Mi hermana, piloto de aerolínea, me llamó con un tono que nunca le había escuchado. “Necesito preguntarte algo raro… tu esposo, ¿está en casa ahora mismo?” Miré al sofá: ahí estaba él, roncando, con el control en la mano.

Mi hermana, piloto de aerolínea, me llamó con un tono que nunca le había escuchado. “Necesito preguntarte algo raro… tu esposo, ¿está en casa ahora mismo?” Miré al sofá: ahí estaba él, roncando, con el control en la mano. “Sí, aquí está”, respondí. Hubo un silencio y su voz cayó a un susurro: “Eso no puede ser… porque lo estoy viendo con otra mujer, ahora mismo. Acaban de abordar mi vuelo a París”. Mi piel se erizó. Quise reír, negar, pero entonces escuché el clic de la puerta detrás de mí… y el “mi esposo” en el sofá dejó de respirar.

Mi hermana, Valeria, piloto de aerolínea, me llamó con un tono que nunca le había escuchado. No era prisa. Era algo peor: control forzado sobre el pánico.

—Necesito preguntarte algo raro… —dijo—. Tu esposo, ¿está en casa ahora mismo?

Miré al sofá de nuestro piso en Barajas, Madrid. Ahí estaba Javier, tirado con la manta hasta el pecho, roncando con la boca entreabierta y el mando de la tele en la mano. La pantalla seguía encendida en un partido repetido.

—Sí —respondí, confusa—. Aquí está. ¿Por qué?

Hubo un silencio al otro lado. Y luego su voz cayó a un susurro, como si tuviera gente alrededor.

—Eso no puede ser… porque lo estoy viendo con otra mujer, ahora mismo. Acaban de abordar mi vuelo a París. Puerta B… ha pasado el embarque hace dos minutos.

Se me erizó la piel. La primera reacción fue reír. Decir “no puede ser, estás confundida, se parece”. Pero Valeria no confunde caras. Y menos una cara que ha visto en cenas familiares y fotos de Navidad.

—¿Qué… qué dices? —logré.

—Te juro que es él. Misma barba, mismo reloj, la chaqueta azul marino que lleva siempre. Y la mujer va pegada a su brazo como si fueran… —se tragó la palabra—. Mira, voy a describírtelo: tiene una cicatriz pequeña en la ceja derecha.

Mi estómago se hundió. Javier tenía esa cicatriz desde la universidad.

Me acerqué al sofá. Quise tocarle el hombro, sacudirlo, obligarlo a despertar y desmentirlo. En ese momento, escuché un sonido detrás de mí.

Clic.

La puerta de casa. El cerrojo girando.

Me giré, con el móvil pegado a la oreja, y vi la sombra de alguien entrando en el recibidor.

—Valeria… —susurré—. Alguien acaba de abrir la puerta.

Mi hermana se quedó muda un segundo.

—¿Estás sola? —preguntó, y ya no sonaba a piloto: sonaba a hermana mayor.

El cuerpo en el sofá dejó de roncar.

De hecho… dejó de hacer cualquier sonido.

Lo miré fijamente. Demasiado quieto. El mando aún en la mano, pero los dedos rígidos. Me acerqué un paso y el olor me golpeó: un perfume ajeno, fuerte, y un tufo metálico, tenue, como moneda.

—Javier… —dije, casi sin voz.

No respondió.

En el umbral del pasillo, la figura se detuvo. No la vi bien, solo la presencia.

—¿Quién anda ahí? —pregunté, y mi voz tembló a pesar de mí.

El “mi esposo” en el sofá no respiraba.

Y en mi oído, Valeria dijo algo que me partió la sangre:

—No cuelgues. Si el que está en tu salón no respira… entonces el que yo vi en el aeropuerto… no era una mentira. Era una jugada.

No sé de dónde saqué el aire para moverme. El instinto me gritaba que corriera hacia la puerta, que escapara al descansillo, que gritara a los vecinos. Pero mi cuerpo se quedó atado al sofá, a esa quietud imposible.

—Valeria, llama al 112 —dije, apretando el móvil—. Ya.

—Estoy en cabina —respondió, y oí voces de tripulación de fondo—. No puedo. Pero voy a hacer que lo llamen desde tierra. Tú sal ahora. Coge llaves y sal.

La figura del pasillo dio un paso. El sonido de un zapato contra el suelo. No dijo nada. Eso me asustó más que una amenaza.

Sin pensar, hice lo único que tenía lógica inmediata: retrocedí hacia la cocina con el móvil en alto, como si el teléfono fuera un arma. La cocina daba al tendedero interior y, desde ahí, a una ventana pequeña al patio. No era una salida cómoda, pero era una salida.

—Estoy yendo a la cocina —le susurré a Valeria—. Hay alguien dentro.

—No te enfrentes —dijo ella, con esa firmeza que usa al aterrizar en tormenta—. Escucha: si el hombre del sofá no es Javier, entonces… puede ser un señuelo. ¿Entiendes? Un muñeco, un…

—No es un muñeco —corté, y me odié por el temblor—. Es un cuerpo.

