Me llamo Laura y llevo casi cinco años trabajando en una pequeña cafetería de Lavapiés, en Madrid. El local se llama Café Manuela, un sitio estrecho, con barra de acero pulido y mesas de mármol que siempre cojean un poco. Cada mañana abro yo, a las siete en punto, desde hace tanto tiempo que ya no necesito ni mirar el reloj: mi cuerpo se despierta solo.
Desde hace cuatro meses, casi con la misma puntualidad, hay otra rutina en mi vida. Al salir del turno de tarde, antes de coger el metro en Lavapiés, siempre paso por el banco de piedra junto a la boca de metro donde duerme un hombre sin techo. Se llama Julián. Al principio sólo le dejaba el bocadillo que sobraba, o un café con leche en vaso de plástico. Luego empecé a quedarme cinco minutos, a escucharle.
No es el típico hombre perdido en su propio mundo. Habla claro, con un acento que no acabo de situar, quizá de Castilla. A veces comenta las noticias del periódico gratis con una precisión que no veo ni en algunos clientes de traje. Otras veces se queda callado, mirando hacia la calle Argumosa como si estuviera esperando a alguien que nunca llega.
Ayer por la noche, cuando terminó mi turno, salí con el delantal todavía colgando de la mochila y el panecillo envuelto en servilletas. El aire olía a fritanga de los kebabs de la esquina. Julián estaba sentado, encorvado, la manta gris subida hasta el cuello. Me sonrió al verme.
—Hoy te he guardado uno de tortilla —le dije, alargándole el paquete—. Está todavía caliente.
Normalmente me daba las gracias, hacía alguna broma y ya está. Pero esta vez me agarró la muñeca antes de coger el bocadillo. Sus dedos eran huesudos pero fuertes. Me asustó la rapidez del gesto.
—Laura —susurró, acercando su cara a la mía—. No seas tú quien abra la cafetería mañana por la mañana.
Sentí un escalofrío inmediato, una mezcla de miedo y vergüenza ajena.
—¿Cómo que no? —solté una risa nerviosa—. Tengo turno de apertura, como siempre.
Me apretó más la muñeca. Sus ojos, normalmente cansados, estaban muy abiertos.
—Escúchame bien. Mañana entra más tarde. Deja que otro abra. No te pongas tú delante de la persiana. Haz como que te has dormido, inventa lo que quieras, pero no seas tú.
Tiré un poco del brazo, incómoda.
—Julián, ¿qué pasa? ¿Has oído algo? ¿Es… de la cafetería?
Apartó la mirada hacia el suelo, como si tuviera miedo de que las paredes oyeran.
—No preguntes. Sólo hazme caso —murmuró—. Te debo una. Considera esto… devolver el favor.
Me soltó la muñeca y, de repente, volvió a ser el hombre encogido bajo la manta. Cogió el bocadillo con manos temblorosas y no dijo nada más. Yo me quedé allí unos segundos, esperando una explicación que no llegó.
En el metro, de camino a mi piso en Vallecas, sus palabras se repetían como un eco: no seas tú quien abra la cafetería. Miré el horario en el móvil: a las siete tenía que estar levantando la persiana. Escribí un mensaje a mi compañera Nuria: “Tía, ¿podrías abrir tú mañana?”. Lo dejé en borradores sin enviarlo.
Dormí poco. Cada vez que cerraba los ojos veía a Julián apretándome la muñeca, con esa mirada que no le había visto nunca. A las seis y media, cuando sonó la alarma, me quedé mirando el techo, dudando entre hacerle caso o no. Al final, la curiosidad y la costumbre pudieron más.
A las seis y cincuenta y cinco ya estaba doblando la esquina de la calle donde está el Café Manuela. La calle aún estaba medio a oscuras, húmeda por el camión de limpieza. Sentía las llaves pesando en el bolsillo de la chaqueta. Di unos pasos más, hasta que la fachada de la cafetería apareció ante mí.
La persiana estaba completamente bajada, como siempre. Pero en la rendija inferior, por donde a veces entra el polvo, se veía una luz tenue, amarillenta, que no debería estar encendida a esas horas.
Me quedé quieta, con la mano dentro del bolsillo, rozando el llavero, conteniendo la respiración, mientras algo se movía en silencio al otro lado de la puerta.
Durante unos segundos pensé que era Nuria, que habría llegado antes y se habría metido dentro con las luces encendidas. Pero Nuria nunca venía tan pronto, y además no tenía llave de la puerta principal, sólo de la trastienda. La explicación no encajaba.
