Era casi medianoche cuando dejé a mi hija en casa de mi madre. Apenas llegué a mi apartamento, el teléfono sonó con un tono que me heló la sangre.

Era casi medianoche cuando dejé a mi hija en casa de mi madre. Apenas llegué a mi apartamento, el teléfono sonó con un tono que me heló la sangre. “Ven ahora. No preguntes.” Conduje como si el tiempo me estuviera persiguiendo. Al doblar la esquina, vi patrullas y luces rojas manchando la fachada. Mi madre lloraba, temblando. “Mientras tu hija dormía, yo vi…” El detective me mostró una foto. Sentí que el suelo desaparecía. Y entonces entendí: alguien más había estado allí… ¿y quizá todavía estaba?

Era casi medianoche cuando dejé a mi hija en casa de mi madre. Apenas llegué a mi apartamento, el teléfono sonó con un tono que me heló la sangre…

Miré la pantalla: número oculto. Dudé un segundo, con las llaves todavía entre los dedos. Contesté.

¿Isabel Carter? —preguntó una voz masculina, baja, como si hablara desde un pasillo.

Mi apellido no es Carter. Carter fue el apellido de mi exmarido, Ethan, un estadounidense que desapareció de Madrid hace dos años. Nadie, excepto mi madre y mi abogado, me llamaba así.

—¿Quién es? —dije, intentando no subir el volumen.

No cuelgue. Mire por la mirilla.

El corazón me golpeó en las costillas. Me acerqué sin hacer ruido y miré: el rellano vacío, la luz amarillenta del portal, la puerta del vecino cerrada. Nada.

—No hay nadie.

—Lo sé. Estoy abajo. Y alguien más está subiendo.

Me quedé inmóvil. Entonces lo oí: el ascensor se detuvo en mi planta y soltó ese suspiro metálico. Pasos. Lentos. Como si el que venía supiera exactamente a qué puerta.

—¿Qué quiere? —susurré.

—Su hija. Sofía. Su madre no está segura esta noche.

Sentí que se me nublaba la vista. La dejé con mi madre en Carabanchel hacía veinte minutos. Quise colgar y llamar a ella, pero la voz me cortó:

—Si llama a la policía o a su madre, la matan. Ya han entrado en el edificio de ella. Lo han hecho antes.

—¿Quiénes? ¿Por qué? —mi garganta era un alambre.

—Porque su exmarido no desapareció. Robó algo. Y ahora creen que usted lo tiene.

Los pasos en el rellano se detuvieron justo frente a mi puerta. Una sombra cruzó la mirilla: una mano enguantada, una bolsa de deporte colgando. Golpearon dos veces, con precisión, no como un vecino.

Abra, señora, —dijo una voz diferente, cercana, amable de una forma falsa—. Soy del seguro. Hay una fuga en el piso de arriba.

El hombre del teléfono murmuró:

—No abra. Métase en el baño, cierre la puerta, ponga el móvil en silencio. ¿Tiene algún objeto con el que defenderse?

Busqué con la mirada. En la encimera, un cuchillo de cocina. Lo agarré.

Otra vez los golpes, más fuertes. Luego, un sonido seco en la cerradura, como metal contra metal.

Están forzando —dije, y mi voz se rompió.

—Escúcheme, Isabel. Tiene treinta segundos. O corre ahora… o no vuelve a ver a su hija.

Y entonces, desde el otro lado de la puerta, escuché algo que me paralizó: una risa breve, y una frase en inglés, como un guiño.

Hey, Iz. Long time.

La voz era de Ethan.

El aire me faltó. Apreté el cuchillo hasta sentir el mango clavarse en la palma. “No puede ser”, pensé. Ethan había desaparecido tras una investigación por fraude tecnológico; su última señal fue una transferencia rara desde un banco de Chamartín. Yo había firmado el divorcio con una mezcla de alivio y rabia. Y ahora su voz… aquí.

La cerradura crujió de nuevo. El tipo del teléfono hablaba rápido, como leyendo un protocolo.