En el suelo, cerca del sofá, vi algo que no había visto antes: una fibra oscura, como un hilo de tela, y una gota diminuta de líquido seco junto a la pata de la mesa. Me ardió la garganta.

La figura se acercó al salón. Yo ya estaba en la cocina, con la espalda pegada a la encimera. Busqué con la mirada: cuchillos, puerta del tendedero, teléfono fijo que no usábamos. Mis dedos estaban torpes. Llamé al 112 yo misma.

—Emergencias, ¿en qué puedo ayudarle?

—Hay… hay un hombre en mi salón que no respira —dije atropellando palabras—. Y alguien ha entrado en mi casa. Estoy en Madrid, barrio de Barajas, calle…

La operadora me pidió que me mantuviera en línea, que no colgara, que me encerrara. Mientras hablaba, miré hacia la puerta de la cocina. La figura se detuvo en el marco.

Y ahí lo vi: no era Javier. No del todo. Se parecía, sí, lo suficiente para engañar a un ojo de lejos. Pero de cerca… la barba tenía otro dibujo, los pómulos eran un milímetro distintos. Y sobre todo: los ojos. Javier tenía una mirada cansada. Este hombre tenía una mirada vacía, profesional.

—Señora, ¿puede describir a la persona? —me pidió la operadora.

—Hombre, alto, chaqueta gris… —empecé, sin apartar la vista.

El intruso levantó una mano, pidiéndome silencio. Como si yo fuera una niña en un cine.

—No grites —dijo al fin, muy bajo—. No vengo por ti.

La frase me heló. Porque significaba que yo era un obstáculo, no un objetivo. Y los obstáculos se apartan… o se rompen.

—¿Quién eres? —pregunté.

—Aléjate de la ventana —ordenó, sin subir el tono.

Mi mente corrió más rápido que mi cuerpo: si no venía por mí, venía por algo… o por alguien. ¿Por Javier? ¿Por el cuerpo del sofá? ¿Por papeles? ¿Dinero? ¿Un móvil? ¿Un pasaporte?

Entonces escuché un sonido metálico en el recibidor: como si alguien dejara llaves en un mueble. Y una voz, desde la entrada, demasiado familiar:

—¿Clara? ¿Estás en casa?

Era la voz de Javier. Mi Javier.

El mundo se me inclinó. El hombre en el marco de la cocina giró la cabeza hacia el recibidor, tensión instantánea. El cuerpo del sofá, el que yo creía mi esposo, era otra persona. Un doble. Un cebo.

—¡Javier, no entres! —grité por reflejo, y en el mismo segundo supe que ya era tarde.

La figura de la cocina se movió rápido hacia el pasillo. Yo corrí detrás, sin pensar en seguridad, solo en impedir lo inevitable.

Vi a Javier en el recibidor, con una bolsa del supermercado en la mano, congelado al ver al desconocido. Sus ojos se abrieron, buscando explicación. El desconocido no habló. Sacó algo del bolsillo: no vi bien si era una pistola pequeña o un spray.

La operadora seguía en mi oído:

—Señora, ¿está usted segura? ¿Está viendo al intruso?

—Sí —dije, con la voz rota—. Y mi marido acaba de entrar.

El desconocido se lanzó hacia Javier. Hubo un forcejeo breve, brutal, sin palabras. La bolsa cayó. Naranjas rodaron por el suelo. Javier intentó gritar mi nombre, pero el sonido se cortó en su garganta.

Y entonces entendí, con un terror frío, el sentido del vuelo a París: mientras yo miraba un “Javier” en el sofá, el verdadero Javier debía estar… en otro sitio. O en peligro.

Valeria tenía razón: no era una infidelidad.

Era una jugada.

El sonido que recuerdo no es el de un disparo. Es el golpe seco de un cuerpo contra un mueble del recibidor y las naranjas aplastándose bajo un zapato. Todo pasó en segundos, pero mi cerebro lo estiró como una pesadilla.

El intruso empujó a Javier contra la pared. Javier, más fuerte de lo que parecía, logró agarrarle la muñeca. Yo me lancé, ciega, y le arañé la cara al intruso con todas mis uñas. Sentí piel, sentí sangre. El hombre soltó una maldición.

—¡Clara, al suelo! —gritó la operadora desde el móvil, que yo aún llevaba pegado a la oreja.

No obedecí. Solo veía la boca de Javier intentando formar palabras sin aire, y los ojos del intruso buscando salida. Fue entonces cuando oí el ascensor detenerse en nuestra planta y pasos apresurados por el rellano: vecinos, o quizá policía. El intruso lo oyó también.

Me empujó con el antebrazo y salí despedida contra la pared del pasillo. Mi móvil cayó, pero la llamada siguió. Javier aprovechó ese segundo de distracción: le dio un cabezazo al intruso y corrió hacia la puerta, intentando salir al descansillo para pedir ayuda.

