Mi hermana me miró el vientre y sonrió como si fuera un juguete. “Quiero ver si suena”, dijo… y me pateó el embarazo. Me doblé del dolor, pero mis padres corrieron a “calmarla”, no a ayudarme: “Erica, ¿ella te dijo algo? Estamos contigo”. Cuando intenté levantarme, ella vino llorando —fingiendo— y me dio otra patada brutal. Caí inconsciente. Lo siguiente que escuché fue la voz de mi madre: “Ya basta de drama, despierta”. Y la de mi padre: “Apúrate o te hago que Erica te vuelva a patear”.
Mi hermana Erica me miró el vientre como si fuera un objeto de feria y sonrió con una calma que me dio escalofríos. Estábamos en Zaragoza, en el piso de mis padres, un sábado por la tarde. Yo tenía siete meses de embarazo y había ido solo para “arreglar las cosas”, como siempre pedía mi madre, Nora. La mesa del salón estaba llena de platos de picoteo y una tarta barata, porque supuestamente iban a “celebrar” que todo iba bien.
Erica se acercó despacio, con una copa en la mano. Me observó el vientre con curiosidad falsa.
—Quiero ver si suena —dijo, como si hablara de una sandía.
—No digas tonterías —respondí, retrocediendo un paso—. No me toques.
Mi padre, Hendrik, soltó una risita desde el sofá, como si fuera una broma. Mi madre puso cara de “ya empezamos”, pero no dijo nada. Erica inclinó la cabeza, fingiendo ternura, y de pronto su cuerpo cambió: el gesto se endureció, la cadera giró y me lanzó una patada directa al abdomen.
El golpe me vació el aire. Sentí un dolor sordo, profundo, como si me apretaran por dentro. Me doblé y choqué contra el borde de la mesa. Escuché cómo un vaso se rompía en el suelo.
—¡¿Qué haces?! —alcancé a gritar, con la voz partida.
Y entonces ocurrió lo más aterrador: mis padres no corrieron hacia mí. Corrieron hacia ella.
—Erica, tranquila, cariño —dijo mi madre, poniéndose delante de mi hermana como si yo fuera el peligro—. ¿Ella te dijo algo? ¿Te provocó?
Mi padre se levantó y le tocó el hombro a Erica, con un cuidado que jamás tuvo conmigo.
—Estamos contigo —le aseguró—. No te alteres.
Yo seguía encorvada, intentando respirar, con una mano sobre el vientre. El bebé se movía extraño, o quizá era mi pánico. Intenté incorporarme para alejarme, pero Erica aprovechó el caos: se tapó la cara con las manos y empezó a llorar de forma exagerada, como una actriz. Se acercó tambaleándose.
—Perdón… perdón… es que me pones nerviosa —sollozó, y en ese mismo movimiento, me dio otra patada, más brutal, como si rematara.
Vi el techo girar. Las voces se distorsionaron. Caí de lado y la alfombra me raspó la mejilla. Todo se apagó.
Lo siguiente que escuché fue la voz fría de mi madre, cerca de mi oído:
—Ya basta de drama, despierta.
Y la de mi padre, como una amenaza tranquila:
—Apúrate o hago que Erica te vuelva a patear.
No abrí los ojos de golpe. Primero volví por partes: un zumbido en los oídos, el sabor metálico del miedo, la sensación pegajosa de la alfombra en la mejilla. Luego, el dolor: una presión pesada en el abdomen y un latido desordenado en la sien. Intenté moverme y alguien me empujó el hombro con el pie, lo justo para hacerme entender que seguía en el suelo.
—¿Ves? Está bien —dijo mi madre, como si hubiera confirmado una teoría.
Abrí los ojos y vi las patas de la mesa, fragmentos de vidrio y una mancha oscura de refresco derramado. Más arriba, el borde del sofá y las piernas de Erica cruzadas, como si estuviera viendo una película. Tenía los ojos rojos de llorar “a propósito” y una expresión ofendida, no culpable.
—¿Cómo puedes hacerme esto? —me dijo, señalándome con un dedo tembloroso—. Yo solo quería tocarte y empezaste a gritar.
La frase era absurda. Quise responder, pero el dolor me cortó la voz. Noté que me faltaba aire, que mi cuerpo estaba frío por dentro. Lo único claro fue un pensamiento: hospital.
—Necesito… ir… a urgencias —susurré.
Mi padre chasqueó la lengua.
—Siempre dramatizando. Si llamas a una ambulancia, nos metes en un lío.