—Isabel, escuche: salga por la ventana del patio interior. Su edificio tiene patio común. Baje al nivel de la calle por la escalera de incendios del bloque B. ¿Sabe dónde está?

Vivía en un cuarto sin ascensor, un edificio antiguo cerca de Lavapiés. Conocía el patio: macetas, tendederos, el eco de las conversaciones. La escalera de incendios estaba al fondo, oxidada, pero llegaba a un callejón.

—¿Quién es usted? —pregunté, arrastrándome hacia la ventana del salón.

Mark Delaney. Trabajo para alguien que quiere mantenerla viva. Lo demás después.

Otro golpe. Esta vez la puerta tembló. La voz “amable” del otro lado se endureció.

—Señora, abra o tendré que entrar por la fuerza. Es por su seguridad.

“Seguridad”, repitió mi cerebro, riéndose de mí.

Con manos torpes, levanté la persiana lo justo. La noche en el patio era un pozo. A lo lejos, una televisión encendida. Un perro ladró y luego se calló. Abrí la ventana y me asomé: cuatro plantas hacia abajo. La idea de bajar por la fachada me dio vértigo.

—No puedo… —dije.

—Sí puede. Y si se cae, al menos no será en manos de ellos —respondió Mark, sin dureza, como un hecho.

La puerta cedió un milímetro con un chasquido. Alguien estaba usando una ganzúa o una tarjeta, algo profesional. En la rendija apareció el filo de un objeto, buscando el pestillo.

En el patio, distinguí una figura en la escalera de incendios: alguien subía desde abajo, rápido, mirando hacia mi ventana. No supe si era ayuda o amenaza.

—Hay alguien en el patio —susurré.

—Es mía —dijo Mark—. Se llama Nina Kovács. Confíe en ella. Baje ya.

La rendija se abrió un poco más. Oí a Ethan, muy cerca, casi pegado a la madera.

—Iz, abre. Te lo juro, no quiero hacerte daño. Solo necesito lo que guardaste.

—¡Yo no tengo nada! —escupí, sin pensar.

Su risa, breve, se apagó.

—Siempre fuiste mala mintiendo.

Me impulsé hacia fuera. El metal frío del alféizar me mordió las manos. Apoyé un pie en una pequeña repisa, luego el otro. La calle estaba lejos, pero el patio tenía salientes: una cornisa, un tubo de bajante. Cada movimiento era una negociación con el pánico.

Abajo, Nina levantó la cabeza. La vi mejor: mujer alta, pelo recogido, chaqueta oscura. Me hizo una señal: “ven”.

En mi apartamento, sonó un golpe brutal: la puerta se abrió de golpe. Escuché pasos dentro, rápidos, rebuscando. Ethan dijo algo en inglés que no entendí completo, pero capté el tono de mando. No estaba solo.

Me agarré al tubo de bajante y deslicé el cuerpo centímetro a centímetro. El metal vibraba con mi peso. Mis rodillas temblaban. Un balconcito de la segunda planta me quedó cerca; me apoyé allí un segundo y respiré.

—Sigue —ordenó Mark por el teléfono, que yo sostenía con los dientes y una mano, como pude—. No se pare.

En el patio, una puerta se abrió en alguna planta. Una vecina asomó la cabeza, murmuró algo y se metió de nuevo. Nadie quería problemas. Madrid a medianoche: oímos, pero no miramos.

Cuando por fin llegué al nivel de la escalera de incendios, Nina me tomó del brazo con fuerza, sosteniéndome como si fuera un saco de harina. Olía a tabaco frío y a colonia barata.

—¿Isabel? —preguntó en un español con acento del este—. ¿Puedes correr?

Asentí, sin voz. Ella me empujó hacia la escalera.

Bajamos a toda prisa. En el último tramo, Nina se detuvo y miró hacia arriba. Se oyó un grito desde mi piso: “¡Está fuera!” y luego el sonido de alguien golpeando la ventana.

—Demasiado lento —dijo Nina. Sacó del bolsillo un pequeño dispositivo, como un mando. Lo presionó.

