PARTE 1
Me llamo Marcos y tengo diecisiete años. Vivo en Fuenlabrada, a las afueras de Madrid, con mis padres, Raúl y Beatriz, y mi hermana pequeña, Clara, que tiene quince. Soy diabético tipo 1 desde los nueve años. Para mucha gente es sólo una palabra larga; para mí son pinchazos, controles de glucosa, cálculos constantes… y, sobre todo, insulina. Sin insulina, todo lo demás da igual.
En casa nunca hemos ido sobrados de dinero. Mi padre hace chapuzas de albañilería cuando sale algo, mi madre limpia casas por horas. Las discusiones por facturas son el sonido de fondo de mi vida. Aun así, Clara siempre ha tenido sus caprichos: móviles, ropa de marca, pósters por todas partes de una banda llamada Lúmen, esos tíos que lloran en el escenario y llenan el WiZink.
Cuando anunciaron un concierto en Madrid, Clara se volvió loca. Hablaba del “VIP”, del “meet & greet”, de las fotos con el cantante. Yo la escuchaba desde mi habitación mientras revisaba mi última caja de viales de insulina. Me quedaban, como mucho, diez días si me administraba las dosis habituales.
Un miércoles, el móvil vibró con un mensaje de la farmacia:
“Estimado paciente, su pedido de insulina rápida ha sido cancelado. Por favor, contacte con su médico o con la farmacia.”
Fruncí el ceño. Nunca había pasado. Bajé al salón y me quedé parado antes de asomar. Oía las voces de mis padres.
—¿Entonces ya está? —preguntó mi madre, nerviosa.
—Sí —respondió mi padre—. He anulado el pedido. Con eso y tirando de la tarjeta, nos llega para las entradas VIP. Son seiscientos euros, Bea. Seiscientos.
Se me heló la sangre.
—¿Y la insulina de Marcos? —murmuró ella, pero sonó más por cumplir que por preocupación.
—Tiene todavía en casa —dijo él—. Puede racionar un poco. El concierto es una vez en la vida. La niña se lo merece.
Entré en el salón.
—¿Habéis cancelado mi insulina para comprar entradas? —pregunté, con la voz temblando.
Mi madre me miró como si le molestara que hubiera oído.
—No dramatices, Marcos. Puedes racionar lo que tienes —dijo, cruzándose de brazos—. Siempre estás con tus números, tus aplicaciones…
—No funciona así —escupí—. Esto no es una Play, es mi páncreas.
Mi padre se encogió de hombros.
—Estás bien. No te hacemos faltar comida, ni techo. Para una vez que podemos darle algo grande a tu hermana…
Los días siguientes intenté “racionar”. Bajé las dosis. Mis números se dispararon igual. Empecé a notar la boca seca, una sed constante, el cansancio pegado a los huesos. En clase me costaba concentrarme, veía borroso la pizarra. En casa nadie preguntó nada.
La noche antes del concierto, el glucómetro marcó 385. Me dolía el estómago, respiraba raro, profundo. Fui al baño, vomité. Intenté pincharme un poco más de lo que me quedaba, un parche improvisado sobre una tubería rota.
Recuerdo el suelo frío contra mi mejilla, el móvil en la mano, el 1-1-2 marcado pero sin llegar a darle a llamar. Recuerdo el zumbido lejano de una sirena, voces que se apagaban, un techo blanco moviéndose sobre mí.
Cuando volví a abrir los ojos, estaba en la UCI, con una mascarilla y cables por todas partes. Detrás de la cortina, escuché la voz de mi padre.
—El concierto es una vez en la vida, joder —decía—. ¿Qué querías que hiciéramos, tirar las entradas a la basura?
Y la de mi madre, ahogada:
—Nadie nos dijo que podía acabar en coma…
El médico respondió algo sobre “cetoacidosis grave” y “falta de insulina durante días”.
Mientras los oía justificarse, una calma extraña me invadió, fría, ordenada. No tenían ni idea de lo que iba a hacer después.
Estuve tres días en el hospital. Me hablaban de milagro, de susto, de “aviso importante”. Yo escuchaba a medias. Lo que de verdad me interesaba era ver cómo se comportaban ellos.
El primer día entró una trabajadora social, una mujer de unos cuarenta años llamada Inés. Cerró la puerta y se sentó a mi lado.
—Marcos, el equipo médico nos ha comentado que te habías quedado sin insulina. ¿Sabes por qué?
Miré a mis padres, sentados al fondo, pegados a sus móviles. Mi madre estaba deslizando fotos: reconocí el escenario, pulseras fluorescentes, la cara iluminada de Clara al lado del cantante.
—Fue… un lío con la farmacia —mentí.
