El día que mi hijo y su esposa se embarcaron en ese crucero, creí que lo más difícil sería soportar el silencio de mi nieto de ocho años, el niño que todos consideraban mudo desde que nació; pero apenas la puerta de casa se cerró detrás de ellos, él levantó la mirada, me tomó de la muñeca con unos dedos helados y susurró con una claridad escalofriante: «Abuela, no tomes el té que preparó mamá… ella está planeando algo muy malo».

En cuanto se cerró la puerta del piso y escuchamos el ascensor bajar, el silencio llenó el salón. El vapor de la tetera seguía dibujando nubes pequeñas sobre la mesa. Yo iba a servirme cuando sentí que alguien tiraba suavemente de mi bata.

—Abuela —susurró una voz clara, casi demasiado adulta para sus ocho años—. No tomes el té que ha hecho mamá… está planeando algo malo.

La tetera tembló entre mis manos. Giré la cabeza despacio y vi a Marcos mirándome muy serio, los ojos oscuros fijos en los míos. El mismo niño al que todos, desde los médicos hasta los profesores, llamaban “mudo”. El mismo niño por el que su madre lloraba en cada reunión escolar.

—¿Qué has dicho? —murmuré, con un hilo de voz.

Él tragó saliva, como si hubiera cruzado una frontera invisible.

—Que no lo bebas —repitió, un poco más bajo—. Mamá dijo que así todo sería más fácil.

Sentí un frío seco en la nuca. De reojo miré la taza que ya había servido: el té color ámbar, una cucharadita de azúcar blanco flotando aún sin disolver. Lucía lo había preparado con una sonrisa impecable poco antes de marcharse al crucero con Javier. “Para que te relajes, Carmen, te vendrá bien”, había dicho, depositando el beso más rápido del mundo en mi mejilla.

—Marcos… —me obligué a respirar hondo—. ¿Desde cuándo puedes hablar?

Sus dedos se retorcían en la camiseta del Barça.

—Desde siempre —contestó, apenas audible—. Pero mamá me dijo que si hablaba… que… —calló, mirando hacia la puerta, aunque ellos ya se habían ido—. Que os pasaría algo malo a ti y a papá.

Me apoyé en la mesa para no perder el equilibrio. El reloj de la pared marcaba las doce y veinte, el sol de Valencia se filtraba por las persianas, llenando todo de rayas de luz tranquila que contrastaba con el nudo que se me formaba en el estómago.

—¿Y qué te ha dicho exactamente sobre el té? —pregunté, ahora con la voz más firme.

—La escuché por teléfono —contestó—. Dijo que solo tenía que aguantar una semana más. Que… que tú ya estabas mayor, y que con el té ni te enterarías. También dijo que yo no iba a decir nada.

La tetera seguía en mi mano. El gesto automático de llevar la taza a los labios casi se impuso a todo lo que acababa de oír. Toda mi vida había sido una rutina de cafés y tés; el cuerpo se mueve solo. Acerqué la taza, sentí el calor en la cara, el olor suave de manzanilla y algo más, un olor metálico, extraño.

En el mismo segundo en que el borde tocó mis labios, vi, flotando junto a la cucharilla, tres puntitos blancos que no terminaban de disolverse. Marcos, con los ojos desorbitados, susurró:

—Abuela, por favor.

Y mis manos empezaron a temblar tanto que la taza estuvo a punto de resbalarse y hacerse añicos en el suelo.

Apoyé la taza sobre la mesa con un golpecito sordo. El líquido se agitó, dejando al descubierto más grumos blancos pegados a la porcelana. Noté un sabor amargo en la boca, pero era solo miedo.

—Tranquilo, Marcos —dije, aunque mi voz sonó hueca—. No voy a beber nada.

Él soltó el aire, como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que habló por primera vez. Lo senté a mi lado en el sofá y apagué la televisión, donde aún quedaban las noticias matinales murmurando de fondo.

—Cuéntame todo, despacio.

Marcos miró sus manos, pequeñas, con una cicatriz fina en el dorso que no conocía.

—Mamà hablaba por teléfono en la cocina cuando pensaba que yo estaba jugando en mi habitación —empezó—. Dijo que este viaje era perfecto, que así parecía todo normal. Que tú siempre tomabas té por la mañana. Y que en una semana ella y papá iban a empezar “de cero”, sin problemas.

—¿Dijo con quién hablaba?

—Con un hombre. Lo llama “Ángel”, pero no creo que se llame así. Se reía mucho. Dijo que lo del seguro de vida de papá estaba casi hecho y que contigo no haría falta nada complicado. Solo el té.

Sentí una punzada de náuseas. Lucía había insistido durante meses en que Javier contratara un seguro de vida “por si acaso”, con ella como beneficiaria. Lo había presentado como prueba de responsabilidad. Nada de aquello me había resultado extraño entonces. Ahora, encajaba demasiado bien.

