Estaba quebrada, sin trabajo y con el estómago vacío, cuando vi a una mujer elegante dejar un cochecito de bebé junto a los contenedores, como si fuera basura.

Estaba quebrada, sin trabajo y con el estómago vacío, cuando vi a una mujer elegante dejar un cochecito de bebé junto a los contenedores, como si fuera basura. Nadie miró. Yo sí. “No tengo nada que perder”, pensé, y me lo llevé a casa. Al abrirlo, el aire se me quedó atrapado en la garganta: en el doble fondo había un sobre grueso, manchado, con mi nombre completo escrito a mano… y una foto mía de hace años, cuando juré que nadie podía encontrarme. Mis piernas temblaron. Porque el cochecito no estaba “tirado”. Me lo habían dejado.

Estaba rota, sin trabajo y con el estómago vacío, cuando lo vi: un cochecito de bebé, impecable, colocado con demasiado cuidado junto a los contenedores de la calle Atocha, en Madrid. No era de esos viejos que crujen. Era moderno, de marca, con la capota limpia y ruedas sin polvo. Y al lado, una mujer elegante —gabardina beige, labios rojos, uñas perfectas— se alejó sin mirar atrás, como si acabara de dejar una bolsa de basura.

Nadie miró. Yo sí.

Me quedé quieta, intentando decidir si era una trampa o una oportunidad. Hacía semanas que comía pan duro y caldo instantáneo; dormía en una habitación alquilada que olía a humedad, contando monedas para el metro y fingiendo que mi nombre no existía. “No tengo nada que perder”, pensé, y empujé el cochecito hacia mí, como si fuera mío.

Lo llevé a casa por calles secundarias, el corazón golpeándome las costillas. En el cuarto, cerré con doble vuelta y me quedé mirándolo como si fuera un animal vivo. Busqué el peso: demasiado pesado para estar vacío. Revisé el bolsillo inferior: nada. Toqué la tela: perfecta. Pero al pasar la mano por debajo del colchoncito, noté un borde duro, una costura falsa.

Con una tijera vieja, abrí el forro. El aire se me quedó atrapado en la garganta.

Había un doble fondo.

Dentro, un sobre grueso, manchado de algo marrón, con mi nombre completo escrito a mano: MAYA KESSLER. No “Maya”. No el alias que usaba desde que crucé la frontera. Mi nombre real. El que juré enterrar.

Y debajo del sobre, una foto mía. De hace años. Yo más joven, el pelo recogido, una cicatriz mínima en la ceja izquierda que hoy tapo con maquillaje barato. La foto estaba tomada desde lejos, como de vigilancia. Como si alguien hubiera estado observándome entonces… y ahora.

Mis piernas temblaron. Porque el cochecito no estaba “tirado”.

Me lo habían dejado.

Abrí el sobre con dedos torpes. Dentro había tres cosas: un fajo de billetes de cincuenta, una llave pequeña con una etiqueta de plástico que decía “TRASTERO 14B”, y una nota breve, escrita con la misma letra firme:

“Te encontré. Mañana, 20:30, Puente de Segovia. Ven sola. Si llamas a la policía, él se entera.”

Me quedé mirando esa frase final como si ardiera.

“Él”.

No hacía falta un nombre para saber de quién hablaban.

Porque el único hombre del que huí no perdona, no olvida y no deja pistas por accidente.

Y, por primera vez en mucho tiempo, entendí que no estaba escondida. Solo estaba… esperando el momento en que me cazaran.

No dormí. Ni siquiera me tumbé. Me senté en el suelo, con la espalda pegada a la puerta, el cochecito frente a mí como un testigo mudo. Conté los billetes: dos mil euros exactos. Ni uno más, ni uno menos. No era una limosna; era un adelanto. Un pago.

La llave del “Trastero 14B” tenía una muesca extraña, como si hubiera sido limada a mano. En Madrid hay trasteros en todas partes, pero esa etiqueta parecía de un edificio antiguo, de esos con sótanos largos y pasillos con bombillas desnudas. Me repetí que no debía ir. Que el mensaje era una cuerda alrededor de mi cuello.

Aun así, por la mañana, la necesidad fue más fuerte que el miedo. Necesitaba saber qué querían. Y, sobre todo, quién era la mujer elegante.

Me puse ropa neutra, gorra, mascarilla. En el espejo, mi cara parecía la de otra. Eso era el punto: ser otra. Salí con la llave en el bolsillo y el sobre escondido dentro del forro de mi chaqueta.

