El teléfono sonó y la voz de mi esposo no era la misma. “¿Dónde estás?” Le dije que estaba en la casa de mi hermana, celebrando el cumpleaños de mi sobrina. Guardó silencio un segundo y luego gritó: “¡Sal de ahí ahora mismo con nuestra hija!” No pregunté más. Algo en su tono me heló la sangre. Tomé a mi hija y corrí. Cuando cerré la puerta del auto y miré atrás… vi algo que nunca olvidaré.
El teléfono sonó y la voz de mi esposo no era la misma.
—¿Dónde estás? —preguntó David, sin saludo previo.
—En casa de mi hermana —respondí—. Celebrando el cumpleaños de Sofía.
Hubo un silencio extraño al otro lado de la línea. Apenas un segundo, pero suficiente para que se me erizara la piel.
—Sal de ahí ahora mismo con nuestra hija —gritó de repente—. ¡Ahora, Clara!
Me quedé paralizada.
—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿Ha ocurrido algo?
—No preguntes —respondió, con un tono que nunca le había escuchado—. Hazme caso. Coge a Emma y sal. Ya.
La sangre se me heló. Conocía a mi esposo desde hacía doce años. David no gritaba. No exageraba. Si hablaba así, era porque algo grave estaba ocurriendo.
Colgué sin decir nada más.
La música seguía sonando en el salón. Los niños corrían. Mi hermana Laura reía con sus amigas, ajena a todo. Busqué a Emma con la mirada. Estaba sentada en el suelo, jugando con globos, feliz.
—Cariño, vámonos —le dije intentando sonreír—. Papá nos espera.
—¿Ya? —preguntó Laura—. Si acabamos de sacar la tarta.
—Luego te explico —respondí, sin detenerme.
Cogí el abrigo, el bolso, y salí casi corriendo. Sentía el corazón golpeándome el pecho con violencia. Emma empezó a notar mi nerviosismo.
—Mamá, ¿qué pasa?
—Nada —mentí—. Solo tenemos prisa.
Bajé las escaleras del edificio de dos en dos. El aire frío de la noche me golpeó la cara. Metí a mi hija en el coche, cerré la puerta con manos temblorosas y corrí a mi asiento.
Fue entonces cuando miré atrás.
La puerta del edificio de mi hermana estaba abierta.
Y vi a un hombre que no reconocí salir lentamente. Vestía oscuro. Llevaba algo en la mano. Su forma de moverse no era normal. Detrás de él, otra figura apareció en la sombra del portal.
Mi respiración se cortó.
Arranqué el coche de inmediato.
Mientras me alejaba, mi móvil volvió a sonar. Era David.
—¿Las ves? —preguntó con urgencia—. ¿Hay alguien fuera?
—Sí —susurré—. Hay alguien.
—No vuelvas la vista atrás —ordenó—. Conduce directo a la comisaría.
Comprendí entonces que aquella llamada no era una advertencia.
Era una huida.
Y lo que acababa de ver marcaría nuestras vidas para siempre.
Llegué a la comisaría con las manos agarrotadas al volante. Emma dormía en el asiento trasero, ajena al caos que acababa de rozarnos. Los agentes actuaron rápido cuando les expliqué la llamada de mi esposo y lo que había visto.
Pocos minutos después, David apareció. Tenía el rostro desencajado.
—¿Qué pasa? —le pregunté en cuanto lo vi—. ¿Por qué sabías que teníamos que salir?
Respiró hondo antes de responder.
—Hoy, en el trabajo, recibí una llamada anónima —dijo—. Decían que algo iba a ocurrir esta noche en la calle de tu hermana.
David era técnico en sistemas de seguridad urbana. No policía, pero colaboraba con las fuerzas locales en análisis de cámaras y alarmas. Pensó que era una broma… hasta que vio las imágenes.
—Una de las cámaras del barrio captó a dos hombres rondando el edificio desde la tarde —continuó—. Uno de ellos tenía antecedentes por robos violentos.
Sentí un escalofrío.
—Cuando rastreé el recorrido —dijo—, vi que entraban justo cuando llamé.
La policía confirmó después que habían intentado forzar un piso… el de mi hermana. Los hombres huían cuando yo salía.
Si me hubiera quedado cinco minutos más, Emma y yo habríamos estado dentro.
Laura llegó a la comisaría horas después, pálida, temblando.
—Si no te hubieras ido… —susurró.
No hizo falta terminar la frase.
Aquella noche nadie durmió.
Los días siguientes fueron extraños. Mezcla de alivio y culpa. Mi hermana no dejaba de repetir que debía haber escuchado a su instinto, que algo no le había cuadrado esa tarde.
Los hombres fueron detenidos dos días después. Planeaban varios robos esa noche. Uno de ellos llevaba un arma blanca.
Emma empezó a tener pesadillas. Yo también.
David me abrazaba fuerte cada noche, como si aún estuviéramos huyendo.
—No te llamé para asustarte —me dijo una vez—. Te llamé para salvarlas.
Y lo hizo.
Desde entonces, aprendí algo que no olvidaré jamás:
cuando alguien que te ama te pide que corras sin preguntar… corre.
Porque a veces, la diferencia entre una noche normal y una tragedia es solo una llamada.



