En el supermercado, cuando decidí pagar la compra de una anciana desconocida, no imaginé que también estaba comprando una advertencia. Se acercó tanto que pude oler su aliento a menta y me susurró, con una seriedad que me heló la espalda: «Cuando tu marido se vaya, no toques la nieve del patio». Me reí, fingiendo que no me afectaba, pero sus palabras se me quedaron clavadas en la cabeza. A la mañana siguiente, al abrir la puerta del porche y ver el jardín, casi me derrumbo.

En la cola del supermercado de barrio en Alcalá de Henares, la señora delante de mí empezó a vaciar el carrito con manos temblorosas. Pan, leche, unas manzanas, pastillas para la tensión. Cuando la cajera dijo el total, la anciana se quedó mirando la pantalla, perdida.

—Ay, me he confundido… —murmuró—. No me llega.

La cajera suspiró. La cola detrás resopló. Yo solo quería volver a casa; la nevada de enero nos tenía a todos de mal humor. Pero miré la cara de la mujer, roja de vergüenza, y sin pensarlo saqué la tarjeta.

—Se lo pago yo —dije—. No pasa nada.

La anciana me miró, sorprendida.

—No, hija, cómo vas a…

—De verdad. Es solo comida.

La cajera pasó mi tarjeta.

—Nombre y DNI, por favor, para la tarjeta de puntos —dijo mecánicamente.

—Clara Martín, 52… —repetí, mientras anotaba—. Y el teléfono es el de siempre, el de Diego.

Noté cómo la anciana se giraba un poco al oír el nombre de mi marido. Sus ojos, de un gris muy pálido, se clavaron en mi cara como si intentara recordar algo.

Al salir, el viento helado nos golpeó. La nieve amontonada en los bordes de la acera ya casi nos tapaba las botas.

—Gracias, hija —dijo ella, acomodándose la bufanda—. No tenía por qué.

—De verdad, no es nada.

Entonces se inclinó hacia mí, más cerca de lo que habría sido normal. Olía a colonia antigua y a lana mojada.

—Cuando tu marido se vaya —susurró—, no toques la nieve del patio.

Me quedé helada un segundo. Me vino la risa nerviosa.

—¿Cómo dice?

Pero ya se estaba alejando, apoyada en su bastón, la silueta pequeña perdiéndose entre los coches cubiertos de blanco. Aquella frase absurda se me quedó dando vueltas en la cabeza todo el camino a casa.

Cuando se lo conté a Diego, por la noche, él soltó una carcajada exagerada.

—La gente está fatal, Clara —dijo, abriendo una cerveza—. A saber, una vieja con la cabeza ida. Bastante tenemos con la nevada como para encima hacerle caso.

—Ya… —respondí, intentando reír también.

Estábamos solos en la casa adosada de las afueras. Llevábamos un año allí. Diego había sido quien quiso el patio grande “para las barbacoas y para que tú tengas tus plantitas”, como decía. Ahora todo era un manto blanco perfecto, iluminado por las farolas.

—Mañana salgo al alba —añadió él—. Tengo ruta hasta Zaragoza. No te asomes, que el suelo resbala. ¿Me oyes?

Asentí. Por la ventana del salón vi cómo seguía cayendo la nieve, silenciosa. En algún momento pensé en la anciana, en su mirada fija cuando oyó el nombre de Diego, pero lo espanté como quien aparta una mosca.

Me desperté con el ruido lejano de un motor. Miré el reloj: 5:47. Diego ya se estaba yendo. El colchón se sentía enorme sin su peso. Oí la puerta, el portazo, el coche arrancando, alejándose por la calle silenciosa.

Cuando me levanté de verdad, ya eran casi las nueve. El silencio era espeso. Puse café y abrí la puerta del salón que daba al porche para dejar salir al perro. Bruno llegó corriendo, moviendo el rabo, pero al ver la nieve se detuvo en seco, gruñó bajito y se escondió detrás de mis piernas.

Fruncí el ceño, di un paso hacia fuera… y entonces lo vi en mitad del patio, bajo la capa de nieve fresca: la silueta alargada, inconfundible, de un cuerpo humano tumbado boca arriba, con algo oscuro asomando a la altura del cuello. Sentí que las rodillas se me doblaban y me agarré al marco de la puerta, convencida de que iba a desmayarme.

Me obligué a cerrar la puerta despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera despertar aquello que yacía bajo la nieve. Bruno gimoteaba detrás de mí, arañando el suelo.

“Es imposible”, me repetía. Tenía que ser una ilusión, una sombra, algún saco que Diego hubiera dejado. Pero la forma era demasiado precisa: cabeza, hombros, tronco. Y aquel borde oscuro en el que preferí no pensar.

La voz de la anciana se me coló en la mente, nítida: Cuando tu marido se vaya, no toques la nieve del patio.

Fui a por el móvil con las manos temblorosas. Marqué el número de Diego. Tono. Otro tono. Nada. Lo intenté tres veces más. Apagué la llamada antes de que saltara el buzón; no quería oír su voz grabada, alegre y falsa.

El siguiente número fue el 112.

—Emergencias, dígame.