El “14B” resultó estar en Carabanchel, en un edificio gris con portal estrecho. Subí por la escalera y bajé al sótano por una puerta metálica que chirrió al abrirse. Olía a moho y lejía. Las puertas de los trasteros tenían números pintados. 14B estaba al final, donde la luz parpadeaba.

La llave entró suave. Demasiado suave.

Dentro no había cajas ni bicicletas. Solo una mesa plegable y, encima, un sobre negro y un teléfono viejo, de esos de tapa. A su lado, una carpeta transparente con documentos.

El teléfono vibró en cuanto lo toqué. No sonó; vibró, como si alguien estuviera esperando con el dedo en el botón.

Contesté.

—Maya —dijo una voz de mujer, calmada—. Gracias por venir.

Se me secó la boca.

—¿Quién eres?

—Alguien que también perdió cosas por culpa de Viktor Dragunov.

Mi estómago se contrajo. Ese nombre no se pronuncia en voz alta si quieres seguir viva.

—Creí que estaba muerto —logré decir.

La mujer soltó una risa breve, sin alegría.

—Viktor solo “muere” en los papeles que compra. Escucha: no te voy a pedir que confíes en mí. Te voy a pedir que seas práctica.

Abrí la carpeta. Había fotocopias de una denuncia archivada en Valencia, un pasaporte falso con mi cara (otro, distinto al mío), y capturas de cámaras de seguridad: yo entrando al metro, yo saliendo del supermercado, yo cruzando una calle. Fechas recientes. Me habían seguido.

—¿Qué quieres? —pregunté, odiando el temblor en mi voz.

—Que hagas algo que solo tú puedes hacer —respondió—. Tú lo viste. Tú estabas allí cuando Viktor entregó la libreta.

La “libreta”. El cuaderno donde apuntaba pagos, nombres y fechas. La prueba que, años atrás, me convirtió en objetivo.

—No lo tengo —mentí.

Hubo un silencio medido.

—No. Pero sabes dónde estuvo. Y te recuerdo algo: tú no desapareciste sola. Alguien te ayudó a cruzar. Alguien te dio un nombre nuevo.

Tragué saliva. Ethan Blake apareció en mi mente: el británico que, entonces, trabajaba como seguridad privada para una empresa de transporte y que me sacó del puerto de Algeciras con un contacto y una mirada que decía “no preguntes”.

—No lo metas en esto —dije.

La voz se endureció.

—No lo estoy metiendo. Viktor ya lo metió. Tengo pruebas de que Ethan está vigilado. Si te equivocas, si intentas huir, Viktor los usará a los dos. Y esta vez no será una persecución larga.

Apreté el teléfono hasta que me dolieron los dedos.

—¿Quién eres? —insistí.

—Claudia Moreau —respondió por fin—. Y si quieres seguir respirando, mañana a las 20:30 en el Puente de Segovia. Sola.

La llamada se cortó.

Me quedé en el trastero, mirando mi reflejo en el plástico de la carpeta. Fuera, alguien pasó por el pasillo y sus pasos se detuvieron un segundo demasiado cerca de mi puerta.

No abrí. No me moví.

Solo conté los latidos.

Cuando los pasos se alejaron, entendí lo peor: el trastero no era un lugar para descubrir información. Era un lugar para comprobar si yo obedecía… y si tenía miedo.

Y lo tenía.

Pero la rabia empezó a mezclarse con el miedo, como veneno en agua.

Porque, si Claudia Moreau decía la verdad, Viktor Dragunov estaba de vuelta en mi vida. Y si mentía… entonces ella era igual de peligrosa.

De cualquier manera, yo ya estaba en el tablero.

A las ocho de la tarde del día siguiente, Madrid tenía esa luz sucia de invierno que hace que todo parezca más plano, más cercano. Caminé hacia el Puente de Segovia por la ribera del Manzanares, con las manos en los bolsillos y una piedra en el estómago. No llevaba móvil; el teléfono de tapa lo dejé en el trastero, apagado, como si pudiera negar su existencia. Llevaba, eso sí, la llave del 14B y una cosa más: una copia de las capturas de vigilancia. Quería mirar a mi cazador a los ojos, aunque fuera en papel.

Me detuve bajo uno de los arcos del puente, donde el ruido del tráfico amortiguaba las voces. Allí estaba ella.

Claudia Moreau no parecía una villana de película. Parecía una ejecutiva cansada: abrigo oscuro, bufanda bien colocada, el pelo recogido sin un solo mechón fuera de sitio. Pero sus ojos no tenían cansancio; tenían cálculo.

—Puntual —dijo, sin saludo.

—¿Dónde está Viktor? —pregunté.

