El día del funeral de mi marido encontré un papel arrugado bajo la puerta: «No vayas al funeral de tu marido. Ve a casa de tu hermana. Allí lo verás todo». No reconocí la letra, pero algo en esas frases me heló la sangre más que la noticia de su muerte. Podía ir a despedirme de él o seguir esa advertencia anónima que apestaba a amenaza. Cuando crucé el umbral de la casa de mi hermana y vi lo que me esperaba, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

«No vayas al funeral de tu marido. Ve a casa de tu hermana. Allí lo verás todo.»

El papel estaba doblado en cuatro y alguien lo había deslizado por debajo de la puerta de mi piso en Chamberí. Lo encontré aquella misma mañana, todavía con el vestido negro colgado en una mano y los zapatos en la otra. La letra era firme, sin firma, sin fecha, sólo esa frase.

Me quedé un rato en el pasillo, con el corazón golpeándome el pecho. No había dormido casi desde “el accidente” de Diego, tres días antes, en la A-6, volviendo de Segovia. Me habían repetido lo mismo una y otra vez: coche volcado, fuego, cuerpo irreconocible, mejor que no lo veas, Laura, no te hará bien. Cerrado, frío, administrativo.

Miré el móvil. Mi madre me había escrito:

¿Dónde estás? Ya estamos en la puerta del tanatorio, hija.

Tenía que estar allí, sentada en primera fila, viuda a los treinta y cinco, recibiendo abrazos y pésames de gente que apenas conocía. Eso era lo que tocaba. Pero el papel seguía temblando entre mis dedos.

“No vayas al funeral de tu marido.”

¿Quién podía escribir algo así? ¿Una crueldad anónima? ¿Una broma enferma? ¿O alguien que sabía algo que yo no?

Le di vueltas a una cosa que me llevaba atormentando desde el primer día: no me habían dejado ver el cuerpo. Ni un segundo. Ni siquiera a través de un cristal. El forense, el seguro, todo el mundo me había hablado de lo espantoso que era, de cómo me perseguiría esa imagen. Era protector, sí… pero también era una forma perfecta de que yo no pudiera comprobar nada.

Escribí rápido a mi madre:

Me he mareado, voy un poco más tarde.

Mentí sin pensarlo demasiado, cogí el bolso y el papel y salí de casa. Afuera, Madrid tenía esa luz blanca de finales de octubre, fría y limpia. Levanté la mano, paré un taxi y le di la dirección de mi hermana Marta, en Lavapiés.

Durante el trayecto me di cuenta de otro detalle: Marta casi no había hablado conmigo desde el accidente. Un par de mensajes secos, ningún abrazo, ningún “vente a dormir a casa”. Y, sobre todo, esa excusa absurda de la migraña el día anterior, cuando quedamos en ir juntas al tanatorio.

El taxi me dejó frente al portal viejo, con graffitis en la persiana de la tienda de debajo. Subí las escaleras de dos en dos, con el corazón desbocado y el papel todavía en la mano. El tercer piso. La puerta de Marta, la 3ºB, estaba entornada.

Me quedé congelada.

De dentro salía música suave, un bolero antiguo. Oí el tintinear de vasos, el rumor de unas risas… y entonces, entre todas las voces, escuché una carcajada que me atravesó como un cuchillo.

La conocía. La había escuchado miles de veces en mi cocina, en nuestro sofá, en la cama.

Era la risa de Diego.

La sangre se me fue a los pies. Me acerqué a la puerta, conteniendo la respiración. Podía darme la vuelta, bajar, fingir que ese papel nunca había existido. Podía ir al tanatorio, sentarme frente a un ataúd cerrado y seguir con mi papel de viuda perfecta.

En vez de eso, empujé la puerta.

La escena al otro lado se congeló conmigo.

Marta estaba de espaldas, con una camisa que yo misma le había regalado, desabrochada. Y frente a ella, descalzo, con una copa de vino en la mano y una sonrisa satisfecha en la cara, estaba Diego.

Mi marido. Vivo. Sin un solo rasguño.

