“Se acabó vivir a mi costa, desde hoy cada quien maneja su dinero”, declaró mi esposo justo después de recibir su ascenso, como si aquella promoción le hubiera dado también el derecho de dividirlo todo, incluso nuestro matrimonio. Acepté sin discutir, tragándome el orgullo y la sorpresa. Pero el verdadero golpe llegó el domingo, cuando su hermana vino a cenar, recorrió la mesa con la mirada, luego me miró a mí y soltó con frialdad: “Ya era hora de que dejara de mantenerte…”, y el silencio que siguió lo dijo todo.

—«Se acabó el gorroneo, Ana. A partir de hoy, cuentas separadas»—lo soltó Marcos todavía con la corbata torcida, la chaqueta colgada de un dedo y una sonrisa de triunfo.

Estábamos en el piso de siempre, en Carabanchel, el mismo donde habíamos pasado cinco años compartiendo facturas, hipoteca y comidas recalentadas. Dejó la carpeta del banco sobre la mesa del salón como si fuera un trofeo. Yo todavía tenía en las manos el trapo de cocina.

—¿Perdón? —pregunté, aunque lo había oído perfectamente.

—Me han confirmado la promoción —dijo, inflando el pecho—. Jefe de proyecto. Más responsabilidades, más dinero… y también más orden. Se acabó eso de que todo salga de mi sueldo. Es más sano que cada uno tenga lo suyo.

Lo de “todo salga de mi sueldo” me pinchó. Durante años mi nómina había pagado la mitad de la hipoteca, el coche y algún que otro capricho suyo. Que ahora estuviera en el paro desde hacía tres meses, después del ERE en la gestoría, no borraba todo lo anterior.

—¿Cuentas separadas? —repetí.

—Sí. Tú tendrás tu cuenta, yo la mía. Cada uno aporta a los gastos comunes según lo que gane. Como ahora mismo no ganas nada… —alzò las cejas, como si fuera pura lógica— ya veremos cómo lo organizamos. Pero quiero sentir que nadie vive de mí.

Me mordí la lengua. Podría haberle recordado quién se pidió excedencia para cuidar de su madre cuando estuvo con cáncer, quién hacía horas extra mientras él acababa el máster. No lo dije. Había algo en su tono, una mezcla de euforia y superioridad, que me daba más vergüenza ajena que rabia.

—Vale —asentí, al final—. Si eso te hace sentir mejor, lo hacemos así.

La sonrisa se le ensanchó.

—Ya verás, nos irá genial.

Pasamos el resto del viernes entre papeles, apps del banco y planes vagos. Él hablaba del coche nuevo que quizá podría permitirse ahora; yo pensaba en mi subsidio de desempleo, en el Excel con mis ahorros y en el pequeño fondo que nunca le había mencionado, la herencia que me dejó mi abuela en Zaragoza.

El domingo vino su hermana, Nuria, a cenar. Habíamos comprado una lubina en el Mercadona y abrí una botella de vino blanco “para celebrar”. Nuria llegó con una bolsa de torrijas de la pastelería de la esquina y ese aire cansado que siempre traía de su turno en el hospital.

Dejó el bolso en la silla, miró la mesa puesta, la lubina al horno, el vino, las velas que yo había encendido por inercia más que por romance. Luego me miró a mí, con una expresión rara, casi calculadora.

—Vaya, sí que celebramos —dijo, sin sonreír.

—Marcos ha tenido la promoción —expliqué, sirviéndole vino.

Ella no miró a su hermano. Siguió clavándome los ojos, como si buscara algo en mi cara.

—Ya me lo ha contado —murmuró—. Y también lo de las cuentas separadas.

Marcos se aclaró la garganta.

—Es lo normal, Nuria. Cada uno, lo suyo.

Nuria soltó una risa seca, sin humor.

—Claro. Lo normal.

Dejó la copa en la mesa, despacio. Luego volvió a mirar la lubina, el mantel planchado, mis manos todavía ligeramente temblorosas.

—Pues mira, Ana —dijo al fin—, te lo voy a decir porque alguien tiene que hacerlo. Ya era hora de que dejara de…

Se inclinó hacia delante, bajando la voz lo justo para que las palabras se clavaran entre los tres.

—…y lo que dijo a continuación cambió por completo la forma en la que veía a mi marido.

Nuria no apartó la vista de mí cuando terminó la frase:

—…de vivir de ti.

Por un segundo pensé que había entendido mal. Noté cómo Marcos tensaba los hombros a mi lado.

—¿Perdona? —susurré.

—Nuria, no empieces —bufó Marcos, dejando los cubiertos con un golpe seco—. No tienes ni idea de lo que hablas.

Ella ni se giró hacia él.

—Tengo más idea de la que te conviene —replicó—. Y estoy harta de hacer como que no pasa nada.

El silencio se coló entre los tres, más pesado que el olor del pescado recién salido del horno. Afuera se oía el ruido distante de un partido en algún bar del barrio.

