Durante un año entero ayudé a escondidas al antiguo chofer de mi marido, después de que él lo echara a la calle sin nada. Hoy, frente a la puerta de una tienda, me frenó en seco, temblando, y me susurró al oído: «Mañana no te subas al coche. Toma el autobús. Es vida o muerte. Lo entenderás cuando veas quién va en él». Al día siguiente, con el corazón desbocado, la puerta del autobús se abrió ante mí… y subí.

Durante un año ayudé en secreto al antiguo chófer de mi marido. A veces pienso que todo empezó el día que Jorge echó a Ramón de casa como si fuera basura, pero en realidad la grieta ya estaba allí mucho antes, escondida entre los silencios de nuestros desayunos perfectos en Chamberí.

Ramón había trabajado para la familia de Jorge durante casi veinte años. Me llevaba a todas partes: a la clínica de fertilidad, al tanatorio cuando murió mi padre, a las cenas de empresa donde sonreía hasta que me dolía la cara. Un día simplemente desapareció. Jorge dijo que le había pillado robando gasolina con una tarjeta de la empresa, que era “un desagradecido más”. Le dio quince minutos para recoger sus cosas y lo dejó en la calle, a las afueras de Madrid, con una maleta vieja y una indemnización ridícula.

Semanas después lo vi por casualidad, sentado en el suelo junto al contenedor azul detrás del Mercadona de Cuatro Caminos. Tenía la misma chaqueta de siempre, pero le colgaba del cuerpo, como si se hubiera encogido. No me vio al principio. Yo estaba con dos bolsas, el móvil vibrando con mensajes de Jorge, y esa culpa absurda clavada en la garganta.

Desde entonces, una vez al mes, a escondidas, le llevaba sobres con dinero, comida, alguna chaqueta de Jorge que ya no usaba. “Señora Laura, no hace falta”, repetía él, pero sus manos temblaban cuando tocaban los billetes. Vivía en una habitación alquilada en Vallecas, buscaba trabajos sueltos y evitaba hablar del pasado. Yo evitaba hablar de Jorge.

Hoy fue diferente. Me aguardaba fuera del súper, de pie, más delgado aún, con la barba descuidada y los ojos encendidos de una forma rara. Me agarró del codo con una urgencia que nunca le había visto.

—No se asuste, por favor —susurró—. Pero tenemos que hablar ahora mismo.

Miré alrededor. Mañana de martes, madres con carritos, el ruido del tráfico de Bravo Murillo, un repartidor de Glovo cruzando entre coches. Nadie nos miraba.

—Ramón, suéltame. ¿Qué pasa?

Él tragó saliva, como si le costara pronunciar cada palabra.

—No se suba al coche mañana, señora Laura. Coja el autobús. Es vida o muerte.

Sentí cómo se me aflojaban los dedos alrededor de la bolsa. Dentro había yogures, tomates, una crema que Jorge odiaba porque olía “a farmacia barata”. De repente, todo me pareció ridículo.

—¿Qué tontería es esa? —intenté reír—. Jorge me manda el coche todos los días, ya lo sabes.

—Mañana no —dijo él, clavando la mirada en la mía—. Mañana, si se sube, no llega a casa. Lo entenderá cuando vea quién va en él.

—¿Quién va en qué? —murmuré, aunque ya sabía que hablaba del coche negro, del Audi con cristales tintados que ahora conducía Iván, el chófer nuevo, un tipo musculoso con tatuajes en los dedos y una sonrisa que nunca llegaba a los ojos.

Ramón me soltó el brazo como si se hubiera quemado.

—No puedo decirle más aquí. Me están mirando. Sólo prométame que mañana cogerá el autobús. El 126, el de siempre, a las ocho y cuarto. Se sienta en la parte de atrás, lado derecho. Lo verá. Y entonces entenderá por qué digo que es vida o muerte.