La frase me salió de golpe, atropellada:

—Creo… creo que hay un cuerpo enterrado en la nieve de mi patio.

Diez minutos más tarde oí las sirenas acercándose por la urbanización silenciosa. Los vecinos empezaron a asomarse tras las cortinas. Dos coches de la Guardia Civil se detuvieron frente a mi casa. Salieron tres agentes, hundiendo las botas en la nieve de la acera.

—¿Señora Clara Martín? —preguntó el que parecía más veterano.

Asentí, abrazándome a mí misma.

—Por aquí.

Les abrí la puerta del salón. Se quedaron un segundo mirando el patio. Uno de ellos silbó por lo bajo.

—Joder… —murmuró.

—Nadie ha pisado ahí desde anoche —dije—. Yo no he salido. Solo mi marido, cuando se fue al amanecer. Pero sus huellas van directas al coche, no hacia el centro.

El sargento, un hombre ancho con bigote blanco, sacó el móvil y tomó unas fotos.

—Bien. Nadie toca nada hasta que llegue el equipo —ordenó—. Señora Martín, necesito hacerle unas preguntas.

Nos sentamos en la mesa de la cocina. El olor a café se mezclaba con una náusea aguda que no me abandonaba.

—¿Dónde está su marido ahora?

—En carretera. Es transportista. Tenía ruta hasta Zaragoza.

—¿Ha notado algo extraño en los últimos días? ¿Discuten a menudo?

—No… bueno… —Me oí tartamudear—. Lo normal. Llevamos cinco años casados. Nunca… —Mentía sin saber por qué. Por costumbre, quizá. Por ese reflejo de protegerlo.

El sargento me observó un momento, como si pudiera leer más allá de mis palabras, pero no insistió.

Desde la cocina vimos llegar la furgoneta del equipo científico. Entraron dos técnicos con monos blancos, mascarillas y palas pequeñas. Uno de ellos marcó el perímetro con cinta amarilla. Bruno ladraba sin parar desde el pasillo.

Los vimos empezar a retirar la nieve con una delicadeza casi quirúrgica, capa a capa. La forma se fue definiendo, más nítida. El bulto bajo la nieve era negro y brillante.

—Es una bolsa industrial —dijo uno de los técnicos—. De las gruesas.

Cuando apartaron la nieve del todo, el contorno era ya innegable. Una bolsa grande, cerrada con cinta, con la forma exacta de un cuerpo rígido. El técnico hizo un gesto al sargento.

—Va a oler mal —advirtió.

No vi el interior. Me giré justo cuando cortaban la bolsa, porque el solo sonido del plástico rasgándose me hizo un nudo en la garganta. Oí un par de exclamaciones ahogadas y el golpe sordo de alguien alejándose a toda prisa para respirar aire limpio.

El sargento volvió a la cocina, más serio aún.

—Señora Martín, todo indica que son restos humanos —dijo, con voz neutra—. Tendremos que hacer pruebas, pero… no es algo reciente.

Sentí que el mundo se inclinaba un poco.

—¿Cree que… que lo ha hecho Diego? —pregunté, con la voz apenas audible.

El hombre no respondió directamente.

—¿Su marido ha vivido en otras casas con jardín? ¿Con nieve? —preguntó en su lugar.

—Sí, en Vitoria, hace años. Antes de casarnos. Me lo enseñó en fotos. Decía que odiaba la nieve.

El sargento intercambió una mirada rápida con otro agente.

—¿Conoció allí a alguien llamada Laura Méndez?

Negué con la cabeza.

Él sacó de una carpeta una hoja plastificada. La puso sobre la mesa. Era el retrato de una mujer de unos treinta y tantos, sonrisa amplia, pelo rizado.

—Desapareció en Vitoria hace tres años. La última persona que la vio con vida fue su pareja de entonces. Un transportista llamado Diego Sanz.

Sentí que el café se me revolvía en el estómago.

Un golpe en el cristal del salón nos hizo sobresaltarnos. Uno de los agentes apartó la cortina. Afuera, pegada a la valla, estaba la anciana del supermercado, tiritando bajo el abrigo oscuro, el bastón hundido en la nieve.

Sus ojos grises me buscaron a través del cristal.

—Te dije que no tocaras la nieve —dijo, muy despacio, cuando le abrieron la puerta.

La hicieron pasar a la cocina. Se sentó con cuidado, como si le doliera cada articulación. Yo no podía dejar de mirarla; sentía una mezcla de gratitud y miedo absurdo, como si ella hubiera visto mi futuro antes que yo.

—¿Su nombre, señora? —preguntó el sargento.

—Mercedes Robles —respondió ella—. Vivo en la calle de arriba, en el portal nueve. La he visto entrar y salir muchas veces, pero no sabía quién era hasta ayer.

Se volvió hacia mí.

—Cuando dijo “Diego” en la caja… supe que era él.

—¿Le conoce? —pregunté, con la boca seca.

Mercedes asintió, despacio.

—No a él. A lo que deja detrás.

El sargento se recostó en la silla.

—Explíquese, por favor.

Mercedes apoyó las manos nudosas en la mesa.

