Supe que algo estaba profundamente mal desde que mi hijo me sonrió con ese gesto extraño y murmuró: «Disfruta un tiempo para ti», mientras me ponía casi a empujones rumbo al autobús del viaje soñado que llevaba meses planeando. Yo intentaba creer que todo estaba bien, que merecía ese descanso, cuando, justo al llegar a la parada, la vecina a la que una vez había ayudado apareció jadeando, me agarró del brazo y susurró, temblando: «No subas. Ven ahora mismo a casa conmigo. He descubierto algo terrible…»

Marta apretó con fuerza la asa de la maleta mientras bajaba del taxi en la estación de Méndez Álvaro. El sol de Madrid caía oblicuo sobre las dársenas, y el asfalto despedía ese calor pegajoso de final de verano. Aun así, ella se sentía ligera, casi joven. “Disfruta un tiempo para ti”, le había dicho Javier por la mañana, con esa sonrisa extraña que a Marta le había resultado… difícil de descifrar.

El viaje en autobús a Cádiz, cinco días en un hotel frente al mar, todo pagado por su hijo. Javier no solía ser generoso con el dinero. Tenía treinta y dos años, siempre metido en proyectos que no terminaban de despegar, hablando de “startups” y “traders” y cosas que a Marta se le escapaban. Que de golpe le regalara ese viaje de ensueño le parecía un gesto tardío, pero bonito. “Te lo mereces, mamá”, repitió él, inclinándose para besarle la frente.

Sin embargo, mientras ella buscaba con la mirada el panel con el número de su autobús, aquella sonrisa seguía rondándole la cabeza. No era la sonrisa de un hijo emocionado; había algo tenso en la comisura de los labios, un brillo raro en los ojos. Lo achacó a los nervios, a los problemas de dinero de los que él apenas hablaba.

Encontró por fin la dársena. En el cartel iluminado leyó el destino: “Sevilla – Cádiz”. Faltaban diez minutos para que empezaran a embarcar. Sacó el billete de su bolso, comprobó la hora y se permitió una pequeña satisfacción: por una vez no llegaba tarde.

—¡Marta! —La voz la atravesó como un golpe seco.

Se giró y vio a Lucía, su vecina del quinto, cruzar la estación casi corriendo. Llevaba el pelo canoso recogido de cualquier manera, la blusa empapada de sudor y la respiración entrecortada. Marta recordó de inmediato la tarde en que la había acompañado a urgencias, hacía años, cuando a Lucía casi le da un infarto. Desde entonces, la mujer le repetía que le debía la vida.

—Lucía, ¿qué haces aquí? —preguntó Marta, desconcertada.

Lucía la agarró del brazo con una fuerza sorprendente.

—No subas a ese autobús —susurró, muy cerca de su cara—. Marta, por favor, no subas. Vente conmigo ahora mismo.

Marta intentó reír, quitar hierro.

—Pero mujer, ¿qué dices? Si ya tengo el billete, el hotel, todo…

—He descubierto algo terrible —insistió Lucía, apretando aún más—. No me preguntes aquí, no delante de esta gente. Vamos. Ahora.

Algo en los ojos de la vecina, una mezcla de miedo y urgencia, le heló la sonrisa. El conductor empezaba a revisar billetes a pocos metros. Marta miró al autobús, luego a Lucía.

—Señora, ¿va a subir o no? —preguntó el conductor, alzando la voz.

Lucía se interpuso casi como un muro.

—No va a subir —contestó por ella—. Está mareada, nos vamos.

Y sin darle tiempo a protestar, tiró de Marta hacia la salida. Cruzaron la estación entre empujones y miradas curiosas. Marta murmuraba que estaba bien, que aquello era una locura, pero no conseguía soltarse.

Solo cuando ya estaban en la calle, con el ruido del tráfico sustituyendo al murmullo de la estación, Lucía aflojó un poco el agarre.