Diego levantó la mirada, nuestros ojos se encontraron y la copa se le escurrió de los dedos, estallando contra el suelo de parquet.

—Laura… —susurró, pálido como el papel que aún apretaba en mi mano.

El bolero siguió sonando, irónico, mientras mi mundo entero se partía en dos.

Nadie se movió durante unos segundos que parecieron eternos. Sólo se oía la música y el goteo del vino derramado. Marta fue la primera en reaccionar: se giró lentamente y, al verme allí, en el marco de la puerta, se le borró la poca sangre que le quedaba en la cara.

—Laura… puedo explicarlo —balbuceó, abrochándose la camisa con manos temblorosas.

Yo no sentía las piernas. Di un paso dentro del piso casi por inercia, como si me hubiera salido de mi cuerpo y me viera desde fuera. Cerré la puerta tras de mí, con suavidad.

—¿Explicarlo? —escuché mi voz, rasgada—. Estás…—miré a Diego—. Estás muerto.

Él tragó saliva. Llevaba la camiseta que se había puesto aquel mismo día del “accidente”. De repente, todo me pareció obscenamente simple.

—No estoy muerto —dijo despacio—. Lo siento, Laura.

Reí. Una carcajada corta, seca, que me dio más miedo que cualquiera de sus palabras.

—Ah, ¿no? —Alcé el móvil—. Entonces, ¿quién es el que está en un ataúd en el tanatorio de la M-30? ¿Un figurante?

Diego me lanzó una mirada rápida, calculadora. El Diego que conocía desapareció y en su lugar vi al hombre que quizá siempre había sido.

—Siéntate, por favor —dijo, señalando una silla en la mesa del comedor—. Te vas a desmayar.

—No pienso sentarme —contesté—. Vais a empezar a hablar.

Marta intentó acercarse, pero di un paso atrás. No quería que me tocara. Noté algo frío detrás de mí, como un respaldo, y aproveché para apoyar la mano. Era la silla, al final. Mis dedos temblaban tanto que apenas podía sujetar el móvil.

—Laura —empezó Diego, con esa voz calmada que usaba cuando intentaba cerrar un trato—. Tenía deudas. Muchas. Tú lo sabías, pero no sabías hasta qué punto. El negocio se estaba hundiendo. Si no hacía algo, nos arrastraba a todos: a ti, a Marta, a mi madre…

—No metas a mamá en esto —le corté—. Ni se te ocurra.

Se pasó una mano por el pelo, suspirando.

—La póliza de vida —continuó—. Tú eres la beneficiaria. Mucho dinero, lo suficiente para pagar todo y empezar de cero. Si “moría” en un accidente, era la solución perfecta. No ibas a perder nada. De hecho, ibas a ganar.

—¿Ganar? —escupí—. Estoy de luto por un cadáver que no he visto, Diego. He firmado papeles, he hablado con la Guardia Civil, con el seguro… y tú estabas aquí, bebiendo vino con mi hermana. ¿Eso es “ganar”?

Marta dio un paso adelante.

—No era así al principio, Laura —dijo, mirando al suelo—. La idea era irnos los tres, más adelante. Explicarlo todo, empezar lejos, en Portugal, no sé… Pero las cosas se complicaron.

—¿Cuánto tiempo lleváis juntos? —pregunté, de repente, mirándola fijo—. Tú y él.

Marta levantó los ojos. Su silencio fue más elocuente que cualquier respuesta.

—Dios… —susurré—. Mi marido y mi hermana.

La habitación empezó a girar. Me obligué a respirar despacio. En otro momento, tal vez me habría roto ahí mismo. Pero el papel seguía en mi mano, clavado como una astilla. Lo desplegué y lo puse sobre la mesa.

Diego lo miró y frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

—Esto —dije—. “No vayas al funeral de tu marido. Ve a casa de tu hermana. Allí lo verás todo.” ¿Quién lo ha escrito?

Marta negó con la cabeza.

—Yo no he sido.

—Ni yo —dijo Diego—. No soy tan idiota.