Quise hacerle mil preguntas, pero se dio media vuelta y desapareció entre los coches aparcados. Me quedé allí, con el corazón golpeando en el cuello, sintiendo por primera vez en años algo parecido al miedo de verdad, no la ansiedad vaga de los correos sin contestar o de las cenas de compromiso.

Esa noche Jorge llegó tarde. Olía a whisky caro y colonia nueva. Me besó en la mejilla como se besa a una prima lejana y se encerró en el despacho a hacer llamadas en voz baja. Yo, desde la cocina, escuchaba trozos sueltos: “póliza”, “notario”, “plazos”. Cuando pregunté, dijo que era “un tema de la promotora en Málaga” y cambió de conversación. No le hablé de Ramón. Hacía tiempo que había aprendido que la verdad, en nuestra casa, era un lujo decorativo.

Dormí a ratos, viendo una y otra vez en mi cabeza los ojos de Ramón y esa frase: vida o muerte.

A las ocho y diez de la mañana siguiente, estaba en la parada del 126, con gafas de sol y una bufanda tapándome media cara, como si Jorge pudiera aparecer de la nada y descubrirme. El Audi negro resplandecía aparcado frente al portal, con Iván de pie junto a la puerta trasera, mirando el reloj. Yo lo veía desde la esquina.

El autobús llegó resoplando, casi vacío. Subí sin mirar al conductor, pasé la tarjeta y caminé hasta el fondo, lado derecho, comprobando cada cara. Una mujer mayor con un carrito de la compra, un estudiante con auriculares, una chica con uniforme de clínica dental.

Y entonces los vi.

Una joven de no más de treinta años, guapa de esa forma discreta que a Jorge siempre le había gustado, con el pelo recogido en un moño rápido. A su lado, un niño de unos cuatro años, con el mismo remolino perfecto en la coronilla que mi marido, la misma forma de fruncir el entrecejo al concentrarse en el dibujo que coloreaba.

El niño levantó la cabeza un segundo. Sus ojos eran los de Jorge, exactamente los de Jorge.

Me quedé congelada en el pasillo, con el cuerpo bloqueado y la mano aferrada a la barra metálica, mientras el autobús arrancaba. Y entendí que, efectivamente, aquello era vida o muerte.

Me senté dos filas por detrás de ellos, todavía sin aire. Notaba el pulso en las sienes, áspero y rítmico, como si alguien golpeara desde dentro. La mujer —luego supe que se llamaba Clara— le hablaba al niño con una ternura que me resultaba ajena, casi ofensiva.

—Venga, Mateo, terminamos el dibujo y luego juegas con los coches en casa de la abuela, ¿vale?

Mateo. Mi marido siempre había dicho que, si alguna vez teníamos un hijo, le llamaría Mateo. Lo dijo la primera noche que dormimos juntos, en un hotel de Sevilla, con la euforia del vino y la idea todavía romántica del futuro.

Tragué saliva. Podía bajarme en la siguiente parada. Fingir que no había visto nada. Volver al Audi, a Iván, a la casa con molduras blancas y muebles que yo no había elegido. Fingir otras diez, veinte, treinta años. Cerrar los ojos.

Pero Ramón había dicho: lo entenderá. Vida o muerte.

Saqué el móvil. Busqué en redes sociales, en un gesto mecánico, el nombre que Jorge había mencionado de pasada unas semanas atrás: “una interiorista que lo está petando, la chica que nos hizo el piso piloto en Salamanca”. Clara Bellón. Perfil privado, foto borrosa, pero en la biografía se leía “Interiorismo · Madrid · Mateo”. Algo se encajó dentro de mí con un clic frío.

Cuando bajaron, tres paradas después, dudé un segundo y terminé siguiéndolos. Caminé a cierta distancia, intentando parecer una más entre la gente que iba a trabajar. Se detuvieron frente a una guardería de barrio, con fachada amarilla, grafitis en la persiana del local de al lado. Ella besó al niño en la frente, lo dejó en manos de una educadora y se quedó un momento en la acera, mirando la pantalla del teléfono.