Mi madre se arrodilló frente a mí, no para ayudarme a levantarme, sino para mirarme como se mira a alguien que está a punto de mentir.
—Dime la verdad —dijo—. ¿Qué le dijiste a Erica? ¿La insultaste? ¿Le hablaste del bebé como si fuera una amenaza?
—¿Qué…? —mi garganta ardía—. ¡Me pateó!
Erica soltó un gemido teatral y se tapó la boca.
—¡Lo sabía! —exclamó mi madre, girándose hacia ella—. Te está acusando otra vez. Tranquila, corazón.
Y ahí entendí el mecanismo: no importaba lo que yo dijera. Ya tenían un relato preparado. Yo era “conflictiva”. Erica era “sensible”. Mis padres eran “mediadores”. Y el bebé… un accesorio en esa guerra.
Intenté incorporarme apoyando una mano en la mesa, pero el abdomen se me contrajo. Sentí un pinchazo y, aunque no había sangre visible, mi cuerpo gritó peligro. Alcancé mi bolso con la punta de los dedos. Dentro estaba el móvil. Mi padre lo vio y me lo arrebató con un movimiento rápido.
—Ni se te ocurra —dijo.
El miedo se volvió rabia. Con la fuerza que me quedaba, le agarré la muñeca.
—¡Devuélvemelo!
Mi madre se levantó de golpe y me empujó hacia atrás.
—No me toques a tu padre —me escupió—. Mira cómo te pones. Así cualquiera se altera.
Erica se puso detrás de ellos y empezó a llorar de nuevo, ya sin lágrimas, solo sonido.
—Me da miedo —decía—. Me mira con odio. Me quiere quitar a mis padres.
Yo, en el suelo, me di cuenta de otro detalle: la puerta del salón estaba entreabierta y, desde el pasillo, se escuchaban pasos de vecinos, un ascensor subiendo, vida normal. Estaba rodeada de gente y aun así, atrapada.
No sé de dónde me salió la idea, pero me aferré a algo que mi amiga del trabajo me había repetido muchas veces: “Si te quitan el móvil, haz ruido. Que alguien te oiga”. Inspiré como pude y grité:
—¡AYUDA! ¡LLAMAD A URGENCIAS! ¡ESTOY EMBARAZADA!
Mi padre se lanzó hacia mí con la mano alzada, no para pegarme, sino para taparme la boca. Pero en ese segundo, se oyó un golpe en la pared: alguien desde el piso de al lado había escuchado.
—¿Está todo bien? —preguntó una voz femenina, firme, desde el pasillo común.
Mi madre cambió de cara como si accionara un interruptor. Su voz se volvió dulce.
—Sí, sí… es que se ha mareado —dijo, riéndose—. Embarazo, ya sabes…
Yo aproveché el hueco y volví a gritar, con lo que me quedaba:
—¡NO! ¡ME PEGARON!
La puerta principal se abrió desde fuera. La vecina, Pilar, entró sin pedir permiso. Era una mujer de unos cincuenta, con bata de estar en casa y una mirada que no se dejaba engañar. Vio el vidrio, mi posición en el suelo, mi mano en el vientre.
—Voy a llamar al 112 —dijo, sacando su móvil.
Mi padre intentó frenarla.
—No haga eso, señora, es un asunto familiar.
Pilar ni lo miró.
—Los asuntos familiares no dejan a una embarazada tirada en el suelo.
Cuando los sanitarios llegaron, mis padres intentaron adelantarse con su versión. Pero yo ya estaba en manos de profesionales. Una enfermera me agarró la mano y me dijo: “Respira, estamos contigo”. En la ambulancia, escuché por primera vez un sonido que me tranquilizó: el latido del bebé en el doppler, rápido pero presente. Lloré en silencio, no de alivio total, sino de una rabia antigua que por fin encontraba salida: alguien, por fin, me creía.
En urgencias del Hospital Clínico Universitario Lozano Blesa, el tiempo se convirtió en pasillos, luces blancas y preguntas repetidas. Me hicieron monitorización fetal, ecografía, analítica. El médico no dijo “seguro que estás exagerando”. Dijo: “Necesitamos descartar desprendimiento y cualquier complicación”. Ese “necesitamos” me devolvió una dignidad que mi casa me había robado durante años.
El bebé estaba vivo. Agitado, pero vivo. No voy a mentir: me temblaron las piernas cuando escuché que debía quedarme en observación. Me sentía culpable por algo que yo no había hecho. Esa es la trampa del abuso: te convence de que cualquier consecuencia es tu culpa por “provocar”.
