quede donde tiene que estar. Es un delincuente.

Morales jugueteó con el vaso. Recordó el papel, las palabras “Tendrás una casa”. Recordó también su hipoteca, o más bien la imposibilidad de acceder a una.

—Digamos —empezó— que su socio asegura que usted lo ha… preparado todo. Que él solo firmaba lo que usted le ponía delante. Que las sociedades pantalla y las cuentas en Andorra son suyas.

Sergio soltó una carcajada corta.

—Ese desgraciado haría lo que fuera por librarse. Y los jueces mejor que no empiecen a creerse esas historias, porque se les cae medio país encima.

Morales inclinó el cuerpo hacia adelante.

—Yo no soy juez. Pero mi informe puede hacer que el juez mire hacia un lado… o hacia el otro.

El silencio entre ambos se volvió grueso, pesado. El ruido de los cubiertos, la tele con tertulianos hablando de corrupción, los murmullos… todo parecía lejano.

Sergio lo entendió. Lo había visto cientos de veces en otros niveles.

—¿Qué quiere? —preguntó al fin, sin rodeos.

Morales pensó en decir “dinero” y ya está. Pero recordó la propuesta exacta de Javier.

—Una casa —dijo sencillamente—. Pequeña, no hace falta que sea en La Moraleja. Algo que pueda poner a nombre de mi mujer. Y, a cambio, el informe destacará que no hay indicios claros contra usted. Que todo apunta a Javier.

Sergio lo observó, calibrando.

—Tiene huevos, Luis —dijo al cabo—. Me gusta. Los hombres que se atreven a pedir son útiles.

Cogió el móvil, abrió una aplicación bancaria.

—Podemos empezar con una señal. Y luego vemos pisos, ¿no? Tengo varias propiedades que “sobran”.

Morales apretó el muslo donde, bajo el vaquero, notaba la presión fría de la pequeña grabadora que había tomado prestada de un compañero de la científica. No oficialmente, claro. El botón rojo llevaba parpadeando desde que Sergio se sentó.

—Pero dígamelo claro —continuó Sergio—. ¿Qué es lo que ha dicho exactamente Javier? Quiero saber hasta dónde ha llegado su cuento.

—Ha dicho que usted le tendió una trampa —respondió Morales—. Que todas las pruebas están fabricadas por usted. Que el dinero nunca pasó por sus manos realmente. Que las firmas fueron falsificadas.

Un brillo de orgullo cruzó los ojos de Sergio.

—Pues mira —susurró, bajando la voz—, en algo tiene razón. Un buen plan es aquel en el que el otro ni siquiera sabe que está dentro. Y Javier nunca ha sido precisamente el más listo de la clase. Si firmó, firmó. Y si las autoridades tiran del hilo, lo encontrarán a él. No a mí.

Morales sintió una ligera oleada de adrenalina. Aquello era casi una confesión. Solo necesitaba apretarle un poco más.

—¿Y lo de las sociedades en Andorra? —preguntó—. ¿También fue idea suya?

Sergio tomó un sorbo de cerveza, relajado.

—Luis, en este país, el que no sabe mover el dinero fuera es un idiota. Lo único que hice fue mostrarle la puerta a Javier y dejarle cruzarla. Si ahora se quema, es problema suyo.

Mientras hablaba, sus ojos cayeron, por puro reflejo, en el dobladillo del pantalón de Morales. Un leve destello metálico, un bordecito negro ahí donde no debería haber nada.

La sonrisa se le congeló.

Levantó de golpe la vista, clavando sus ojos en los del policía.

—Espera… —susurró—. ¿Me estás grabando, hijo de puta?

Sergio se lanzó sobre la mesa, tirando la cerveza, agarrando a Morales por la solapa y buscando a tientas el aparato bajo el pantalón, mientras los clientes se giraban sorprendidos y la camarera soltaba un grito ahogado.

Las sillas se arrastraron, alguien soltó un “¡eh, eh, tranquilo!” y la camarera amenazó con llamar a la policía sin saber que ya tenía a uno delante. Morales reaccionó tarde, más sorprendido que asustado. No había calculado que Sergio fuera tan rápido.

El empresario le metió la mano en el pantalón, encontró el pequeño bulto de plástico y tiró de él con furia. La grabadora salió disparada, rebotó en el suelo y se deslizó hasta quedar junto a la máquina tragaperras.

Sergio se levantó de golpe, respirando agitado.

—Nadie se mueve —dijo, alzando una mano—. Es un malentendido.

Morales se incorporó, ajustándose la chaqueta. No sacó la placa. No sacó la pistola. Lo miró con una calma que no sentía del todo.

—Te has puesto nervioso, Sergio —murmuró—. Muy nervioso para alguien tan inocente.

El empresario caminó hasta la grabadora, la recogió con dos dedos. Vio el pequeño piloto rojo todavía encendido. La apretó en la mano hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Si esta mierda sale de aquí —dijo en voz baja, apenas audible para Morales—, no solo pierdes tu trabajo. Pierdes la vida tranquila. ¿Me entiendes?