Yo reconocí el coche que se acercó a recogerla antes de que doblara la esquina: un BMW gris que había visto aparcado, más de una vez, dos calles detrás de nuestra casa. Jorge siempre decía que era “de un vecino nuevo”.

El BMW se detuvo. La ventanilla del copiloto bajó. No vi el rostro del conductor, pero reconocí el reloj que sostenía el volante: el Patek Philippe que yo misma le regalé a Jorge por su cuarenta cumpleaños.

Sentí un sabor metálico en la boca. Quise vomitar.

No escuché las palabras exactas, sólo la risa de ella y el tono grave de él. La ventanilla subió, Clara entró en el coche y se alejaron juntos.

Volví caminando hasta el piso, sin saber muy bien cómo llegué. Iván ya no estaba; el Audi tampoco. El portero me miró raro.

—Señora Laura, pensaba que se había ido con el coche… El señor Jorge la esperaba.

—He tenido que adelantarme —mentí—. ¿Está arriba?

—No, salió hace diez minutos. Dijo que iba a… —el portero dudó—. Bueno, a sus cosas.

Sus cosas. Una amante joven, un hijo perfecto, un coche discreto dos calles más allá. Y, si Ramón tenía razón, un plan.

Le escribí un mensaje a Jorge: He tenido un problema con el coche. Te llamo luego. Apagué el móvil antes de que llegara la respuesta.

A Ramón lo encontré de nuevo en el mismo sitio, detrás del Mercadona, como si nunca se hubiera movido de allí. Esta vez no me sonrió.

—Ya lo ha visto —dijo, más que preguntó.

—Tiene un hijo —respondí, y mi voz sonó extrañamente tranquila—. Y una idiota que cree que él la va a salvar de algo.

Ramón asintió, mirándome con una mezcla de compasión y miedo.

—La lleva engañando igual que a usted. Pero ella no es el problema, señora Laura. Ni el crío. El problema es lo que él ha decidido hacer con usted.

Se pasó la mano por la cara, nervioso. La piel le colgaba un poco en el cuello.

—Cuando me echó, pensé que era sólo por lo de la gasolina. Pero hace tres meses, un amigo mío que trabaja en un taller de Leganés me llamó. Dijo que había llevado el Audi allí un tal Iván, el nuevo chófer. Que un señor muy bien vestido —su marido— había pedido “una modificación especial”. Sustituir el líquido de frenos por otra cosa, revisar el airbag, cosas muy raras. Y que, cuando preguntaron, él dijo que sabía lo que hacía.

Noté cómo el aire se espesaba a mi alrededor.

—Eso no prueba nada —susurré—. Podría ser para otra cosa, una broma, un…

—Yo estaba allí, señora. Me escondí en la oficina y escuché. Su marido le decía al mecánico que todo tenía que estar perfecto, que el coche sólo iba a llevar “a una persona”, que era “sencillo, rápido y sin ruido”. Y luego habló de una póliza, de una herencia, de que “nadie iba a sospechar”.

Me miró con una seriedad nueva.

—Él está preparado para que usted tenga un accidente. Un accidente en el coche. En la M-30, en la A-6, da igual. Y luego cobrará el seguro, se quedará con la casa, con las empresas… y con la otra vida que se ha montado.

Sentí un mareo leve, pero me agarré a la barandilla del muelle de carga.

—¿Por qué me lo cuentas? —pregunté—. Podrías haberte quedado callado. O pedirle dinero a él.

—Porque usted fue la única que me miró como a una persona cuando me mandaron a la calle —respondió, sin dramatismo—. Me dio de comer cuando no tenía. Y porque si usted muere, señora, él no se queda sólo su vida. Se queda también con mi silencio.