Un estallido seco resonó en el patio. No fue una explosión grande, pero sí suficiente para romper cristales: el tubo de bajante, justo donde yo había estado, se partió y cayó con estruendo, levantando polvo y pánico.

—¿Qué has hecho? —jadeé.

—Cortar su camino —respondió.

Salimos al callejón trasero. Allí nos esperaba un coche gris, motor encendido. En el asiento del conductor, un hombre de barba corta: Mark. Me miró por el retrovisor con ojos cansados.

—Suba —dijo—. Vamos a buscar a su madre y a su hija antes de que Ethan llegue.

—¿Por qué lo haría? —logré decir—. Si de verdad es Ethan… ¿por qué me asusta? ¿Qué robó?

Mark metió primera.

—No robó “algo”. Robó un acceso. Y ese acceso está ligado a usted… aunque no lo sepa.

El coche avanzó por calles estrechas, esquivando contenedores y taxis. Mark conducía con calma demasiado practicada. Nina iba delante, vigilando los espejos. Yo, atrás, con el cuchillo aún en la mano como una ridiculez inútil.

—Suéltelo —me dijo Nina sin mirarme—. Si te paran, te complicas la vida.

Lo dejé en el suelo del coche. Mis dedos estaban entumecidos.

—Explíquenme —pedí—. ¿Qué “acceso”? ¿Por qué mi madre?

Mark tomó una rotonda y se incorporó a una avenida hacia el sur.

—Ethan trabajaba en una empresa de ciberseguridad con contratos públicos y privados. En paralelo, hizo negocios con gente equivocada. Se llevó una clave maestra: credenciales para entrar en sistemas y cuentas. No es una llave física. Es información. Y está protegida por un método que él llamaba “ancla”.

—¿Ancla?

—Una persona. Un vínculo real. Algo que no se puede duplicar fácilmente: rutinas, preguntas, documentos compartidos… su vida. —Me miró un segundo por el espejo—. Usted.

Recordé detalles pequeños: Ethan insistía en que yo guardara una carpeta con “papeles importantes”, que nunca abrí. Me parecía una de sus manías. También me pidió, un año antes de irse, que cambiara mi firma digital en el banco “por seguridad”, y yo lo hice sin entender.

—Yo no tengo nada. No sé de qué hablan.

—Lo creemos —dijo Mark—. Pero ellos no. Y Ethan… —hizo una pausa— Ethan está jugando a dos bandas. Te llama para asustarte, pero también para ganar tiempo.

—¿Para qué?

Nina se giró por primera vez. Sus ojos eran grises, duros.

—Para encontrar lo que dejó escondido en ti sin que tú lo sepas. Y si no aparece… usará a Sofía.

Se me quebró algo dentro.

—¡Acelera!

Mark ya lo hacía. Llegamos a Carabanchel. Las calles eran más tranquilas, menos turistas, más sombras. El portal de mi madre estaba a media manzana. Mark apagó las luces antes de aparcar.

—Subimos los tres —dijo—. Sin ruido. Si hay alguien dentro, salimos. Si está limpio, sacamos a tu madre y a tu hija.

Subimos. El portal olía a lejía y humedad. En el primer piso, la puerta de mi madre estaba entornada.

—No… yo la dejé cerrada —susurré.

Nina sacó una linterna pequeña. La encendió apuntando al suelo, para no delatarse.

Entramos. El salón estaba revuelto: cojines en el suelo, cajones abiertos. En la mesa, el móvil de mi madre con la pantalla rota. Mi estómago cayó.

—Mamá… —dije, pero mi voz no llenó ni el pasillo.

Se oyó un sollozo ahogado desde la cocina. Corrí. Allí estaba mi madre, María, atada a una silla con cinta americana, con un corte leve en la ceja. Tenía los ojos rojos, pero viva. Al verme, intentó hablar; la cinta le tapaba la boca.

—Sofía… —balbuceó en cuanto Nina le quitó la cinta.

—¿Dónde está mi hija? —mi pregunta salió como un animal.

Mi madre lloró.

—Se la llevaron… dos hombres. Uno hablaba español con acento… y el otro… el otro dijo tu nombre en inglés. Me pidió perdón.

