Cada noche me despertaba sobresaltada y lo veía allí, inmóvil junto a mi cama, observándome como si contara cada uno de mis latidos. Sus ojos, tan tranquilos como ajenos, recorrían mi rostro dormido mientras yo fingía no notar el peso de su mirada. Y así una y otra vez, hasta la noche en que decidí no abrir los ojos, contener la respiración y seguir el juego. Entonces lo escuché acercarse y susurrarme algo al oído, con una voz que ya no reconocía.

Me llamo Laura y hasta hace unos meses habría dicho que mi vida era normal. Vivo en Madrid, en un piso pequeño cerca de Embajadores, con mi marido, Diego. Llevamos seis años casados. Él es enfermero en el Hospital Gregorio Marañón; yo trabajo en una agencia de marketing digital, muchas horas frente al ordenador, mucho café, mucho estrés, pero nada fuera de lo común.

La primera vez que me desperté de madrugada y lo vi fue un martes. Miré el móvil: 3:17. Sentí esa sensación rara, como si algo tirara de mí desde el sueño hacia la superficie. Abrí los ojos y ahí estaba él, de pie junto a mi lado de la cama, inmóvil, mirándome. No dijo nada. Ni un parpadeo.

—Diego… —susurré, aún medio dormida—. ¿Qué haces?

Tardó unos segundos en reaccionar, como si volviera de muy lejos. Entonces sonrió, una sonrisa pequeña, y murmuró:

—Nada, cariño. No podía dormir. Solo te miraba.

Se metió otra vez en la cama, me dio un beso en la frente y en cuestión de segundos ya respiraba como si estuviera profundamente dormido. Yo tardé bastante más. Esa imagen suya, quieto, clavado en el suelo, no se me iba de la cabeza.

Pensé que sería algo puntual. Pero la noche siguiente volvió a pasar. No a la misma hora exactamente, pero otra vez me desperté con esa presión en el pecho, esa intuición extraña, y al abrir los ojos lo vi de nuevo. De pie. Mirándome. Siempre a mi lado, nunca al suyo. Esta vez ni siquiera se movió cuando me incorporé un poco.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí, Laura, vete a dormir. Mañana lo hablamos —respondió sin cambiar la expresión.

Por la mañana, cuando se lo mencioné, se rió. Dijo que seguramente estaba soñando, que últimamente estaba muy cansada. Y en parte tenía razón: llevaba semanas con jaquecas, náuseas suaves, una especie de niebla en la cabeza. Él insistió en que era el estrés del trabajo y empezó a prepararme infusiones “relajantes” antes de acostarme, además de unas pastillas que me recomendó “para dormir mejor”, según él recetadas por un médico compañero suyo.

Sin embargo, cuanto más tomaba esas pastillas, más pesada me sentía al despertar… y más veces lo encontraba ahí, de pie, como una sombra demasiado real. Empecé a mirar el reloj: 2:58, 3:11, 3:24. Distintas horas, el mismo cuadro. Yo acostada. Él observándome.

Una noche decidí no decirle nada. Cuando noté esa presencia al lado de la cama, en lugar de abrir los ojos de golpe, los mantuve entrecerrados, respirando lento, fingiendo seguir dormida. Escuché cómo su respiración cambiaba, cómo se acercaba un poco más. Pude sentir su aliento en mi mejilla.

Entonces, muy despacio, con una voz tan baja que casi se confundía con el zumbido de la nevera en la cocina, lo oí susurrar:

—Tranquila, Laura… ya queda poco. Unos días más y nadie sospechará de nada.

Me quedé helada, conteniendo el impulso de incorporarme y gritar. Con los ojos cerrados, el corazón golpeándome las costillas, comprendí que aquello no era solo insomnio.

Cuando sonó el despertador a las siete, fingí un sobresalto normal, como cualquier mañana de trabajo. Diego ya no estaba en la habitación. Olía a café recién hecho y a tostadas; desde la cocina sonaba la radio con las noticias. Todo era tan rutinario que la frase de la noche anterior casi parecía un recuerdo mal pegado en mi cabeza.

“Unos días más y nadie sospechará de nada.”

En el baño me miré al espejo. Tenía ojeras marcadas, la piel más pálida de lo habitual. Me temblaban las manos. Abrí el botiquín y vi el frasquito blanco de las pastillas para dormir. La etiqueta original estaba arrancada, solo quedaba un trozo con el código de barras. Lo cogí, le di la vuelta, buscando cualquier información. Nada.

—Te hice café —dijo Diego desde la puerta, haciéndome dar un respingo—. No te quedes mirándote así, que te vas a deprimir.

—¿De dónde sacaste estas pastillas? —pregunté, intentando sonar casual.

—Te lo dije, de un compañero del hospital. Son suaves, las dan mucho en planta de psiquiatría para regular el sueño. —Sonrió—. ¿Has vuelto a soñar que me levanto por la noche?

Lo observé un segundo. Parecía genuinamente tranquilo, casi divertido.

—Creo que… sí. Debe ser eso —mentí.