Su reacción fue demasiado rápida para ser fingida. Algo no encajaba. Además del asco, del dolor, había otra cosa: alguien más sabía la verdad.

Di otro paso hacia atrás, hasta pegarme a la pared. Abrí la aplicación de notas de voz con el pulgar, despacio, intentando que no se notara, y empecé a grabar.

—¿Y el cuerpo? —pregunté—. ¿Quién es el que está en el tanatorio?

Diego titubeó.

—Un… accidente de verdad —murmuró—. Un hombre que murió esa noche. El forense nos ayudó. Todo estaba controlado.

—“Nos ayudó” —repetí—. ¿A cambio de qué?

—De dinero, Laura. De mucho dinero. No eres una niña.

El bolero se había terminado y había empezado otro. Afuera sonó una moto, alguien gritó algo por la calle. El mundo seguía, como si nada.

Diego dio un paso hacia mí, con las manos levantadas.

—Escúchame —dijo—. Ahora mismo, tú eres la viuda perfecta camino del funeral. Nadie sabe que estás aquí. Podemos arreglarlo. Podemos…

—¿Podéis qué? —lo interrumpí—. ¿Seguir fingiendo que estás muerto mientras te acuestas con mi hermana?

En ese momento, alguien llamó al timbre, insistente. Los tres nos miramos a la vez. Diego se puso rígido.

—¿Esperáis a alguien? —susurré.

Marta negó con un hilo de voz.

El timbre volvió a sonar, más fuerte. Y entonces, una voz grave se coló por la puerta.

—Policía Nacional. Abra, por favor.

El móvil casi se me resbaló de la mano.

El silencio que siguió fue absoluto. Marta se llevó una mano a la boca. Diego me lanzó una mirada fulminante.

—No digas nada —susurró entre dientes—. Ni una palabra, Laura. Esto se puede arreglar.

El timbre volvió a sonar, acompañado de golpes secos en la puerta.

—Señora Martín, sabemos que está dentro. Abra la puerta.

Conocían el apellido de Marta. No podía ser casual. Me miraron como si yo hubiera organizado una emboscada, pero yo estaba tan perdida como ellos.

—Abrid —dije, con la voz más firme de lo que me sentía—. Si no, será peor.

Diego dudó un segundo. Luego se agachó, recogió rápidamente los trozos de cristal más grandes y los tiró al fregadero. Pasó una mano por el pelo, respiró hondo y fue a la puerta. Yo paré la grabación del móvil y lo guardé en el bolsillo del vestido.

En el rellano había dos agentes de uniforme y un hombre de unos cincuenta años, de paisano, con gabardina y una carpeta en la mano. Enseñó la placa.

—Inspector Ramírez —se presentó—. ¿Diego Torres?

Diego se congeló un instante, pero se repuso rápido.

—Se equivoca —dijo—. Diego Torres murió hace tres días.

El inspector lo miró como si le estuviera contando un chiste.

—¿Ah, sí? —Alzó una ceja—. Pues se le parece bastante.

Sus ojos pasaron por encima de Diego y se clavaron en mí.

—¿Usted es Laura López? —preguntó.

Asentí, sintiendo un nudo en la garganta.

—La vecina de su madre ha llamado esta mañana —continuó—. Ha dicho que ha visto a alguien dejar un sobre en su puerta y luego marcharse corriendo. Le pareció sospechoso. Su madre, preocupada porque usted no aparecía en el tanatorio, nos ha avisado. Y aquí estamos.

Su mirada volvió a Diego, fría.

—Llevamos días revisando el atestado del accidente —añadió—. Había cosas que no encajaban. Firmas que no coincidían, plazos demasiado rápidos. Y ahora le encontramos aquí, muy vivo. ¿Quiere explicárnoslo?

Diego respiró hondo.

—Quiero un abogado —dijo.

Lo esposaron frente a nosotras. Marta rompió a llorar, agarrándose a la pared. Todo pasó muy deprisa: el registro del piso, las preguntas rápidas, el traslado a comisaría. Yo fui en un coche distinto, con una agente que me ofreció una botella de agua que apenas pude sostener.