Me agaché un poco, intentando mirar por la rendija de la persiana. No vi nada, sólo esa luz amarilla que salía desde el interior, el brillo de un fluorescente reflejado en las baldosas del suelo. Noté cómo el corazón se me aceleraba sin motivo claro.
Saqué el manojo de llaves. El metal chocó contra la cerradura y sonó más fuerte de lo normal, rebotando en la calle silenciosa. En cuanto introduje la llave, se oyó un ruido brusco al otro lado, como una silla arrastrándose.
—¿Nuria? —pregunté, sin pensar, alzando un poco la voz.
No hubo respuesta. Tragué saliva. Giré la llave. El mecanismo hizo clic. Empecé a levantar la persiana con las dos manos, el metal chirriando como siempre. La subí a medias, lo justo para poder agacharme y entrar.
Nada más meter la cabeza, una sombra se abalanzó sobre mí. Una mano enguantada me agarró del brazo y tiró hacia dentro con una fuerza seca. Caí de rodillas en el suelo, la persiana se cerró de golpe detrás de mí con un estruendo metálico.
—Tranquila, tranquila, no grites —dijo una voz masculina, jadeando.
Llevaba un casco de moto negro con la visera oscura. El otro, también con casco, cerró el cerrojo interior y bajó uno de los interruptores, dejando encendida sólo la luz del fondo. Olía a sudor y a cuero.
—¿Qué… qué queréis? —balbuceé, notando el sabor metálico del miedo en la boca.
—La caja —dijo el primero—. Abre la caja registradora y la caja fuerte, si tenéis.
La situación era tan absurda que estuve a punto de reír. A esas horas, la caja tenía como mucho el cambio del día anterior.
—No tenemos caja fuerte —respondí, con la voz quebrada—. Sólo la registradora.
Me empujó hacia la barra.
—Pues abre lo que tengas.
Mis manos temblaban tanto que me costó meter el código de la caja. El pitido sonó ridículamente normal. Ellos miraban alrededor, nerviosos, como si esperasen otra cosa: escondites secretos, cámaras. Uno de ellos abrió las neveras, miró bajo la máquina de café, entre los sacos de azúcar.
—Esto es una mierda —bufó el segundo, viendo los pocos billetes que saqué.
—Haced el parte al seguro y ya —murmuró el primero—. Venga, mueveos.
Habían dicho “al seguro” como quien habla de algo sabido. Me fijé en un detalle que me pinchó por dentro: el de la derecha llevaba bajo la cazadora una camisa de rayas muy parecida a las que se ven en oficinas del centro, no a un chándal de barrio. No parecían ladrones improvisados, pero tampoco profesionales.
—¿Quién os ha dicho que aquí había dinero? —se me escapó.
El de la camisa me miró por la rendija de la visera.
—No hagas preguntas, Laura.
Que dijera mi nombre me heló la sangre. Ninguno de los vecinos me llamaba por mi nombre, sólo los clientes habituales y mis compañeros.
—¿Cómo sabes cómo me llamo? —susurré.
No respondió. Metió los billetes en una bolsa de tela y me hizo un gesto con la barbilla.
—Tú no has visto bien nuestras caras, ¿entendido? Ha sido todo muy rápido. Te has asustado. Punto.
El otro se acercó demasiado, su voz sonó baja junto a mi oído.
—Y si preguntas mucho, a la próxima no habrá aviso.
La palabra “aviso” me golpeó casi más que el empujón final con el que me tiraron contra una silla. Abrieron la puerta trasera, la que da al patio comunitario, y se esfumaron en cuestión de segundos. Cuando reaccioné, sólo quedaba el eco del portazo.
Tardé un momento en entender que podía salir. Subí la persiana temblando. Un repartidor de pan que pasaba por allí se quedó mirándome, confundido, al verme llorando y con la nariz sangrando. Fue él quien llamó a la policía.
El resto de la mañana se convirtió en una secuencia desordenada de preguntas, libretas, uniformes azules y cinta amarilla en la puerta del Café Manuela. Declaré lo mismo tres veces: dos hombres con casco, no vi las caras, no llevaban armas visibles. Que sabían mi nombre. Que dijeron “el seguro”.
Cuando mencioné, casi sin querer, que la noche anterior un hombre sin techo me había advertido que no abriera, el inspector alzó una ceja.
—¿Un indigente? —repitió—. ¿Y cómo sabía él lo que iba a pasar?
No supe qué contestar. Me limité a encogerme de hombros. La mirada del inspector se endureció.
—Puede que haya sido él quien les ha pasado información. O puede que estuviera con ellos —comentó, mientras anotaba algo—. Tendremos que localizarlo.
