Volvía del cementerio con el olor húmedo de los cipreses todavía pegado a la ropa. Había dejado unas margaritas blancas en la tumba de mi hija, Lili, como todos los miércoles. El trayecto en coche de vuelta a casa, en las afueras de Zaragoza, lo hice en automático, con la radio apagada y el pensamiento clavado en la fecha grabada en la lápida: tres años de vida, una fecha de final demasiado corta.
Al girar la esquina de la calle, vi una furgoneta de mudanzas aparcada delante de mi chalet. Dos hombres descargaban cajas y una cuna desmontada. Fruncí el ceño. No esperaba nada, no había comprado muebles, no había pedido nada por internet.
Apreté el mando y la puerta del garaje empezó a subir. Cuando aparqué, escuché voces en el piso de arriba, risas y el golpe seco de un mueble arrastrado. Cerré el coche, subí las escaleras de dos en dos y me quedé clavada en la puerta de la que había sido la habitación de Lili.
Mi suegra, Carmen, estaba en el centro de la habitación, con los brazos cruzados y cara de supervisora. Las paredes rosa pálido ya estaban tapadas con plástico; uno de los operarios sostenía un rodillo y un cubo de pintura gris suave. En el suelo, una alfombra nueva todavía enrollada. Contra la pared, una cómoda blanca con tiradores en forma de nube. Y en medio, las cajas de la cuna.
—Perfecto, justo a tiempo —dijo Carmen al verme, como si llegara a una fiesta que ella organizaba—. Lo pintamos hoy y el sábado montan la cuna. Así, cuando nazca el bebé de Marcos, ya lo tiene todo preparado.
Me costó un momento procesar lo que había oído. Noté un zumbido en los oídos, como si alguien hubiera subido el volumen de golpe.
—¿Perdona? —pregunté, sin entrar del todo en la habitación.
Carmen rodó los ojos, teatrera.
—Ay, Clara, no te hagas la sorprendida. Al final, lo que necesitabais era una alegría. Marcos va a ser padre otra vez. Y este cuarto… —se giró despacio, abarcándolo con la mano— es perfecto para el bebé. No podíamos seguir dejándolo como un mausoleo, cariño.
La palabra “mausoleo” me atravesó el estómago. Mis manos empezaron a temblar, primero de dolor, luego de una calma extraña que conocía bien: la calma que llega justo antes de decidir algo irreversible.
Miré la cuna, las paredes, las cajas con etiquetas escritas a rotulador: “ROPA BEBÉ”, “PELUCHE”, “CAMBIADOR”. Y luego miré a Carmen, tan segura de sí misma, tan instalada en una realidad donde ella decidía sobre mi duelo, sobre mi casa, sobre mi vida.
Saqué el móvil del bolso con un movimiento lento, casi ceremonial. Encendí la pantalla, comprobé que estaba grabando.
—Qué interesante —dije alzando la voz, mirando a los dos operarios que nos observaban incómodos—. ¿Te ha contado Marcos que se hizo una vasectomía? ¿O que esta casa está a mi nombre?
El silencio fue inmediato. El operario del rodillo lo dejó caer dentro del cubo con un “plof” torpe. Carmen abrió la boca, pero no le salió ningún sonido. Solo la persiana vibró un segundo con una ráfaga de aire.
—¿Qué tonterías dices, Clara? —farfulló al fin—. La casa es de los dos, estáis casados. Y lo de la vasectomía… Marcos solo dijo que no quería más líos. Ya sabes cómo es.
—No —respondí, apoyándome en el marco de la puerta—. Lo que sé es que fui con él a la consulta del urólogo del Miguel Servet. Que esperé en la sala mientras se la hacían. Y que tengo el informe en el correo.
El operario más joven tosió, incómodo.
—Perdón… ¿seguimos o…? —preguntó, mirando a Carmen.
—No. Bajad, tomad un café o lo que queráis —intervine yo, sin apartar la vista de mi suegra—. Ya os diré qué hacemos con todo esto.
Cuando se fueron, Carmen dio un paso hacia mí.
—Estás exagerando —dijo, bajando la voz—. Es normal que estés sensible con lo de Lili, pero tienes que entender que…
—No uses su nombre para justificar esto —la corté.
Me taladraba la palabra “sensible”. Como si mi dolor fuera un capricho, una excusa. Como si no hubiera pasado un año durmiendo con el peluche favorito de mi hija apretado contra el pecho solo para notar algo de su olor.
—¿Desde cuándo lo sabes? —pregunté—. ¿Desde cuándo sabes que “el bebé de Marcos” existe?
Carmen parpadeó.
—Unas semanas… Verónica vino a verme. Estaba asustada.
El nombre me cayó encima como un cubo de agua fría. Verónica. La compañera nueva del instituto donde trabajaba Marcos. La que llevaba solo un curso en el departamento de Historia. La que siempre reía demasiado alto en las cenas.
—Claro —murmuré—. Verónica.
Carmen aprovechó mi shock para avanzar su discurso.
—No te lo tomes como una traición, hija. Estas cosas pasan. Marcos estaba destrozado por lo de la niña, tú te encerraste en tu dolor…
Lo dijo sin pausa, como quien recita una justificación que llevaba ensayando días.
Vi de golpe escenas encadenadas: Marcos llegando más tarde a casa “por las reuniones del departamento”; el móvil boca abajo en la mesa; los mensajes sin contestar cuando yo le escribía desde el cementerio. Y, una noche, aquella frase suya: “no puedo más con tanto hablar de Lili, Clara, tenemos que mirar hacia adelante”. Yo había pensado que “hacia adelante” significaba aprender a respirar, no embarazar a otra.
Sentí una especie de clic en la cabeza. La rabia se alineó con algo más frío: los datos.