Claudia giró levemente la cabeza, señalando con la mirada un coche aparcado a unos metros, discreto. No vi a nadie dentro. Tal vez era la intención: hacerme imaginarlo.

—No está aquí —dijo—. Yo sí. Y eso debería tranquilizarte.

—No me tranquiliza nada. Me seguiste. Me dejaste el cochecito.

—Lo dejé donde sabías que lo encontrarías —corrigió—. Porque cuando alguien tiene hambre, ve lo que otros ignoran.

Sentí un pinchazo de vergüenza. Lo convertía en estrategia.

—Habla claro —dije—. ¿Qué quieres que haga?

Claudia respiró hondo, como si se preparara para un discurso que ya había dado mil veces.

—Tengo una unidad de investigación privada. Expolicías, analistas, gente que no quiere trabajar para un sistema que Viktor compra con sobres. Sé que llevas años escondida porque fuiste testigo de una entrega importante en Valencia. Tu declaración no bastó entonces. Faltaba la libreta. La libreta desapareció esa noche.

—La libreta estaba en manos de un hombre —dije, y me odié por decirlo.

—Ethan Blake —respondió ella al instante.

Mi piel se erizó.

—No lo metas.

—Maya, Viktor ya lo ha amenazado. —Claudia sacó un sobre pequeño del bolsillo—. Hoy a las 11:12, Ethan recibió esto en su buzón.

Lo abrí con dedos helados. Dentro había una foto reciente de Ethan saliendo de un bar en Lavapiés, con un círculo rojo alrededor de su cabeza. Detrás, a bolígrafo: “No lo protejas. Solo retrasas lo inevitable.”

Sentí un mareo, pero me forcé a mirar a Claudia.

—Si lo están siguiendo, ¿por qué no lo ayudas tú? ¿Por qué yo?

Claudia me sostuvo la mirada.

—Porque tú eres la pieza que Viktor no puede controlar del todo. A Ethan lo pueden romper. A ti… ya lo intentaron y fallaron. —Hizo una pausa—. Necesito que contactes con él. Que le digas que entregue la libreta o que nos diga dónde está. Con eso, lo sacamos del país. A los dos.

—¿Y si no la tiene? —dije.

—Entonces Viktor lo matará para castigar la pérdida —contestó, fría—. Y luego irá por ti por deporte.

Mis manos temblaron, pero mi mente empezó a encajar piezas. El cochecito. El dinero. El trastero. Todo para empujarme hacia este punto sin dejar un rastro directo que llevara a Claudia… o a Viktor. Un juego de capas.

—¿Qué ganas tú? —pregunté—. Si esto es “justicia”, suenas demasiado… práctica.

Claudia apretó la mandíbula. Por primera vez, vi algo humano: un dolor contenido.

—Mi hermana trabajaba en contabilidad para una empresa pantalla de Viktor. Encontró números que no cuadraban. Quiso irse. Apareció en un descampado cerca de Toledo, oficialmente “sobredosis”. —Su voz no se quebró, pero se volvió más baja—. A mí no me queda fe. Me queda método.

Tragué saliva. Eso explicaba la precisión. La obsesión.

—¿Y si esto es una trampa para entregarme a él? —insistí.

Claudia extendió su mano lentamente y me mostró su muñeca. Tenía una cicatriz fina, como de esposas apretadas o de un corte mal curado.

—Yo también pagué por acercarme —dijo—. Tengo un plan, Maya. Pero no funciona si tú sigues actuando como una presa. Necesito que actúes como alguien que decide.

En ese momento, un sonido leve: un clic metálico detrás de mí. Instinto. Me giré.

Un hombre apoyado en la barandilla, capucha negra, mano en el bolsillo. No vi el arma, pero no hacía falta verla. Claudia no se movió; solo dijo, sin mirar al hombre:

—Llegaste antes de lo previsto.

El hombre habló con acento del Este, pesado y seguro:

—Viktor manda saludos.

El mundo se estrechó. Claudia me miró, rápida, como una orden silenciosa: corre.

Pero yo no corrí. No esta vez.

Porque entendí el último truco: si huía, me convertía en el espectáculo de siempre. Si me quedaba, obligaba a Claudia a mostrar su verdadera cara.

Así que levanté la voz, fuerte, para que el eco bajo el puente la amplificara:

—¡Dile a Viktor que si quiere la libreta, tendrá que venir él!

Claudia abrió los ojos, sorprendida. El hombre dudó una fracción de segundo.

Y en esa fracción, escuché sirenas a lo lejos.

No sabía si eran para mí, para Claudia o para nadie. Pero por primera vez, el miedo cambió de dueño.