El primer día en mi nueva casa, una anciana vecina llegó temblando a mi puerta. Sus ojos estaban llenos de terror.

El primer día en mi nueva casa, una anciana vecina llegó temblando a mi puerta. Sus ojos estaban llenos de terror. “Tienes que irte de esta casa ahora mismo”, susurró. Sentí un nudo en el estómago. Le pregunté por qué, pero solo agarró mi brazo con fuerza: “Trae a tu hijo. Ven al segundo piso”. Cuando miré mi casa desde su ventana… mis piernas fallaron. Caí de rodillas, abrazando a mi hijo, entendiendo que algo nos había estado observando todo el tiempo.

El primer día en mi nueva casa en Getafe, pensé que por fin empezaba de nuevo. Me llamo Laura Méndez, tengo treinta y seis años y acababa de mudarme con mi hijo Daniel, de ocho, tras un divorcio largo y agotador. La casa era antigua, de dos plantas, adosada, silenciosa. Demasiado silenciosa, quizá, pero asumí que era normal en un barrio viejo.

Apenas había terminado de desempacar cuando llamaron a la puerta.

Era una anciana encorvada, delgada como una sombra. Temblaba. Su pelo blanco estaba recogido de cualquier manera y sus manos no dejaban de moverse.
—Tienes que irte de esta casa ahora mismo —susurró, sin saludar.

Sentí un nudo en el estómago.
—¿Perdón? ¿Quién es usted?

Sus ojos estaban llenos de terror. Miró por encima de mi hombro, hacia el pasillo.
—Trae a tu hijo. Ven al segundo piso —dijo, agarrándome el brazo con una fuerza inesperada.

Quise soltarme, pero algo en su urgencia me paralizó. Llamé a Daniel. La mujer se presentó como Carmen Ruiz, vecina del edificio de enfrente. Cruzamos la calle en silencio y subimos lentamente las escaleras de su piso. Cada peldaño parecía más pesado que el anterior.

Nos llevó hasta una habitación pequeña, con una ventana sucia que daba directamente a mi casa.

—Mira —dijo.

Al principio no entendí nada. Luego lo vi.

Desde esa ventana, mi salón se veía completo. El ángulo era perfecto. El sofá, la mesa, incluso la escalera. Pero lo peor no era la vista… sino el reflejo. En el cristal del ventanal de mi casa, apenas perceptible, se distinguía la silueta de una figura dentro, alguien que no éramos nosotros.

Sentí cómo mis piernas fallaban. Caí de rodillas, abrazando a Daniel con fuerza.

—Alguien nos ha estado observando —susurré.

Carmen asintió lentamente.
—Desde antes de que compraras la casa. Y no eres la primera.

Esa misma noche no dormimos en casa. Llamé a mi hermana y nos quedamos con ella en Alcorcón. Daniel no dejaba de preguntarme quién era el hombre del reflejo. No supe qué responderle.

A la mañana siguiente volví sola a la casa. Cerraduras nuevas. Ventanas revisadas. Nada forzado. Nada fuera de lugar. Eso era lo que más miedo me daba.

Fui a la comisaría. El agente de turno, Álvaro Torres, escuchó mi historia con atención profesional, aunque su expresión era escéptica.
—¿Ha visto a alguien directamente dentro de la casa?
—No. Pero alguien estaba allí. Lo sé.

Álvaro accedió a revisar el historial de la vivienda. Tardó menos de lo que esperaba.
—La casa ha tenido cinco propietarios en doce años —me dijo—. Todos se mudaron en menos de seis meses.

Ninguna denuncia formal. Ningún delito probado. Solo abandonos repentinos.

Esa tarde hablé otra vez con Carmen. Me contó que, durante años, había notado movimientos extraños: luces encendidas cuando la casa estaba vacía, cortinas que se movían, sombras. Pensó que eran ocupas. Nadie le creyó.

Decidí revisar la casa a fondo. Cada rincón. Cada pared.

En el trastero, detrás de un armario empotrado, encontré algo que no figuraba en los planos: una pequeña abertura rectangular, sellada con una tabla mal clavada. La quité.

Detrás había un espacio estrecho, un falso tabique que conectaba con la escalera. Un lugar desde el cual se podía observar el salón a través de una rendija perfectamente disimulada.

No era una casa.
Era un mirador.

La policía volvió esa misma noche. Encontraron restos de comida, botellas de agua, colillas recientes. Alguien había vivido allí. Oculto. Silencioso.

Días después, detuvieron a un hombre: Marcos Vidal, cuarenta y siete años, antiguo electricista. Había trabajado en la reforma original de la casa años atrás. Perdió su empleo, su familia, y nunca se fue del todo. Se escondía en espacios que él mismo había diseñado.

No nos tocó.
Nos estudió.

El juicio fue rápido. Marcos confesó. Nunca nos habló directamente. Nunca entró cuando estábamos despiertos. Solo observaba. Decía que la casa “le pertenecía”. Que las familias eran “temporales”.

Eso fue lo que más me heló la sangre.

Vendí la casa inmediatamente. Perdí dinero, pero gané algo más importante: tranquilidad. Daniel empezó terapia. Yo también. Aprendimos que el miedo no siempre viene de lo invisible, sino de lo que preferimos no ver.

A veces, al pasar por Getafe, evito mirar hacia esa calle.

Ya no quiero saber quién observa.