—Vamos a mi casa —dijo, todavía agitada—. Te lo enseño allí. No puedo tenerlo más tiempo guardado.

—¿El qué? —preguntó Marta, con un nudo formándose en el estómago.

Lucía no respondió. Levantó la mano y paró un taxi. Durante el trayecto apenas habló; miraba por la ventanilla, los dedos tamborileando nerviosos sobre el bolso. Marta sentía cómo, con cada semáforo, la inquietud crecía.

Subieron las escaleras del portal casi sin resuello. Lucía abrió su puerta, hizo pasar a Marta y echó el cerrojo con un gesto seco. Luego fue directa a la cómoda del salón, abrió el cajón de abajo y sacó una carpeta de plástico transparente, llena de papeles doblados.

Se la tendió a Marta.

—Es sobre Javier —dijo, con la voz quebrada—. Tenía miedo de enseñártelo… pero lo que iba a pasar hoy ya es demasiado.

Marta abrió la carpeta. En la primera hoja, más allá de las letras pequeñas y los sellos de una aseguradora que no reconocía, vio algo que la hizo quedarse sin aire: su nombre completo, su DNI… y su propia firma al pie de un documento que juraría no recordar haber firmado nunca, junto a una cifra en euros que mareaba solo de mirarla.

Marta recorrió con los ojos la hoja una y otra vez, como si en algún momento las letras fueran a ordenarse de forma distinta. En la cabecera se leía “PÓLIZA DE SEGURO DE VIDA – COBERTURA ESPECIAL POR ACCIDENTE EN TRANSPORTE”. La cantidad asegurada, en números grandes, parecía casi una broma cruel.

—No… esto tiene que estar mal —balbuceó—. Yo no he contratado nada.

Lucía se sentó frente a ella, apoyando los codos en la mesa.

—Trabajo limpiando en la oficina de esa aseguradora, ¿te acuerdas? —dijo, más tranquila—. Hace dos semanas me tocó el archivo. Vi tu nombre en una carpeta abierta, me llamó la atención. Cuando leí, casi se me paró el corazón.

Señaló con el dedo una línea en la hoja.

—Beneficiario: Javier Ortega Campos. Tu hijo.

Marta tragó saliva. El nombre de Javier, impreso con esa frialdad administrativa, le resultó de pronto ajeno.

—Yo… yo firmé unos papeles en el banco, hace meses —murmuró—. Él me dijo que era para mejorar la hipoteca, para refinanciar… No leí casi nada. Confié.

Lucía sacó otras hojas de la carpeta: copias de correos electrónicos impresos.

—Estos son del asesor de la aseguradora con tu hijo —explicó—. Hice fotos con el móvil y luego las imprimí. Mira la fecha de este: “Necesitamos que la póliza esté en vigor antes del día 15, coincidiendo con el inicio del viaje contratado”. Y la respuesta de Javier: “Tranquilo, ya la tengo firmada”.

Marta sintió un frío que no tenía nada que ver con el aire del salón.

—El viaje… —susurró—. Lo reservó hace unos días. Insistió mucho en que no cambiara la fecha.

Lucía asintió.

—Y hay más. Ayer por la noche, bajé al portal a tirar la basura. Javier estaba en la puerta hablando con un hombre que no he visto nunca. Alto, moreno, con una chaqueta de cuero a pesar del calor. No me vieron. Escuché solo unas frases, pero… —hizo una pausa, respirando hondo—. Él dijo: “Mañana por la tarde sale el autobús, ya lo sabes. Tiene que parecer un accidente más en la carretera. Yo ya he hecho mi parte”.

Marta cerró los ojos un instante, como si pudiera borrar esas palabras.

—Puede que no se refiriera a mí —intentó, agarrándose a cualquier resquicio—. Puede que hablase de otra cosa…

—Marta, hoy ibas a subir a un autobús, con una póliza que paga una fortuna si te pasa algo en el viaje, y tu hijo lo ha organizado todo a tus espaldas —replicó Lucía, sin suavidad—. ¿De verdad quieres creer que es casualidad?

