Mi jefe me deslizó un sobre bajo la carpeta, como si estuviéramos cerrando un trato sucio. “No lo abras aquí. Vete a casa. Haz una maleta”, murmuró sin mirarme. Me quedé paralizada. Él se inclinó, con la voz rota: “Tienes 24 horas”. En el ascensor, mis manos temblaban. Al llegar, cerré la puerta con doble llave y abrí el sobre. Dentro había una foto mía… durmiendo. Tomada desde mi ventana. Y una dirección marcada con rojo. Abajo, una frase: “Ellos ya saben.”
Mi jefe me deslizó un sobre bajo la carpeta, como si estuviéramos cerrando un trato sucio en vez de una reunión de lunes. La sala de juntas, en el piso once de un edificio de oficinas en Madrid, olía a café recalentado y a aire acondicionado viejo. Graham Holt no levantó la vista del informe.
—No lo abras aquí. Vete a casa. Haz una maleta —murmuró.
Pensé que era una broma. O un despido raro. Pero su mano temblaba al retirar el sobre, como si quemara.
—¿Qué estás diciendo? —pregunté.
Graham se inclinó sobre la mesa. Tenía los ojos rojos, como si llevara horas sin parpadear.
—Tienes 24 horas —dijo, sin mirarme, con una voz rota que no le conocía—. No discutas. No preguntes aquí.
Mi silla chirrió cuando me levanté. El resto del equipo seguía hablando de cifras y plazos, ajenos. Nadie notó el sobre. Nadie notó que, de pronto, mi vida acababa de girar.
En el ascensor, mis manos temblaban tanto que casi dejo caer la carpeta. Me miré en el espejo metálico: Eva Sinclair, 32 años, consultora de riesgos, traje gris impecable. Parecía la misma de siempre. Pero mis ojos no.
Al llegar a mi piso en Lavapiés, cerré la puerta con doble llave. Bajé las persianas. Apagué el móvil por instinto. La idea de que alguien pudiera estar escuchando me pareció ridícula… hasta que recordé la cara de Graham.
Me senté en la mesa de la cocina y abrí el sobre.
Dentro había una foto mía… durmiendo.
No una selfie borrosa ni un montaje. Era yo, con la mejilla aplastada contra la almohada, una mano fuera de la manta. La imagen estaba tomada desde arriba y en ángulo, como desde el exterior, apuntando a mi cama. Desde mi ventana.
Me quedé sin aire. Me levanté de golpe y corrí al dormitorio. La cortina, cerrada. La ventana, bien. Pero el cristal parecía demasiado fino, demasiado inútil.
Volví a la cocina. Había otra cosa: una hoja con una dirección escrita a mano y marcada con rotulador rojo. Calle de Alcalá, 312. Un círculo brutal, como una sentencia.
Abajo, una frase corta, sin firma, sin explicación:
“Ellos ya saben.”
Me senté otra vez, pero las piernas ya no me obedecían. Un pensamiento me atravesó, claro y frío: si alguien pudo fotografiarme durmiendo… también pudo entrar. O esperar. O hacerlo peor.
Y entonces entendí por qué Graham dijo “haz una maleta”.
No era un consejo.
Era una orden para sobrevivir.
Mi primer impulso fue llamar a la policía. El segundo fue no hacerlo. No por valentía, sino porque la frase “Ellos ya saben” no sonaba a ladrón, ni a acosador cualquiera. Sonaba a algo que ya estaba en marcha, a una maquinaria que no se detiene porque marques un número.
Encendí el móvil. Tenía siete llamadas perdidas de mi madre desde Valencia y un mensaje de mi compañera Nina Volkov: “¿Has visto el correo de Graham? Llámame”.
¿Correo? Abrí el portátil con dedos torpes. Mi bandeja de entrada estaba llena de notificaciones de la empresa, pero una destacaba: un mensaje enviado a todo el departamento, firmado por Graham, con un asunto neutro: “Revisión de protocolos internos”.
No decía nada explícito. Solo una frase en apariencia técnica: “A partir de hoy, cualquier incidencia relacionada con el Proyecto Ámbar deberá reportarse al nuevo responsable.” Y un nombre que me heló la sangre: Víctor Llorente.
Víctor no era de mi equipo. Era de “cumplimiento”, el tipo de hombre que hablaba sonriendo y escuchaba como si estuviera registrándote. Hace dos semanas, en un pasillo, me preguntó si yo “dormía bien”. Yo lo tomé como cortesía rara. Ahora me parecía una amenaza retroactiva.
Me obligué a respirar. Pensé en la foto. En el ángulo. Mi ventana daba a un patio interior. Solo había dos puntos posibles desde donde alguien podía haberla tomado: el edificio de enfrente, o la azotea del mío. Ninguno era accesible sin llamar la atención… salvo que no fuera alguien improvisado.