Ethan.

Mark soltó una maldición. Se arrodilló frente a mi madre.

—¿Vio hacia dónde fueron? ¿Coche? ¿Color?

—Negro… furgoneta. Sin matrícula delante. —Mi madre tragó saliva—. Me dijeron que si llamaba… Sofía…

No necesitó terminar.

Mark se levantó y marcó un número desde un teléfono distinto al suyo. Habló rápido, en inglés, dando dirección. Colgó y me miró.

—Los han movido rápido. No van a esperar. Necesitamos entregarles algo para ganar tiempo.

—¡Pero no tengo nada! —grité.

Nina se acercó a la mesa del salón y levantó una carpeta azul caída detrás de un mueble. Tenía mi nombre, escrito con letra de Ethan. La abrió. Dentro había copias de contratos, una memoria USB y, pegado al plástico, un papel doblado con una frase: “Si la necesitan, ella ya sabe la respuesta.

—¿Yo? ¿La respuesta a qué?

Mark tomó el papel y lo alisó. Había una sola pregunta manuscrita:

“¿Cuál fue la primera mentira que me creíste?”

Me quedé helada. La primera mentira… recordé la noche que lo conocí en un bar de Malasaña. Me dijo que era “consultor” y que estaba “de paso”. Meses después supe que vivía en Madrid hacía años y que su nombre real no era Ethan, sino… otro.

—No era consultor —susurré—. Me dijo que se llamaba Ethan Carter, pero su pasaporte… —tragué saliva—. Se llamaba Evan Clarke.

Mark asintió, como si encajara una pieza.

—Esa frase puede ser la contraseña para desbloquear algo ligado a ti: una cuenta, una bóveda digital. La USB probablemente es solo el contenedor. Necesitamos un portátil.

Mi madre señaló temblando hacia el dormitorio.

—Allí… el ordenador viejo de tu hermano.

Mark lo trajo. Con manos rápidas conectó la USB. Apareció una sola carpeta: “ANCHOR”. Dentro, un archivo cifrado que pedía “Respuesta de verificación”.

Escribí: Evan Clarke.

La pantalla tardó un segundo. Luego se abrió un documento con claves, rutas y una lista de transferencias. También una nota final:

“Si estás leyendo esto, Iz, es porque me alcanzaron. No soy inocente, pero tampoco quiero que Sofía pague. Entrega esto a Delaney. Él sabrá qué hacer. Y perdóname.”

Miré a Mark, temblando.

—¿Tú lo conocías?

Mark no lo negó.

—Fui la persona a la que Ethan… Evan… intentó venderlo primero. Luego se asustó y desapareció. Y ahora vienen por lo mismo.

Nina ya estaba en la ventana, observando.

—Coche en la calle —dijo—. Dos. No es la policía.

Mark cerró el portátil con un golpe seco.

—Entonces nos movemos ya. Isabel, vas a hacer una llamada. A Ethan. Le dirás que tienes lo que quiere… y que quieres a tu hija en un punto concreto. Un intercambio. —Me miró fijamente—. No es negociación. Es una trampa… pero será nuestra única oportunidad.

Mi garganta ardía, pero asentí. Tomé aire y marqué el número oculto desde el móvil de Mark, que ya tenía registrado un contacto: EVAN.

Cuando contestó, su voz sonó más cercana que nunca, como si estuviera a la vuelta de la esquina.

—Iz… sabía que lo encontrarías.

—Tengo lo que buscas —dije, obligándome a no llorar—. Pero primero quiero escuchar a Sofía.

Hubo un silencio. Luego, una respiración infantil, un gemido.

—Mamá… —dijo mi hija, y ese sonido me sostuvo y me destruyó a la vez.

Ethan habló, suave:

—Bien. Ahora escucha tú: quince minutos. Puente de Toledo. Ven sola. Si veo a alguien… ya sabes.

Miré a Mark. Él ya estaba cogiendo las llaves del coche.

—Quince minutos —repetí—. Puente de Toledo.

Colgué. El reloj de la cocina marcaba 00:41.

Y supe que la noche apenas empezaba.