En la oficina, mi amiga Marta me notó rara al instante. Trabajamos juntas desde la universidad; conoce cada gesto mío. A la hora de la comida la arrastré a un bar de la calle Atocha y le conté todo, bajando la voz por miedo absurdo a que alguien nos oyera.

—¿Y estás segura de que no era un sueño? —preguntó, removiendo el café con una pajita.

—Marta, lo escuché. Dijo que ya quedaba poco y que nadie sospecharía. ¿Qué clase de broma es esa?

Ella frunció el ceño, pero intentó ser lógica.

—Puede que sea sonámbulo. Los sonámbulos dicen cosas sin sentido, ¿no? Y lo de las pastillas… igual es un nombre raro y por eso arrancó la etiqueta. Pero… —me miró fijamente— si no te fías, deja de tomarlas.

Esa noche fingí tragármela delante de Diego. La puse en la lengua, bebí agua, sonreí. Luego, en el baño, la escupí con cuidado en un pañuelo y la escondí detrás de los productos de limpieza. Al acostarme, noté que mi mente estaba más clara de lo habitual, aunque el cansancio seguía allí.

Cuando desperté de madrugada, eran las 3:03. Él estaba otra vez de pie junto a la cama. Esta vez tenía el móvil en la mano. Lo sostenía inclinado hacia mí, como si estuviera grabando. Cerré los ojos antes de que pudiera notar que estaba despierta y alargué la respiración.

—Pobrecita… —susurró—. Tan débil ya. Mañana seguramente vuelvas a marearte. Van a pensar que todo es cosa tuya, que estás mal desde hace tiempo.

El corazón me dio un vuelco. Quise dejar de fingir, pero algo me detuvo: si él creía que yo no sabía nada, tal vez podría descubrir qué estaba haciendo exactamente.

Al día siguiente, mientras él se duchaba, rebusqué entre sus cosas. En su mochila del hospital encontré una libreta pequeña, negra. La abrí y vi columnas de fechas y notas: “Laura, día 12: náuseas leves. Día 13: cefalea, sueño profundo. Ajustar cantidad.” Me faltó el aire. Una oleada de vértigo me obligó a sentarme en la cama.

—¿Qué haces con mis cosas? —La voz de Diego me cortó en seco. Estaba en el marco de la puerta, con el pelo aún mojado, una toalla en la cintura.

Cerré la libreta de golpe.

—Nada, buscaba un tampón en tu mochila, me pareció verlo la otra vez…

Me arrebató la libreta con un gesto rápido, demasiado rápido para un simple “cuaderno de trabajo”. Sus ojos se endurecieron un segundo, pero enseguida volvió a sonreír.

—Siempre tan despistada. Venga, date prisa, que te llevo al trabajo.

Ese mismo día decidí grabar la noche. Puse mi móvil en la mesita, en modo avión, con la app de grabadora encendida, y lo incliné apenas hacia mi lado de la cama. Fingí tomar la pastilla, la escondí como la otra vez y me acosté.

A la mañana siguiente, con Diego ya fuera, escuché la grabación. Oí el ruido de las sábanas, mis propias respiraciones, y luego su voz, clara, cerca del micrófono:

—La dosis está funcionando. Un poco más y nadie dudará de que todo viene de su cabeza.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Tenía pruebas. Tenía su voz.

Llamé a Marta, temblando, y quedamos en una cafetería de Lavapiés para que escuchara la grabación y decidir qué hacer. Cuando llegué, el local estaba medio vacío. Elegí una mesa al fondo. Miré el reloj: diez minutos de retraso. Le escribí: “¿Dónde estás?”.

El móvil vibró con su respuesta: “Ya casi, estoy aparcando”.

Relajada por un segundo, levanté la vista. Y entonces lo vi entrar. No era Marta. Era Diego, con su chaqueta azul del hospital, mirándome directamente, como si supiera exactamente dónde estaba sentada.

Se sentó frente a mí con calma, apoyó las manos entrelazadas sobre la mesa y sonrió.

—Tenemos que hablar de esas cosas que crees que escuchas por la noche, Laura.

Sentí cómo la sangre me abandonaba la cara. Miré hacia la puerta, esperando que Marta apareciera detrás de él, pero no hubo nadie más. Solo el camarero secando vasos y una pareja de turistas con mochilas.

—¿Dónde está Marta? —pregunté, con la voz más aguda de lo que quería.

Diego se inclinó ligeramente hacia mí, sin perder la sonrisa.

—La llamé. Me dijo que estabas muy nerviosa, que llevas días diciéndole cosas raras sobre mí. Le expliqué que no estás bien, que te estás obsesionando. Me dio su teléfono, hablamos, y quedamos en que era mejor que viniera yo.

Me ardieron los ojos.

—Estás mintiendo.

—¿Ah, sí? —Alzó una ceja—. ¿De verdad crees que nadie nota cómo estás últimamente? Olvidas cosas, te mareas, dices que te miro por las noches… —bajó la voz—. ¿Has pensado que igual necesitas ayuda, Laura? De la de verdad. Profesional.