Abrí el armario y metí lo básico: ropa, pasaporte británico (porque sí, mi apellido no era postureo: soy inglesa, pero vivo en España desde hace ocho años), dinero en efectivo, portátil. Mientras hacía la maleta, una idea me golpeó: Graham no me dijo “huye”. Me dio una dirección. Calle de Alcalá, 312. ¿Por qué?
Me tembló el estómago al recordar algo: Alcalá 312 era zona Ventas, cerca de oficinas y naves. No era un barrio romántico. Era práctico.
Llamé a Nina. Contestó al segundo.
—Eva, por fin. ¿Dónde estás?
—En casa. ¿Qué pasa con Graham?
Nina tragó saliva, audible.
—No está. Hoy no ha salido de la oficina. Ha llegado gente… y luego su asistente dijo que tenía “una reunión urgente”. Nadie lo ha vuelto a ver. Y Víctor Llorente está entrando en despachos como si fuera el dueño.
Se me secó la boca.
—Nina… ¿tú sabes qué es el Proyecto Ámbar?
Silencio. Luego:
—No debería decirlo. Pero si te han dado un sobre… ya estás dentro. Ámbar es un archivo. Un paquete de datos. Riesgos, clientes, transferencias. Cosas que… no se suponía que existieran.
Me senté en el borde de la cama.
—¿Transferencias de qué tipo?
—De las que hacen que alguien te saque una foto durmiendo para que entiendas el mensaje —respondió, y su voz se quebró—. Eva, escucha: hay un grupo que trabaja con contratos “de consultoría” para lavar dinero. No lo digo yo. Lo oí en una llamada que no debía oír. Graham intentó frenarlo.
—¿Por eso me dio el sobre?
—Porque confía en ti. Porque tú fuiste quien detectó la anomalía en los balances de la filial de Málaga, ¿recuerdas? Lo elevaste como “incidencia”, y te dijeron que era un error contable. No lo era.
Se me heló la espalda. El “error contable” que yo había señalado: facturas duplicadas, proveedores fantasmas. Lo mismo, siempre lo mismo, solo que disfrazado de empresa seria.
—¿Qué hago? —pregunté.
Nina bajó la voz.
—No vayas a la policía desde tu casa. Si te están vigilando, lo sabrán. Ve a un lugar con cámaras, mucha gente. Estación de Atocha. O un hotel. Y no vayas sola a Alcalá.
Miré la dirección marcada en rojo. “Ellos ya saben.” Si ellos sabían… ¿qué sabía yo? ¿Qué creían que yo sabía?
Entonces recordé el detalle más importante: Graham dijo “24 horas”. No dijo “hoy”. No dijo “ya”.
Alguien había puesto un reloj sobre mi cabeza.
—Nina —dije—, necesito que me jures algo.
—Lo que sea.
—Si mañana a esta hora no te llamo… envía un correo a todo el mundo. Con lo que sepas. Con lo que sospeches. Con todo.
—Eva…
—Júralo.
La oí respirar, luego:
—Te lo juro.
Colgué. Apagué luces. Me asomé por una rendija de la persiana. En la calle, un coche oscuro estaba parado demasiado tiempo. Podía ser cualquiera. O no.
Agarré la maleta.
Y salí, sin hacer ruido, como si el piso ya no fuera mío.
No fui a Atocha. Justo antes de doblar la esquina, vi el coche oscuro moverse, lento, como si me hubiera estado esperando. No aceleró. Eso fue peor. No tenía prisa porque sabía que yo iba donde ellos querían.
Cambié de plan. Caminé hacia un bar de barrio con televisión encendida y olor a fritura. Pedí un café, me senté cerca de la puerta y miré el reflejo en el cristal. Dos mesas más atrás, un hombre con chaqueta negra fingía leer el periódico. No pasaba páginas.
Mi móvil vibró: número desconocido.
No contesté.
Vibró otra vez. Mensaje:
“24 horas. Alcalá.”
El café me supo a metal. Me levanté y salí por la puerta trasera del bar que daba a un callejón. Corrí sin dignidad, con la maleta golpeándome la pierna. Llegué a una calle más grande y paré un taxi.
—Hotel cerca, con recepción grande —dije, sin pensar.
El taxista me miró por el retrovisor.
—¿Todo bien, guapa?
—Sí. Solo… prisa.
Me dejó en un hotel de cadena en Chamartín, frío y lleno de gente con maletas como la mía. Allí, al menos, las cámaras eran reales y el personal estaba entrenado para ver rarezas sin preguntar demasiado. Pedí una habitación y pagué en efectivo.