—Explícate —dije al fin, con la voz más firme de lo que me esperaba.

Nuria inspiró hondo, como quien se lanza a una piscina fría.

—Cuando vinisteis a casa de mamá aquel verano en Albacete, ¿te acuerdas? —me preguntó—. Tú ya estabas trabajando en la gestoría y él acababa de empezar en la consultora.

Asentí. Recordaba las noches en el patio, el calor pegajoso, las conversaciones sobre “nuestro futuro”.

—Marcos le dijo a mamá que tú apenas ganabas, que estaba tirando de sus ahorros para manteneros —continuó Nuria—. Que necesitaba ayuda para la entrada del piso de Madrid. Mamá, ya enferma, le hizo una transferencia de casi todos sus ahorros. Él te habló de “un préstamo familiar pequeño”, ¿a que sí?

Sentí un cosquilleo en la nuca. Recordaba esa conversación con Marcos: “Es poca cosa, solo para rematar la entrada, luego lo devolvemos entre los dos”. Nunca me enseñó el extracto.

—Fue la herencia de mamá, Ana —dijo Nuria, esta vez mirando directamente a su hermano—. Veinte mil euros. Le dijiste que estabas asfixiado, que tú lo pagabas todo. Y no era verdad.

—Estábamos empezando —protestó Marcos—. Todo era para los dos.

—¿También era para los dos tu coche nuevo aquel año? —disparó ella—. Porque la mitad de esa herencia se fue ahí, y el resto para tapar tu mierda de tarjeta. A mí me lo contó ella llorando, sintiéndose culpable. Y tú aún tenías la cara de hacerte el mártir.

Tragué saliva. De repente, todos los pequeños detalles que había ignorado empezaron a encajar: las veces que decía “yo pago más”, las bromas sobre “mi sueldo de hombre de la casa”, el gesto vago cuando yo le pedía ver las cuentas conjuntas.

—No es así, Ana —se apresuró Marcos, girándose hacia mí—. Nuria exagera, ya sabes cómo es. Tú también te has beneficiado de ese dinero, joder. Vivimos en este piso gracias a mí.

—Gracias al dinero de mamá —corrigió Nuria—. Y a la nómina de Ana, que también entraba todos los meses. ¿O se te ha olvidado quién pagaba la guardería de Lucía cuando tú no llegabas? —se mordió el labio—. Ah, no, espera, eso no. Que vosotros no tenéis hijos. Los míos, los tuyos sí los uso para que me recuerdes que “no llegas a fin de mes” cada vez que te pido cincuenta euros que me debes.

Elena —me sorprendí pensando mi propio nombre, como si fuera otra persona—, respira, me dije. Pero el aire se me hacía denso.

—¿Qué más, Nuria? —pregunté en voz baja—. Si vas a soltarlo, suéltalo todo.

Marcos se levantó de la silla.

—No tienes derecho a traer esto aquí —gruñó—. Estás arruinando una cena.

—Tú la arruinaste el día que le llamaste gorriona —espetó ella—. Lo mismo que papá le decía a mamá cada vez que le pedía el ticket de la compra.

La palabra “papá” dejó una sombra rara en el salón. Yo sabía lo justo: un hombre controlador, que murió antes de que yo conociera a Marcos.

—¿Sabes lo que más me jode, Ana? —continuó Nuria, volviéndose a mí—. Que la promoción que le han dado… la consiguió gracias al informe ese que tú le ayudaste a preparar. Me lo dijo él mismo, todo orgulloso: “Menos mal que Ana controla de números y de excel, me ha dejado el informe perfecto”. Y ahora va diciendo que le chupan la sangre.

Recordé esa semana: yo en el salón, con su portátil, corrigiendo fórmulas, revisando proyecciones. Él jugando a la Play entre rato y rato “para despejarse”.

—Es normal que quiera ordenar las cuentas —intentó justificarse Marcos, con un tono casi suplicante—. Es mejor para los dos.

Nuria soltó el último golpe sin apartar la vista de mí:

—¿También es “mejor para los dos” que haya firmado la reserva de un piso nuevo en Valdebebas solo a su nombre? Porque eso sí que me lo enseñó, todo orgulloso, el otro día. Total, si tú “no aportas”.

Sentí cómo el suelo se me movía un poco. Miré a Marcos. Él desvió la mirada hacia el plato.

—Eso no tiene nada que ver —dijo—. Iba a contártelo. Con el tiempo.

Dormimos en la misma cama aquella noche, pero cada uno pegado a su borde, como dos desconocidos en un hostal barato. Yo no pegué ojo. Marcos roncaba entrecortado, con ese ruido que siempre había encontrado entrañable y que ahora me sonaba a ocupación ilegal de espacio.