El silencio que siguió fue pesado. Desde la calle llegaba el rumor lejano de una siesta de domingo: televisores encendidos, algún niño gritando, el carrito de un vendedor ambulante.

—¿Por qué no fuiste directamente a la policía? —preguntó Marta al fin, con la voz ronca.

—Lo intenté —contestó Lucía—. Fui a comisaría con estas copias. El agente me escuchó, tomó nota… pero me dijo que no había delito, que mientras tú hubieras firmado, el seguro era legal. Y que lo del autobús era solo una sospecha.

Marta se pasó las manos por la cara, como queriendo arrancarse la piel.

—Podría haber estado ahora mismo en la autopista —dijo, casi en un murmullo—. Sin saber nada.

Lucía le puso una mano encima de la suya.

—Por eso he venido a buscarte —dijo—. No podía quedarme en casa esperando a ver las noticias.

Marta sacó el móvil y marcó el número de Javier. Comunicando. Lo intentó de nuevo; saltó el buzón de voz. Le dejó un mensaje corto, neutro, diciendo que se había sentido mal en la estación y que había decidido no viajar.

—Voy a mi casa —añadió—. Necesito ver mis papeles, mis cosas. A lo mejor hay algo más.

Lucía se ofreció a acompañarla, pero Marta negó. Sentía la necesidad de entrar sola en su piso, como si fuera un territorio que recuperaba.

Al abrir la puerta, lo primero que vio fue su maleta junto a la entrada, todavía ahí, como un recordatorio del viaje abortado. Sobre la mesa del salón, en cambio, encontró algo que no estaba antes: un sobre blanco, con su nombre escrito con la letra rápida de Javier.

Lo abrió con manos temblorosas. Dentro había una carta, pocas líneas.

“Mamá, he salido un momento. Tengo una entrevista de trabajo fuera de Madrid y puede que me quede unos días. No te preocupes por nada, el viaje está organizado. Disfruta. Hablamos a la vuelta. Te quiero. J.”

Marta miró la fecha: la carta estaba escrita la noche anterior.

Volvió al sofá, cogió la carpeta de Lucía y la carta, las puso una junto a la otra. El contraste entre el “Te quiero” y la cifra del seguro le revolvió el estómago.

Esa noche, cuando el sol cayó y el piso se llenó de sombras alargadas, llamaron al timbre. Era Javier. Sonreía, respirando agitadamente, como si hubiera subido las escaleras deprisa.

—Me han dicho en la estación que no has subido al autobús —dijo, entrando sin esperar invitación—. ¿Qué ha pasado?

Marta lo miró fijamente, los papeles todavía en la mano.

—He tenido… un cambio de planes —respondió—. Y creo que tú también tienes que explicarme unos cuantos planes tuyos.

Le tendió la póliza. La sonrisa de Javier se congeló un segundo, apenas un parpadeo, antes de recomponerse.

—Ah, esto —dijo, forzando una risa—. Puedo explicarlo.

Más tarde, cuando él se marchó con una excusa mal tejida y una calma que no se reflejaba en sus ojos, Marta se asomó a la ventana del salón. En la esquina de la calle, bajo la luz amarilla de una farola, reconoció la silueta de Javier hablando con el mismo hombre de chaqueta de cuero que Lucía había descrito. Gesticulaban en dirección al portal de la vecina del quinto.

Marta marcó el número de Lucía. Tono. Tono. Nadie contestó.

Unos minutos después, el ulular de una sirena empezó a acercarse, creciendo, hasta detenerse justo en la manzana de al lado.

El olor a gas y a humo llegó hasta el rellano del edificio de Marta antes de que ella supiera exactamente qué había pasado. Bajó corriendo las escaleras, en bata y zapatillas, mezclándose con los vecinos que salían a medias vestidos, con el susto en la cara.