El intruso se giró y, en lugar de perseguirlo, fue directo al salón. A la escena del sofá. Al “Javier” que no era Javier.

Yo me levanté tambaleando y lo seguí. Lo vi agacharse junto al cuerpo, meterle la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacar algo: un móvil y una cartera. Luego miró hacia mí por primera vez con odio claro.

—No has visto nada —dijo.

—He visto demasiado —respondí, y mi voz me sorprendió a mí misma.

En ese instante, el timbre sonó con violencia. Golpes en la puerta. Voces:

—¡Policía! ¡Abra la puerta!

El intruso corrió hacia el tendedero, como si ya conociera la casa. Y lo peor fue eso: ya la conocía. Sabía la salida trasera al patio interior, sabía dónde estaba cada cosa. No era un ladrón casual.

Javier abrió la puerta principal con manos temblorosas, y dos agentes entraron. Uno se quedó con Javier, otro avanzó hacia el salón con la mano en su arma.

—¿Dónde está? —preguntó.

—Por ahí —señalé, hacia el tendedero—. Se llevó algo del cuerpo.

El policía corrió. Se oyó un portazo. Luego pasos en la escalera de incendios interior que daba al patio. Un vecino gritó desde abajo. Un perro ladró. Madrid seguía viva mientras mi casa se convertía en escena.

Yo volví al sofá con el corazón en la garganta. Miré el cuerpo. De cerca, el parecido era inquietante, pero ya no había duda: no era Javier. Era un hombre de edad similar, barba recortada, ropa cara puesta para parecer “mi marido”. Tenía un pequeño pinchazo en el cuello, apenas visible. Sus labios estaban azulados.

—Dios mío… —susurré.

Uno de los agentes se agachó y tocó su muñeca. Luego me miró con una seriedad que me vació.

—Está muerto.

Javier, detrás de mí, se llevó las manos a la cabeza.

—¿Quién es? —dijo, con voz rota—. ¿Qué… qué demonios es esto?

No tuve respuesta. Solo una sospecha que no quería pronunciar: alguien había traído un cadáver a mi casa para cubrir un movimiento. Para comprar tiempo. Para desviar la mirada.

En comisaría, horas después, todo se volvió preguntas: ¿teníamos enemigos? ¿deudas? ¿alguien con acceso a llaves? ¿mi cuñado? ¿un antiguo socio? Yo contesté lo que sabía: nada grande, nada “de película”. Javier trabajaba en logística. Yo en una clínica dental. Vida normal, hipoteca normal, discusiones normales.

Hasta que el inspector dejó sobre la mesa una foto tomada en el aeropuerto. Me la enseñó sin dramatismo.

Era Javier. O alguien idéntico. Con una mujer rubia, mano en el brazo, ambos caminando hacia una puerta de embarque. La hora coincidía con la llamada de Valeria.

Javier miró la foto y se le fue el color.

—Ese no soy yo —dijo, rápido—. Te lo juro por Alba… —nombró a nuestra hija pequeña como si fuera un escudo—. Yo estaba… estaba comprando pan.

Pero yo vi algo en su cara: no culpa de infidelidad, sino miedo de algo más complejo. Miedo a que su vida tuviera un lado que yo no conocía.

—¿Qué está pasando, Javier? —pregunté, ya sin lágrimas—. ¿Quién te está copiando?

El inspector apoyó los codos en la mesa.

—Señora, esto no parece un caso doméstico. Parece una suplantación. Y el muerto en su sofá… puede estar relacionado con una red de falsificación de identidad o con un ajuste de cuentas. Necesitamos que su marido nos cuente todo. Incluso lo que crea que “no tiene que ver”.

Valeria vino desde el aeropuerto tan pronto como pudo. Entró en la sala con el uniforme, ojeras, la cara dura.

—Yo lo vi con mis propios ojos —dijo—. Y no era un parecido: era él… o alguien hecho para ser él.

Javier tragó saliva. Miró a mi hermana. Me miró a mí. Y por fin dijo algo que me rompió el suelo:

—Hace meses… perdí mi DNI y mi pasaporte. En un viaje de trabajo a Barcelona. Denuncié la pérdida, sí, pero… luego me llamaron. Me dijeron que ya lo tenían “resuelto”. Que no hiciera más ruido. Que si lo hacía… nos pasaría algo.

El silencio cayó como una losa. Todo encajó: el doble, el vuelo, el cadáver, el intruso que conocía la casa. Nos habían convertido en piezas.

No hubo magia. Hubo una verdad sucia: cuando tu identidad cae en manos equivocadas, tu vida puede dejar de ser tuya sin que lo notes.

Esa noche dormimos en casa de Valeria con la puerta reforzada y la luz del pasillo encendida. Y yo, mirando a Javier respirar de verdad a mi lado, entendí lo más aterrador:

El hombre del sofá no dejó de respirar por casualidad.

Lo dejaron allí para que yo creyera una cosa… mientras la realidad ocurría en otra parte.