Metí la mano en el bolso, buscando el móvil. Lo desbloqueé, abrí la grabadora. La lista de archivos estaba vacía. Ni una sola pista de la noche anterior.

—No… —murmuré—. Yo lo grabé.

Diego suspiró, casi con ternura.

—Te lo dejaste en la mesa del salón esta mañana, sin bloqueo. No deberías hacer eso. Cualquiera podría tocar tus cosas.

Me miró fijamente, dejando que la idea se clavara.

—¿Tal vez fuiste tú misma? ¿Tal vez editaste, borraste, te confundiste?

Dos horas después estábamos en la consulta de una psiquiatra privada que él conocía “del hospital”. La doctora Salinas era una mujer de unos cincuenta años, con gafas finas y un despacho lleno de libros. Diego habló casi todo el tiempo. Contó que yo estaba paranoica, que decía que él me envenenaba, que le daba miedo dejarme sola.

—No quiero que esto vaya a más —dijo, con una preocupación perfectamente modulada—. La quiero, pero no puedo con esta situación.

Cuando por fin me dieron la palabra, todo sonó débil, desordenado. Hablé de las noches, de susurros, de una libreta que ya no estaba en la mochila, de una grabación que había desaparecido. La doctora anotaba cosas sin levantar la mirada.

—Laura, ¿has tenido episodios de ansiedad antes? —preguntó con un tono demasiado suave.

—No es ansiedad. Él…

—A veces —me interrumpió— la mente busca explicaciones externas a un malestar interno. Es posible que estés proyectando en Diego tu miedo a perder el control. Vamos a hacerte unas pruebas, y quizá te ayuden unos medicamentos para estabilizarte un poco.

Medicamentos. Otra vez.

Salí de la consulta con una receta en la mano y la sensación de haber sido borrada. Diego la recogió con cuidado y se la guardó en el bolsillo de la camisa.

—Confía en nosotros, Laura —me dijo, besándome la mejilla—. Nadie quiere hacerte daño.

Aquella noche no dormí en casa. Según la doctora, “por seguridad” era mejor que pasara unos días ingresada en una unidad tranquila para observarme. Había camas blancas, luces frías y un olor constante a desinfectante. Me tomaban la tensión cada pocas horas. Diego venía a verme siempre por la noche, sin falta.

Y cada noche, cuando creía que estaba dormida, se quedaba de pie junto a la cama, mirándome igual que en nuestro dormitorio. Yo no me movía. Lo escuchaba.

—Ya casi está —susurró una de esas madrugadas—. Todos creen que estás enferma. Si pasa algo, nadie mirará más allá. Solo verán a una mujer inestable, medicada, con antecedentes psiquiátricos.

Apreté los dientes para no reaccionar. En la habitación de al lado una paciente lloraba bajito; una enfermera paseaba el carrito por el pasillo. Todo era demasiado real, demasiado cotidiano como para que alguien pensara en otra cosa.

Intenté contarle a una enfermera lo que estaba pasando, pero me miró con la misma mezcla de compasión y distancia que la doctora.

—Es normal que desconfíes al principio —me dijo—. Tu marido está muy preocupado por ti. Se le ve agotado.

Días después, la psiquiatra habló conmigo a solas.

—Has mejorado algo, pero todavía hay mucha desconfianza —dijo—. Diego ha pedido una baja temporal en el trabajo para poder cuidarte en casa cuando te demos el alta. Eso es un apoyo importante.

El alta llegó un jueves por la tarde. Volvimos al piso en taxi. Madrid seguía siendo la misma: tráfico, gente con bolsas de Mercadona, terrazas llenas. Solo que ahora, oficialmente, yo era “la enferma”. En mi historial constaban “episodios de ideas delirantes persecutorias” y “trastorno de ansiedad”.

Esa noche, en nuestra cama, él me dio las “nuevas pastillas”. Esta vez ni siquiera intenté fingir que no las tomaba. Sabía que no tenía a dónde correr. Si desaparecía, si huía, todos creerían su versión.

Más tarde, cuando la somnolencia empezó a arrastrarme, volví a despertar a esa hora maldita. 3:12. Diego estaba de pie junto a la cama, igual que siempre, la silueta recortada contra la luz tenue del pasillo.

Se inclinó sobre mí, me apartó un mechón de pelo y susurró al borde de mi oído:

—Lo ves, Laura… Tenías razón en una cosa. Nadie va a sospechar de nada. Y cuando todo termine, solo quedará la historia de una mujer que se fue apagando poco a poco. Una pena.

Noté cómo la oscuridad me tiraba hacia abajo. Intenté mover la mano, pero era como si no fuera mía. Su voz fue lo último que escuché, tranquila, casi cariñosa:

—Yo me encargo de que tu recuerdo esté limpio. De que todos piensen que lo que te pasó fue inevitable. Es lo mínimo que puedo hacer por ti.

Y comprendí, demasiado tarde, que la verdadera prisión no eran las cuatro paredes de la unidad psiquiátrica, ni nuestro piso en Madrid, sino la versión de la realidad que Diego había construido para todos… menos para mí.