En cuanto cerré la puerta, llamé a Graham. Saltó el buzón.
Llamé a la empresa. Centralita. Nadie.
Volví al sobre. Lo miré como si fuera un mapa. Foto, dirección, frase. No había más.
Entonces entendí algo que no quería entender: la dirección no era una amenaza al azar. Era una cita. Y “Ellos ya saben” no significaba “ya saben que te irás”. Significaba “ya saben que tú… los viste”.
Me senté y abrí el portátil. Si el Proyecto Ámbar era un archivo, tenía que estar en algún sitio. Yo no era hacker, pero sí sabía cómo se escondían las cosas en empresas: bajo nombres aburridos, en carpetas compartidas, dentro de cadenas de correos “irrelevantes”.
Entré en mi correo corporativo con la VPN. Error. “Acceso revocado”. Claro. Víctor Llorente ya estaba cerrando puertas.
Pero aún tenía algo: una copia local de un informe que había descargado semanas atrás para revisar riesgos de proveedores. Lo abrí. Empecé a seguir el rastro de códigos internos, referencias cruzadas, facturas. En una pestaña secundaria, aparecía una nota: “AMBR-13”. Yo la había visto y la ignoré, pensando que era un código más.
Lo busqué en mi disco. Nada.
Entonces recordé a Graham: él me había pasado hace un mes un pendrive “por si el servidor fallaba”. En aquel momento sonó exagerado. Ahora sonaba a plan.
Lo encontré en un cajón pequeño de mi piso… pero estaba en el piso. Y yo ya no iba a volver.
Me quedé mirando la pared del hotel. Tenía dos opciones: huir sin información y ser una presa fácil, o ir a Alcalá sin saber qué me esperaba. Pero Graham me dio 24 horas. Eso implicaba margen para actuar. Para negociar. Para preparar un movimiento.
Llamé a Nina otra vez.
—Estoy en un hotel. Me siguen —le dije—. Necesito que vayas a mi piso.
—¿Estás loca?
—Escucha. En el cajón del escritorio, debajo de un cuaderno azul, hay un pendrive negro. Si puedes cogerlo sin que nadie te vea, llévalo a una consigna en Atocha. Te diré el número.
Nina respiró fuerte.
—Eva, si te están vigilando…
—Lo sé. Por eso no voy yo.
Hubo silencio. Luego, con resignación:
—Dime el número.
Colgué y le envié la consigna: 742. No era al azar: era la fecha de mi cumpleaños, algo que yo recordaría incluso con miedo.
Esa noche apenas dormí. En algún momento, oí pasos en el pasillo y una puerta que se cerraba suave. Soñé con mi propia foto, pero tomada desde dentro.
A la mañana siguiente, Nina escribió: “Lo tengo. Voy.”
A los veinte minutos: “Hay un hombre en la entrada. Me mira.”
Luego: “Me sigue.”
Sentí un latigazo de rabia y terror. Si Nina caía, caía por mí.
—Ve a una cafetería dentro de la estación —le escribí—. Si te pierden, deja el pendrive en la consigna y vete sin mirar atrás.
Pasó una hora sin noticias.
El reloj marcaba el mediodía. Me quedaban diez horas.
Entonces sonó el móvil. Número desconocido otra vez. Esta vez contesté.
—Eva Sinclair —dijo una voz masculina, calmada—. No queremos hacerte daño. Solo queremos lo que tienes.
—No tengo nada —mentí.
Una risa breve.
—Tienes miedo. Eso ya es algo. Ve a Alcalá 312 a las seis. Sola. Si vienes con policía, no llegas a ver el amanecer.
Me tembló la mano. Pero mi voz salió firme:
—¿Y si no voy?
—Entonces tu amiga Nina no vuelve a casa.
El aire se me fue del cuerpo.
Colgué. Miré el techo. No había sirenas, no había espectáculo. Solo un silencio como el de antes de un golpe.
A las cinco y media, salí del hotel sin maleta. Dejé mi ropa como señuelo. Caminé hacia el metro, mezclándome con gente que pensaba en cosas normales: trabajo, compra, vida. Yo pensaba en una consigna 742, en un pendrive negro, y en un hombre que me fotografió durmiendo.
Cuando llegué a Calle de Alcalá, el número 312 era un edificio de oficinas con una puerta de cristal y un portero automático. Un lugar demasiado normal para lo que se sentía.
Y allí, en el reflejo del cristal, vi mi propia cara… y detrás, a dos hombres que no intentaban esconderse.
Habían venido por mí.
Y yo había venido por la única cosa que podía salvarnos: la verdad guardada en un trozo de plástico.