Nos quedamos callados un momento, escuchando el ruido de un camión acercándose.

—Vaya a la policía —dije por fin—. Dígales lo que ha oído, denos protección, no sé…

Ramón negó con la cabeza.

—No tengo pruebas. Sólo palabras. Y él tiene abogados, contactos, dinero. La policía no va a mover un dedo hasta que usted esté empotrada contra una mediana.

Sus palabras fueron precisas, casi técnicas. Me di cuenta de que no estaba exagerando.

—¿Y qué propones, entonces? —pregunté.

Él dudó. Sus ojos se clavaron en los míos, buscando algo.

—Yo sólo quería que usted supiera la verdad. Que no se subiera al coche. Que se fuera, si puede. Una hermana en otra ciudad, un amigo, lo que sea. Desaparezca y deje que él se estrelle solo contra sus mentiras.

Una parte de mí quiso abrazar esa idea. Coger una maleta, un billete de tren a cualquier sitio. Empezar de cero, dejar que Jorge y su mundo se hundieran sin mí.

Pero otra parte —más silenciosa, más antigua— pensó en la hipoteca a mi nombre, en las empresas que llevaba años ayudándole a montar, en las firmas que había puesto sin leer del todo, confiando. Pensó en Clara y en Mateo riendo en el BMW gris, camino de una vida cómoda construida con mi cadáver como cimiento.

—No voy a huir, Ramón —dije, finalmente.

Él abrió mucho los ojos.

—Señora Laura, no entiende. Ese hombre es capaz de…

—Sí, lo entiendo muy bien —le interrumpí—. Por eso no voy a dejar que sea él quien decida quién muere y quién vive.

Me escuché desde fuera, como si la que hablara fuera otra mujer, una más fría.

—Usted dijo que está preparando un accidente para mí —seguí—. Pues muy bien. Que haya un accidente. Pero no voy a ser yo la que vaya dentro.

En el silencio que siguió, pasó un coche patrulla de la Policía Municipal sin siquiera mirarnos. Ramón bajó la vista, como si quisiera esconderse en el suelo.

—¿Qué va a hacer? —preguntó al fin.

Respiré hondo. El aire olía a plástico caliente y a fruta madura.

—Voy a dejar que mi marido tenga exactamente el final que ha planeado para mí —respondí—. Pero con su nombre en el informe.

No fue algo que pudiera improvisar en una tarde. Jorge vivía rodeado de desconfianza, la suya y la que había sembrado en los demás. Pero también tenía un talón de Aquiles: la soberbia. Estaba convencido de que yo no veía nada, de que su vida entera podía desarrollarse delante de mí sin que yo la comprendiera.

Ese mismo día, por la noche, le preparé su cena favorita: lubina al horno con patatas y limón. Encendí velas, puse música suave. Él llegó con olor a perfume ajeno y un cansancio bien ensayado.

—¿Qué es todo esto? —preguntó, quitándose la chaqueta.

—Nada —sonreí—. Que te echo de menos. Casi no nos vemos.

Vi en sus ojos, durante una milésima de segundo, un destello de sospecha. Luego se relajó. Los hombres como Jorge confundían la calma con la estupidez.

—Las cosas van a estar movidas estos días —dijo, sirviéndose vino—. Tengo que cerrar un tema del seguro, una póliza nueva… burocracia. Ya sabes.

—Claro —respondí—. Sólo espero no tener que firmar nada —reí, como si fuera un chiste.

—Algún papel habrá, pero tú sólo firma donde te diga —contestó, automático.

Grabé esa conversación con el móvil, que había dejado boca abajo sobre la mesa, con la grabadora encendida. No sabía si algún día serviría de algo, pero era la primera vez que guardaba algo contra él.