—Yo vivía en Vitoria, en el barrio de Lakua. Enfrente de mi portal, una pareja se mudó a un bajo con jardín. Ella se llamaba Laura. Era maestra. Encantadora. A él lo veía menos, siempre de madrugada, siempre con prisas. No supe su nombre hasta que desapareció y la foto salió en la tele. Diego Sanz.

Tragué saliva. El sargento tomó notas.

—Fue un invierno de esos de helarse las pestañas —continuó Mercedes—. Nieve y más nieve. Un día, Laura vino a mi casa a pedir sal mientras su… mientras él le gritaba porque había resbalado en el patio. Tenía un moratón en el brazo. Me dijo que no pasaba nada, que Diego era “muy nervioso”, que se le pasaba. Ya sabe.

Sabía. Lo sabía demasiado bien.

—Una mañana dejó de verse a Laura. Él dijo que se había ido con otro, que lo había dejado. Pero la ropa seguía colgada, las plantas regadas —Mercedes apretó los labios—. Yo miraba mucho por la ventana. Vi cómo, durante días, él salía al patio siempre a la misma zona, justo donde la nieve estaba más hundida. Nunca dejaba que nadie se acercara. Luego, cuando el deshielo empezó, se marchó de repente, sin avisar. La casa se quedó vacía.

—¿Avisó a la policía? —preguntó el sargento.

—Claro que sí. Pero sin cuerpo… —Se encogió de hombros—. Dijeron que seguramente ella se había ido por su cuenta. Que no había pruebas.

El silencio de la cocina se llenó con el murmullo lejano de las radios de los agentes en el patio.

—Cuando lo vi ayer contigo —me miró—, Clara, tardé un segundo en reconocerle. Más delgado, con barba, pero los ojos eran los mismos. Y ese gesto de sujetarte del hombro como si fueras suya. Yo… —Respiró hondo—. No quería asustarte, pero tampoco podía callarme.

Apreté la taza entre las manos. De repente, escenas sueltas de los últimos años cobraron otro tono: los cambios repentinos de humor, los viajes “improvisados”, su insistencia en que yo no saliera cuando nevaba, aquella vez que se enfadó porque ayudé a una vecina a palear el portal.

El sargento se levantó.

—Mercedes, su testimonio será muy útil —dijo—. Pero de momento es extraoficial. Hasta que el forense nos diga quién es la persona del patio, todo son hipótesis.

No tardaron semanas, sino meses, en confirmarlo. El cuerpo era de Laura Méndez. Diego había envuelto los restos con cal y plástico, enterrados a poca profundidad, confiando en la nieve y el tiempo. Cuando compramos la casa, nadie lo sabía. El antiguo dueño había vendido rápido, agradecido por librarse de un “jardín que se encharcaba mucho”.

A Diego no lo encontraron. Su camión apareció vacío en un área de servicio de Lleida, con la documentación en la guantera y las llaves tiradas en una papelera. Se habló de huida a Francia, de Portugal, incluso de suicidio. Pero el río donde supuestamente se había tirado nunca devolvió un cuerpo.

Para la Guardia Civil, el caso quedó “en curso”. Para mí, quedó suspendida la vida entera.

Volví a casa después de declarar una y otra vez. Mercedes venía a tomar café algunos días; hablábamos de Laura, de cómo le gustaba bailar, de lo que podría haber sido su vida. A veces me descubrí preguntándome si Diego habría cavado ya aquel agujero cuando me llevó por primera vez a ver la casa, sonriendo, diciendo: “Mira qué bien, no tendrás que preocuparte por el jardín en invierno, la nieve lo tapa todo”.

Vendimos la adosada al año siguiente. Nadie quería comprarla, pero al final una pareja joven aceptó, sabiendo la historia. “Con el tiempo, la gente se olvida”, dijo el agente inmobiliario. Yo no.

Me fui a un piso pequeño en Guadalajara. Sin jardín, sin patio. Solo una terraza que daba a un patio interior compartido. Pensé que así la nieve sería solo algo que se ve en las noticias.

El primer invierno allí, cayó otra nevada fuerte. Desde la ventana de la cocina vi el patio interior convertido en una plancha blanca, salpicada por las huellas de los niños que jugaban. Solo había un rincón, junto al cuarto de contadores, donde la nieve permanecía intacta, lisa, perfecta. Me obligué a no mirarlo demasiado.

Aquella noche, al volver del supermercado, encontré un sobre bajo mi puerta. No tenía remite. Dentro, una sola hoja doblada en cuatro. Reconocí la letra al instante, esa inclinación hacia la derecha, las mayúsculas exageradas. La había visto miles de veces en notas pegadas en la nevera.

No toques la nieve.

No había firma. No hacía falta.

Me asomé de golpe al pasillo. Nadie. El edificio olía a sopa y a lejía. En el patio interior, la nieve seguía cayendo despacio, silenciosa, cubriéndolo todo.

Me quedé allí de pie, con el papel en la mano y el corazón martilleando, entendiendo, por fin, que no importaba cuántas casas cambiara ni cuánta nieve evitara: Diego seguía ahí fuera, respirando el mismo aire que yo, esperando el siguiente invierno.