El lunes por la mañana, mientras él se duchaba, abrí mi portátil y revisé nuestras cuentas. Las conjuntas, las mías, las suyas, los extractos que tenía guardados en PDFs por costumbre de contable. No tenía acceso a todo, pero tenía suficiente.

Los datos no discutían: mis nóminas de los últimos años, los ingresos de él, los pagos de la hipoteca, las transferencias “familiares” que yo no recordaba haber autorizado. Y su frase de dos días antes: “Quiero sentir que nadie vive de mí”.

Cuando salió del baño, traje de estreno, perfume caro, ya había tomado una decisión.

—He estado pensando —le dije, mientras se anudaba la corbata frente al espejo.

—Yo también —respondió, sin mirarme—. Ayer fue un desastre. Nuria siempre dramatiza. No deberíamos dejar que se meta entre nosotros.

—No se ha metido entre nosotros —contesté—. Solo ha encendido la luz.

Frunció el ceño.

—Mira, Ana, si seguimos con lo de las cuentas separadas, esto se ordena solo. Cada uno con lo suyo y ya está.

—Perfecto —sonreí, tranquila—. Entonces empecemos bien.

Le puse delante una carpeta transparente. Dentro, varios folios impresos, sellos del banco, un extracto con números subrayados.

—¿Qué es esto?

—Mi nueva cuenta. He movido ahí mis ahorros, incluida la herencia de la abuela de Zaragoza. A partir de hoy, todo lo que sea mío, es mío. Tus cosas, tuyas. Lo que paguemos a medias, por escrito.

Se le tensó la mandíbula.

—Sabes que la ley no funciona así, Ana. Estamos casados en gananciales.

—De momento —respondí.

No fue una amenaza dicha al aire. Esa misma tarde cogí el metro hasta Plaza de Castilla y entré en un despacho de abogados recomendado por una compañera de la antigua gestoría. Una mujer de unos cincuenta, pelo corto y gafas, me explicó con calma qué significaba cambiar el régimen económico, qué pasaba si me separaba antes de que firmara la hipoteca del piso nuevo, qué parte del patrimonio común me correspondía.

No salí de allí llorando ni temblando. Salí con una lista de pasos y una sensación extraña de orden.

Durante las semanas siguientes, llevé al extremo la idea de las “cuentas separadas”. Hice una hoja de cálculo compartida: gastos comunes, porcentajes, lo que tocaba a cada uno según su sueldo. Incluí también el valor de mi trabajo en casa, calculado con frialdad a partir de tarifas de limpiadora y cuidadora por horas.

—Esto es una broma —dijo Marcos, al ver el documento.

—Es lo que pediste —contesté—. Que nadie viviera de ti. Pues yo tampoco.

Dejé de hacer su compra “ya que estaba en el súper”. La luz, el gas, el WiFi: todo prorrateado. Cuando se olvidaba de hacer una transferencia, se encontraba la mitad de la casa a oscuras porque yo había programado la domiciliación solo de “mi parte” con otra comercializadora.

Al principio se enfadó. Luego empezó a llegar más tarde a casa, a hablarme menos, a encerrarse con el móvil. Una noche, revisando de nuevo los papeles, encontré el correo de la promotora del piso de Valdebebas abierto en su portátil. Reserva a su nombre, financiación aprobada bajo el supuesto de “carga familiar inexistente”.

Al día siguiente pedí cita en el registro civil.

No hubo grandes gritos cuando le dije que quería separarme. Solo una conversación larga, en la que Marcos alternaba entre la indignación y un cansancio hondo que no le había visto nunca.

—¿De verdad vas a tirar todo por la borda por unas palabras mal dichas y la lengua larga de mi hermana? —me preguntó.

—No lo tiro por una tarde —respondí—. Lo tiro por años de hacerte la víctima mientras te beneficiabas de que yo no mirara demasiado.

En el acuerdo, gracias a la abogada, quedó claro que la mitad de la aportación para la hipoteca ya pagada era mía, igual que parte de sus ahorros. También quedó negro sobre blanco que el nuevo piso, al haberse firmado la reserva estando aún casados y bajo gananciales, se vería afectado si la compra seguía adelante. Los de la promotora no estaban contentos. Marcos tampoco.

Un año después, vivo en un piso pequeño en Vallecas, de alquiler, con muebles de segunda mano que he elegido yo sola. Trabajo de nuevo en una gestoría, esta vez en Chamberí. Los domingos, a veces, viene Nuria con sus dos hijos y hacemos tortilla y croquetas congeladas.

Marcos se quedó con el piso de Carabanchel y la hipoteca completa. El banco no le dio finalmente las condiciones que quería para el de Valdebebas. Sigue siendo jefe de proyecto, según me contó un antiguo compañero común, pero ahora reparte mejor las horas extra y se ha vuelto sorprendentemente puntual con los pagos.

Nunca volvimos a hablar de “gorroneos”. Él con su sueldo, yo con el mío. Cada uno con sus cuentas. Separadas, por fin, en todos los sentidos.