A la mañana siguiente dije que me dolía la cabeza, que prefería no salir. Jorge frunció el ceño: tenía previsto que yo fuera a ver a “su” abogado para revisar un testamento. Lo supe porque vi el correo abierto en su portátil cuando fue al baño. Decía: “Mañana la señora Laura pasa por el despacho para firmar la versión definitiva. Queda listo todo lo de la póliza y la sucesión.”

—Voy pasado mañana —improvisé—. Estaré más despejada.

No le gustó, pero asintió. Tenía reuniones, no podía perder tiempo discutiendo.

Ese día llamé al despacho del abogado desde un número oculto. Pedí hablar con la secretaria, fingí ser una clienta interesada en un seguro de vida. Sólo necesitaba una frase, una confirmación.

—Veo en el sistema que su marido ya tiene una póliza muy completa a su nombre, señora —dijo la secretaria—. Pero podemos ajustar las coberturas, por supuesto.

Eso bastó.

El resto fue cuestión de observar. Durante dos días seguí la rutina del Audi desde la ventana de un café cercano, con la ayuda de Ramón, que conocía a Iván mejor que nadie. Descubrimos que Jorge nunca se subía al coche cuando salía del garaje de casa; prefería que Iván le recogiera dos calles más allá, para que los vecinos no hicieran preguntas sobre sus horarios. Vimos también que, algunas tardes, Iván usaba el Audi para sus cosas, con permiso de Jorge.

—Si pudiera hablar con Iván… —murmuré el tercer día—. Si creyera que soy yo la que quiere librarse de él…

A Ramón no le gustó la idea.

—Iván no es como yo, señora. Es leal al dinero. Y su marido le paga bien.

—Entonces tendrá que creer que yo pago mejor —respondí.

Lo cité en una cafetería de Moncloa, fingiendo ser “una amiga de Jorge” que necesitaba discreción. No le dije mi nombre por teléfono.

Cuando entró, lo reconocí por la postura antes incluso de verle la cara. Caminaba como si el suelo fuera suyo. Se sorprendió al verme, pero disimuló rápido.

—Vaya, la señora —sonrió, sin humor—. Creí que esto iba a ser otra cosa.

—Siéntate —dije, señalando la silla frente a mí—. Quiero hablar de negocios.

Le expliqué, con frases cortas, que sabía lo del coche, lo del taller de Leganés, lo de la “modificación especial”. Noté cómo se tensaba, pero no lo negó. Era demasiado inteligente para fingir ignorancia.

—No sé de qué me habla —dijo, por pura cortesía.

—Te hablo de que mi marido planea matarme —respondí—. Y de que tú lo vas a ayudar… o no.

Lo dejé reposar un segundo.

—Vamos a hacer algo muy sencillo, Iván. El plan sigue tal cual, con una pequeña variación: el día del “accidente”, el que se sube atrás no soy yo. Es él. Y, si todo sale bien, tú recibes el doble de lo que te haya prometido. En efectivo. Sin rastro.

Lo dije con la misma voz con la que antes organizaba cenas o pedía flores para la terraza. Eso pareció impresionarle más que cualquier grito.

—Iba a hacerlo gratis —respondió él al fin, con una media sonrisa—. Por lealtad. Pero si se paga mejor…

No me preguntó por qué quería a Jorge muerto. No era su problema. Sólo pidió un adelanto. Ramón y yo reunimos el dinero entre sus ahorros y algunas joyas mías que vendí en una casa de empeños de Lavapiés. No fue difícil: Jorge jamás miraba mis cajones.

El día del accidente amaneció gris, con lluvia fina sobre los tejados. Me vestí con calma. Jorge parecía de buen humor.

—Hoy por fin firmamos todo —me dijo mientras se anudaba la corbata—. Después de esto podremos estar más tranquilos.

—No sabes cuánto me alegro —respondí, mirándolo al espejo.

La idea era simple. A última hora de la mañana, Iván fingiría que el coche necesitaba una revisión de urgencia, que había una vibración rara. Jorge odiaba las imperfecciones; insistiría en ir él mismo a “supervisar”. Yo pondría la excusa perfecta para no acompañarle.

