Mi hija volvió del kínder demasiado seria para sus cinco años. “Mami… mi amiga dijo que nunca te lo cuente”, susurró, como si alguien pudiera oírnos. “¿Qué cosa?”, pregunté riéndome nerviosa. Ella tembló y señaló la sala. “Está… ahí.” Giré la cabeza y se me borró el aire: algo estaba colocado donde no debía, demasiado limpio, demasiado intencional. Sentí la piel erizarse. No quise pensar, solo actué: agarré el teléfono y llamé a la policía. Mientras sonaba el tono, mi hija me miró con lágrimas: “Mami… la amiga dijo que él también nos está mirando.”
Mi hija volvió del kínder demasiado seria para sus cinco años. En el ascensor del edificio, en Zaragoza, no me pidió la merienda ni me contó lo de siempre. Solo apretó mi mano con fuerza, como si le pesara un secreto.
Cuando cerré la puerta del piso, ella se quedó quieta en el recibidor. Miraba hacia el salón sin parpadear.
—Mami… mi amiga dijo que nunca te lo cuente —susurró, tan bajo que me dio miedo hasta escucharlo.
Intenté reír, esa risa de madre que disfraza el nervio.
—¿Qué cosa, cariño?
Su barbilla tembló. Levantó el dedo y señaló la sala.
—Está… ahí.
Giré la cabeza y se me borró el aire.
En la mesa baja, sobre la alfombra, estaba mi llavero. El mismo que yo siempre colgaba en el gancho de la entrada: una cinta roja con una chapita de metal y la foto pequeñita de mi hija. Pero yo había llegado con el llavero en el bolso. No lo había sacado. No lo había dejado ahí.
Y no era lo único.
El cojín del sofá estaba recto, demasiado recto, como si alguien hubiera alisado cada arruga con paciencia. El mando de la televisión, que mi hija suele tirar por donde sea, estaba alineado con el borde exacto de la mesa. Y el jarrón de cristal, que yo guardaba en un mueble alto porque es frágil, aparecía en el centro, brillante, sin una huella.
Todo demasiado limpio. Demasiado intencional.
Me quedé inmóvil, intentando convencerme de que era mi memoria. Que quizá lo había dejado yo, que quizá lo había ordenado por la mañana. Pero mi cuerpo no mentía: se me erizó la piel y sentí frío en la nuca, como si alguien estuviera detrás de mí.
—¿Quién te dijo eso? —pregunté, sin moverme del sitio.
Mi hija me miró con ojos enormes, llenos de lágrimas contenidas.
—Mi amiga… la del pelo corto. Dijo que él entra cuando tú no estás. Que se sienta ahí —señaló el sillón— y que no le gusta cuando cantas.
Tragué saliva. Mi voz salió rota.
—¿Cómo se llama tu amiga?
—No me deja decirlo —susurró—. Dijo que si lo cuento… él se enfada.
En ese instante, escuché un sonido mínimo: un clic, como un plástico encajando. Mis ojos saltaron a la estantería, donde estaba el router. Una lucecita parpadeaba de forma extraña. Me acerqué despacio y vi algo que me hizo sudar: un cable nuevo, delgado, escondido detrás de los libros.
No quise pensar. Solo actué.
Agarré el teléfono y marqué 112. Mientras sonaba el tono, abracé a mi hija con el brazo libre y retrocedí hacia la puerta.
Mi hija me apretó la camiseta y, con voz de terror puro, dijo:
—Mami… la amiga dijo que él también nos está mirando.
—Emergencias, ¿cuál es su situación? —respondió una operadora.
No solté el teléfono. Tampoco solté a mi hija, Emma. Notaba su corazón como un pajarito golpeando contra mi costado.
—Creo que alguien ha entrado en mi casa —dije—. Estoy en Zaragoza, calle Manifestación, portal… piso… Tengo una niña pequeña conmigo. Hay cosas movidas y… un cable raro en el router.
—¿Está usted viendo a alguien dentro de la vivienda?
Miré el salón desde el marco de la puerta. Todo parecía normal en su quietud, como una foto. Pero esa “normalidad” era lo que daba miedo: un orden impuesto.
—No —respondí—. Pero siento que alguien estuvo aquí. No he tocado nada.
—Bien. No se mueva del lugar. ¿Puede salir de la vivienda y esperar en un sitio seguro?
—Sí.
Empujé la puerta con el hombro, cuidando de no girar la llave todavía. Me acordé del llavero sobre la mesa, como un mensaje: “Sé lo que haces, sé dónde están tus llaves”. Me temblaron las manos.
Salimos al rellano. Cerré sin hacer ruido. Bajé un piso por las escaleras, arrastrando el carrito de Emma con el abrigo dentro. En el descansillo del cuarto, me senté en el escalón y la apreté contra mí. Ella no lloraba a gritos; lloraba en silencio, como si tuviera miedo de que su voz activara algo.
—Emma, mírame —le susurré—. ¿Qué te dijo exactamente tu amiga?
Ella se limpió la nariz con la manga.
—Dijo que él vive en las paredes —murmuró.