Marco, mi pareja, llegó desde Huesca en cuanto pudo. Entró con los ojos rojos de conducir sin parar y de imaginar lo peor. Cuando me vio conectada a monitores, se quedó quieto, tragando saliva.
—¿Quién fue? —preguntó.
Yo miré a la pared unos segundos. Luego lo dije sin adornos:
—Erica. Y mis padres lo permitieron. Me amenazaron para que no llamara.
Marco se llevó las manos a la cabeza, como si el cuerpo no le cupiera en esa realidad. Me besó la frente y dijo algo simple, definitivo:
—No vuelves ahí.
La trabajadora social del hospital apareció esa misma noche. Me explicó, con calma, que cuando hay una agresión a una embarazada se activan protocolos y que era importante dejar constancia. También me habló de orden de protección, de acompañamiento psicológico, de recursos. Yo sentía vergüenza, pero la vergüenza no era mía: era el residuo de años de “no hagas ruido”.
A la mañana siguiente, la policía tomó declaración. Conté el orden exacto: la primera patada, el desmayo, el intento de impedir la llamada, la amenaza de “te hará que Erica te vuelva a patear”. Mencioné a Pilar como testigo. Entregué el informe médico. Todo sonaba frío cuando lo repetía en voz alta, pero precisamente por eso era tan contundente: hechos, no emociones.
Mis padres llegaron al hospital creyendo que aún podían controlar la escena. Irina —perdón, Nora en esta historia— caminaba como si fuera la dueña del lugar, con una bolsa de frutas en la mano, el gesto ensayado de madre preocupada.
—Hija, ¿qué has hecho? —susurró al verme—. Hay policía. Nos vas a arruinar.
Mi padre miró alrededor y habló bajito, con esa amenaza envuelta en “sentido común”:
—Diles que te caíste. Y ya.
Erica apareció detrás, con los ojos hinchados a voluntad.
—Yo solo quería pedirte perdón… —dijo, y su voz tembló justo lo necesario—. Me alteré porque me mirabas mal.
Marco se puso entre ellas y yo. No gritó. No empujó. Solo bloqueó el paso, firme.
—No se acerquen —dijo.
Mi madre intentó tocarme la mano. Yo la retiré.
—No. Ya no —respondí.
Por primera vez, vi el pánico real en su cara: no por mi dolor, sino por perder el control sobre el relato. Se giró hacia la enfermera, intentando sonreír.
—Mi hija es muy sensible. Está hormonal…
La enfermera la cortó con una frase seca:
—Señora, aquí mandamos nosotros. Y la paciente ha pedido que no entren.
Esa pequeña escena, tan cotidiana, fue una victoria enorme: alguien puso un límite por mí cuando yo no tenía fuerzas.
Los días siguientes fueron de decisiones prácticas. Marco y yo cambiamos cerraduras. Bloqueé números. Solicité medidas de alejamiento. Pilar, la vecina, me dejó una nota en el buzón: “Si necesita algo, llame”. Lloré al leerlo. A veces, un extraño te cuida más que tu sangre.
Erica intentó una última jugada: escribió a familiares, subió indirectas en redes, insinuó que yo era inestable. Pero el informe médico, el testimonio de Pilar y la propia intervención del 112 eran más fuertes que su teatro. Además, mi cuerpo también hablaba: hematomas, dolor, el miedo que se me activaba con solo escuchar su nombre.
Con terapia, empecé a entender que mi historia no empezó con dos patadas. Empezó mucho antes: con una infancia donde el amor se intercambiaba por obediencia. Yo había crecido creyendo que “familia” significaba aguantar. Y ahora, con un hijo por nacer, la palabra cambió de significado: familia era proteger.
Un mes después, en una revisión, escuché el latido fetal con claridad, fuerte, regular. Me aferré a ese sonido como a una promesa. No podía borrar lo que pasó, pero sí podía decidir lo que no volvería a pasar.
Cuando llegó el día del parto, lo hice lejos de ese salón y de esa alfombra. En un hospital, con Marco a mi lado y una lista corta de personas autorizadas. Mi madre llamó decenas de veces. No contesté. Mi padre envió un mensaje: “No seas rencorosa”. Lo borré.
Mi hijo nació llorando fuerte. Yo lloré también, pero no de tristeza: lloré de alivio, de furia purgada, de saber que había roto un círculo. Y mientras lo abrazaba, pensé algo que jamás había pensado con tanta claridad: si alguien intenta tocar a mi hijo como Erica me tocó a mí, no habrá “ánimo familiar” que valga. Habrá consecuencias.