El resto lo haría la M-30, la lluvia y la física.

A las once y media, Iván llamó al timbre del despacho de Jorge.

—Jefe, el coche hace un ruido raro en los frenos. Mejor que lo veamos antes de ir al notario —dijo, tal como habíamos ensayado.

—Laura, ven —me gritó Jorge—. Nos vamos ya.

Salí al pasillo con el móvil en la mano.

—Me acaba de escribir mi madre —mentí—. Se ha mareado otra vez. Está en el centro de salud. Prefiero ir a verla antes. Llego en metro al notario, no te preocupes.

Jorge resopló, molesto.

—Siempre con tus dramas —murmuró—. Está bien. Yo voy en el coche con Iván. Te veo allí.

Nos besamos en la mejilla. Fue un gesto tan cotidiano que casi me resultó ridículo. Lo vi bajar por las escaleras, ajustándose el reloj que yo le había regalado. El mismo reloj que luego describirían los periódicos, horas más tarde, al hablar del “importante empresario fallecido en un trágico accidente”.

No fui al notario. Me senté en la cocina, con el móvil sobre la mesa, mirando la pantalla sin verlo. Ramón esperaba en la calle, paseando como quien no quiere la cosa, para ser el primero en saber si las sirenas cruzaban hacia la M-30.

El mensaje llegó cuarenta minutos después. No de Iván, sino del número de la Policía.

“¿Es usted la señora Laura Serrano? Necesitamos que venga a reconocer…”

No seguí leyendo. Ya sabía el resto.

El informe dijo que el Audi se había estrellado contra la mediana a la altura de Méndez Álvaro, a gran velocidad. Los frenos no habían respondido. El conductor —Iván— había conseguido saltar del coche unos segundos antes del impacto. Jorge no llevaba puesto el cinturón; salió despedido. Muerte instantánea. Accidente. Tragedia. Lluvia. Mala suerte.

Nadie habló del taller de Leganés, ni de los cambios en el líquido de frenos. Nadie preguntó por qué el airbag no se abrió. La póliza, paradójicamente, funcionó a mi favor. Heredé casi todo. El abogado me dio el pésame con una suma delicadeza.

—Su marido pensaba en usted más de lo que creía —dijo, entregándome una carpeta de documentos.

Sonreí sin responder.

Semanas después, busqué a Clara. La vi salir de la guardería, con Mateo de la mano. Nos cruzamos en la calle como dos desconocidas. Ella todavía no sabía que yo sabía.

—Lo siento por su pérdida —dijo, cuando por fin encontré la forma de presentarme—. Jorge era… importante para mí.

La miré un momento. Podría haberla odiado. Podría haberle contado la verdad, entregarle la parte que le correspondiera de todo aquello.

En vez de eso, le tendí un sobre.

—Para Mateo —dije—. Es lo mínimo.

No era generosidad. Era prudencia. Las personas que tienen algo que perder suelen hablar menos.

Ramón consiguió un trabajo estable en una pequeña empresa de mensajería. Le ayudé con la fianza de un piso propio. Cuando intentó darme las gracias, le recordé que, si estaba vivo, también era porque había aprendido a escuchar a tiempo.

Nunca le conté los detalles del acuerdo con Iván. Ni que, algunos meses después, recibí un mensaje suyo desde un número nuevo: “Aquí termina nuestra relación comercial. Ha sido un placer trabajar con usted, señora.” Borré el chat y seguí con mi vida.

A veces, cuando paso por la M-30 en taxi, miro la mediana a la altura de Méndez Álvaro. No siento culpa ni alivio. Sólo una calma extraña, como si por fin la vida me perteneciera, aunque se hubiera construido sobre un cálculo frío.

Ramón tenía razón: era vida o muerte. Él eligió que fuera la mía. Yo simplemente corregí el destinatario.