Sentí un golpe de pánico, pero me obligué a mantenerme fría. “Sin elementos sobrenaturales”, me dije a mí misma como un mantra racional: los niños explican raro. “Vive en las paredes” podía ser “se esconde”, “escucha”, “mira”.
—¿En el kínder te habló hoy? ¿O antes?
—Hoy —dijo Emma—. Me llevó al rincón de los cuentos. Y me enseñó un dibujo… de nuestra casa. Tenía una ventana así —hizo un cuadrado con los dedos—. Y una X aquí.
—¿Dónde aquí?
Emma señaló mi frente, como si la X fuera sobre mí. Se me revolvió el estómago.
La operadora volvió a hablar por el teléfono.
—Señora, una patrulla va en camino. ¿Hay alguien más con llaves de su casa? ¿Expareja, familiar, casero?
La pregunta abrió una puerta en mi mente que yo había intentado cerrar durante meses.
—Mi exmarido —dije, casi sin aire—. Ethan Cole. Pero la custodia es mía. Tiene visitas. Y… devolvió las llaves hace un año.
La operadora guardó silencio un segundo, como quien toma nota mental de algo importante.
—¿Ha habido amenazas previas?
Recordé mensajes borrados, llamadas a deshora, “solo quiero hablar”, “no me la quites”. Recordé también que él sabía demasiadas cosas incluso cuando yo no se las contaba.
—Sí —admití—. Ha sido insistente. Controlador.
En ese momento, escuché el ascensor subir. Las puertas se abrieron con su campanita suave. Una pareja joven salió y me miró raro. Yo fingí calma, pero mi garganta estaba cerrada.
Minutos después, llegaron dos agentes. Una mujer de unos cuarenta, mirada firme; un hombre más joven. Me pidieron el DNI y me hicieron repetir todo. Cuando les dije lo del cable del router, la agente se tensó.
—¿Puede describirlo?
—Muy fino. Como de cámara. Estaba escondido detrás de los libros.
La agente asintió, y por primera vez vi en su cara algo que no era rutina.
—Vamos a entrar con usted, pero usted se queda detrás —ordenó—. ¿Su hija se puede quedar con el vecino o con alguien?
No conocía bien a los vecinos. Me sentí sola, de golpe, en un edificio lleno de puertas cerradas.
—Se queda conmigo —dije.
Entramos. La casa olía a limpio, pero no a mi limpio. A un detergente que yo no usaba. Los agentes revisaron el salón, la cocina, el baño. Cuando la agente llegó al router, se agachó, apartó libros y soltó una palabra seca:
—Joder.
Yo me acerqué un paso. Vi lo que ella sostenía: un dispositivo pequeño, negro, del tamaño de un pulgar, pegado con cinta de doble cara. Tenía una lente minúscula.
Una cámara.
Emma se tapó la cara.
—Mami… —dijo—. Te dije.
La agente miró alrededor, siguiendo el cable. El cable desaparecía hacia la pared, por una rendija detrás del zócalo.
—Esto no lo ha puesto un ladrón —dijo—. Esto es vigilancia.
El policía joven abrió el armario del salón. Entre mantas, encontró otra cosa: una caja de juguetes que no era de Emma. Y dentro, un peluche viejo con una costura reciente. La agente lo apretó, palpó… y sacó una segunda lente.
Me faltó el aire.
—¿Quién haría esto? —susurré.
Emma, con la voz quebrada, dijo algo que me dejó helada:
—La amiga dijo que él no viene solo… que alguien le abre.
La frase de Emma —“alguien le abre”— convirtió el miedo en una lista de sospechosos. Los agentes intercambiaron una mirada rápida.
—¿A quién se refiere con “alguien le abre”? —preguntó la agente, agachándose al nivel de mi hija, con una suavidad que contrastaba con la tensión de la escena.
Emma se mordió el labio.
—No sé… —susurró—. Pero dijo que él tiene una llave nueva. Y que se ríe cuando tú apagas la luz.
Yo sentí que la casa se me volvía ajena. Pensé en el casero, en una copia de llaves, en un cerrajero. Y luego pensé en algo peor: alguien con acceso a mi rutina, a mi horario, a las horas exactas en las que estaba fuera.
—¿Cuándo fue la última vez que cambió la cerradura? —preguntó el policía joven.
—Nunca —respondí—. El piso es de alquiler. Cambié el bombín cuando me separé, pero fue hace más de un año.
La agente me miró como si ya hubiera tomado una decisión.
—Vamos a pedir a Científica y a un equipo de delitos tecnológicos —dijo—. No toque nada. Y usted, señora, hoy no duerme aquí.
Me ardió la garganta.
—¿Y mi ex? —pregunté—. ¿Pueden detenerlo?
—Con una denuncia formal y lo que estamos viendo, podemos abrir diligencias, solicitar orden de alejamiento, y… si se demuestra acceso ilegal y vigilancia, se complica bastante para él —respondió ella.
Yo miré el sillón que Emma había señalado. Era un sillón normal, de Ikea, pero de pronto parecía un escenario. Imaginé a Ethan sentado ahí, mirando la casa en silencio, viendo mi vida como si le perteneciera. La idea me dio náuseas.