En el portal de al lado, varios bomberos entraban y salían con rapidez controlada. Una ambulancia esperaba con las puertas traseras abiertas, pero sin prisa. Marta reconoció el piso de Lucía por las ventanas abiertas, ennegrecidas.

—Ha sido un escape de gas —comentó una vecina, llevándose la mano al pecho—. Ya lo decía yo, tanto fumar en la cocina…

Marta buscó con la mirada a Javier. No estaba. Ningún hombre con chaqueta de cuero. Solo uniformes, curiosos y un agente de policía intentando contener el corrillo.

—¿La señora del quinto…? —preguntó Marta, adelantándose.

El agente dudó un segundo antes de responder.

—Lo siento, señora. No ha sobrevivido.

Las palabras le golpearon con una fuerza sorda. La imagen de Lucía, sudorosa en la estación, susurrando “He descubierto algo terrible”, se superpuso al humo que aún salía por las ventanas. Marta sintió que el piso entero giraba.

Esa noche apenas durmió. En la televisión, más tarde, apareció una noticia breve: “Accidente múltiple en la A-4, un autobús de pasajeros choca con un camión; varios fallecidos”. La cámara mostró durante un segundo un vehículo volcado, con el lateral destrozado. Marta reconoció el logotipo de la misma empresa con la que debía haber viajado. Apagó la tele de golpe.

Al día siguiente, volvió a comisaría. Esta vez llevó todas las copias que Lucía le había dado, la carta de Javier y una nota escrita a mano donde describía, con la mayor precisión posible, la conversación que Lucía le había contado haber oído.

El inspector que la atendió, un hombre de mediana edad llamado Ramos, la escuchó con paciencia, tomando apuntes.

—Entiendo que esté preocupada, señora Ortega —dijo al final—. Pero tenemos un informe técnico preliminar que habla de un escape de gas accidental en el piso de su vecina. Y, en cuanto al accidente de autobús, la Guardia Civil está investigando, pero no hay indicios de sabotaje. Sobre el seguro… usted firmó.

—Yo no sabía lo que firmaba —replicó Marta—. Y ahora Lucía está muerta, y ese autobús también…

El inspector apretó los labios.

—Voy a dejar constancia de su declaración —respondió—. Si en la investigación del accidente aparece algo raro, esto podrá ser relevante. Mientras tanto, le aconsejo que cancele ese seguro si no se siente cómoda, y que no firme nada más sin leerlo, ¿de acuerdo?

Marta salió de la comisaría con la sensación de que sus palabras se habían evaporado en un despacho gris.

Hizo exactamente lo que el inspector sugirió: fue a la oficina de la aseguradora. La recepcionista consultó el número de póliza y la derivó a una empleada joven.

—Veo aquí que el tomador es su hijo, pero la asegurada es usted —explicó la chica—. Para cancelar, basta con su firma.

—Cancélelo —dijo Marta, sin titubear—. Y anote, por favor, que lo hago porque no fui informada de lo que estaba firmando.

La empleada tecleó unos segundos.

—Curioso —comentó—. Justo esta mañana han llamado para preguntar qué documentación habría que aportar en caso de fallecimiento de la asegurada. Pero todavía no se había activado el periodo de carencia. Menos mal, ¿no?

Marta sintió un escalofrío.

—¿Quién ha llamado?

—Un hombre —respondió la chica, encogiéndose de hombros—. No se identificó. Pero el número queda registrado.

De vuelta a casa, con el documento de cancelación en el bolso, Marta se sintió por primera vez desde el día anterior ligeramente en control de algo. Subió las escaleras despacio. Al abrir la puerta, encontró a Javier sentado en el sofá, con las piernas abiertas y el móvil en la mano.

—No contestas al teléfono —dijo él, sin sonreír—. Y he visto un correo de la aseguradora en el portátil. Has estado toqueteando cosas.

Marta dejó el bolso en la mesa y lo miró de frente.