Inés me sostuvo la mirada, como si esperara algo más. Luego asintió despacio.
—Vale. Si en algún momento quieres hablar a solas, dímelo, ¿sí?
Cuando se fue, el endocrino, el doctor Herrera, se quedó conmigo y con mis padres.
—Esto no es un “susto” sin más —dijo—. Marcos ha estado a horas de no contarlo. No puede volver a quedarse sin insulina. Nunca. Y menos por un problema económico o administrativo.
—Ya hemos entendido —dijo mi padre, incómodo—. No volverá a pasar.
Yo no dije nada. Apreté los dientes.
De vuelta en casa, el ambiente estaba raro, cargado, pero no por mí. Mi madre hablaba en susurros por WhatsApp, mi padre se encerraba en el salón con la tele alta. Clara tocó mi puerta una vez.
—Oye, lo siento —dijo, asomando la cabeza—. Por lo del hospital. Me asusté mucho cuando me llamaron en medio del concierto, ¿sabes?
—Ajá —respondí.
—Pero al final estás bien. Y yo… bueno, también fue especial para mí, no sé… Da igual.
Cerró la puerta sin esperar respuesta.
Esa noche, tumbado en la cama, repasé las notificaciones del móvil. Había extractos del banco de mi padre, que siempre se sincronizaban con el correo familiar:
“COMPRA ENTRADAS VIP LÚMEN – 580,00 €”
DOS MINUTOS DESPUÉS:
“ANULACIÓN PEDIDO FARMACIA – 162,00 €”
Hice capturas de pantalla y las guardé en una carpeta con nombre anodino: “Deberes mates”.
Busqué en Google: “denunciar padres negligencia médica España”, “servicios sociales diabetes menor de edad”, “emancipación con 17 años Madrid”. Leí foros, hilos de Twitter, artículos de periódicos. Historias de chavales a los que nadie había creído, otros que habían aguantado hasta largarse a los dieciocho sin mirar atrás.
Yo no quería esperar.
En la revisión con el doctor Herrera, dos semanas después, fui solo. Mis padres estaban “ocupados”.
—¿Cómo vas de niveles? —preguntó, mirando la pantalla del glucómetro.
—Mejor —respondí—. Pero… Hay algo que tengo que contarle.
Saqué el móvil y le enseñé las capturas, el mensaje de la farmacia, la fecha del concierto.
—Cancelaron el pedido para pagar las entradas —dije, sin temblar—. No fue un despiste. Les oí hablar. Y luego se fueron igual al concierto mientras yo estaba aquí.
Herrera se quedó en silencio unos segundos.
—Marcos, esto es muy grave. Tengo la obligación de informar a trabajo social y, probablemente, a la Fiscalía de Menores.
—Hágalo —contesté—. Pero déjeme una copia de todos los informes. Por correo, si puede.
Salí de la consulta con un plan. Uno que no se conformaba con un expediente polvoriento en algún despacho.
Abrí una cuenta anónima en X, “@GlucosaCero”, y escribí:
“Mis padres cancelaron mi pedido de insulina para pagar las entradas VIP del concierto de mi hermana. Terminé en coma diabético mientras ellos cantaban ‘esta noche es nuestra’. España, ¿qué opinas?”
Adjunté una foto borrosa de mi muñeca en el hospital, llena de cables, y el mensaje de la farmacia recortado. Sin nombres, sin apellidos. Aún.
El hilo empezó a moverse solo. Retuits, comentarios indignados, gente llamando “monstruos” a dos desconocidos. Un periodista de una televisión local, Javier Núñez, me escribió por privado:
“Somos de un programa de reportajes. Nos gustaría contar tu historia. Puede ayudarte a que no se repita.”
Sonreí frente a la pantalla.
“Quiero que se sepa todo —respondí—. Pero lo haremos a mi manera.”
Ellos pensaban que el concierto era “una vez en la vida”. Yo iba a darles otro espectáculo. Muy distinto.
Una semana después, mis padres recibieron una llamada de un número desconocido mientras cenábamos.
—Sí, soy Beatriz —dijo mi madre, llevándose el móvil al pasillo—. ¿Una ayuda para familias con hijos con enfermedades crónicas? … Sí, claro que necesitamos… ¿Una entrevista? Sí, sí, por supuesto…
Volvió a la mesa con una sonrisa que hacía tiempo que no le veía.
—Van a grabar un reportaje sobre familias como la nuestra —explicó—. Dicen que luego pueden salir ayudas, becas, cosas así.
Mi padre levantó la vista de su plato.
—¿En la tele?
—En una cadena autonómica. Nada grande, pero oye, es algo.