Cuando por fin se fueron, ya a mediodía, llegó Ernesto, el dueño. Traje oscuro, pelo perfectamente peinado, expresión de preocupación casi exagerada.
—Dios mío, Laura, hija, ¿estás bien? —me abrazó, olía a colonia cara—. Menudo susto.
Asentí, sin ganas de hablar. Él caminó por el local, mirando la caja, la puerta trasera, tomando notas mentales.
—Menos mal que sólo ha sido dinero —dijo al fin—. Lo del seguro ya lo arreglaré yo. Tú no te preocupes.
La palabra volvió a resonar. Seguro. Igual que había dicho el tipo del casco. Ernesto me miró con atención, como si esperara algo de mí.
—¿No has notado nada raro estos días? ¿Gente sospechosa por aquí? —preguntó, demasiado rápido.
Negué con la cabeza. No pensaba contarle nada de Julián, no sabía ni por qué. Esa noche, al salir por la misma boca de metro de siempre, lo vi en su banco, con la manta gris y el mismo vaso de cartón a medio beber.
Se incorporó al verme. Yo caminé hacia él con pasos controlados, la mandíbula apretada.
—Sabías que esto iba a pasar —le dije, sin saludo—. ¿Qué sabías exactamente, Julián?
Me miró un segundo, luego apartó la vista hacia los azulejos húmedos del suelo.
—Sabía lo justo para decirte que no abrieras —respondió—. Y aun así has abierto.
—Me han apuntado, me han tirado al suelo, sabían mi nombre. ¿Quiénes eran? ¿Por qué tú…?
Se pasó una mano por la barba blanca, indeciso.
—Los escuché. Hace días. Creí que estaban fanfarroneando. Hasta que oí tu nombre.
—¿Dónde los escuchaste? —insistí.
Suspiró.
—En el comedor social de la parroquia de arriba. Uno de ellos habló de un bar en Lavapiés, de un atraco “suave”, de un seguro que iba a “tapar agujeros”. Y dijo “la chica que abre se llama Laura”. Yo… conocía a uno de ellos de antes.
Le tembló un poco la voz con esa última frase. Me acerqué más.
—¿De dónde lo conoces?
Tardó en contestar.
—Del otro bar de Ernesto —dijo al fin, en voz muy baja—. El que se quemó hace años. Antes de que yo acabara aquí.
Me quedé mirándolo, intentando encajar las piezas. Ernesto apenas hablaba de ese otro bar, en Carabanchel. Sólo sabía que había habido un incendio y que el seguro “no había cubierto todo”, según él. Julián seguía evitando mi mirada.
—Trabajabas allí —afirmé, más que pregunté.
Asintió despacio.
—De vigilante nocturno. Once años. Una noche, el bar ardió. Muy deprisa, demasiado limpio. Yo dije a los bomberos que había olido gasolina. Al día siguiente ya nadie quería escucharme. Ernesto me acusó de haber dejado mal cerrada la cocina. Me despidieron. Y cuando intenté denunciar, resultó que yo era el único sospechoso. Sin trabajo, sin papeles en regla… terminé aquí.
Hablaba sin dramatismo, como quien repasa un informe. Noté cómo la rabia me subía por la garganta, mezclada con un miedo nuevo.
—¿Crees que Ernesto está detrás de esto también? —pregunté.
Julián clavó los ojos en mí por primera vez desde que llegó el tema.
—Creo que hay cosas que se repiten —dijo—. Y creo que si vas a la policía con mi historia, van a ver sólo a un viejo borracho que quiere vengarse del jefe que lo echó.
Tenía razón en la parte cruel: nadie le escuchaba. Pero yo no podía limitarme a volver a servir cafés como si nada.
Esa noche casi no hubo clientes. El local olía a polvo y a miedo seco. Cada vez que alguien abría la puerta, mi cuerpo se tensaba. Ernesto entró tarde, con cara de cansancio teatral.
—He estado con el del seguro —anunció, apoyándose en la barra—. Lo de hoy nos va a venir fatal, pero bueno, para eso se paga.
Sonrió sin humor. Yo limpiaba vasos para no mirarle demasiado.
—Has sido muy valiente, Laura. Podía haber acabado peor —añadió—. Cualquier cosa que necesites, me lo dices.
Cuando se fue, saqué el móvil y busqué el número del inspector que había llevado mi declaración. Lo había apuntado en un papelito: “Por si recuerdas algo más”. Lo marqué con los dedos fríos.
Al día siguiente me citó en la comisaría de Embajadores. Me senté frente a él, con un vaso de plástico de café que no sabía a nada.
—Entonces, quieres ampliar tu declaración —dijo, grabadora encendida.
