La fiesta de cumpleaños de mi mamá era arriba, en su apartamento. Entramos al lobby con globos y un pastel en las manos… y mi hijo se quedó clavado frente al ascensor. “Mamá, no te subas”, susurró, pálido. “Tenemos que ir por las escaleras.” No entendí, pero asentí. Giramos justo cuando las puertas del ascensor se abrieron con ese “ding” inocente. Un vecino entró sonriendo. Las puertas se cerraron. Dos segundos después… un golpe sordo, un grito ahogado y las luces del panel comenzaron a parpadear como si el edificio estuviera vivo. Ahí supe que mi hijo no estaba imaginando cosas.
La fiesta de cumpleaños de mi mamá era arriba, en su apartamento. Entramos al lobby con globos y un pastel en las manos… y mi hijo se quedó clavado frente al ascensor.
—Mamá, no te subas —susurró, pálido—. Tenemos que ir por las escaleras.
No entendí. Ethan tenía diez años y, aunque era listo, no era de inventar dramas. Lo miré buscando una explicación. Él no me devolvió la mirada; miraba el panel del ascensor como si fuera una boca a punto de cerrarse.
—¿Qué pasa? —pregunté, intentando que no se notara el temblor.
—Huele raro —dijo—. Y… escuché algo antes.
Giramos justo cuando las puertas se abrieron con ese “ding” inocente. Un vecino, Julián Serrano, entró sonriendo, con una bolsa del súper.
—¡Feliz cumple a tu madre! —me dijo—. ¿Subís?
Yo iba a responder que sí, por educación, por inercia, por costumbre. Pero Ethan apretó mi muñeca con fuerza.
—No —susurró otra vez, más firme—. Por favor.
Tragué saliva y forcé una sonrisa.
—Vamos por las escaleras, así hacemos hambre —mentí.
Julián se rió, se metió en el ascensor y alzó la mano a modo de despedida. Las puertas se cerraron.
Dos segundos después… un golpe sordo, un grito ahogado y las luces del panel empezaron a parpadear como si el edificio estuviera vivo.
Me quedé helada. El pastel casi se me resbaló. La pantalla marcó “7”, luego “—”, luego nada. Un zumbido eléctrico atravesó el lobby y el ascensor se detuvo con un gemido metálico. Ethan retrocedió un paso, como si hubiera visto exactamente esa escena antes.
—¿Julián? —grité, acercándome a la puerta cerrada.
No hubo respuesta. Solo otro golpe, más débil, desde dentro.
La recepcionista del edificio salió de su garita, blanca como el papel.
—¡Llamo al 112! —dijo con voz rota.
Yo pegué la oreja a la puerta del ascensor. Olía a cable quemado… y a algo más: un olor químico, penetrante, como pintura fresca o disolvente.
Ethan tiró de mi manga.
—Mamá… ayer vi al señor de mantenimiento hablando con alguien. Decían “que hoy se suba ella”. Yo pensé que hablaban de la abuela.
Sentí que el estómago se me vaciaba.
—¿“Ella”… quién? —pregunté, sin reconocer mi voz.
Ethan me miró por fin.
—Tú.
La recepcionista repetía la dirección al operador con manos temblorosas. Yo seguía pegada al ascensor, como si mi cuerpo pudiera sostenerlo con pura voluntad. Ethan estaba detrás de mí, abrazando los globos como un escudo infantil.
—Señora, apártese de la puerta —me dijo la recepcionista—. Puede haber… corriente.
La palabra “corriente” me devolvió al olor a cable quemado. Di un paso atrás, pero no dejé de mirar el panel. En el metal se reflejaba mi cara: una mujer de treinta y cinco años con sonrisa de madre responsable… ahora rota, alerta, furiosa.
Desde dentro llegó un gemido. Luego una voz ahogada.
—¡Ayuda…!
—¡Julián! —grité—. ¡Aguanta!
El operador del 112 pidió que nadie intentara forzar la puerta. El ascensor podía caer, dijeron. Un minuto se sintió como una hora. Un vecino entró al lobby, vio la escena, sacó el móvil para grabar. Le grité que llamara a emergencias igual. Me odié por pensar, en medio del caos, que ese vídeo podía salvarnos más tarde si aquello era intencional.
Ethan me tiró de la manga otra vez.
—Mamá, te lo dije… —susurró.
Me agaché para ponerme a su altura.
—Cariño, necesito que me cuentes lo que oíste. Exacto. Sin saltarte nada.
Ethan se mordió el labio, intentando recordar como un adulto.