Yo seguí comiendo, fingiendo indiferencia. Sabía exactamente quién estaba detrás de esa “entrevista”: Javier, el periodista con el que ya había hablado varias veces por videollamada a espaldas de mis padres.
Quedaron un sábado por la mañana en el centro cultural del barrio. Trajeron focos, una cámara y un par de chicas de producción. Todo envuelto en un tono amable, casi familiar. Javier se presentó como “el chico del programa de historias de vida”.
—La idea es visibilizar lo que pasáis las familias con enfermedades crónicas —dijo, sonriendo—. Que la gente vea que no es fácil.
Colocaron a mis padres en dos sillas, juntos, frente a la cámara. A mí me dejaron en una tercera, un poco más atrás, fuera de plano al principio. Quería escuchar.
—Contadnos cómo es vuestro día a día —empezó Javier.
Mis padres hablaron de trabajos precarios, de madrugones, de facturas. De cómo “hacían todo” por nosotros. Mi madre incluso dijo, con un suspiro perfectamente calculado:
—Yo siempre antepongo las necesidades de mis hijos a las mías.
Javier asintió con empatía.
—¿Nunca os habéis visto obligados a elegir? Por ejemplo, con algo tan básico como la medicación de Marcos.
Se hizo un silencio mínimo, un parpadeo. Luego mi padre se encogió de hombros.
—Hubo un malentendido una vez, con una farmacia —dijo—. Se exageró mucho. El médico se puso muy dramático, pero al final el chaval está bien, míralo.
Giró la cabeza hacia mí y sonrió, con esa sonrisa de “estamos todos en el mismo barco”.
—¿Un malentendido? —Javier inclinó la cabeza—. Porque tenemos aquí, facilitado por el propio hospital, el informe sobre la cetoacidosis de Marcos. Y el registro de la farmacia con el pedido anulado el mismo día que comprasteis las entradas VIP para el concierto de Lúmen.
Mi madre se puso rígida.
—Eso no es… no fue así exactamente —balbuceó—. Sólo… ajustamos un poco. No sabíamos que podía ser tan grave.
—Pero aun así fuisteis al concierto —insistió Javier, sin subir el tono—. Mientras vuestro hijo estaba ingresado.
Las cámaras seguían grabando. Yo veía cómo a mi padre se le tensaba la mandíbula, cómo mi madre buscaba una salida que no existía.
—La gente juzga muy rápido —dijo él al final—. Un concierto así es una vez en la vida. Nadie es perfecto.
Javier asintió, como si esa frase fuera justo lo que necesitaba. Al final les pasaron unos papeles para firmar la cesión de imagen “para fines informativos”. Firmaron sin leer.
El reportaje salió dos semanas más tarde en la autonómica, y poco después en YouTube. El título era claro:
“Cancelaron la insulina de su hijo para pagar un concierto: cuando un capricho casi mata.”
Les pixelaron un poco las caras, pero en el barrio no hizo falta más: las voces, los detalles, la historia… todo cuadraba. Mis antiguos compañeros de instituto me escribían capturas de grupos de WhatsApp, comentarios de vecinos, chistes en el bar de la esquina. Algunos llamaban a mis padres “asesinos”, otros “egoístas”. Clara dejó de subir fotos a Instagram.
Servicios Sociales reabrió el expediente con fuerza. Me ofrecieron irme a vivir con mi tía Carmen, en Valencia, hasta la mayoría de edad. Acepté sin pensármelo mucho. Me fui con mis informes médicos, mi insulina asegurada y un portátil desde el que seguir viendo cómo el vídeo sumaba visitas.
Mis padres me llamaron varias veces. No cogí. Clara me escribió un mensaje largo, lleno de disculpas, de “yo no sabía”, de “si pudiera volver atrás…”. Lo leí entero. No respondí.
Hoy, mientras termino de escribir esto desde una cafetería cerca de la estación del Norte, sé que todo lo que hice después empezó con aquel coma. Podría decir que fue justicia, venganza, simple necesidad de supervivencia. No voy a ponerle nombre. Sólo cuento los hechos.
Si has llegado hasta el final, de alguna manera formas parte de lo que vino después: que la historia no se quede entre cuatro paredes, que no puedan esconder lo que hicieron detrás de frases como “el concierto es una vez en la vida”.
Y ahora te toca a ti:
Si fueras tú, en mi lugar, en España, con diecisiete años y un par de viales de insulina como línea entre la vida y la muerte…
¿Los denunciarías? ¿Los exponerías públicamente? ¿Los perdonarías?
Cuéntame qué habrías hecho tú, qué harías ahora, qué opinas de mis decisiones. Quizá mi historia ya está escrita, pero la de otros Marcos todavía no, y puede que tu respuesta sea el siguiente paso que alguien necesite leer.