Le conté lo de Julián, lo del bar quemado, lo del comedor social, el comentario sobre el seguro. El inspector escuchó en silencio, sólo moviendo una pierna nerviosa.
—¿Y ese hombre sin techo estaría dispuesto a declarar? —preguntó al final.
—No lo sé —admití—. Dice que nadie le va a creer. Y tiene miedo.
El inspector sopló por la nariz.
—Mire, Laura, no le voy a mentir. Sin pruebas, sin nombres, con un testigo así… como mucho puedo poner una nota en el expediente. Pero las compañías de seguros investigan por su cuenta. Si hay algo raro, a Ernesto le van a mirar con lupa. No es tan fácil hacer trampas.
Asentí, aunque no me convencía. Salí de la comisaría con la sensación de haber llevado un vaso lleno de agua y haberlo derramado todo en el pasillo.
Volví a ver a Julián dos días seguidos en su banco. Cada vez parecía más inquieto, mirando a un lado y a otro.
—Alguien te ha visto hablar conmigo —me dijo una tarde, sin preámbulos—. Mejor que a partir de ahora hagas como que no me conoces.
—No pienso hacer eso —contesté—. Tú me ayudaste.
Se encogió de hombros dentro de la manta.
—Te dije que no abrieras. No me hiciste caso. Ya estamos en paz.
La frase me dolió más de lo que esperaba, pero entendí lo que quería decir: no quería cargar con más historias que pudieran ponerle en peligro.
Una semana después, Julián desapareció. El banco estaba vacío, sólo quedaba una colilla aplastada y un cartón húmedo. Pregunté a otros sin techo de la zona; uno de ellos, con gorra roja, murmuró:
—Anoche vinieron dos tíos a hablar con él. Chaquetas buenas. Lo subieron a un coche. Dijo que era “un asunto pendiente”. No ha vuelto.
No supe si creerlo o no, pero algo se me cerró en el estómago. Esa misma noche, al cerrar la cafetería, Ernesto se quedó conmigo mientras limpiábamos la máquina.
—He estado pensando —comentó, sin mirarme—. Cuando acabe todo esto del seguro, igual puedo subirte un poco el sueldo. Has demostrado lealtad.
La palabra “lealtad” me sonó como una piedra en la boca.
—Sólo he hecho mi trabajo —respondí.
Se acercó, apoyó una mano en mi hombro.
—Y has tenido la inteligencia de no meterte donde no te llaman —añadió, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. No todo el mundo sabe hacerlo.
No me dijo nada más, pero el mensaje era claro. Al día siguiente, el inspector me llamó brevemente: las cámaras de la calle no habían captado matrículas, nadie había reconocido a los atracadores, el caso se quedaba en “investigación abierta”.
Pasaron las semanas. Empezaron las obras en el Café Manuela: Ernesto cambió la máquina de café por una más cara, renovó el rótulo, pintó las paredes. Lo justificó diciendo que, ya que el seguro pagaba la mayor parte, era buen momento para “darle un lavado de cara al negocio”. Los clientes comentaban lo moderno que quedaba todo.
Una mañana de marzo, mientras tomaba un café rápido en la barra antes de abrir, cogí un ejemplar gratuito de periódico. Ojeé las páginas sin interés hasta que una noticia pequeña, en una esquina, me hizo detener la vista: “Hallado en el Manzanares el cadáver de un varón sin identificar, de unos sesenta años. Se baraja la hipótesis de caída accidental. Sin signos aparentes de violencia”.
Había una foto borrosa de un bolso de plástico y una bufanda gris oscura sobre una camilla metálica. La bufanda tenía una raya azul en el borde. Igual que la de Julián.
Se me secó la boca. Doblé el periódico y lo tiré a la basura sin terminar de leer. Ernesto entró en ese momento, con su abrigo elegante, sonriendo.
—Venga, Laura, que hoy con la terraza nueva nos vamos a hinchar a cafés —dijo, frotándose las manos—. A ver si olvidamos de una vez el mal trago del atraco, ¿eh?
Le miré un segundo. Pensé en decir algo, en preguntarle qué sabía del otro bar, del seguro, de los hombres de casco, de Julián. Pero las palabras no salieron. Pensé en el alquiler, en las facturas, en que no tenía otro trabajo.
Asentí, fui hacia la persiana y metí la llave en la cerradura. El metal estaba frío.
Levanté la persiana con el mismo gesto de siempre. La calle se llenó del olor del café recién molido. Los primeros clientes empezaron a llegar, ajenos a todo.
Y yo abrí la cafetería, como cada mañana, guardando silencio sobre el único hombre que me había dicho que, por una vez, no lo hiciera.



