Mientras se retocaba el maquillaje, mi novia dijo con total naturalidad: “En la fiesta, actúa como si no estuvieras conmigo.” La miré sorprendido, pero solo respondí: “Está bien.” La dejé en la puerta y me fui solo a casa. Empaqué mis cosas y me marché sin hacer ruido. Seis horas después, su mejor amiga me escribió: “¿Sabes lo que pasó en la fiesta?” Contesté: “¿Qué?” Lo que me dijo después me dejó helado.
Mientras se retocaba el maquillaje frente al espejo del baño, mi novia habló con total naturalidad, como si estuviera pidiéndome que apagara la luz.
—En la fiesta, actúa como si no estuvieras conmigo.
La miré desde el marco de la puerta. Claudia llevaba un vestido negro ceñido, el pelo perfectamente alisado, los labios rojos. Estábamos a punto de ir a una fiesta de empresa en Madrid, organizada por uno de sus clientes importantes.
—¿Cómo? —pregunté, convencido de haber oído mal.
No me miró.
—Es mejor así —dijo—. No quiero preguntas. Ni comentarios. Ya sabes cómo es este ambiente.
Sentí un pinchazo seco en el pecho. Llevábamos tres años juntos. Vivíamos en el mismo piso. Habíamos hablado de planes, de viajes, incluso de hijos. Y, de pronto, yo era algo que debía esconderse.
—Está bien —respondí al cabo de unos segundos.
Ella sonrió, aliviada.
No me dio las gracias.
La dejé en la puerta del hotel donde se celebraba la fiesta. Antes de bajar del coche, se inclinó y me dio un beso rápido, mecánico.
—Luego hablamos —dijo.
La vi entrar sola, segura, como si nunca hubiera existido un “nosotros”.
Yo conduje de vuelta a casa. No puse música. No encendí la radio. Pensé en todas las veces que había cedido sin preguntar demasiado, convencido de que el amor también era adaptarse.
Esa noche entendí que adaptarse no es desaparecer.
Al llegar al piso, no lloré. Abrí el armario. Saqué una maleta. Metí lo esencial: ropa, documentos, el portátil. Dejé las llaves sobre la mesa. No escribí ninguna nota. No quise explicaciones. El silencio, por primera vez, me parecía la respuesta correcta.
Me fui sin hacer ruido.
Seis horas después, ya de madrugada, mi móvil vibró.
Era un mensaje de Laura, la mejor amiga de Claudia.
“¿Sabes lo que pasó en la fiesta?”
Me quedé mirando la pantalla unos segundos.
“¿Qué?” —respondí.
La respuesta tardó apenas un minuto.
Lo que leí después me dejó helado.
“Claudia no solo fingió que estaba soltera. Dijo que lo estaba.”
Leí el mensaje dos veces. Luego una tercera.
—Sigue —escribí.
Laura tardó un poco más en responder.
“No quería meterme, pero te lo mereces. Bebió bastante. Coqueteó con un directivo. Y cuando alguien le preguntó si tenía pareja, se rió.”
Cerré los ojos.
—¿Dijo algo más? —pregunté.
“Sí. Dijo que su ex era un error del que había aprendido.”
No sentí rabia inmediata. Sentí una calma rara, peligrosa. Como cuando confirmas algo que ya intuías.
“¿Dónde estaba cuando dijo eso?”
“En la terraza. Yo estaba al lado.”
Me senté en el borde de la cama del piso de un amigo donde me había quedado. Miré al suelo. Pensé en el beso rápido en la puerta del hotel. En el “luego hablamos”.
—Gracias por decirme —escribí—. De verdad.
“¿Estás bien?”
“Sí.”
No era verdad. Pero tampoco era mentira del todo.
A la mañana siguiente, Claudia me llamó. Varias veces. No contesté. Luego vinieron los mensajes.
“¿Dónde estás?”
“Esto no tiene gracia.”
“¿Por qué no respondes?”
Esperé.
Por la tarde, volvió a escribir.
“Laura me dijo que habló contigo.”
Respondí entonces.
—Ya no hace falta que actuemos —escribí—. Ya hiciste suficiente.
Tardó varios minutos.
“No fue para tanto.”
Sonreí con amargura.
—Cuando te piden que finjas no existir —respondí—, sí lo es.
Intentó justificarse. El ambiente laboral. Las apariencias. El miedo a perder oportunidades.
—Perdiste algo más importante —escribí—. Y lo sabes.
Esa noche volvió al piso. Yo no estaba. Encontró la maleta vacía, el armario con huecos, las llaves sobre la mesa.
Me llamó llorando.
—No pensé que te irías.
—Yo tampoco pensé que me negarías —respondí—. Estamos a mano.
Nos vimos una semana después en una cafetería neutral. Claudia parecía cansada. Menos segura.
—Nunca quise hacerte daño —dijo.
—No lo dudé —respondí—. Pero lo hiciste igual.
Me explicó que siempre había tenido miedo de no ser suficiente, de que la juzgaran, de quedar mal. Que esconderme era, para ella, una forma de protegerse.
—Y yo —dije—, ¿de qué me protegía?
No supo responder.
—No quiero volver atrás —añadí—. Quiero entender por qué fue tan fácil borrarme.
Bajó la mirada.
—Porque pensaba que no te irías.
Eso fue todo.
Nos despedimos sin drama. Sin promesas.
Hoy vivo solo, en un piso pequeño. Duermo mejor. Camino más ligero. No tengo que fingir nada.
Aprendí algo que me costó años entender:
cuando alguien te pide que actúes como si no estuvieras…
es porque ya empezó a vivir sin ti.