—He cancelado el seguro —dijo—. Y he ido a la policía. Saben que lo contrataste tú, que lo firmé sin entenderlo, que Lucía tenía copias de todo. También saben que si me pasa algo, tú eres el único que gana.

Durante un segundo, el piso quedó en silencio. El ruido distante de un taladro en el edificio contiguo parecía eco lejano. La expresión de Javier cambió de una máscara a otra; ya no hacía falta sonreír.

—No sabes de qué estás hablando —dijo al fin, con voz baja—. No tienes pruebas de nada. Solo papeles que dicen que quería cuidar de ti si te pasaba algo.

—Tengo suficiente para que, si un día aparezco muerta en un “accidente”, el primer nombre que miren sea el tuyo —respondió Marta, sin apartar la mirada—. Y lo saben por escrito, en una declaración firmada.

Javier se levantó despacio.

—Siempre has confiado en cualquiera menos en mí —dijo—. Y ahora, en la vieja chismosa del quinto. Mírate. ¿Crees que alguien va a investigar nada por una mujer como tú?

Marta no respondió. El miedo estaba ahí, claro, pero algo se había endurecido dentro de ella.

—Haz lo que quieras con tu vida, Javier —añadió—. Pero yo ya no voy a firmar ningún papel más. Ni voy a subir a ningún autobús que tú me regales. Y si vuelvo a sentirme en peligro, no voy a quedarme callada.

Él la observó un segundo más, evaluando. Luego cogió su cazadora del respaldo de la silla.

—Entonces ya no me eres útil —murmuró, casi para sí—. Y no pienso arriesgarme por alguien que no confía.

Se dirigió a la puerta.

—¿Te vas? —preguntó Marta.

—Tengo mis asuntos —respondió, sin mirarla—. Te apañarás bien con tu pensión. Eres una mujer lista cuando te conviene.

Cerró de un portazo. Marta se quedó en medio del salón, escuchando el eco de sus pasos alejándose escaleras abajo.

Los días siguientes fueron extraños. Javier no llamó. No hubo mensajes, ni visitas. A través de otros vecinos se enteró de que había dejado de aparecer por el piso que compartía ocasionalmente con un amigo. Alguien comentó que lo habían visto en el aeropuerto con una maleta grande. Otro, que había oído que se había marchado a Portugal, donde tenía “un negocio”.

El informe final del accidente de autobús salió en las noticias dos meses después: fallo mecánico, combinación de mala suerte y mantenimiento deficiente. La explosión de gas en el piso de Lucía quedó archivada como accidente doméstico.

Marta recortó ambas noticias y las guardó en una carpeta azul, junto a las copias de la póliza cancelada y la declaración firmada en comisaría. La carpeta quedó en el cajón de la mesilla, encima de un sobre en blanco con una nota: “Si algo me pasa, leed esto”. No era una garantía, pero era lo único que tenía.

Con el tiempo, volvió a su rutina: la compra en el mercado de barrio, el café con las vecinas en el bar de la esquina, las tardes de novela en la televisión. Había huecos, claro: el silencio del piso de Lucía, la ausencia de la voz de su hijo los domingos.

A veces, al pasar junto a la estación de autobuses, miraba de reojo las dársenas y los viajeros con sus maletas. Pensaba en la frase que lo había desencadenado todo: “Disfruta un tiempo para ti”. Y se decía que, de algún modo retorcido, eso era exactamente lo que estaba haciendo ahora: tiempo para ella, aunque fuera un tiempo construido sobre sospechas, ausencias y una desconfianza que ya no se iría.

Javier, en algún lugar, seguía con su vida, con sus negocios y sus proyectos. Marta no sabía si alguna vez pagaría por algo de lo que había hecho o intentado hacer. Pero sí sabía una cosa: ya no era la misma mujer que habría subido sin dudar a un autobús solo porque su hijo se lo había pedido con una sonrisa. Y eso, aunque nadie más lo supiera, era una forma silenciosa de sobrevivir.