Morales lo sostuvo la mirada. Pensó en sus hijos, en la casa que no tenía, en el suelo del bar pegajoso bajo sus pies.

—Te crees que me asustas —respondió sin alzar la voz—. Pero la pregunta es: ¿cuántas copias crees que se hacen hoy en día de cualquier cosa, Sergio?

El empresario dudó un segundo. Justo lo que necesitaba Morales.

—Mira hacia la barra —añadió.

Sergio giró la cabeza. En la barra, una mujer de pelo oscuro, media melena, ojos atentos, dejó discretamente su móvil boca abajo junto a la taza de café. Lo había tenido alzado antes, como si estuviera mirando redes sociales. Ahora Sergio entendía el ángulo del brazo, el brillo del cristal.

Marta.

Había llegado diez minutos después de que Morales enviara un mensaje desde un número desconocido. “Bar La Esquina. Ven. Graba”. Era la única persona en la que Javier confiaría para algo así. Y, en realidad, Morales tampoco confiaba en casi nadie más.

Sergio apretó la grabadora con más fuerza.

—No sabes con quién te estás metiendo —dijo, ya sin disimulo—. Tengo amigos en todas partes. En Hacienda, en los juzgados, incluso en tu propia casa, policía.

Morales se encogió de hombros.

—Puede ser. Pero hoy has hablado demasiado. Y ella —señaló a Marta— es bastante rápida subiendo cosas a la nube.

El bar entero estaba en silencio, pendiente de una conversación de la que nadie entendía la mitad. Al final, Sergio metió la grabadora en el bolsillo del abrigo.

—Este encuentro nunca ha pasado —sentenció—. Ni tú ni tu amiga habéis oído nada. Si Javier quiere jugar sucio, que se pudra ahí dentro.

Salió del bar sin mirar atrás.

Tres semanas después, Javier Román se sentó en la sala de vistas del juzgado de instrucción. Llevaba la barba descuidada de la prisión preventiva, pero los ojos más fríos que nunca. Frente a él, en el banquillo de los acusados, estaba Sergio, todavía con traje caro, pero sin el brillo fanfarrón de hacía un mes. A su lado, Clara evitaba mirarle.

El fiscal colocó una tableta sobre la mesa.

—Señoría, además de la documentación contable aportada por la inspectora de Hacienda, presentamos hoy una grabación de audio y vídeo realizada en un establecimiento público, en la que el señor Valverde se atribuye parcialmente la autoría del entramado que hasta ahora recaía sobre el señor Román.

Sergio cerró los ojos un instante. Reconocía el murmullo del bar, su propia voz diciendo “un buen plan es aquel en el que el otro ni siquiera sabe que está dentro”. Marta había hecho su parte. Morales también.

Javier, en cambio, permaneció inmóvil. Sabía que esa grabación no lo convertía en inocente, solo en menos culpable a ojos de un sistema saturado. Pero le bastaba.

Al cabo de dos meses, las medidas cautelares cambiaron. Sergio fue enviado a prisión provisional. Javier quedó en libertad bajo fianza, con prohibición de salir del país. Clara negoció con la fiscalía a cambio de colaborar, entregando correos, documentos, claves de cuentas.

Un atardecer, en una terraza de Chamberí, Javier se encontró con Morales. No se dieron la mano. Solo compartieron una cerveza.

—La casa —recordó el subinspector, mirando al horizonte—. No me olvido.

Javier sonrió levemente.

—Ya está a nombre de tu mujer —dijo—. Un ático pequeño en Carabanchel. Hipoteca casi pagada. He movido algunos hilos.

Morales asintió, sin dar las gracias. Sabía que ese regalo lo ataba para siempre a algo que no podría explicar. Y que alguien, en algún sitio, tendría una copia del favor.

Marta, mientras tanto, publicó meses después un reportaje a fondo sobre la trama. Ni Javier ni Morales aparecían como héroes. Eran piezas más del mismo tablero.

El día que Sergio recibió su primera condena firme, Javier visitó la prisión como “antiguo socio”. Se miraron a través del cristal del locutorio.

—Te dije que te pudrirías en prisión —murmuró Javier, devolviendo las palabras, sin rastro de emoción.

Sergio apretó el teléfono.

—Y tú no eres mejor que yo.

—No vine a discutir eso —respondió Javier—. Solo a asegurarme de que entiendes una cosa: aquí dentro estás solo. Afuera, todo vuelve a ser mío.

Colgó, se levantó y salió al sol frío de Madrid. Los periódicos aún hablarían de corrupción, de reformas pendientes, de jueces saturados. Él, mientras tanto, ya pensaba en el próximo proyecto inmobiliario en la costa levantina.

Había estado cerca de perderlo todo. Pero al final, el juego seguía siendo suyo.