—Vamos a hacer una cosa —dije—. Vas a llamar a Marcos ahora mismo. Pones el altavoz. Y le dices que estoy aquí, que los de la mudanza también, que estás organizando el cuarto del bebé.
—Clara, no es necesario…
—Sí, lo es.
Saqué el móvil, busqué el contacto de Marcos y llamé yo misma. Miré a Carmen a los ojos mientras subía el volumen del altavoz.
—Clara, por favor…
El tono sonó una, dos, tres veces.
—¿Sí? —respondió la voz de Marcos, algo agitada.
No le di tiempo a nada.
—Hola, cariño —dije con una calma que no sentía—. Estoy en casa. Con tu madre. Y con los de la mudanza que has contratado para montar el cuarto del bebé. Ya sabes, ese bebé que se supone que es tuyo a pesar de tu vasectomía.
Al otro lado de la línea, solo se escuchó su respiración. Luego, un susurro apenas audible:
—Mierda…
Carmen se llevó una mano a la boca.
—Marcos, habla —dije—. Todos te escuchamos.
Se oyó una puerta cerrándose, ruido de pasos apresurados.
—Clara, podemos hablar luego, ¿vale? —intentó—. No por teléfono.
—No —respondí—. Vas a responder ahora. Solo dos cosas: ¿Te hiciste la vasectomía? ¿Sí o no?
Hubo una pausa larga.
—No… —murmuró—. Cancelé la cita. Pensé que ya no querías… que nuestra vida… No lo vi claro.
Carmen me miró, como si yo fuese de repente la culpable por no haberle vigilado la agenda médica.
Sentí algo parecido a claridad. Un año entero creyendo una mentira que yo misma había sostenido: “ya está, no habrá más hijos, nos basta con la memoria de Lili”. Él había asentido, yo había confiado. Y mientras tanto, Verónica.
—Muy bien —dije—. Segunda pregunta: ¿Verónica está embarazada?
Otra pausa.
—Sí.
La palabra cayó limpia, sin adornos.
Colgué sin despedirme. Necesitaba recuperar el silencio de mi propia casa, sin su voz dentro.
Carmen dio un paso hacia mí.
—Clara, intenta entenderlo, él estaba roto, Verónica fue un accidente…
La miré. De repente, toda la escena se me hizo casi matemática: escritura de propiedad a mi nombre, hipoteca ya pagada con la herencia de mis padres, un contrato de matrimonio sin separación de bienes que, curiosamente, nunca habíamos llegado a registrar en el registro civil. Un descuido burocrático que siempre me había parecido irrelevante.
De irrelevante no tenía nada.
—Carmen —dije, acomodando el móvil en el bolsillo—. Vas a llamar ahora mismo a los de la mudanza y les vas a decir que devuelvan cada caja a su almacén. Este cuarto no se toca.
—Pero el bebé necesita…
—El bebé tendrá su cuarto —la interrumpí—. En otro sitio. En el piso que se alquilen Marcos y Verónica. O en casa de ella. O en tu casa, si te apetece. Aquí no.
Sus ojos se llenaron de una mezcla de rabia y miedo.
—No puedes echar a tu propio marido de casa así como así.
—Claro que puedo —respondí—. Y lo voy a hacer. Esta tarde mismo le mandaré un mensaje con dos opciones: pacto amistoso o abogados. Pero que no se preocupe, no pienso quitarle un euro que no sea mío. Solo quiero exactamente lo que ya tengo: mi casa y mi cuarto intacto.
Miré la habitación. No era un mausoleo. Era el lugar donde Lili había aprendido a decir “mamá”, donde me había lanzado su primer peluche a la cara riéndose. No iba a convertirlo en el decorado de una mentira.
Tres meses después, la cuna de Verónica estaba montada en un piso de alquiler en Delicias. Lo supe porque ella misma me lo dijo. Habíamos quedado en una cafetería discreta, lejos del instituto, lejos de Carmen.
Verónica tenía la barriga ya marcada y los ojos ojerosos.
—No sabía lo de la vasectomía —me confesó, removiendo el café—. Pensé que estaba separado. Nunca me habló de Lili. Me enteré por Facebook.
La escuché sin prisa. No sentía compasión ni odio, solo un interés casi clínico por su versión.
—Pues ahora lo sabes todo —dije—. Y aun así has decidido seguir.
—Es mi hijo —respondió—. No voy a desaparecer para que él esté más cómodo.
Asentí.
—Entonces, arregla con él lo que tengáis que arreglar. Pero mi casa queda fuera de la ecuación.
Al salir de la cafetería, me llegó un mensaje de Marcos: una foto borrosa de una ecografía y un “ojalá algún día puedas perdonarme”. No respondí. Abrí la galería de mi móvil y, casi sin pensarlo, subí a Instagram una foto antigua de la habitación de Lili, aún con sus juguetes, con un texto sencillo: “Algunas habitaciones no necesitan volver a empezar para seguir llenas de vida”.
La publicación se llenó pronto de comentarios de amigos, compañeros, desconocidos. Todos opinando, todos proyectando sus propias historias.
Y ahora te pregunto a ti, que lees esto desde cualquier rincón de España:
¿En el lugar de Clara, habrías dejado que aquel cuarto se convirtiera en la habitación del nuevo bebé, buscando “empezar de cero”?
¿O habrías hecho lo mismo que ella, defendiendo tu espacio y tu duelo, aunque eso supusiera echar a tu pareja y a su nueva familia de tu vida y de tu casa?
Cuéntame qué habrías hecho tú, desde tu experiencia y tu manera de ver las cosas. Me interesa mucho saber cómo lo viviríais aquí, con nuestras familias, nuestras suegras y nuestras casas tan “de todos” y “de nadie” a la vez.