Los agentes me pidieron que revisara mi móvil por si había mensajes o llamadas recientes. Mientras lo hacía, me entró un recuerdo incómodo: dos semanas atrás, al salir del trabajo, había encontrado el espejo retrovisor de mi coche ajustado a una posición extraña. Pensé que alguien lo había tocado en el aparcamiento. También recordé una vez que Emma dijo: “Mami, el señor de la gorra te mira desde el coche”, y yo lo tomé como una fantasía infantil.
No lo era.
Llegó la unidad de policía científica. Fotografías, guantes, bolsas de evidencias. Un técnico siguió el cable del router hasta una pequeña perforación casi invisible en el zócalo. Retiraron la tapa del enchufe y encontraron un micrograbador conectado a la corriente.
—Está alimentado continuamente —explicó el técnico—. Y transmite por red móvil. No depende de su wifi.
Eso significaba algo concreto: quien lo instaló quería que siguiera funcionando aunque yo cambiara la contraseña, aunque reiniciara el router. Quería permanencia. Control.
Mientras ellos trabajaban, el teléfono de Emma —una tablet infantil sin SIM, solo wifi— emitió una notificación de juego. La pantalla se encendió sola. El técnico levantó la vista.
—¿Esta tablet tiene cámara? —preguntó.
—Sí, pero está bloqueada —dije—. Solo ve vídeos.
Él la tomó, revisó ajustes, frunció el ceño. Luego miró a la agente.
—Alguien ha intentado acceder a la cuenta asociada. Hay inicios de sesión desde otro dispositivo.
Sentí que me temblaban las rodillas.
—¿Desde dónde?
El técnico mostró la pantalla: un registro con ubicaciones aproximadas. Una de ellas era mi propio barrio. Otra, un polígono industrial al oeste de Zaragoza.
La agente sacó su libreta.
—Señora, necesito que piense: ¿su ex tiene conocimientos de informática? ¿O alguien cercano?
Me vino a la cabeza una persona de inmediato: Liam Brooks, el nuevo novio de mi vecina del quinto, siempre amable, siempre dispuesto a “arreglarte el wifi” cuando se caía. Había entrado un par de veces a casa con la excusa de mirar el router. Yo lo agradecí, porque soy torpe con esas cosas. Y ahora, esa amabilidad se volvía sospecha viscosa.
—El novio de mi vecina… ha tocado el router —dije, con la voz apretada—. Pero no sé si…
Emma me interrumpió con un hilo de voz:
—Mami, la amiga dijo que el señor sonríe igual que el novio de la vecina.
La agente se quedó quieta. Ese tipo de coincidencia, dicho por una niña, era dinamita.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
—Liam Brooks.
La agente llamó por radio. Yo no escuché todas las palabras, pero sí “identificación”, “posible colaborador”, “contacto con expareja”.
Y entonces pasó lo que yo más temía: mi móvil vibró con una llamada entrante. Nombre en pantalla: Ethan Cole.
Se me helaron las manos.
—No lo coja —dijo la agente.
Pero Ethan insistió. Llamada tras llamada. Como si supiera que yo estaba mirando. Como si supiera que estábamos en la sala.
El técnico, sin apartar la vista de su equipo, murmuró:
—Si tiene la transmisión activa, puede estar viendo incluso ahora.
Emma rompió a llorar.
—Mami… él nos mira… —repitió, exactamente como antes.
La agente me puso una mano en el hombro.
—Respire. Ahora vamos a hacer las cosas bien —dijo—. Vamos a intervenir su móvil con autorización, recoger evidencias y… si vuelve a llamar, lo usaremos.
Ethan llamó una vez más. Esta vez, la agente indicó que contestara en altavoz, con ellos presentes.
Tragué saliva y deslicé el dedo.
—¿Sí?
La voz de Ethan entró suave, demasiado suave.
—Hola, Ava —dijo, usando el apodo que solo él usaba—. ¿Ya encontraste lo que dejé?
Sentí que el estómago se me caía al suelo.
—¿Qué dejaste? —pregunté, obligándome a sonar normal.
Ethan rió por lo bajo.
—No hagas teatro. Ya sabes que si yo no puedo estar ahí… nadie debería estarlo. Y dile a Emma que su “amiga” hace bien en obedecer.
La agente levantó las cejas, como diciendo: “lo tenemos”.
Yo apreté el teléfono.
—¿Por qué haces esto?
Ethan respiró, como disfrutando.
—Porque siempre fuiste mala para entender límites. Y porque… me gusta ver cómo te das cuenta tarde.
La agente cortó con un gesto. Yo colgué. Me temblaban las manos, pero por primera vez el miedo tenía forma legal: grabación, evidencia, amenaza directa.
Esa noche dormimos en casa de una compañera del trabajo, con protección policial en la puerta. Me costó cerrar los ojos. Pero cuando Emma por fin se durmió, yo entendí algo esencial: no era una historia de fantasmas. Era la historia de un hombre que creía tener derecho a observarnos.
Y esta vez, por fin, iba a mirar cómo lo detenían a él.



