“No empieces nada esta noche”, me dijo en voz baja. Minutos después, llevó a su ex a un rincón para “ponerse al día” y me pidió que buscara otra mesa.

“No empieces nada esta noche”, me dijo en voz baja. Minutos después, llevó a su ex a un rincón para “ponerse al día” y me pidió que buscara otra mesa. Yo encontré una. En casa. Salí del restaurante sin mirar atrás, empaqué mis cosas y me fui. Tres horas después, cuando ella volvió, el departamento estaba vacío. Solo dejé una nota: “No empecé nada. Solo lo terminé”. Y mientras cerraba esa puerta, supe que algo había cambiado para siempre.

—No empieces nada esta noche —me dijo Claudia en voz baja, sin mirarme directamente.

Estábamos en un restaurante moderno del centro de Barcelona, uno de esos sitios con luces cálidas y música suave que pretenden hacer sentir especial cualquier ocasión. Era nuestro aniversario número cinco. Al menos, eso creía yo.

Me llamo Álvaro Torres, tengo treinta y ocho años y hasta esa noche pensaba que conocía bien a la mujer con la que vivía.

Minutos después, apareció Diego, su exnovio. No estaba previsto. O al menos, no para mí. Claudia se tensó apenas lo vio… y luego sonrió. Esa sonrisa que ya no me dedicaba desde hacía tiempo.

—Solo vamos a ponernos al día —me dijo—. ¿Te importa si buscas otra mesa un rato?

No fue una pregunta. Fue una orden disfrazada de cortesía.

Me quedé inmóvil. Observé cómo se alejaban hacia un rincón del restaurante, demasiado cerca el uno del otro. Él se inclinaba para escucharla. Ella reía en voz baja. Yo seguía sentado frente a una mesa preparada para dos, con una copa de vino intacta.

Algo se rompió ahí. No de golpe. Fue lento, silencioso.

No hice una escena. No discutí. Llamé al camarero, pagué mi parte y me levanté.

Encontré otra mesa.

En casa.

Salí del restaurante sin mirar atrás. La calle estaba húmeda, el aire frío. Caminé sin rumbo unos minutos antes de tomar un taxi. Durante el trayecto, no sentí rabia. Sentí claridad.

Al llegar al departamento que compartíamos, abrí el armario y empecé a empacar. Ropa. Documentos. El portátil. Todo lo esencial. Nada más.

Tres horas después, cuando Claudia volvió, el departamento estaba vacío.

Solo dejé una nota sobre la mesa del salón:

“No empecé nada.
Solo lo terminé.”

Mientras cerraba esa puerta por última vez, supe que algo había cambiado para siempre.

Pasé la noche en casa de un amigo en Badalona. No dormí. Tampoco miré el teléfono, aunque sabía que iba a estar lleno de mensajes.

A la mañana siguiente, encendí el móvil.

Diecisiete llamadas perdidas. Veintitrés mensajes. Al principio, confusión. Luego enfado. Después, una súplica mal disimulada.

“No es lo que piensas.”
“Exageras.”
“¿Dónde estás?”

No respondí.

Decidí ir al trabajo como cualquier otro día. Necesitaba rutina. Algo sólido a lo que aferrarme. En la pausa del café, le conté lo ocurrido a Lucía, una compañera cercana. No me interrumpió. Solo escuchó.

—Hiciste lo que muchos no se atreven —me dijo—. Poner un límite sin pedir permiso.

Eso se me quedó grabado.

Por la tarde, Claudia apareció en la oficina. No avisó. Me esperaba en la entrada, con los ojos rojos y el maquillaje corrido.

—¿De verdad te fuiste por eso? —me preguntó.

—No —respondí—. Me fui por todo lo anterior… y por lo que entendí esa noche.

Intentó explicarse. Dijo que Diego “solo era pasado”. Que yo estaba exagerando. Que no había pasado nada.

—No necesito que pase algo —le dije—. Necesito respeto.

Eso la enfureció.

—Siempre tan dramático —escupió.

Sonreí con tristeza.
—Eso me decías cada vez que te pedía que me escucharas.

Me marché sin alargar la conversación.

Esa noche busqué un piso pequeño en Gràcia. No era el hogar que había imaginado, pero era mío. Firmé el contrato dos días después.

Mudarse solo es un proceso extraño. Cada caja es un recuerdo que decides llevarte… o dejar atrás.

Claudia y yo tuvimos una última conversación semanas después. Fue tranquila. Demasiado tarde.

—Nunca pensé que te irías sin discutir —me dijo.

—Porque ya había discutido muchas veces —respondí—. Solo que tú no lo notaste.

No volvimos a vernos.

Con el tiempo entendí algo: irse también es una forma de hablar. Y a veces, la más clara.

No empecé nada aquella noche.
Pero terminé algo que llevaba tiempo roto.

Y eso, aunque duela, también es empezar de nuevo.