—Fue ayer, cuando fuimos a dejar las invitaciones a la abuela. Yo me quedé en el pasillo porque tú estabas hablando con ella. Vi al señor de mantenimiento, Raúl, abajo, junto a la puerta de máquinas. Estaba con un hombre que no vive aquí. Tenía gorra. Raúl dijo: “Hoy no, mañana. Que se suba ella con el niño, así nadie sospecha”. Y el otro le respondió: “¿Y si se raja?” Raúl dijo: “No se va a rajar. Viene con pastel.”
Se me erizó la piel. “Con pastel.” Como si nuestra vida fuera parte del guion.
En ese momento las puertas del ascensor vibraron con un golpe fuerte. La recepcionista gritó. Ethan se tapó la boca. Yo di otro paso atrás instintivamente.
Unos minutos después llegaron bomberos y policía. El jefe de bomberos examinó el panel, olió el aire y frunció el ceño.
—Hay olor a disolvente —dijo—. Y esto no es una avería normal.
Pusieron cinta, desalojaron el lobby. Un técnico intentó hablar con Julián por el interfono. La respuesta fue un quejido y algo como un golpe de cabeza contra metal. Cuando por fin abrieron manualmente la puerta, el ascensor estaba detenido entre plantas y Julián estaba tirado, con la frente ensangrentada, respirando a bocanadas. Lo sacaron en camilla. Yo me acerqué lo justo para verlo abrir los ojos.
—No… no entréis… —murmuró—. Había… humo… y el suelo… se movió.
Los policías me apartaron para tomar datos. Yo no podía dejar de pensar en la frase: “que se suba ella”. ¿Quién quería que yo subiera? ¿Por qué?
Miré hacia las escaleras, hacia arriba. La fiesta de mi madre seguía esperándonos en el piso 12. Mi mamá, Margot, sesenta y dos años, viuda, viviendo sola. ¿Y si el objetivo era ella? ¿Y si yo solo era el señuelo?
Un agente, Sargento Vidal, me pidió el DNI y me preguntó si había conflictos con alguien del edificio. Contesté que no. Y al decirlo, me di cuenta de que era mentira por omisión: sí había conflicto, pero no con vecinos. Con mi propio hermano, Thomas, que llevaba meses insistiendo en que mi madre vendiera el apartamento porque “era demasiado grande para una mujer sola”. Thomas aparecía, sonreía, presionaba, se iba. Y mi madre me pedía que no peleara: “Es tu hermano.”
El sargento anotó nombres. Cuando mencioné a Thomas, me miró distinto.
—¿Sabe usted quién paga el mantenimiento de este edificio? —preguntó.
—Mi madre —respondí, confundida—. Lo paga como todos.
—No. Me refiero al contrato grande: la empresa de mantenimiento. —Señaló la placa junto a la conserjería—. “Servicios Técnicos Norte”. ¿Le suena?
Sentí un vacío en el estómago.
—Es… la empresa de mi hermano.
El sargento Vidal no dijo “ajá”. No necesitó. Su silencio fue un golpe seco.
—Suba por las escaleras con nosotros —ordenó—. Ahora. Vamos a comprobar que su madre está bien.
Ethan me agarró la mano. Yo agarré el pastel como si fuera una prueba.
Mientras subíamos, escuché el eco de nuestras pisadas como un metrónomo de miedo. Y entendí algo peor que la avería: mi hijo no había “presentido”. Había escuchado un plan.
Subimos doce pisos con dos agentes delante y un bombero detrás. Ethan jadeaba, pero no se quejaba. Yo sentía el corazón golpeándome las costillas como si quisiera salir primero para proteger a mi madre.
En el descansillo del piso 12, la música sonaba suave, una playlist de cumpleaños. Se escuchaban voces de vecinos invitados y el tintinear de vasos. La normalidad me dio náuseas. Toqué el timbre con los nudillos temblando.
Mi madre abrió con una sonrisa enorme.
—¡Mis amores! —dijo—. ¿Qué hacéis subiendo por…?
Su frase se murió al ver los uniformes.
—Mamá, ¿estás bien? —pregunté, entrando casi empujando.
—Sí, claro… —respondió, desconcertada—. ¿Qué pasa?
El sargento Vidal mostró su placa.
—Señora, ha habido un incidente grave con el ascensor. Necesitamos hacerle unas preguntas y revisar algo en su vivienda, con su permiso.
Mi madre miró el pastel, luego mi cara, y su sonrisa se rompió despacio, como papel mojado.
—¿Evelyn? —susurró—. ¿Qué has hecho?
No tuve tiempo de responder. Desde el salón apareció Thomas con una copa en la mano, impecable, sonrisa entrenada.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó, fingiendo sorpresa—. Madre, ¿todo bien?
Mi cuerpo se tensó. Ethan se escondió detrás de mi pierna.