En la sala de interrogatorios, el inspector Ramírez me dejó sola un momento con mi móvil.

—Cualquier cosa que tenga nos ayuda —me dijo—. Mensajes, llamadas, notas de voz…

Le enseñé la grabación que había hecho en el piso. La escuchó con los auriculares, apoyado en la pared. Cuando terminó, soltó el aire.

—Esto es oro —murmuró—. Y también es peligroso para usted.

—¿Peligroso? —pregunté, agotada.

—Su marido no ha montado todo esto solo —explicó—. Hacen falta contactos: en la aseguradora, en el juzgado, en el forense… Ahora mismo usted es la única que sale perdiendo realmente. La quieren fuera de la ecuación.

Recordé el papel. Se lo di.

—Alguien me quiso dentro —dije—. Quiso que lo viera.

Él lo examinó. Negó con la cabeza.

—No es la letra de su marido ni de su hermana —comentó—. Vamos a analizar esto también.

Los días siguientes fueron una mezcla borrosa de declaraciones, abogados y miradas envenenadas. Diego lo negó todo al principio, luego intentó culpar a Marta, luego dijo que yo estaba desequilibrada. Marta, entre lágrimas, cambió de versión tres veces. La prensa se enteró. “El empresario muerto que resucita en Lavapiés”, rezaban los titulares.

Dos semanas después me llamaron del hospital. El forense que había firmado la primera autopsia, el que certificó la muerte de Diego, se había tirado por la ventana del cuarto piso. Dejó una nota breve: “No puedo más.” Nada más.

—Alguien le ha empujado, si quiere mi opinión —dijo el inspector Ramírez en voz baja, cuando me lo contó—. Pero oficialmente, es un suicidio.

El caso se fue enredando. Abogados caros, recursos, retrasos. A los seis meses, Diego consiguió la libertad provisional. El juez consideró que no había riesgo de fuga. Tenía el pasaporte retirado, eso sí. Marta también salió, con cargos.

Aquella noche, al volver a casa, encontré otro papel bajo mi puerta. Las mismas dobleces, la misma letra.

«Deja de remover. No sabes con quién te metes.»

Se lo enseñé a Ramírez. Lo leyó y suspiró.

—Hay gente muy poderosa detrás de su marido —admitió—. Si sigue, puede acabar peor que él.

—¿Peor que él? —pregunté—. Él está en su casa. Yo soy la que no duerme.

Me miró largo rato.

—Tiene razón —dijo al final—. Pero la justicia no es una película. A veces gana el más fuerte, no el que tiene razón.

Un año después del “accidente”, el caso seguía sin juicio. Diego vivía en otro barrio, con Marta, según me había dicho mi madre a medias. Yo había cambiado de trabajo, de casa, de todo, pero no conseguía librarme de la sensación de que me vigilaban. Cada coche que reducía la marcha al pasar a mi lado me hacía apretar los puños.

Hasta aquella noche de febrero. Volvía a casa caminando por una calle poco iluminada de Tetuán. Oí el motor antes de verlo. Un coche dobló la esquina demasiado rápido. Me aparté instintivamente hacia la pared, pero no fue suficiente. Sentí el golpe en las piernas, el mundo volcar, el asfalto acercarse.

Mientras la oscuridad me tragaba, juraría que vi, a través del parabrisas, un par de ojos conocidos.

La policía habló de un conductor que se dio a la fuga. Nunca lo encontraron. El expediente, me contó después mi madre entre sollozos, terminó archivado.

Meses más tarde, en una terraza de Valencia, dos personas brindaban al atardecer. Un hombre de gafas de sol, bronceado, y una mujer de vestido blanco. Se llamaban “Víctor” y “Clara” ante los camareros. En sus manos, dos copas de vino tinto.

—A empezar de cero —dijo él.

—A empezar de cero —repitió ella, sonriendo.

En el fondo de sus bolsos, muy arrugado, cada uno guardaba todavía un papel doblado en cuatro, con una frase escrita en una letra que no era la suya.

Nadie les preguntó nunca quién les había avisado. Ni por qué.