—¿Y por qué has decidido hablar hoy? —pregunté.

Marcos se encogió de hombros.

—Porque ya se fueron —dijo—. Y tú siempre me miras como si me escucharas, aunque no hable. Mamá me mira como si fuera un problema.

El piso pareció encogerse a nuestro alrededor. Fui hasta la cocina, abrí el cubo de basura y vi el sobrecito metálico arrugado, con letras pequeñas: “Raticida”. Lo había tirado tan descuidadamente que el nombre aún se leía. Lo cogí con dos dedos y lo guardé en una bolsa de plástico.

No llamé a la policía de inmediato. Una parte de mí no podía creer que mi propia nuera estuviera dispuesta a matarme. Otra parte sabía que, si me equivocaba, destruiría a mi hijo. Pasé la tarde entera entre la mesa y el sofá, observando a Marcos, que jugaba en silencio, ahora sin la máscara de “mudo”, pero sin ganas de hablar.

Al día siguiente, fui a la farmacia de la esquina.

—Necesito saber si esto es lo que creo que es —dije a Ana, la farmacéutica, una chica joven que conocía desde niña.

Ella frunció el ceño al ver el sobre.

—Carmen, esto es veneno para ratas. Muy fuerte. ¿Dónde lo has encontrado?

—En mi cocina. En mi basura. Alguien lo ha utilizado sin decírmelo.

Ana me miró, dudando.

—Si sospechas de algo, deberías ir a la policía.

Pero la palabra “sospechas” sonó demasiado ligera para lo que yo sentía. En lugar de eso, regresé a casa y llamé a Javier. Tardó en responder; el sonido del mar se escuchaba de fondo.

—Mamá, ¿todo bien? —preguntó, alegre.

Miré a Marcos, que me observaba desde el pasillo.

—Sí, hijo. Todo perfecto. El niño se porta de maravilla —mentí—. ¿Cómo va el crucero?

Lucía intervino en la llamada, su voz dulce y modulada.

—¿Y el té, Carmen? Te dejé la manzanilla especial que te gusta.

—Sí, sí, lo tomé —dije, midiendo cada palabra—. Dormí como una piedra.

Un silencio de medio segundo al otro lado me confirmó algo: ella había esperado otra respuesta.

Esa noche, mientras Marcos dormía en el cuarto pequeño, me senté en la mesa del comedor con una libreta. Anoté: raticida en la basura, té preparado por Lucía, seguro de vida de Javier, Marcos obligado a fingir mutismo.

Al día siguiente fui a la comisaría. Saqué la bolsa con el sobre y expliqué, con la voz lo más calmada posible, lo que había ocurrido. El agente de turno, un hombre ancho de hombros llamado Serrano, me escuchó sin interrumpir demasiado.

—Necesitamos pruebas más claras de que alguien ha intentado envenenarla —dijo al final—. Y de que ese sobre lo usó esa persona y no usted misma para, no sé, matar unas ratas.

—No tengo ratas —respondí, irritada.

—Lo que le recomiendo es que tenga cuidado. Si cree que corre peligro, puede quedarse estos días en casa de una amiga o de un familiar. Y si esa mujer vuelve y usted nota algo raro, nos llama de inmediato.

Salí de allí con la sensación de no haber dicho lo suficiente y, a la vez, de haber dicho demasiado.

Al volver al piso, encontré a Marcos en el salón, con el mando de la televisión en la mano.

—Ha llamado mamá —dijo, esta vez sin titubear—. Preguntó si estabas bien.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Nada —respondió, bajando la mirada—. Sigo siendo el niño que no habla.

Y entonces comprendí: si Lucía sospechaba que yo no había bebido el té, no iba a esperar a que el crucero terminara. Iba a adelantar sus planes.

Los siguientes dos días fueron una espera tensa, como si el tiempo se hubiera estirado. Fingí normalidad. Llevé a Marcos al parque, le compré un helado, respondí a los mensajes de Javier con emojis sonrientes. Por dentro, revisaba cada posible movimiento.

La llamada llegó la noche del tercer día.

—Mamá —la voz de Javier sonaba extrañamente seria—, hemos decidido volver antes. A Lucía le ha sentado mal el barco y prefiere descansar en casa. Llegamos mañana por la tarde.

Pude oír, detrás de él, la corrección en tono suave de ella: “di que te preocupas por tu madre”. Javier añadió, obediente:

—Y además quiero veros. Echo de menos a Marcos.

Colgué con un “qué alegría, hijo” y me quedé mirando la pantalla del móvil apagado. Sabía que no venían por nostalgia. Venían a terminar lo que habían empezado.