El sargento Vidal no apartó la mirada de Thomas.
—¿Usted es Thomas Blake, propietario de Servicios Técnicos Norte?
Thomas parpadeó una vez. Solo una. Luego sonrió más.
—Sí. ¿Hay algún problema con el ascensor? Qué ironía, ¿no? Yo justo iba a comentarle a mi madre que este edificio necesita modernizarse.
Mi madre lo miró como si no lo reconociera.
—Thomas… —dijo—. ¿Qué dices?
El sargento levantó el móvil con la captura que la recepcionista había enviado: Raúl, el técnico, entrando ayer por la puerta de máquinas con un hombre con gorra. El vídeo era borroso, pero suficiente.
—Tenemos testigos de que su técnico Raúl estuvo manipulando la sala de máquinas. Y una menor ha oído una conversación específica: “que se suba ella con el niño, así nadie sospecha”.
Thomas soltó una carcajada corta, teatral.
—¿Un niño? Por favor… Esto es absurdo. Los niños inventan cosas.
Ethan apretó mi mano con fuerza. Yo sentí un impulso salvaje de gritar. No lo hice. Me obligué a respirar. A ser útil.
—Ethan no inventa —dije—. Y además, yo también olí disolvente. Y Julián está en ambulancia.
Mi madre se llevó una mano al pecho.
—¿Julián? ¿Le ha pasado algo a Julián?
Los agentes pidieron a todos los invitados que se quedaran en el salón y no tocaran nada. Revisaron el despacho de mi madre, los papeles, el armario donde guardaba el contrato del edificio. Thomas intentó interponerse, pero el sargento lo apartó con una frase simple:
—No interfiera.
Y ahí vi por primera vez el verdadero rostro de mi hermano: no el del hijo preocupado, sino el del hombre acorralado. Su mandíbula se puso dura. Sus ojos se movieron rápido, calculando salidas.
En la cocina, mi madre me agarró del antebrazo.
—Evelyn… dime que no es lo que estoy pensando.
Yo tragué saliva.
—Thomas lleva meses presionándote para vender. Su empresa gestiona el mantenimiento. Y hoy alguien quería que yo subiera al ascensor con Ethan.
Mi madre se quedó pálida. No lloró. Solo se sentó, como si le hubieran apagado las piernas.
—Yo… yo firmé un cambio de contrato la semana pasada —confesó—. Thomas dijo que era para “mejorar la seguridad”. Venía con Raúl. Me pidió que firmara rápido.
Sentí rabia, pero también compasión. Mi madre confiaba porque era su hijo.
El sargento Vidal entró con un documento en la mano.
—Aquí está —dijo—. Es una orden de intervención del ascensor firmada por la empresa de su hijo. Autoriza trabajos “de urgencia” sin supervisión externa.
Thomas apareció en la puerta, todavía con la copa, como si el cristal pudiera protegerlo.
—Madre, no les creas. Están exagerando. Esto es un accidente.
—¿Accidente? —repetí, y mi voz me salió más fría de lo que pensé posible—. ¿También es accidente que tu técnico diga “que se suba ella con el niño”?
Thomas me miró con odio abierto por primera vez.
—Siempre fuiste dramática, Evelyn.
El sargento dio un paso.
—Señor, queda usted identificado como parte interesada. Vamos a trasladarlo para declaración. Y vamos a detener a su técnico Raúl si confirma la manipulación.
Thomas soltó el vaso en la encimera con fuerza.
—No pueden hacer esto en el cumpleaños de mi madre.
Mi madre levantó la cabeza y lo miró como no lo había mirado nunca: sin ternura.
—Precisamente por eso, Thomas —dijo—. Porque hoy casi matas a tu hermana… en mi cumpleaños.
El silencio fue absoluto. Los invitados miraban sin respirar. Ethan empezó a llorar en silencio, con lágrimas pequeñas, contenidas.
Thomas intentó hablar, pero no encontró palabras que sirvieran. La policía le pidió que los acompañara. Él miró a mi madre una última vez, buscando compasión. No la encontró.
Esa noche no hubo brindis. Hubo una ambulancia, un informe, y mi madre firmando otra vez, pero esta vez con el sargento al lado: la rescisión del contrato con la empresa de Thomas.
Cuando por fin nos quedamos solos en el salón, mi madre me tocó la cara con manos temblorosas.
—Perdóname por no verte antes.
Yo abracé a Ethan.
—No me perdiste hoy, mamá. Hoy nos salvó él.
Ethan, con la voz rota, susurró:
—Mamá, yo solo… no quería que te pasara algo.
Y entendí lo más duro: el peligro no vino de un monstruo desconocido. Vino de un apellido que yo pronunciaba en Navidad.