Aquella noche casi no dormí. Preparé una pequeña maleta con mis documentos, algo de ropa y la libreta con mis notas. Escondí el sobre del raticida dentro del diccionario viejo del salón. Grabé con mi teléfono una conversación con Marcos, pidiéndole que repitiera lo que me había contado sobre el té y el seguro. Él aceptó, pero al final de la grabación me miró, asustado.

—Si mamá escucha esto, se enfadará mucho.

—Lo sé —respondí—. Pero tienes que confiar en que es para protegerte.

A la mañana siguiente, llamé de nuevo a la comisaría. Serrano no estaba. La agente que me atendió por teléfono dijo que podía pasar “cuando quisiera” a ampliar la denuncia. El tiempo jugaba en mi contra.

Decidí no huir. Si me iba de casa, Lucía ganaría terreno con Javier, moldearía su versión. Necesitaba enfrentarla, pero con algo más que sospechas.

Cuando por fin escuché el timbre aquella tarde, el corazón me dio un salto. Abrí la puerta. Javier besó a Marcos, lo levantó en brazos. Lucía entró detrás, bronceada, gafas de sol en el pelo, una sonrisa impecable. Sus ojos recorrieron mi cara como un escáner.

—Te veo estupenda, Carmen —dijo—. El té te ha sentado mejor de lo que esperaba.

La frase era casi un susurro, pero clara. Me sostuvo la mirada con un brillo frío.

—No dormí tan bien como crees —respondí—. Podemos hablar en la cocina.

En la cocina, cerré la puerta. Marcos y Javier se quedaron en el salón, oyéndose el murmullo de un partido en la tele. Sobre la mesa, coloqué la bolsa con el sobre del raticida y mi móvil, con la grabación lista.

—¿Qué es esto? —preguntó Lucía, sin perder la calma.

—Tú dime —respondí—. Lo encontré en mi basura después de que me prepararas un té. Y tengo grabado a tu hijo diciendo que te oyó hablar de un seguro de vida y de que conmigo sería “fácil”.

Lucía arqueó una ceja, casi divertida.

—¿De verdad piensas ir a la policía con eso? ¿Con una bolsa que cualquiera podría haber puesto ahí y el testimonio de un niño oficialmente mudo?

Sacó su móvil y, con un gesto rápido, abrió una grabación. Mi propia voz sonó en la cocina: “Sí, sí, lo tomé. Dormí como una piedra”.

—Yo también sé guardar cosas —dijo—. Una abuela mayor, sola, nerviosa, que confunde sobres de veneno que compra para sus “ratas imaginarias”. Un historial de presión alta, de pastillas. Un pequeño desliz, mezclando medicación. Es una historia muy convincente, ¿no crees?

Se inclinó hacia mí.

—Y si insistes, Carmen, también puedo decir que presionas a Marcos para que diga cosas que no son. Que está peor desde que está contigo. ¿Te imaginas que te acusen de maltrato psicológico?

Sentí un mareo. Ella lo había pensado todo.

—No voy a quedarme callada —dije, aunque la voz me tembló.

—Haz lo que quieras —sonrió—. Pero recuerda quién tiene la credibilidad aquí y quién no.

La discusión se alargó, subiendo de tono. Javier entró, alarmado. Encontró a su madre alterada, sosteniendo una bolsa vacía, y a su mujer, contenida, con lágrimas en los ojos.

—Javi, tu madre me acusa de querer envenenarla —dijo Lucía, quebrándose—. Yo… yo ya no puedo más con esto. Me mira mal desde hace años. Le dije que pusiera veneno en el patio porque había ratas, y ahora…

Me quedé boquiabierta. Las palabras se apilaron en mi garganta sin salir. Javier me miró, confundido, cansado.

—Mamá, ¿qué es esto?

Intenté explicarme, pero cada frase sonaba más desesperada. Marcos apareció en el marco de la puerta. Nos miró a los tres, atrapado.

—Marcos —dije—, díselo a tu padre. Dile lo del té.

Lucía giró la cabeza hacia él, una mirada breve pero llena de amenaza.

El niño abrió la boca… y no salió ningún sonido. Bajó la vista, los labios apretados. El silencio pesó más que cualquier palabra.

Semanas después, yo estaba sentada en la sala de espera de psiquiatría del hospital público, con una pulsera de ingreso reciente en la muñeca. Mi denuncia estaba “en estudio”. Una trabajadora social me hablaba con paciencia de estrés, de edad, de la carga de cuidar nietos.

En el pasillo, vi pasar a Lucía con Marcos de la mano. Venían de una revisión. Ella me reconoció y me dedicó una sonrisa leve, casi respetuosa, como si nada. Marcos se volvió un segundo. Sus labios se movieron sin sonido, formando una palabra que reconocí: “Perdón”.

Luego, obediente, volvió a su silencio y siguió caminando junto a su madre.